– Los peligros de seguir a Rorty.
«El Anticristo” y “¿Solidaridad u objetividad?” (Rorty) vs. “Villa Laura (1986)”
Transcripción automática:
Eh, a lo largo de la historia la humanidad ha tenido esta tendencia, o sea, solemos pensar que la verdad funciona casi idéntico al norte magnético en una brújula.
Ajá.
Se asume que es, digamos, una fuerza invisible, innegable y absoluta, como una realidad física que siempre está ahí
marcando la dirección correcta. Y esto independientemente de quién sostenga el instrumento o de bueno, lo que esa persona crea.
Claro. Y es que es una estructura psicológica de la que dependemos profundamente, ¿no? Sí, totalmente.
Esa noción de que existe una verdad externa a nosotros nos ofrece un suelo firme, o sea, nos permite sentir que nuestras vidas, nuestras leyes, nuestra
moral eh están ancladas en algo muchísimo más grande que nuestras simples opiniones temporales o contingentes.
Exacto. Pero existe una corriente de pensamiento que sugiere algo mucho más desorientador, por así decirlo, y es que
la brújula está rota o más bien que el norte magnético nunca existió en primer lugar. Wow.
Sí, la verdad, según esta perspectiva, no es un tesoro enterrado que uno descubre excavando en la estructura del universo. Es algo que se inventa y se
negocia, digamos, tomando un café y poniéndose de acuerdo con los vecinos.
Ajá. Y de eso trata precisamente nuestra inversión profunda de hoy. Vamos a diseccionar una de las búsquedas más antiguas de la filosofía. O sea, ¿qué es
la verdad? ¿La encontramos mirando hacia afuera hacia una realidad objetiva independiente del ser humano o la construimos mirándonos los unos a los
otros a través de la pura solidaridad humana?
Y para explorar un terreno tan complejo, este, tenemos una selección de fuente sumamente rica y, hay que decirlo, bastante explosiva.
Vaya que sí. Iniciaremos desmenuzando un análisis detallado sobre la filosofía del pragmatista contemporáneo Richard
Rorty. Nos vamos a enfocar en la transcripción de un ensayo suyo llamado Solidaridad u objetividad. Un texto
fascinante, totalmente. De ahí vamos a dar un salto al siglo XIX para adentrarnos en uno de los textos más feroces jamás escritos,
que es el anticristo de Friedrich Nietzsche, un peso pesado, sin duda.
Y finalmente traeremos todo este debate filosófico al presente utilizando una crítica literaria del blog contemporáneo Entre fachas y rojos.
Ajá. Este artículo que está escrito por Max Aguirre Rodríguez conecta las ideas de Rorty y de Nietzsche con una novela llamada Villalaura. O sea, qué hilo
invisible conecta a un filósofo pragmatista moderno, al pensador más iconoclasta del siglo XIX y a un personaje de ficción llamado Nazar, que
decide un buen día que Dios no es falso, sino simplemente irrelevante. Me encanta cómo suena eso.
Para resolver esto tenemos que empezar por la base, digamos. El análisis de Rorty nos plantea que los seres humanos históricamente han intentado darle
sentido a su existencia tomando uno de dos caminos totalmente divergentes.
Así es. El primer camino es lo que Rorty llama la solidaridad y quienes toman esta ruta buscan darle sentido a su vida narrando su aportación a una comunidad.
Ajá. Esa comunidad puede ser real, este, como una nación o un movimiento social o puede ser imaginaria como los héroes del
pasado o las generaciones del futuro. La clave aquí es que el sentido se encuentra en la relación y en el acuerdo con otros seres humanos.
Claro, el factor humano es el centro.
Exacto. Pero el segundo camino es la objetividad. Y aquí el individuo busca describirse a sí mismo en relación
inmediata con una realidad no humana, o sea, una esencia externa y absoluta que dicta cómo son las cosas realmente sin importar lo que opine la sociedad.
Y según la fuente que estamos analizando, Ry argumenta que la cultura occidental ha estado eh francamente obsesionada con esta segunda opción, la
objetividad, durante siglos, siglos enteros. Sí.
Y el texto señala que esto arranca con los antiguos griegos. Ellos sentían un temor profundo al estreché de miras de su propia cultura local, así que
buscaron desesperadamente este algo más grande que las simples costumbras de su tribu, ¿no?
Claro, querían salir de su propia burbuja.
