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La casona de unos veteranos de guerra (“Crónicas”, 23/10/2015)

La casona de unos veteranos de guerra

Max obregón mechando

Por Leonidas Aguirre Reyna

 

Son sobrevivientes de mil batallas. Solemnes ante el público y ante la nueva generación de periodistas, pero campechanos y faltosos cuando deben serlo. Así es la plana directiva del Colegio de periodistas de Lima, cinco cincuentones que son como niños. Todos liderados por Max Obregón que intenta apaciguar el ímpetu sexual que se apodera de la reunión del consejo. Aparecen temas como ir a moteles, la compra de condones y la pose del 69.

 

En la Avenida General Canevaro, en Lince, hay una casona de color durazno que, desde hace más de cuarenta años, se ha convertido en la guarida de ávidos periodistas, que buscan aprender las técnicas y mañas del periodismo de antaño. Hombres veteranos de letras se reúnen en este emporio virreinal para abordar los principales temas del periodismo de hoy: la promoción de las ciencias sociales, la integración de los profesionales de la comunicación, la capacitación del estudiante de periodismo, y hasta temas irrelevantes: como la credencial de prensa que el canal Latina le concedió a Susy Díaz. Todos los temas se discuten en los confines de esta mansión. Su líder, el decano Max Obregón, junto a sus compañeros de la directiva del Colegio de Periodistas del Perú, trabajan arduamente por mejorar la práctica periodística venida a menos en estos días. Ellos promueven un periodismo responsable y criterioso.

 

La primera impresión que se tiene sobre Max, “el decano”, es la de un hombre bastante adormilado por la edad si lo encaras en su oficina con una breve entrevista como excusa. Se muestra relajado y sin saco. Habla sobre los mártires en Uchuraccay, la televisión basura y la pérdida de valores. Pero, aunque no sea creíble, afirma haber estado personalmente en la marcha en contra de la televisión degenerada al lado de jóvenes y cincuentones sin complejos generacionales. Pero lo más llamativo de esa muy corta charla resulta el caso que para él reúne todos los elementos de la degeneración y la inmoralidad: un individuo que le quita la novia a su mejor amigo, la embaraza, deja que transmitan en vivo el nacimiento de su hijo, lucra con eso y luego se va con otra para seguir mostrando sus miserias. ¿Cuándo se vio eso en la televisión? ¿Será acaso que concentró toda la perversión en una sola historia? Parece que la memoria no lo acompaña bien cuando se trata de farándula. Lo curioso es que ante unas 20 personas en la ceremonia de admisión de seis nuevos miembros al CPL dice exactamente lo mismo. Se pone emotivo con lo de Uchuraccay, se indigna por la televisión basura y suelta el mismo discurso de hace media hora (casi palabra por palabra) sobre la pérdida de valores. ¡Qué solemnidad!

 

En el primer gobierno de Belaúnde, en 1965, se reconoce, por primera vez, al periodismo como profesión. A partir de ese año, se empiezan a crear escuelas para la formación académica de los periodistas. Esto permite que mucha gente antigua – los periodistas de los años 1930 ó 1940, que se formaron en las salas de redacciones – se trasladen a las universidades. Cuando Belaúnde regresa en 1980, después del sacudón del gobierno militar, se promulga el 1° de octubre ante el congreso una Ley que beneficia a los periodistas del país: se crea el Colegio de Periodistas, en el que se incorpora a todos los periodistas con formación académica, y a los que tienen ocho años de práctica laboral. Sin embargo, en la época de Fujimori, el gobierno llega a arremeter contra todos los Colegios, siendo la de los periodistas unas de las más afectadas. Les quitan las rentas de publicidad, y la obligatoriedad de ser colegiado en periodismo para trabajar en los medios de comunicación. “Es ahí cuando comenzamos a perder la batallada”, dice Max Obregón mientras se acomoda en la amplia silla de su oficina. Continúa. “Es por culpa del gobierno fujimorista que ahora cualquiera puede inscribirse. Y entonces, a partir de ese instante, se abre la puerta para las bailarinas, artistas, futbolistas, que apenas saben utilizar el micrófono, y que así trabajan en la televisión”, señala enérgico el decano, que cada vez que suelta un palabra sus manos caen sobre la superficie de su escritorio, y los lapiceros y papeles que están encima tiemblan. “Ahora cualquier persona puede estar en los medios de comunicación”, se lamenta.

