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Versión PDF <– Episodio 1: desayuno
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Villa Laura (1986)
En memoria de mi madre.
-¿Le pegaste?
-Sí, papá. Odio cuando me dicen ¨gordita¨.
-¿Y no lo eres?
-Cállate
-Constanza, no molestes a tu hermana.
-Sí, mamá.
-Oh, como cuando eran niñas.
-Constanza ya está vieja, ya no puede tener hijos.
-¿Ya no soy una figura de autoridad?, Regine.
-Perdón.
-Ay, hijita…
-Papá, esta chica siempre habla sin pensar. Menos mal mi sobrina no es así.
-Mis nietas son hermosas. Ven, Laura, ¿qué falta?
-La sal. Olvidé la sal.
-¿Y la ayudante?
-Empleada, papá.
-Prefiero decirle ¨ayudante¨, hija. Es lo que es.
-Siempre elitista la Constanza.
-¡La señora Mercedes es también compañera! Me dice maravillas de nuestro candidato.
-Ya empiezas, mamá…
-¡La Constanza votaría por Leguía si pudiera!…
-Votaré por el PPC…
-¿Por el solcito?
-Mi Boni… siempre ocurrente mi esposa.
-No, porque se opusieron a Velasco.
-Volví. Aquí está la torta. Dejen la política. Eso envejece. Miren a la Constanza.
-¿Y a mí?
-A ti no, mamá. Tú estás bien.
-¿Este es el sabor que mostrarás mañana?
-Uno de los 3 sabores.
-Yo quiero. Morado. Encantador, hija.
-Laura, primero termina la milanesa. Debes comer, amor.
-¿Ya para qué? Igual me voy a morir.
-No digas eso, mamá, por favor.
-¿Les da miedo la muerte?
-Sabes que no, amor. Estamos preparados.
-Mamá, mañana verás a mis hijas. Son mejores que las de Constanza. Eso te va a animar.
-Esta niña… Mamá, mañana yo me ocuparé de atender a todos. No te esfuerces, ¿sí?
-Gracias, Constanza.
-Amor, aún te quedan muchos años. Vamos a viajar.
-No creo, Nasar. Pero a ver si se puede.
-¡Mamá!
-Chicha morada
-Sí, mamá.
-Bueno, me sirvo. Ya no quiero el pollo. Iré a mi cuarto. Puedes llevar a las niñas.
-¿Las mías?
-Las mías llegan a las 4 de la tarde. Dante las llevó de compras.
-Las mías quizás vengan hoy. Quizás mañana. Mi esposo las llevó a probar dulces al Centro.
-¿Comida de la calle?, hermanita.
-No tiene nada de malo. Lo local es súper. Me inspira a crear.
-Niñas, vayan a ver su madre. Yo iré a revisar unas cosas cerca a los lagos. Uno está seco. Regine, no olvides los picarones de menta.
-Papá
-¿Ya pudiste recordar?
-¿No vienes? Regine está con mamá
-Tienes sus ojos
-Papá, ella va a estar bien.
-No…
-Papá, que este mes sea el más bonito. Villa Laura fue una gran idea.
-A tu madre hay que agradecerle en vida.
-Sí, papá, ¿no quieres hablar con ella?
-A veces duele.
-Sí
-Quisiera que estuviéramos para siempre.
-Papá, no llores. Yo estaré contigo.
-Discúlpame, Constanza. Perdóname, por favor.
-¿Por qué? Papá, tranquilo
-No quiero volver a estar solo. Me aterra la soledad, hija. Sé que fui duro contigo.
-¿Conmigo? No, papá. Siempre fuiste amoroso.
-Tus hermanos…
-¿Hermanos? Papá, vamos a casa.
-Este lago está sediento, pero no es culpa del Sol. Nunca es su culpa. Este lago es la tumba de un amigo. En vigilia dendera. Este lago…
-Tranquilo, papá.
-Perdí a Luis hace 40 años. Le fallé. No pude ser un buen amigo.
-Convertiste sus cartas en arte, papá.
-Robé su historia. Le robé sus títulos. Le robé su vida.
-No le robaste nada, papá. Lo que hiciste te valió el Nobel.
-No, solo usé sus textos para que mi nombre retumbara un poco. Lo combiné con drogas. Destilé sus traumas y los traumas de su madre, y los convertí en mi vida.
-Nunca lo suplantaste. Papá, el personaje mantiene su nombre.
-¿Luis Borja? Un esclavo de mis palabras. Un títere que…
-Papá, ¿mamá sabe lo de este lago?
-No es el mismo lago. Pero se le parece.
-Papá, te espero en casa. Podemos conversar. Podemos escribir algo juntos.
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-Papá, no huyas, ¿está bien? Tienes a tus hijas, aún a tu esposa. Y a tus nietitas.
-No he delirado en casi 3 años, linda.
-¿Y mis hermanos?
-Disculpa.
-¿Cuántas somos?
-2
-¿Y nos llamamos?
-Constanza y Laura Regine
-¿Tu edad?
-¿38?
-Papá…
-No estoy loco, Constanza. Ve a casa. Ve a casa, hijita. Es hora de escribir.
Las recetas de Regine
Regine se acerca a Nasar (su papito) con libros firmados. Le trae uno de Dumas y le dice que está firmado, pero por su hijo. Nasar se sorprende, le aclara que eso no cuenta. Que no son la misma persona, no son sus logros. Regine dice que es como ellos dos, que ella tiene su ADN, que ellos son igualitos. Nasar no discute. Luego ella le da un libro de Proust. Y Nasar cuestiona si ese viene firmado por el nieto. Regine le aclara que por la nieta. Nasar finge estar molesto, pero luego sonríe.