Exacto. Platón, por ejemplo, crea esta figura del intelectual que logra conectar con la verdadera naturaleza inmutable de las cosas y al hacer eso
establece una línea divisoria gigantesca entre lo que es el conocimiento verdadero y lo que es la simple opinión humana. Y esa obsesión por escapar de la
tribu evoluciona bastante. O sea, durante la ilustración, el modelo platónico se transforma en el ideal del físico newtoniano.
Ajá. Pasamos de la filosofía a la ciencia dura.
Así es. El objetivo supremo pasa a ser el descubrimiento de leyes universales adoptando una especie de perspectiva
divina, por así decirlo, una mirada externa al ser humano.
Y Ry llama a los defensores de este enfoque los realistas. Los realistas, ¿okay?
Y para que el modelo de un realista funcione, ellos necesitan justificar que sus creencias se encajan perfectamente con el mundo exterior. Y esto lo hacen
mediante lo que en filosofía se conoce como la teoría de la correspondencia.
Espera, dame un segundo. Antes de avanzar, creo que vale la pena detenernos en ese término para quienes nos escuchan. Eh, ¿qué significa
exactamente la teoría de la correspondencia, pero de una manera un poco más aterrizada? Claro, en términos sersencillos, la teoría de la
correspondencia sostiene que una creencia o una afirmación es verdadera, si solo sí coincide exactamente con un hecho en el mundo real.
A ver, dame un ejemplo. Pues si yo digo está lloviendo, esa frase solo es verdad si salgo, miro al cielo y efectivamente hay gotas de agua cayendo de las nubes.
O sea, la verdad se ve como un espejo que refleja fielmente una realidad que es independiente de mí.
¿Entendido? Pero entonces entran los pragmatistas como Rorty y deciden dinamitar ese espejo por completo. Según el texto, ellos elijen el camino de la
solidaridad, citando a William James, que es un pionero del pragmatismo, definen la verdad simplemente como aquello en lo que es bueno creer.
Ajá. Es un cambio de enfoque radical.
Radical, sí. No están buscando una esencia verdadera del universo, ni una racionalidad que cruce todas las culturas. Lo que buscan e es el consenso
intersubjetivo más amplio posible. Es como si Rorty dijera, pues dejemos de buscar la objetividad porque al final todo lo que tenemos es nuestra solidaridad.
O sea, no hay una verdad con mayúscula esperándonos allá afuera. Hay acuerdos humanos que funcionan.
A ver si lo estoy captando bien, porque me surge una idea. ¿Es esto como elegir entre ser parte de un club de lectura local donde todos debatimos y acordamos
qué significa un libro o basándonos en cómo nos afecta hoy en día? Ajá. Eso sería la solidaridad. Exacto.
versus intentar leer la mente objetiva e insondable del autor original para saber cuál es la única interpretación correcta que representaría la objetividad.
Esa analogía captura perfectamente la fricción entre ambas posturas. O sea, el realista que busca la objetividad vive
frustrado intentando acceder a la mente inalcanzable del autor, que en este caso sería el universo. Claro.
Exactamente. Mientras que el pragmatista sostiene que el único acceso real que tenemos es a la mente de los otros
miembros del club de lectura. Y bueno, evidentemente esta postura provoca que los realistas ataquen con muchísima
furia a los pragmatistas. Me imagino de qué los acusan.
Los acusan de ser relativistas peligrosos. El argumento clásico es, «Oye, si la verdad es solo lo que tu
grupo acuerdar, entonces cualquier creencia loca de cualquier tribu aislada es tan válida como la física cuántica.» Pero el pragmatista no se queda callado
ante esa acusación, ¿no? Rorty, según el análisis, rechaza de plano la etiqueta de relativista totalmente
y su defensa es bastante audaz. Él dice que simplemente debemos tirar a la basura esa vieja distinción entre conocimiento universal y opinión local.
Él propone abrazar algo llamado etnocentrismo y hay que tener cuidado con esa palabra.
Sí, ojo aquí. No lo dice como una forma de supremacía, sino como la aceptación honesta de nuestra propia contingencia
histórica. [resoplido] Él argumenta que es imposible, o sea, físicamente imposible evaluar el mundo desde fuera de nuestra propia cultura. Claro, porque siempre partimos desde donde estamos.
Así es. Así que debemos partir de ahí, privilegiando las prácticas de nuestra comunidad democrática, porque al final del día son las herramientas que tenemos a mano.
Y eso genera una atención superinesante.
