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Metro-sexuales (“Antes de la pandemia”, 10/09/2020)

Por Santiago Ayala

 

El sonidito del chat es redondo y húmedo. Cada vez que alguien comenta algo, lo que sucede cada cinco segundos o menos, suena como si lo estuvieran pinchando a uno en el rostro con un falo. No es muy diferente de los mensajes que este sonidito lleva: fotos de hombres desnudos por delante (lo que muestran los llamados “activos”), por detrás (los “pasivos”) y alguna que otra foto desde abajo, donde se ve partes de ambos lados (los “modernos”).

 

En el chat abundan mensajes que buscan a un activo maduro, gordito o grueso para conversar o un pasivito virgen, así como patas modernos y no viejos, no afeminados, no gordos. Se busca de todo y de todo hay: en las fotos se nota. Entre toda la conversación, que más son avisos que no se contestan entre sí, hay un usuario, pas23, que empieza a poner otro tipo de frases. Escribe “me llaman el desaparecido, que cuando llega ya se ha ido” y es seguido de otro usuario con un “tengo sitio por el arco de Salamanca, quiero mamar…”, pero pas23 sigue cantando: es una canción de Manu Chao. Cada tanto hay otro desubicado que busca una chica y las fotos se repiten, así como los mismo avisos. Y luego pas23 sigue cantando “estamos perdidos en el siglo 21”.

 

1.

 

La Estación Central del Metropolitano está casi oculta bajo el Centro Cívico, que ahora también es el Real Plaza. Uno baja un piso y baja otro más: los interiores están siempre llenos de gente, pero siempre se siente como si abundara el espacio. Hay estantes para libros y revistas vacíos, máquinas para rellenar la tarjeta de pasajes malogradas, y casetas sin nadie que las atienda que sirven para acumular cajas. Uno sube las escaleras, hacia donde está un callejón largo con tiendas para comer o comprar chucherías, pero se ve solitario a pesar de la gente que cruza. No apetece comer ni comprar nada ahí. Eso sí: hay suficientes baños. Pero si bien no hay un solo papel en el piso de la Estación Central, los baños están sucios.

 

La entrada de estos tienen esas puertas flojas, que se abren para los lados con solo empujarlas las dos manos de manera suave. Son como las puertas de los bares de películas del viejo oeste, pero chiquitas y rojas. Hay una combinación de agua y tierra (traída por los zapatos que entran y esperan) en el piso. Dentro del cuarto de baño no hay ni un pedestal o una tuerca para colocar mi maleta, para evitar que toque el piso, así que uso el minúsculo cerrojo que cierra la puerta. Cuelga ahí y espero que no se caiga.

 

Luego, algo más me llama la atención: no son los usuales avisos de homosexuales buscando activos o pasivos, o dando su número para llamarlo o mensajearlo por “wasat” lo que salta a la vista, sino un líquido lechoso y de textura de goma en un costado, en el piso, que parece combinar con los avisos para reuniones de detrás de la puerta. Al otro lado, hay otro: al verla en papel tiene un color medio marrón. En el aviso gratuito, un tal Tony, pasivo discreto, busca activos de la zona. Y coloca su número de celular. Siempre he pensado que esto se solían hacer entre amigos para bromear. Sin embargo, este mensaje se repite en otro de los baños, escrito con la misma paciencia, la letra ligeramente cursiva, todas en mayúscula, con plumón negro, y con el “wasat”. Dudo que una broma sea tan esmerada.

 

2.

 

Me ha tocado un par de veces puntear a tipos y se nota de inmediato cuando les gusta. Se quedan quietitos y más paran el culito. Pero solo lo hago con tipos. Y cuando se da la ocasión. Nunca con mujeres y niños, a ellos se les respeta— inicia un nuevo tema en una red social gay un usuario.

 

Luego se suman comentarios anunciando rutas y horarios para poder conocerse, sobarse a gusto, puntearse y hacerse pajas. Anuncian las horas en las que ingresan, sin falta, al transporte: “¿alguien que vaya en el Metropolitano 7:40 a 8 am, Expreso 2?”. O tan solo se les antoja algo y un par de horas antes intentan reunirse: “¿alguien por el metro más tarde, plan de siete?”. O con ternura alguno dice buscar un pasivo al que le guste un gordito, peludo, blanco de 22 años. O uno empieza a describirse y termina con un “si me ven, no duden en agarrarme el bulto”.

 

Pero no, esta gente no son acosadores: son grupos que se han formado, para que, en el anonimato del bus, en la rapidez del encuentro “de paso”, en la igualdad del transporte, puedan disfrutar de sí mismos. Y lo hacen sin violar, virtualmente, ninguna regla: se respetan entre ellos, se aceptan antes de tocarse (a algunos se les pasara pues: colocarán el miembro y tal vez no sean aceptados, pero al instante se disculpan y se alejan), y hasta buscan formas de hacer su organización más eficiente: pulsera negra para activos, pulsera roja para pasivos y pulsera verde para modernos o versátiles (eso quiere decir que te sientes cómodo con ambos roles). Así se evita que al activo lo ensarten, y que al pasivo le manoseen el paquete.