Con los años su padre ganó manías. No le gusta que lo tuteen, no da la mano y roba las cucharas de los restaurantes a los que va. O al menos lo hacía hasta que el periodista y escritor peruano Elías Monterroso lo expuso en una nota que primero llegó a España y luego a escándalo francés.
Regine lo ve en ese restaurante francés alguna vez liderado por una mujer campesina. Describe su cara. Ya no tiene la mirada fría, de loco, de ladrón y asesino. Tiene la mirada hundida por la edad. Y los ojos más chicos por el peso del tiempo. Aún da miedo mirarlo, porque parece molesto. Pero ahora sus mejillas están más hinchadas como el resto de su cara. Parece siempre estar sonriendo. Ahora siempre se ve molesto, pero de manera irónica.
-/Canárd du pupel/
-Papito, déjame pedir a mí.
Y él acepta el comando, porque viene siempre con una sonrisa de su princesa. El mozo, con acné vencido, mira al escritor que mantiene la mirada por 6 segundos y luego la cuchara. No el cuchillo ni el tenedor. Y luego lo vuelve a mirar nerviosamente. Y el escritor sigue mirando. Molesto y a la vez alegre. O extraño.
Luego el escritor se entretiene mirando a los otros, quienes voltean a ver, pero solo a su princesa. En las otras mesas la luz acaricia las ropas y peinados de gente refinada. Mujeres con aretes grandes y peinados trabajados. De esmero ajeno y de hombres elocuentes, que siempre están hablando cuando Nasar los mira. Excepto uno, que no voltea a ver. Y Nasar sospecha. Con la edad sentía que el mundo lo miraba y él no quería ser visto. Solo quería observar.
En esa Francia varios conocían sus textos, pero no todos amaban las versiones traducidas (las cuales Nasar consideraba espurias). Pero cada vez más gente creía conocerlo por esas versiones que las suyas (las escritas en español). Entonces la gente quizás lo imaginaba de otra manera, de otra edad, de otra cara.
Y esto pensaba, mientras los murmullos franceses, que él sentía como telegrafiados, cruzaban hasta cada barricada. Entre su hija y el mozo. Porque Regine intentaba pedir que se le sirviese de una manera. Quizás una manía incipiente que por suerte abandonó cuando se hizo abuela.
-Papito, ¿te vas a llevar esa cuchara?
-No quiero ser clonado
Y entonces el papá agarraba la gran tela que a veces ponía en sus muslos o que dejaba huérfana sobre la tercera silla inútil o la cuarta. Y explicaba uno de sus cuentos, sin antes mirar si alguien lo miraba, si alguien iba a escuchar su relato, si el hombre callado de la mesa derecha seguía callado.
Porque si no hablaba y no miraba, entonces escuchaba. Si no hablaba y no miraba, estaba escuchando.
Cuando la demencia se hizo evidente, unos meses después, cuando se supo la enfermedad de la abuelita Laura, unos años antes de ganar el Nobel, unos años antes de escuchar las voces y de mezclar el tiempo, unos días antes de olvidar su nombre, aquel minuto, en aquel juego, con mi abulito, el tiempo se detuvo. Y no importó nada más. Porque esa fue mi verdadera despedida.
-“El clon de Dios” o “Casi Dios”
-¿De qué trata?, papito.
Y explicó Nasar sobre ese doble mantel, carmesí y hueso, a escondidas, a volumen bajo.
-¿No escribiste ya algo así?
-No, hija. O quizás sí, pero aún no lo publico.
Clonaban a un hombre, pero no a cualquiera, al más perfecto.
-¿Cómo al más perfecto? ¿Al más bonito?
No, con perfecto se refería al hombre que había dado su vida por la de otros. Aquel modelo que buscaba la Unión Soviética rechazando la eugenética. Porque ellos buscaban al hombre perfecto en un estado natural. Pero el hombre perfecto es el hombre muerto. Como en el cuento, el hombre perfecto solo se había revelado luego de ver en el tren los estados de la vida, de ver a la humanidad como un organismo vivo que debe defenderse. Y entonces eso hizo: hizo la diferencia. Cuando amenazaron a las personas de ese tren. Cuando los explosivos fueron anunciados, aquel hombre luchó con todos ellos y se los llevó fuera donde la luz fue la señal que los hombres vieron. La confirmación de que podían ser mejores. Entonces mucha gente grabó su sacrificio en los relatos orales. Y en los escritos.
Y él fue el molde. Rusos, americans, italianos y franceses quisieron su versión del hombre perfecto. Y así criaron a su hijo nuevo. Unos con la rigidez militar, otros intentaron darle valores cristianos, otros lo hicieron defensor de la pizza tradicional y los otros quisieron que él justificara lo superior de su historia y de su lengua.
-Papito, ¿y su familia? ¿Tiene familia o así no más es?
Nasar, concentrado en su hija, volteó y vio que el hombre de la derecha ya no estaba. Entonces pudo contar el final.
Explicó que lo otro estaba por terminar, pero que tenía los diálogos, esperanzado en que sea una película de 5 horas.
También dijo, como era evidente, que cada versión del hombre perfecto fue distinta por la cultura, por su gente, por los susurros y “vitóres”. Pero que el hombre perfecto volvió a ser el hombre muerto. Cada uno volvió a sacrificarse por los indefensos. Cada uno jamás llegó a la vejez.
-Y el texto anuncia que el relato es falso. “Esta historia es falsa”
-¿Por qué?
-Porque nunca debe suceder.
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