 

El local del Colegio de Periodistas del Perú parece, a primera vista, una casona histórica. Su puerta principal es amplía y amigable, tiene molduras en los marcos, y en los bordes hay figuras arquitectónicas neoclásicas que la hacen ver de forma elegante. Sus ventanas son altas, y en ellas hay barrotes verduzcos. Su fachada es de un color suave. Toda su composición es compleja. A simple vista no parece una institución estatal. Hasta que de pronto, se impone al frente de una enorme bandera roja y blanca, que flamea en la cúspide de la casona, y que se roba la atención de inmediato.

 

Una vez adentro, se respira un aire hogareño y fresco. El piso está cubierto de terracota, y la luz que entra por la puerta principal ilumina toda la sala. No hay seguridad alguna que me impida entrar en las otras salitas del local. Me aburro un poco al investigar el lugar, así es que decido regresar a la sala principal. Ahí veo algunas fotografías que cuelgan: se trata de fotografías en blanco y negro, en donde los periodistas ejercían sus labores. En algunas aparecen los padres de Max Obregón, en otros salen el histórico grupo de periodistas asesinados en Uchuraccay, y, en otras, reporteros de televisión haciendo su trabajo. Caminaba por toda la sala esperando a que la conferencia se acabe. En una especie de cuevita, una veterana mujer está dando cátedra sobre la gramática del lenguaje. En medio de los representantes del conversatorio, Max Obregón mira a la gente, y escucha las cosas que dice la maestra del lenguaje. Habla del mal uso que los periodistas le dan a la escritura, se burla de ellos.

 

Cuando por fin se termina el conversatorio, puedo entrevistar a Max Obregón. Me invita a su oficina. Está llena de libros. El escritorio está bañado en barniz, brilla. El ambiente es frío, a pesar de que hacía un calor insoportable ese día. El me comienza a contar su vida en el periodismo. Desde muy joven, a los 13 ingresó a trabajar en la radio. “Me fui un día al cementerio el Ángel para visitar la tumba de mi abuelo. Como yo estudiaba en el colegio José Santo Chocano, y pasé por su lápida. Me di cuenta que las fechas en las lápidas estaban equivocadas. Yo lo sabía. Y sobre eso escribí, y lo mandé a la radio”. Y así es como comenzó su aventura en el periodismo. Conoció a un referente del periodismo radial en esa época, a Juan Ramírez Lazo, quien al leer su artículo le ofreció trabajo. Luego estudió en la Bausate y Meza. Obtiene un posgrado en la universidad de Arizona, en Estados Unidos. En una oportunidad llegó a trabajar en la televisión como productor y como periodista deportivo. Fue parte de los fundadores del canal 2, cuando apenas tenía 24 años. Una de las cosas que más le fascina a Max, muy a parte del periodismo, es la docencia. “La parte docencia para mi es importante. Yo he dictado talleres de periodismo. He enseñado en el Villareal, Bausate y Mesa, Alas Peruanas”, dice el decano del Colegio de Periodistas con cierto gusto. Parece que la docencia es un tema que le fascina. Obregón ha tenido la posibilidad de estar en ambos bandos: trabajar como periodista y como asesor político. El hace actualmente consultorías de campañas políticas al congreso, alcaldía y a las presidenciales. “Eso me ha permitido tener una mejor visión del país”.

 

Parece que el saco y la medalla en su pecho le confieren cierto respeto: esconden ese sobrepeso sedentario. Quizás por eso mismo solo lo utiliza en esos actos protocolares: en privado no necesita esconder nada. Y menos ante esas dos damas que son como sus consortes. También tiene dos compañeros en el directorio. Uno es de sonrisa precoz, “Vidal”, y el otro es más bien serio y servicial (es quien transcribe lo acordado en un documento de Word). El lugar es virreinal tanto por fuera como por dentro. Destacan unas fotos en blanco y negro donde se recogen momentos icónicos y la juventud de Max. Vemos hechos resaltantes como un periodista que sea hace pasar por mecánico de un avión para entrevistar a la viuda del entonces recién asesinado Allende. En la foto sale triunfal levantado en hombros por sus compañeros. Afirman que fue una primicia mundial. Hay fotos de esa importancia y entre todas ellas es raro ver a un joven Max Obregón al lado de sus colegas en un tarde deportiva. A Max Obregón Rossi se lo observa de pie con los brazos cruzados. Fue un hombre robusto y muy activo al parecer. Contrasta con el hombre que tengo al frente que apenas se mueve de su asiento. “Vidal”, al que tildan de caballero, es quien va por la comida y la gaseosa. Una de las dos mujeres se pone a revisar su celular sin hacer mucho caso a la discusión. La secretaria interrumpe de vez en cuando para traer las bizcotelas que “Vidal” ya estaba harto de traer. Es extraño llamarle muchacha o chica a esa mujercita de como 32 años, pero parece más exacto. Es una mujer empequeñecida, con el ego diminuto, inerme y bastante torpe. Aunque a primera vista parezca alguien bastante apta pese a su gusto por la ropa adolescente. Tuve la oportunidad de conversar con ella cuando me pidió un favor en medio de la charla solemne. Resulta que no era capaz de sacar el corcho de una botella de vino. Era uno de esos que los jóvenes suelen comprar a veinte soles. Fue en ese momento que le pregunté qué ventajas te daba pertenecer al CPL además del prestigio. Ella no supo qué responder.