Rort argumenta que valorar nuestra cultura no requiere justificarla metafísicamente.
Pero ahí es donde me surge una duda muy razonable al leer esto. esa obserción por salir de la tribu, ese deseo
ardiente de objetividad, no es exactamente el motor que nos proporcionó la ciencia moderna, los derechos humanos universales y los ideales de la
ilustración. O sea, parece muy arriesgado simplemente descartarlo y decir que es solo un acuerdo de club de lectura.
Y es una crítica muy válida, pero Rorty aborda esa preocupación directamente. El texto subraya que él no tiene
absolutamente nada en contra de las instituciones de la democracia liberal, los derechos humanos o la ciencia natural. Ah, okay.
De hecho, los considera los mayores logros de la humanidad. El error, desde su perspectiva pragmatista, no radica en la ciencia o en la democracia per sé.
sino en el intento de divinizarlas, o sea, ponerlas en un pedestal cósmico.
Exacto. Es el afán de los filósofos por justificar la superioridad de estas instituciones, afirmando que están
respaldadas por la naturaleza misma del universo. Rorty insiste en que deberíamos defender la ciencia y la
democracia simplemente porque nos ofrecen la mejor calidad de vida práctica, no porque tengan, digamos, línea directa con la voluntad del
cosmos. Y esa advertencia sobre intentar justificar la verdad de forma absoluta, intentando alcanzar esa perspectiva divina que menciona, nos lleva un escenario que es mucho más oscuro.
Definitivamente, porque si aceptamos esta idea de Rorty de que la verdad objetiva es una ilusión y la abandonamos,
eh, ¿qué pasa con las instituciones que históricamente se construyeron sobre esa supuesta verdad absoluta?
Se tambalean. Y ahí es donde entra de lleno el martillazo despiadado de Friedrich Nietzsche en el anticristo.
¡Uf! Sí, Nietzsche lleva este debate a sus últimas consecuencias. Mientras Rorty habla de la objetividad como un
simple error epistemológico o un malentendido filosófico, Nietzsche ve la afirmación de una verdad moral absoluta
y específicamente en su forma cristiana como una enfermedad literal que envenena la biología misma del ser humano.
Es fortísimo. En el anticristo, él diagnostica que el cristianismo es la religión de la compasión, pero lejos de
ver esto como una virtud, argumenta que la compasión produce un efecto depresivo, funciona, según él, en contra de la ley de la selección natural.
Me pregunto, ¿cuál es el mecanismo exacto ahí? Porque normalmente entendemos la compasión como algo
superpitivo en la sociedad, ¿no? ¿Por qué Nietzsche afirma que atenta contra los instintos vitales? La lógica de
Nietzsche y de nuevo, recordando que estamos analizando su postura sin suscribirla, es que la compasión es contagiosa y es agotadora.
¿Okay?
Al obligar a los fuertes y saludables a sentir lástima constantemente por los débiles, la compasión drena su vitalidad. O sea, en lugar de permitir
que florezca la excelencia y la fuerza vital de la humanidad, crea un sistema de valores que conserva lo fracasado, lo
que sufre y castiga sistemáticamente a lo que prospera. Es un mecanismo que iguala a todos hacia abajo, hacia el sufrimiento compartido.
Y el texto usa un término muy específico para describir esto. Menciona que es la moral de la decadencia o la moral
chandala. Y hagamos una pausa ahí. Ese término chandala no se escucha todos los días. ¿A qué se refiere, Nietzsche, exactamente?
Chándala es un término que toma prestado del sistema de castas de la antigua India y hace referencia a la casta más baja, a los intocables.
Ah, ya veo por dónde va.
Sí. Nietzsche utiliza este concepto de forma muy provocadora para describir el cristianismo como la rebelión de los
chandalas espirituales, es decir, los resentidos, los oprimidos y los débiles, uniéndose para crear un sistema moral
que declara que la fuerza, la salud y la vitalidad son eh pecados y que la debilidad y el sufrimiento son las
verdaderas virtudes. Es para él una venganza de los débiles contra los fuertes, disfrazada de verdad sagrada.
Es una crítica sumamente visceral. Y para darle perspectiva a esto, el texto señala que Nietzsche hace comparaciones fascinantes con otras religiones.
Menciona, por ejemplo, al budismo, al que califica de casi positivista e higiénico.
