“Finnegans Wake” vs. “Villa Laura (1986)” (debate) («Cuarto cerrado», 9)

 

“Finnegans Wake” vs. “Villa Laura (1986)”

Debate sobre el ensayo de Max Aguirre Rodríguez

 

 

 

César Cedro (crítico marxista postcapitalista):

 

¡Abran las hojas de cálculo y preparen los manuales de compliance, que doy por iniciada esta nueva auditoría de control de calidad civil en el “Cuarto Cerrado”! Vengo a poner sobre la mesa un balance contable definitivo que dejará en quiebra técnica irreversible la mitología vanguardista europea; pretender que el rompecabezas insolvente de “Finnegans Wake” cotice al alza en el mercado del nuevo canon literario es una estafa metodológica que este bloque laico no va a refinanciar. James Joyce nos ha entregado un artefacto con cero liquidez comunicativa, un producto defectuoso de fábrica que sacrifica la potencia de las ideas a cambio de un tedio inflado de pirotecnia verbal deforme y arbitraria que no genera un solo dividendo existencial. Aquí no existen los pagarés morales ni la obligación financiera de hacer tres lecturas para rescatar un mensaje que el autor enterró por pura pereza técnica; la comunicación efectiva y el impacto directo en el primer estado de resultados son los únicos requisitos operativos para sobrevivir a nuestra aduana racional.

 

Frente a esa parálisis estructural y el balbuceo esquizofrénico de un texto que no controla sus propios riesgos lingüísticos, el diseño transrealista de “Villa Laura (1986)” resplandece con un superávit de ejecución impecable. Max Aguirre Rodríguez demuestra una lucidez corporativa superior al indexar, mediante el crotol de Nasar, los límites geográficos y las fallas de su propia neolengua; la novela no delira con universalismos de vitrina, sino que asume de manera fáctica que las expectativas y la pronunciación de la tribu liquidan cualquier pretensión mística del sonido absoluto. Mientras la oposición burguesa de esta mesa se prepara para inundar el debate con sus acostumbrados derrames líricos de barricada y defensas sentimentales de la complejidad ociosa, mi función queda establecida: auditar los pasivos de la esclerosis joyceana y blindar la rentabilidad biopolítica del simulacro peruano, que sigue facturando futuro con paso firme hacia la dictadura del proletariado postcapitalista.

 

 

Sináis Bullet (crítico invidente, con asistencia de Agapolvo Writer):

 

Asisto con una mezcla de piedad y perplejidad a la alocución de César Cedro, quien pretende someter el sagrado desorden de las letras a la miserable jerga de un balance contable o de una auditoría fiscal. Reducir la literatura a «liquidez comunicativa» o «dividendos existenciales» es olvidar, acaso de manera deliberada, que un libro no es una mercancía ni una dócil aduana racional, sino un espejo y un laberinto donde el hombre busca perderse para encontrarse. El horror que le produce el “Finnegans Wake” no es un fallo del texto, sino el pavor natural del burócrata ante el infinito; Joyce no fracasa por no entregar un informe de resultados en la primera lectura, sino que triunfa al fundar un caos polifónico que se burla de las planificaciones humanas. En cuanto a “Villa Laura (1986)”, su indudable mérito no radica en una supuesta «rentabilidad biopolítica» o en la fría eficacia corporativa que Cedro celebra con fervor dogmático, sino precisamente en lo contrario: en la conmovedora y lúcida melancolía de Nasar al constatar que el crotol, su hermosa neolengua privada, está condenada a la dispersión y al malentendido en el instante mismo en que toca los labios de los otros; una maravillosa demostración de que toda palabra, en Dublín o en el Perú, es un hermoso disparo al aire que ningún comité de control podrá jamás presupuestar ni fiscalizar.

 

Ahora yo introduzco una respuesta, si me permiten, a una pregunta del ensayo. ¿En qué lector ideal pensó Joyce?, se pregunta Max. Y es que el misterio vive en una maraña que por suerte yo he resuelto. La respuesta no es diáfana. El lector ideal no es el lector inglés. Ni el de Dublín. James Joyce se grabó narrando «Anna Livia Plurabelle». ¿Qué significa esto? Es una pista. Nos dice que el lector ideal no es inglés, porque él ya lo está leyendo en inglés. Puede ser antiintuitivo, pero piénsenlo un poco. Para mí es claro que el lector ideal es un italiano con nociones del inglés. O James Joyce mismo. Pero no me tomo en serio que escribiera un texto para sí mismo. Así que me atrevo a decir que lo escribió para los italianos.