 

En la oficina en la que se lleva a cabo la reunión de directorio destacan dos crucifijos (uno fue usado en el acto de admisión). Quizás sirven para aparentar porque los temas que se abordan en esa reunión no parecen ser muy cristianos ni católicos. Aunque ya no se sabe con estos últimos. También cuelga una figura de un santo en el carro de Max. Nos dirigimos hacia el Centro patriótico de Tarapacá en el centro de Lima donde el club de periodistas se congregaría. Todos eran unos cincuentones aunque en una mesa había personas que ya pasaban la tercera edad. Era un lugar bastante funesto. Parecía que todos estaban celebrando sus últimos días en el mundo. Y la manera no parecía ser la más adecuada. No había excesos aunque un tal Javier, “el flaco”, ya estaba borracho apenas iniciado el evento… por el día de la madre. A nuestra mesa fue una señora que decían que había estado con Max. Todos los colegas fotógrafos se acercaron a tomarles fotos juntos. La trataban como la trampa (esto no molestaba en lo más mínimo a la señora ni a Max). La reunión incluía el sorteo de canastas bastante accesibles (treinta en total) y mucho trago.

 

Max Obregón es un hombre que no se cansa de luchar por los intereses del periodismo, de la buena práctica periodística. Su misión es defender la formación académica del profesional en comunicaciones. “Estamos seguro que va a mejora la calidad. No es posible que una personas que porque tenga más dinero que tú quiere hacer lo que quiera. Tú que te pagas la universidad no es posible que alguien venga y te reemplace y más que éste no tenga formación académica”, dice el presidente del Colegio de Periodistas con cierta molestia por la situación en la que se encuentra el periodismo, y como el término “periodista” puede ejercerse en estos días por cualquier persona sin formación académica.

 

En el trayecto Max explicaba cómo habían logrado que el CPL ganara presencia y respeto. Una de sus compañeras lo seguía en el carro y le comentaba lo de Castañeda. El alcalde de Lima los había invitado para agasajarlos. Pero ellos declinaron la propuesta de alguien que los plantó en el primer debate municipal del 2014. No le veían sentido a sentarse al lado de un sujeto que no deja entrar a algunos medios (como el caso de Diario16) a las conferencias que da. La conversación sobre Castañeda por alguna razón mutó en un diálogo bastante despreocupado por la delincuencia de Lima. Max contaba cómo alguna vez cargar una pistola de juguete evitó que lo asaltaran en su carro. Era un día de clásico entre los barristas de Alianza Lima y los hinchas de Universitario. Los de Alianza empezaron a robarle a la gente que estaba en sus autos, mientras la policía solo los escoltaba. “Por suerte a mí no me robaron y sí al resto”, sentencia Max.

 

Como todo activista político, Obregón junto con la plana directiva del Colegio de Periodistas, recuerda haber salido a marchar contra Ley Pulpín, la Televisión Basura, la Concentración de Medios. Él convocó a los veinte Colegios de Periodistas que hay en las distintas regiones del país para marchar contra estos escenarios políticos. “Lo más importante es que logramos colocar el tema en agenda, está en todo sitio: en las universidades, colegios, calles, etc.”, dice enérgico el presidente de los periodista viejos. El piensa que el periodismo conlleva una gran responsabilidad: educar a la población por medio de los contenidos, y mediante una propuesta que ayude a la población a superarse.

 

Sí, esta es la vida de un veterano ya alejado de esa época noventera de tribulaciones. Pero que no ha dejado de luchar. ¿No es acaso un final justo para un luchador? Ahora Max desea pasarle la posta a una generación más joven en el CPL. Él y sus cuatro compañeros irán al Colegio de periodistas del Perú (CPP) a seguir haciendo de las suyas.

 

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