Si esa palabra usa higiénico, lo ve como una religión diseñada simplemente para calmar el dolor, pero sin inventar estas promesas falsas de
redención en otro mundo. Y luego lanza una comparación que resulta bastante polémica con el código de Manu. El
código de Manu es este antiguo texto legal y religioso de la India que bueno establece el sistema de castas. Y
Nietzsche lo analiza muy fríamente y señala que aunque los sacerdotes de Manu utilizaron la misma herramienta que los
sacerdotes cristianos, es decir, la mentira santa, esto de inventar mandatos divinos para controlar a la población.
Ajá. O sea, ambos mienten según él.
Exacto. Pero la gran diferencia radica en el objetivo. Según Nietzsche, el código de Manú utiliza la mentira para
afirmar la vida, celebrar el sol y mantener una jerarquía que favorece a las clases nobles. El cristianismo, en
cambio, dice que utiliza la mentira para envenenar la realidad.
Entonces, para Nietzsche, el problema principal no es la invención de mitos en sí, sino el propósito tóxico detrás de esa invención. Tal cual.
Y argumenta que el sacerdote inventó todo este arsenal de conceptos, o sea, el pecado, la culpa, el orden moral
universal y el famoso más allá, con una agenda muy clara que es desvalorizar la naturaleza y destruir el conocimiento empírico.
El análisis, de hecho, cita una interpretación brutal que hace Nietzsche del libro del Génesis, la del árbol del conocimiento. Sí,
sugiere que el relato del árbol del conocimiento representa el miedo de Dios o más bien del sacerdote a que el hombre
adquiera ciencia. Porque y esto es clave, un ser humano con ciencia simplemente no necesita sacerdotes.
Es que la hostilidad de Nietzsche hace a cualquier cosa que devalúe el mundo terrenal es implacable. critica
duramente al apóstol Pablo de Tarso por institucionalizar este odio al mundo real y dirige sus ataques también hacia filósofos ilustrados como Kant.
Un segundo, Kant y su famoso imperativo categórico. Recuerdo eso vagamente de las clases de filosofía, pero este
refresquemos la memoria sobre qué es y por qué Nietzsche lo detesta a tal nivel. El imperativo categórico de Kant es esta idea de que debes actuar
moralmente solo según reglas que te gustaría que se convirtieran en leyes universales para todos, independientemente de la situación, ¿no?
Independientemente de tus deseos o tus circunstancias personales. Y Nietzs lo detesta porque lo ve como otra forma de tiranía deshumanizante.
Para él, una moral que no brota de los instintos vitales y de la necesidad personal del individuo, sino de un deber
abstracto e impersonal, pues es una fórmula para la decadencia.
Es como la religión cristiana, pero con un disfraz racional.
Exactamente. Es secularizar la misma enfermedad. Y buscando ejemplos históricos donde la humanidad intentó librarse de esta decadencia, Nietzsche
mira hacia el Renacimiento, una época que él admira muchísimo.
Sí, lo describe como un momento glorioso, un intento majestuoso de transmutar los valores. La idea de que incluso el papado en Roma eh con figuras
como César Borgia estuvo a punto de ser conquistado por la nobleza, la vitalidad y el arte terrenal en lugar de estar centrado en el sufrimiento. Pero
entonces, según Nietzsche, todo fue arruinado por Martín Lutero y la reforma protestante. Lutero, con su indignación moral y su profundo resentimiento
clerical, restauró la enfermedad de la fe justo cuando Europa estaba a punto de curarse.
Y el desprecio por la reforma subraya este punto central de Nietzsche, ¿no?
Cualquier ideología que coloque la verdad en un plano inmaterial y exija que sacrifiquemos nuestra vitalidad presente por una supuesta recompensa
futura, es, a sus ojos, un enemigo de la humanidad.
Pero al leer una crítica tan devastadora contra la fe, surge un contraargumento natural, creo yo. O sea, ¿qué pasa con
los mártires? A lo largo de los siglos, miles de personas han soportado torturas inimaginables y han ido a la muerte cantando por esta fe. El hecho de que
tanta gente entregue su sangre no otorga al menos cierta prueba empírica de que esa verdad era real y objetiva.
Pues el propio texto que analizamos aborda esta cuestión directamente y la respuesta de Nietzsche es bueno, demoledora.
¿Qué dice?
Él argumenta que la sangre es el peor testigo posible de la verdad. Que un grupo de personas muera por una creencia no aporta ni un gramo de evidencia sobre
su validez objetiva. Los mártires solo demuestran la fuerza de su propia convicción ciega, no la verdad de la causa. Wow, es fuerte.
