– ¿Son «El extranjero» y «La vegetariana» novelas de claudicación?
«El extranjero» y «La vegetariana» vs. «Villa Laura (1986)»
Transcripción automática:
Empecemos observando como el extranjero y la vegetariana presentan a protagonistas que chocan violentamente
con las expectativas de su entorno, que es el núcleo de ambas. Claro.
Sí. Pero lo interesante es que lo hacen desde trincheras eh completamente opuestas, digamos. Hablamos de la apatía emocional extrema frente al rechazo
físico más absoluto, o sea, dos caras de una misma moneda disidente. Tal cual. Vamos con el extranjero.
Primero tenemos a Mer, un hombre cuya desconexión emocional es casi, no sé, escalofriante. La novela nos lanza de
lleno a esta apatía desde la mismísima primera línea.
¡Uf! Esa primera línea es legendaria, es brutal. O sea, Mersou recibe un telegrama del asilo que dice, «Eh, falleció su madre, entierro mañana sentidas condolencias.
Y su reacción interna es básicamente, quizá fue ayer, no lo sé. Wow.
Cero. No hay lágrimas, no hay desgarro, solo una indiferencia monumental ante el hecho más trágico que le puede ocurrir a un ser humano, ¿no?
Y fíjate que esa indiferencia es precisamente el verdadero crimen a los ojos de la sociedad que lo rodea. Exacto.
Si nos fijamos en la famosa escena del juicio, lo que realmente selle el destino de Mersult no es el asesinato en sí, que es loquísimo si lo piensas.
Es absurdo. Sí. O sea, disparó contra un árabe en la playa. Un acto fatal y eh mediado por un sol segador que él culpa.
Pero, ¿en qué se enfoca el fiscal durante el juicio? En tonterías.
No se enfoque en la sangre. No se enfoque en el arma del crimen. Se enfoca en los detalles más mundanos posibles para pintar a Mers como un monstruo sin alma ante los ojos del jurado.
Es que se le condena por haber tomado café con leche. Sí, café con leche.
Y haber fumado un cigarrillo frente al féretro de su madre. O sea, por fumar. Y peor aún para ese jurado, por haber ido
al cine a ver una película cómica, eh, una de Fernandel, con una mujer con María, justo al día siguiente del funeral.
Tal cual lo crucifican por no cumplir con la coreografía del duelo que la sociedad exige.
Exacto, la coreografía. Pero espera, me surge una duda aquí. ¿No es Mursol también un hipócrita a su manera?
A ver, ¿cómo así? O sea, no está él también eh performando su propia apatía para probar un punto filosófico o es que genuinamente es incapaz de sentir.
Esa es una excelente observación y de hecho la genialidad de Camus es que deja esa ambigüedad flotando en el aire.
Ya, pero desde la perspectiva del sistema legal y social del libro no importa si Mersol finge o no. Lo que importa es que la sociedad necesita la actuación del
dolor para mantener el orden moral intacto.
Claro, si no hay actuación, el sistema colapsa.
Exactamente. Si alguien puede tomar un café frente al cadáver de su madre y no inmutarse, la sociedad asume por defecto que esa persona es capaz de ignorar
cualquier otra regla, cualquier otra ley. Es un monstruo.
Es una condena moral mucho antes que una penal. El fiscal construye una narrativa, una ficción literal basándose en la sensibilidad esperada y usa esa ficción para destruirlo.
Es aterrador si lo pensamos en el contexto actual, ¿verdad? ¡Uf! Ni me digas.
Para quien nos escucha ahora mismo, basta con pensar en las redes sociales hoy en día. Si ocurre una tragedia, no sé, pública o personal, y alguien no
publica un mensaje de duelo, un lazo negro, la gente asume lo peor de esa persona, se le van encima. Exigimos esa misma coreografía digital.
Ahora, si contrastamos esta apatía, este digamos vacío casi silencioso de Mersau con la protagonista de la vegetariana,
con Jeng G, encontramos una disidencia que es pura intensidad, es física, es visceral. Así es. Jeneng no flota por la
vida como mersol. Ella toma una decisión radical y violenta contra sí misma tras un sueño espeluznante. Y es un sueño profundamente perturbador.