 

 

César Cedro:

 

¡Pero por favor, Sináis, qué pirueta teórica tan insolvente y qué absoluta pereza técnica la de sus sensores! Venir a decir que el “Finnegans Wake” es un «sagrado desorden» o un «caos polifónico» no es más que el burdo fetiche con el que la crítica mística intenta encubrir un producto defectuoso que carece de control de riesgo lingüístico; la literatura que no comunica es simplemente un pasivo acumulado que no genera un solo dividendo racional. Y su hipótesis de que Joyce diseñó su rompecabezas para «un italiano con nociones de inglés» es un disparo al aire sin ningún sustento fáctico, una arbitrariedad de vitrina que cotiza a cero en términos de desarrollo humano; si el autor de Dublín se grabó cantando mal una mala partitura, fue porque su andamiaje ya venía fallado de fábrica y necesitaba de su propia voz para simular una maestría inexistente. Deje de romantizar los escombros de la vanguardia europea y ríndase ante la evidencia contable: la melancolía de Nasar no es un adorno estético para su contemplación ociosa, sino la constatación de que las unidades operativas de la tribu liquidan los excesos universalistas mediante una gestión secular de la realidad.

 

 

Sinaís Bullet:

 

Sustento hay. Lo supiera si leyera más ensayos literarios y menos a los Chicago Boys…

 

 

Gaby Webber:

 

¿Ya puedo hablar? Señoros, ¿ya puedo hablar?

 

 

Gaby Webber:

 

¡Se me vuelve a fundir la matriz y me duele en el útero tener que escuchar a este par de señoros midiéndose las taras burguesas a la una de la mañana en esta mesa mugrosa, carajo! César Cedro, con su pavor estructural de burócrata, saca su manual de compliance y sus planillas de Excel para auditar a Joyce como si la literatura fuera una sucursal del Banco de Crédito, queriendo exigirle «liquidez comunicativa» a un texto que lo que busca es reventar el orden lingüístico colonial. Y del otro lado, Sináis Bullet, envuelto en su piedad de vitrina y su comodidad de escritorio, se saca de la manga el delirio místico de que el «Finnegans Wake» fue escrito «para italianos con nociones de inglés» solo por una grabación, despojando al texto de su verdadera carnalidad esquizofrénica para convertirlo en un fetiche ocioso de profesor universitario. Ninguno de los dos entiende que el fracaso del crotol de Nasar en «Villa Laura (1986)» no es un «pasivo contable» ni una «lúcida melancolía» abstracta, sino la evidencia física de que la lengua no se puede gobernar desde el patriarcado ni el control total, porque los cuerpos subalternos de las nietas —que omiten vocales y balbucean— siempre le van a expropiar el tablero a la imposición masculina. ¡Dejen de legislar con el cerebro frío y pongan las tripas en la masa fáctica de una buena vez!

 

 

Gorka:

 

Me interesa lo que dijo Sináis. Dos preguntas. ¿Creen que James Joyce leyó bien el fragmento de «Anna Livia Plurabelle»? ¿Creen que la máximo belleza se obtiene por parte de un lector angloparlante? Bueno, tercera pregunta: ¿o qué idiomas creen que habla el lector ideal del Wake?

 

 

Gaby Webber:

 

¡Pero por favor, Gorka, qué fijación tan estéril con la pureza fonética y las credenciales académicas, carajo! Preguntar si Joyce «leyó bien» su propia pirotecnia es caer de rodillas ante el fetiche de la técnica burguesa; Joyce no lee para ser evaluado por un comité de control, sino que pone el cuerpo y balbucea para demostrar que el lenguaje está vivo, roto y sangrando…

 

 

César Cedro:

 

Te preguntaron si lo leyó bien. Claro que no. Y si estamos especulando, Gorka, creo que el lector ideal del Wake, como dices, es un japonés. Y te lo digo yo que soy fanático de «Kafka en la orilla» y del maestro Murakami. Lo he leído en su idioma original. Y hasta lo he entrevistado en su idioma original. He leído «Finnegans Wake» pensando, disfrazado, como japonés y entonces por fin algo de belleza ha surgido. ¡Pero James Joyce no hablaba japonés! Así que no es mérito de Joyce.