Sí, el fanatismo es dramático, claro, y seduce a las mortitudes que aman el espectáculo, pero oscurece por completo
la honestidad intelectual. Como suele decirse desde esta perspectiva, un error sellado con sangre, pues sigue siendo simplemente un error.
Es impresionante. Y noten la increíble trayectoria conceptual que hemos trazado hasta ahora. Comenzamos con Rorty sugiriendo que la objetividad divina es
una ilusión y que debemos abrazar el consenso de nuestra comunidad de forma pacífica. Luego vimos a Nietzsche destrozando a martillazos la
manifestación más grande de esa verdad objetiva en Occidente, viéndola literalmente como un veneno contra la vida. Así es.
Y parece que tras derribar las certezas celestiales y metafísicas, lo único que nos queda es la solidaridad, el simple acuerdo entre humanos que proponía
Rorty. Pero, y esta es la gran pregunta, ¿es suficiente el consenso de la tribu para sostener la realidad? Esa es
precisamente la inmensa grieta conceptual por la que entra nuestra tercera y última fuente. El artículo del
blog Entre fachas y rojos de Max Aguirre Rodríguez interviene justo aquí para advertir sobre los severos peligros de
llevar la idea de solidaridad de Rorty hasta sus últimas consecuencias.
O sea, cuando el consenso va demasiado lejos.
Exacto. Aguirre propone un modelo que él denomina el enfoque convocacionista.
Y en lugar de enfrentar las diferentes definiciones de la verdad para ver cuál gana, él sugiere que se complementan. Ah, interesante.
O sea, la verdad como correspondencia con los hechos, la verdad como coherencia lógica, la verdad como consenso del grupo y la verdad como
utilidad pragmática no tienen por qué destruirse mutuamente, pueden convivir.
Y para anclar esto, Aguir reintroduce un concepto que la verdad me voló la cabeza a leerlo. Lo llama la coincidencia biológica.
Ese concepto es clave. Básicamente le responde a Rorty diciéndole, «Oye, de acuerdo. Tienes razón en que no podemos
quitarnos nuestra piel humana para ver el universo desde la perspectiva de Dios. No podemos acceder a la famosa cosa en sí pura y sin historia de los
filósofos.» Ajá.
Pero sí tenemos acceso compartido a la cosa para nosotros. Y el argumento central es que esta coincidencia en cómo percibimos el mundo no es solo un
acuerdo social de un club de lectura, es material y es biológica. O sea, si metes la mano al fuego, el fuego te quema, independientemente del vocabulario o las
creencias culturales que tu tribu tenga sobre cómo funciona la combustión.
Y esa resistencia material es el cable a tierra necesario. Y fíjate como para ilustrar esta tensión entre el consenso
y la materia, el artículo analiza a un personaje de la novela Villa Laura de 1986.
Háblame de ese personaje.
Se llama Nazar. Inzar es un agnóstico profundamente pragmático que desafía a Dios. Pero, y esto es crucial, su
desafío no toma la forma del viejo realista que intenta demostrar científicamente que Dios es objetivamente falso, que sería el camino tradicional. Claro.
Exacto. En lugar de eso, Nazar simplemente lo declara irrelevante.
Evalúa la idea de Dios, no por su misteriosa correspondencia con el más allá, sino por su nula función y utilidad en la esfera pública y material del día a día.
Lo cual suena muy pero muy en sintonía con Rorty.
Sí, totalmente pragmatista. Pero aquí es donde Aguirre lanza una fuerte advertencia y utiliza un texto del propio Rorty que se titula Textos y terrones.
¿Qué nos dice ahí? Aguirre alerta sobre el tremendo peligro de intentar igualar el consenso suave de las humanidades o
de la crítica literaria con el consenso duro de la materia y de las ciencias. O sea, si hacemos eso, si decimos que
absolutamente todo es simplemente un discurso o una narrativa, terminamos diluyendo la resistencia brutal que ofrece el mundo exterior físico.
Ya veo. Y el blog ejemplifica esto usando otro elemento de la novela. El personaje de Laura, que es la abuela en la historia, se reconstruye a lo largo
de todo el libro a través de las perspectivas, las memorias y los relatos de los demás personajes.
Ajá. Nazar, Regine, Constanza. Exacto.
Su identidad en la historia parece un entramado de discursos, puro consenso rotiano.