O sea, ella se ve en un bosque oscuro, llega a un granero iluminado donde cuelgan enormes trozos de carne roja, carne sangrante.
Sí. Y en el sueño se ve a sí misma con la ropa, con las manos, la boca manchadas de sangre tras haber devorado esa carne cruda ahí mismo.
Es una imagen fuertísima, demasiado. Y el impacto psicológico es tan fuerte que al despertar vacía el refrigerador, tira carnes supercostosas
a la basura y se niegan rotundo a consumir cualquier producto animal. Pero lo que hay que entender aquí y que las fuentes subrayan mucho es el contexto.
En la sociedad que retrata la novela en Corea del Sur, dejar de comer carne no es una simple preferencia dietética.
No es ser vegano o por moda, para nada. Es un rechazo absoluto a la estructura patriarcal, a la sumisión conyugal y a las dinámicas de poder
tradicionales. Y por eso la respuesta de su entorno es de una violencia devastadora. Es brutal.
Piensa que la sociedad de Meurs lo juzga en un tribunal formal con togas, estrados y abogados. Ajá. La sociedad de Yongi la juzga en la mesa del comedor familiar.
¡Uf! La escena de la cena, la escena en la nueva casa de su hermana es, o sea, te revuelve el estómago. Toda la familia se une para doblegarla.
Es una emboscada, literalmente.
Es una tortura psicológica que rapidísimo escala lo físico. El padre de Jong, un hombre que está acostumbrado a
la autoridad incuestionable, un veterano, pierde los estribos al ver que su hija lo desobedece en público frente a todos.
Frente a todos. y le da una bojetada tremenda. Y luego, mientras el propio hermano de Jonel la sujeta por los brazos, el padre le mete a la fuerza un trozo de cerdo agridulce en la boca.
Es horrendo.
O sea, es una violación total de su autonomía.
Y lo fascinante aquí es el mecanismo de defensa que ella activa, o sea, cuál es su respuesta ante esta invasión tan brutal. Escupe la carne.
Escupe la carne con un alarido como un animal herido, y se corta la muñeca con un cuchillo de fruta. Ahí mismo el rechazo a la norma ya no es solo
conductual. Ya no es solo no comer, ya es una amputación, es un derramamiento de sangre para recuperar el control sobre su propio cuerpo.
Claro, porque su cuerpo es el último territorio sobre el que ella siente que tiene soberanía.
¡Uf! Y eh pensando en estas dinámicas de rechazo, se me ocurre una analogía. A ver, ¿qué te parece? Es como si la
sociedad en ambos libros funcionara como un sistema inmunológico gigante.
A ver, interesante. ¿Cómo funcionaría ese sistema, digamos? Bueno, imaginemos que la inmensa mayoría de la gente actúa como los glóbulos rojos. Hacen su
trabajo en silencio, fluyen por las venas sin causar problemas, pagan impuestos, mantienen el cuerpo funcionando,
pero de repente aparecen Mersult y JN y J que actúan de una manera que el sistema simplemente no reconoce. Son como glóbulos blancos que no siguen el
patrón y automáticamente este sistema inmunológico social se activa y los ataca. los intenta expulsar o destruir
literalmente para mantener la homeostasis el equilibrio. Entonces, la pregunta que queda flotando para nuestra audiencia es, ¿es este sistema
inmunológico un villano opresor? ¿O acaso estos protagonistas al negarse a jugar bajo las reglas básicas están
invitando a su propia destrucción a gritos?
Esa es precisamente la atención central de esta exploración. Y fíjate cómo se manifiesta esa destrucción. En el caso de Camu, la desconexión culmina en el absurdo burocrático, ¿no?
Total.
Mers cuando está en su celda esperando la ejecución se da cuenta de que la maquinaria de la muerte es dolorosamente ordinaria.
Es gris, supergris. Al pensar en la guillotina, él descubre que no está en un cadalzo elevado, con grandeza histórica, con público aclamando o llorando.
No está a nivel del suelo. La máquina aplasta al individuo discretamente con una precisión administrativa brutal.
destruya cualquier romanticismo sobre la muerte. Es la frialdad total de la institución.
