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El grito de auxilio de un poeta adolescente (“Mucha hambre”, 23/octubre/2018)

Por Sabino H.

 

Culpo al editor y culpo a sus colegas. Quien decide matarse no lo hace si no luego de un tortuoso camino. No lo hace en silencio. Ningún suicida opera con premura. Mientras le queda alguien a quien amar, la postergación es posible. Y estoy seguro de que al final el amor de su madre no bastó. Luis Acevedo, genio incomprendido, ya no pide ayuda; Él busca venganza. Y lo hace con su humor sutil y con su amar intenso. Sus últimos poemas, en los que se proyecta como un treinteañero enamorado, hablan además de un sueño roto. Este medio le dio espacio, pero lo timaron. Nunca quisieron su voz, no deseaban escucharlo. Ni lo conocieron. Le pagaron tan poco a alguien que valía ser escuchado. Un hombre así solo nace cada cien años y ellos ni siquiera dejaron que se convirtiera en uno.

 

Luis Acevedo empezó a existir a sus 17 años, porque solo en ese momento escuchamos su voz. Por fin fuiste libre. Encontramos tu cuerpo obstinado, tus ojos hacia el infinito y tu boca aún quería recitar. ¿Cuántos sollozos pudieron por fin salir de tu garganta? 2 de enero del 2017. Extraño tus cierres. ¿Puedes, por favor, editar estas palabras?

 

Escribir a voz ahogada en este mar de mediocridad (él y este medio)

 

Haga este ejercicio. Ubique el buscador en este blog. Ahora digite “Poesía mal pagada”. Está usted ante los 5 poemas que Sejode (Luis Acevedo) publicó en vida en este medio. Esta serie revelan una historia. La del (muy) joven poeta que descubre que puede vivir de su voz, pero que muere porque la desprecian. No analizaré los 5. No me gusta que sobren palabras. Acá lo importante son los poemas 2 y 3.

 

Poema 2

Mi voz (“Poesía mal pagada”, 2)

Acá el poeta nos cuenta del desprecio que sufre. Lo enmascara como un chiste. Da risa, sí. Pero es el primer grito de auxilio de quien dos meses después tomaría veneno “así no más, porque no tengo ni para combinarlo con algo” (apócrifas palabras seguramente escritas por el editor de ese entonces). Luis vivía en una pobreza notable. No mendigaba, pero jamás iba a poder ingresar a una universidad. No podía si quiera costearse los pasajes a una. Y solo sabía escribir. Deseaba vivir de eso. Eso fue lo que le ofrecieron. Eso lo emocionó auténticamente. Pero no estaban interesados en escucharlo. Pensaron que por su inmadurez solo debía tejer unos chistes. El único uso que tuvo en sus meses en el periódico fue parodiar al poeta peruano Zejo Cortéz, quien despertaba el menosprecio de ciertos redactores con aires de “poetas de verdad”. Luis era entonces un utensilio, sus cualidades (sus verdaderas cualidades) no importaban.

 

Poema 3

“Todos los Zejo, el Sejode” (Poesía mal pagada, 3)

Luis Acevedo expresa su soledad. Desea abrazar a su voz poética. Le pide que cruce el espejo para ser uno solo, para gritar y escribir lo que ambos realmente quieren. La anticipación de su suicidio es palpable en este poema.

“Y cuando digo esto, espero tu visita.
Que rompas el cristal
y al pasar
la sangre corra
por tu, por nuestra,
estúpida barba
que al pasar
tu voz,
mi voz,
se rompa igual,
y que nos escuchemos hablar uno solo.”

La solución al sufrimiento es la muerte misma. Pero en este punto de su corta carrera aún guarda esperanzas de que ese poema tan destacado hará cambiar de opinión al editor. Cosa que no sucede. Los dos poemas siguientes son uno parodiando a Daddy Yankee (“La gasolina de Lima”) y otro donde se escucha la voz conservadora del medio y no la voz de Luis (“El niño de la lámpara rosa”). La decisión está tomada. Solo días después mi querido amigo decide tomar su vida, hacer suya su voz por toda la eternidad.

 

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