 

Es usual que uno entre al metro y de casualidad ponga las nalgas en la mano que se sujeta en la baranda vertical. Pero sucede que si no las quita y al dueño de la mano le gusta, no hay problema: nadie denuncia nada, a nadie le importa ese pequeño roce. Pero si les gusta, el de la baranda puede voltear la mano y tocar a gusto, para gusto de los dos. Con inocencia, hay usuarios que anuncian que perdieron una oportunidad: que su pareja pasajera los miro desde afuera del bus luego de un intercambio y que ellos no bajaron. “Men, si en algún momento ves este comentario, háblame”, dice un usuario, arrepentido, terminando su relato.

 

 

En el Metro de México, como dice la noticia del diario Excelsior, parejas de hombre-hombre, hombre-mujer y mujer-mujer se juntaban en la “cajita feliz”, los últimos vagones. El lugar más cómodo, en Latinoamérica, para sobarse en el metro siempre termina siendo el último lugar, el más apartado. A causa de las grabaciones que encuentran, donde hombres se dan sexo oral o parejas hacen el amor, han decidido cerrar el Metro de México desde las diez de la noche. En Lima, en el Metropolitano, todavía no se dan estas medidas, pero sucede que si los de seguridad ven algo, actúan.

 

—Anoche agarraron a dos en los baños de la Estación. Los encontraron y se los llevaron detenidos. Han puesto vigilancia en los baños— advierte un usuario de nombre Renzo en una red social de gays de Perú.

 

Afuera del baño, en la Estación Central del Metropolitano, las señoras que limpian el callejón de las tiendas (y, lo dicen claro, no los baños) me dicen que puedo preguntar a uno de los chalecos azules: un hombre de mediana estatura, tan solo unos dedos más alto que yo, me escucha.

 

En el baño, he encontrado semen en el piso— le pregunto luego de pensar cómo formular el aviso.
—¿En qué baño? ¿El de acá arriba?— me pregunta. Hay cuatro cuartos de baño en el callejón.
—No, el de más allá. El primero desde la otra escalera— respondo—. ¿Suele suceder que hay gente que tiene relaciones sexuales en el baño?

—Sí…— menciona entre unas sonrisas incómodas.

—¿Ve casos como esos regularmente?

—Sí, a veces sucede— dice el vigilante abriendo bien los ojos: como si fuera algo que ve todas las semanas, más de lo que quisiera.

 

Paso mi tarjeta por el sensor y empujo suavemente con mi mano aquel fierro para pasar a la pequeña carretera para pasajeros. Del lado derecho vienen en grandes cantidades gente apurada a hacer colas para esperar los buses que los lleven al sur: yo voy a la avenida Javier Prado. Flujos contínuos de personas llegan a chorros, pero en las puertas de vidrio automáticas se separan al milímetro y se ordenan en dos filas. Cuando llegan los buses, sus puertas siempre coinciden con las de vidrio. Al entrar, me siento casi en el final del bus, pero cerca de la puerta. En todo el carro no hay más de diez personas y aquí atrás estoy yo solo. Nadie voltea a mirar.

 

4.

 

Hace dos años, la cantante y actriz Magaly Solier declaró en una radio que había sido acosada en el Metropolitano. Detrás de ella había un hombre masturbándose. Ella le tiró una cachetada y cuando lo contaba en la radio sollozaba.

 

No fue la primera vez que se registró un acoso en el Metropolitano, ni tampoco acabaron las denuncias luego de ese incidente. Ese mismo año, las denuncias eran tomadas más en cuenta por los medios: en junio se atrapó a un hombre que acosaba sexualmente y grababa mujeres, en agosto un pedófilo fue arrestado por acosar a una chica de 14 años, y hasta se denunció el acoso de un hombre que se sobaba contra otro. Los primeros meses del 2015, los casos de acoso disminuyeron en un 50 por ciento. Sin embargo, igual hay portales de videos, donde hombres graban a mujeres o a niñas o foros donde adultos proponen una juntada para “puntear chibolas”.

 

—Partimos de Chorrillos hasta la Estación Naranjal del Metropolitano. Vayan con ropa formal y un maletín con cámara— propone un usuario en un foro de “baneados”, seres que no son aceptados en los foros normales de gente; es gente que, aún para foros donde se habla de sexo, llegan a niveles más controvertidos.

 

Los homosexuales que se reúnen en el Metropolitano, con pulseras o sin ellas, no hacen daño a nadie. Hay reglas del pudor, sí. Pero como algunos dicen no matan hombres, no venden drogas, solo se están divirtiendo. Y a diferencia de las denuncias de pervertidos que tocan mujeres sin su consentimiento (con las manos, el miembro, la mirada), estos metro-sexuales son respetuosos del otro: si una mano no quiere algo, se retira el bulto; si un trasero se aleja, no se le continúa punteando; si uno consigue una pulsera del color adecuado, ya entra al juego seguro; pero si ocurre que una mirada confirma a otra, un cuerpo se pega más, una mano guía a un falo, posiblemente la situación no se quede solo en el Metropolitano.

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