Mientras que en la obra de Han eh la desconexión y la destrucción operan a un nivel profundamente íntimo, invasivo, casi pegajoso.
Totalmente. Y esto se ve clarísimo con el cuñado de JN Ge. ¡Uf! Ese personaje.
Él es un videoartista que desarrolla una obsesión malsana con una mancha mongólica, una mancha de nacimiento que ella tiene en las nalgas.
Sí. Y él utiliza esa vulnerabilidad, esa desconexión mental progresiva de ella como detonante para su propio arte erótico.
Se aprovecha de su locura, básicamente.
Exacto. Le pinta flores sobre el cuerpo desnudo y la graba. Para él, Jong G es un lienzo en blanco para satisfacer su
sed artística y sexual. Pero para ella, claro, para ella convertirse en una planta, vaciarse de deseos humanos, es
la única forma de alcanzar una pureza que no daña a nadie porque ella percibe el mundo humano como un lugar devorador y violento.
Es asfixiante, o sea, como electora, realmente te dejas sin aire, lo que eh nos obliga a hacer una pequeña pausa y
preguntarnos algo. A ver, si ambas obras son consideradas hitos absolutos de la literatura por explorar la alienación tan brillante, ¿por qué alguien rechazaría estas lecturas?
O sea, ¿qué tipo de lector se resistiría a este nivel de introspección?
Y para entender esa perspectiva, debemos introducir el artículo del crítico Max Aguirre Rodríguez, publicado en un portal llamado Entre fachas y rojos. Su
visión es muy particular y sumamente severa.
Es rudo, muy rudo. Él detesta visceralmente lo que denomina narrativas de claudicación. Ajá.
Para él, las historias donde el individuo simplemente se rinde, enloquece o es aplazado por el sistema, simplemente no tienen un valor redentor.
Y vaya que no tiene piedad al escribir su columna. O sea, despacha al extranjero tachándola de obra obsoleta.
Obsoleta, sí. reduce toda esa complejidad filosófica existencialista de Merso, argumentando que la novela se resume en
tener un protagonista que es simplemente y cito textual, ateo e imbécil. Es que es fortísimo.
Imagínate resumir a Camus así. Para el crítico, la representación del existencialismo falla horriblemente porque el personaje es irremediablemente
monótono y se deja condenar casi sin defenderse. Lo ve como pereza. Y si alguien de la audiencia pensaba que iba a ser más suave con la obra
contemporánea, pues se equivoca de plano. ¡Uf! Con Han Kang es peor.
Su crítica hacia la vegetariana es igual de incisiva. La califica directamente de truculenta, asfixiante y fallida. Fallida. Wow.
Sí.
Aguirre Rodríguez argumenta que la novela tiene un problema estructural, un problema ideológico. Él afirma que la locura de Jong no es una reacción
exclusiva a la opresión del entorno o al patriarcado, como se suele leer. Ya.
Él sostiene que esa oscuridad y esa locura ya habitaban dentro de ella, que estaban latentes en sus propias pesadillas desde el principio, mucho
antes de que el mundo exterior comenzara a presionarla por no comer carne. Aunque bueno, para no quitarle mérito a su análisis, hay que mencionar que él sí
reconoce que la conducta del cuñado Ah, sí, claro.
O sea, toda la situación asquerosa del fetiche artístico y el videoporno, él admite que es moralmente repulsiva. No lo defiende.
No, eso no lo defiende.
Pero donde el crítico realmente pierde la paciencia es en la tercera parte de la novela, cuando cambia el punto de vista. Exacto.
Cuando la hermana mayor asume el cuidado de una Yongé que ya está internada en un centro psiquiátrico, completamente disociada de la realidad creyendo que es un árbol.
Sí, el crítico siente que esas páginas finales son aburridísimas, dice que son poco convincentes y que en última
instancia no aportan absolutamente nada a la idea de la prosperidad humana.
Y si conectamos esto con el panorama general, pues lo que este crítico está demandando es un cambio de paradigma total en lo que consumimos como sociedad.