Sin embargo, Aguirre subraya una línea roja que es infranquiable. Y es que Laura existió materialmente. Esa
correspondencia material primigéa no puede quedar subordinada a la pura solidaridad y a los simples relatos que la familia cuenta sobre ella, por muy poéticos que sean.
A ver si esta analogía que se me ocurre nos ayuda a cristalizar la idea para quienes nos escuchan. Imaginemos que tenemos 100 reseñas diferentes en internet sobre un restaurante.
¿Okay?
Esas reseñas, eh, las opiniones, los debates sobre si el ambiente es bueno o malo representan el consenso, la
solidaridad de Rorty. Es la construcción social de la verdad sobre el restaurante. Pero al final del día, la comida física tiene que existir.
Exacto.
Tiene que tener ingredientes reales, entrar en nuestro cuerpo y procesarse biológicamente.
O sea, no importa cuán unida y solidaria sea la comunidad de críticos gastronómicos, el ser humano simplemente
no puede alimentarse metabólicamente solo de reseñas. Es una excelente forma de visualizarlo.
Las reseñas dan sentido a la experiencia gastronómica, por supuesto, pero los nutrientes físicos dictan la supervivencia biológica. No hay debato que cambie eso.
Así es. Pero a ver, si asumo el rol del abogado del por un segundo, me pregunto algo. Si Aguirre sostiene que
nuestra biología compartida es la que dicta los límites de nuestra comprensión de la verdad, no está él mismo introduciendo, digamos, por la puerta
trasera una nueva forma de objetividad disfrazada, reemplazando la moral divina por un determinismo genético.
Es una buena objeción, pero el artículo prevé esa crítica. Aguirre deja supercaro que no está hablando de una esencia trascendental suprahumana o
cósmica, que es exactamente lo que Nietzsche y Rorty repudiarían. Ah, ya entiendo la diferencia.
Claro, él habla de una realidad física que cruza a toda la especie humana por igual. El peligro de basarse puramente
en el consenso es inmenso. Aguirre, conectando con la crítica de Nietzsche a los mártires, advierte que un consenso
vacío totalmente desconectado de la materia puede legitimar atrocidades y ficciones mortales.
Dame un ejemplo de eso, de un consenso vacío mortal.
Pues imaginemos un culto cerrado que de repente decide que ingerir veneno los va a elevar espiritualmente. Pueden tener
una solidaridad perfecta entre ellos, un consenso grupal total. e incluso estar dispuestos a morir por ello como los mártires.
Exacta. Pero el mundo material exterior en forma de toxicología humana va a operar su resistencia inexorable,
destruyéndolos a pesar de los discursos poéticos que hayan creado.
Wow, vaya viaje intelectual hemos dado hoy. Arrancamos con Rorty invitándonos cordialmente a bajar de las nombres del
absolutismo y sentarnos a conversar, o sea, construir la verdad a través de la solidaridad democrática. Ajá. Un enfoque muy civilizado.
Sí. Luego atravesamos el fuego con Nietzsche, quien demuele a martillazos la manifestación más institucionalizada
de esa verdad objetiva, el cristianismo, viéndolo como una pura invención sacerdotal para sofocar la vitalidad terrenal. Y concluimos con la síntesis
de Aguer, que funciona como un ancla indispensable en todo este debate. Nos recuerda que si bien es cierto que
estamos atrapados en nuestro lenguaje, en nuestra cultura y en nuestra visión limitada humana, el mundo físico sigue ahí.
No se va a ningún lado, ¿no? La realidad material y nuestra coincidencia biológica nos ofrecen una resistencia firme que impide que la
verdad se disuelva por completo en un océano relativista. donde cualquier narrativa, por más falsa que sea, tenga el mismo peso.
Y reflexionar sobre esto tiene un impacto directo en cómo vivimos hoy. O sea, en esta era de hiperinformación, de debates supertóxicos en redes sociales y
de las famosas fake news, entender desde qué paradigma operamos es fundamental para cualquiera que nos escuche.
Totalmente de acuerdo. La próxima vez que estemos inmersos en una discusión acalorada en internet, vale la pena detenerse un segundo y preguntar, «A
ver, ¿estoy defendiendo esto únicamente porque es el consenso de mi tribu ideológica, o sea, pura solidaridad
rotiana, o estoy buscando sinceramente una coincidencia con la resistencia que ofrece el implacable mundo material?» Es
que esa es la frontera exacta entre vivir atrapado en una cámara de eco reconfortante o verdaderamente habitar y aceptar el mundo físico compartido.
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