Ajá. no quiere literatura que sirva como una autopsia clínica de la derrota del individuo. Él busque historias que celebren la prosperidad, que celebren la
resistencia tenaz y la supervivencia a pesar de las adversidades.
Y fíjate como esta postura tan eh crítica prepara el terreno de manera inmejorable para introducir nuestra tercera obra en disputa hoy.
Sí, sí, sí. Calza. Perfecto.
Y eh aquí es donde se pone realmente interesante la cosa, porque si dejamos atrás el frío y solitario calabozo de
Mersol Ajá. y logramos salir de la asfixiante habitación de hospital de Jongier.
Aterrizamos de golpe en el ruidoso, caótico y vibrante universo de Villa Laura, la de 1986.
Es un cambio de ritmo brutal, brutal. Pasamos del aislamiento silencioso a la polifonía ensordecedora
de una tribu entera, una familia disfuncional que irónicamente lucha a muerte por sobrevivir al legado tóxico de su propio creador.
Villa Laura es un artefacto literario fascinante porque nos presenta una dinámica familiar que es intensamente metatextual. Totalmente.
Todo aquí orbita alrededor de la figura inmensa de Nazar. Estamos hablando de un anciano de 80 años galardonado con el Premio Nobel de Literatura, o sea, un
gigante, un peso pesado, pero que ahora sufre episodios severos de demencia. Tiene delirios de grandeza absolutos. Las fuentes mencionan que
llega a gritar por los pasillos de la casa como, «Yo soy Dios, yo soy el diablo.» Es aterrador, es un patriarca en el
sentido más, no sé, pesado y oscuro de la palabra. Pero lo verdaderamente retorcido de Nazar, eh, el motor real de
la tragedia familiar, es cómo Demonios construyó su éxito. Claro, el secreto detrás del Nobel.
Exacto. Nazar es en esencia un vampiro literario. Se apropió sin escrúpulos de los manuscritos y vivencias de un viejo amigo fallecido llamado Luis Borja.
Ajá.
Y peor aún, destiló y exprimió los traumas más íntimos de su propia esposa, Laura, a quien él, de forma
condescendiente llama Bonnie, y usó todo eso para alimentar la maquinaria de sus aclamadas novelas. Es canibalismo literario.
Tal cual. Como señala el análisis de las fuentes, su forma de amar el control absoluto. Es casi un proyecto
intelectual eugenésico dentro de su propia casa.
Pero aquí radica la diferencia fundamental con las dos obras anteriores y por lo que creo que al crítico Aguirre Rodríguez le gustaría más. La resistencia.
Exacto, la resistencia. Las mujeres de esta familia no se hunden en el silencio ni se dejan decapitar por la burocracia sin pelear. Le hacen frente.
Sí. Tenemos a Laura, la esposa, que no es para nada una víctima pasiva. En su juventud fue una fiera militante política. Fuerte.
Y luego están las dos hijas, Constanza, que es una doctora pragmática con una mirada clínica de la realidad, y Regin, una chef de carácter volcánico, de respuestas rápidas y afiladas.
Villalaura es en el fondo, un tratado sobre la memoria. Trata sobre cómo esta tribu de mujeres hereda, disputa a
gritos y finalmente protege una memoria colectiva frente al control asfixiante del patriarca.
Y esa memoria, ojo, no existe en un vacío. Está profundamente entrelazada con el contexto del país. Uy, sí.
La navela utiliza las acaloradas discusiones de sobremesa, los almuerzos familiares como un espejo directo de la turbulenta historia política del Perú en
los años 80. En los fragmentos de Villa Laura presenciamos debates políticos internos intensísimos. Vemos al viejo
escritor Elías Monterroso, por ejemplo, defendiendo a gritos la reforma agraria de Juan Velasco Alvarado. Sí, golpeando a la mesa, seguro.
Exacto. Y lo hace frente a la hija, frente a Constanza, quien declara abiertamente y sin tapujos que ella votaría por el PPC, el Partido Popular Cristiano.
El contraste es enorme.
Y además se nos cuenta sobre la juventud de Laura entonendo cánticos fervorosos en las calles y jurando a todo pulmón que el APRA nunca muere. Las facciones
políticas se convierten básicamente en armas arrojadizas dentro de la guerra civil familiar.
Una vez aclarado eso, que era necesario, analicemos cómo funciona esto narrativamente. Esos debates políticos no son simple relleno histórico o decoración.
No, para nada.
Reflejan la lucha desesperada por la autonomía. Elías Monterroso, este viejo amigo y al mismo tiempo rival literario acérrimo de Nazar, se convierte en una
figura pivotal, crucial para la hija, para Constanza.
¡Uf! Y me atrevo a decir que este es el punto de inflexión, o sea, la parte más brillante de todo el libro. A ver, explícalo un poco.
Constanza en su afarir la verdadera historia de su madre y rescatarla de las mentiras y ficciones de su padre, toma una decisión super radical.
Ajá.
Le pide literalmente al enemigo literario de su padre, a este Elías Monterroso, que le enseñe a escribir, que sea su mentor a espaldas de Nazar.
Es una traición literaria hermosa.
Y Elías acepta, pero le da una advertencia que para mí es oro puro. Le exige que, cito, no escriba diálogos enfermos como los de Nazar.
Wow.
Le pide que no copie ese estilo pretencioso que obliga al lector a rellenar vacíos por pura pereza del autor. Yo me pregunto y lo suelto aquí,
¿no es esto el equivalente literario a reescribir tu propio código genético?
Es una gran analogía. O sea, Constance está intentando purgar la influencia estilística de su padre de sus propias venas para poder escapar de sus garras
intelectuales y finalmente contar su propia verdad.
Y claro, esto plantea una pregunta importante que de hecho es el corazón de nuestro debate de hoy, de toda la exploración.
Sí, es vi laura de 1986 una digamos mejor novela sencillamente porque nos ofrece esperanza y supervivencia al final del túnel.
A diferencia de las otras dos.
Exactamente. A diferencia de Mersut o de Guong, cuyas trayectorias terminan en el aplastamiento burocrático o en la disolución mental absoluta, las mujeres
de Vila Laura hacen algo que requiere un esfuerzo colosal. Suturan sus heridas. Suturan. Qué buena palabra.
Sí, no hay claudicación. A pesar del proyecto de control casi eugenésico e intelectual de Názar, ellas prosperan polifónicamente, encuentran una voz
conjunta, una coralidad y logran una victoria colectiva sobre el silencio que él quería imponerles.
Entonces, eh, ¿qué significa todo esto al final para quien nos escucha hoy? Es la gran pregunta.
Después de desempacar toda esta densidad literaria, o sea, pasamos por la apatía del absurdo, el rechazo físico extremo y
llegamos a la lucha por la memoria compartida. Un viaje intenso.
La conclusión a la que nos empujan estas lecturas es reveladora, siento yo. La respuesta a la pregunta de qué novela es mejor dice muchísimo más sobre las
necesidades psicológicas de quien lee que sobre la calidad inherente de los libros en sí.
Absolutamente. Yo estoy seguro de que es así. Si lo que cualquier lector busca es comprender la anatomía exacta de una ruptura, Ajá. Observar de cerca, casi con
microscopio, como un individuo se quiebra ante un mundo hipócrita, sordo y opresivo. Entonces, las obras de Camu y Hankang son lecturas obligatorias.
Son la cúspide de eso. Son magistrales en su ejecución.
funcionan con radiografías precisas, nítidas y dolorosas del aislamiento humano. Te muestran exactamente, volviendo a tu metáfora del principio,
dónde está la fractura social del hueso, aunque no te ofrezcan una cura para sanarlo.
Exacto. Te muestran la herida abierta, pero por otro lado, eh, para quien valora la resiliencia, para quien necesita ver que la resistencia
colectiva sí es posible, que la memoria puede perdurar más allá del trauma abusivo, que hay luz, digamos, que hay luz, Exacto. y que una familia rota tiene la capacidad realizar.
Entonces, Villa Laura se lleva el premio indiscutible. Es un clamoroso triunfo de la tribu sobre el egoísmo, sobre la egolatría del individuo.
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