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«La conjura de los necios» vs. «Villa Laura (1986)»:
taxista, arraigo, desarraigo y clonación
Transcripción automática:
Capítulo 1: Arraigo y desarraigo
A ver, pensemos en una situación este supercún de todos los días. Alguien pide un auto por una aplicación, el auto
llega, pero se queda detenido en doble fila, bloqueando por completo una avenida principal. ¡Uf! Sí. El terror de cualquier ciudad.
Exacto. Y bueno, inmediatamente la tensión explota, ¿no? Empiezan los bocinazos de todos los demás conductores, el estrés satura el aire, o
sea, se sienten la presión y la persona que pidió el viaje sube al auto apresuradamente. Claro. Tratando de huir de la escena.
[risas]
Ajá. Tal cual. Y alguien que lo acompaña le pregunta, «Oye, ¿qué está pasando?» Y en ese instante, en lugar de decir la
verdad objetiva, que el conductor, digamos, está cometiendo una infracción de tránsito superevidente, que es un hecho innegable, además.
Exacto, es innegable, pero la persona responde, «Nada, solo estaba mal estacionado, eh, según yo.» O sea, se
niega un hecho irrefutable, pues solo para evitar un conflicto. Una locura cuando lo piensas así.
Totalmente. Y bueno, hoy vamos a analizar por qué nuestra biología parece obligarnos a ser cobardes con la verdad
y cómo desmenuzar este simple acto cotidiano terminó provocando que eh un panel de críticos propusiera a la 1 de la mañana legalizar la clonación humana.
Sí, el camino para llegar a ese debate de madrugada es uf, es un trayecto intelectual fascinante, la verdad. Y a
ver, todo esto parte de la crítica literaria, o sea, empezamos hablando de libros y terminamos en clonación.
Básicamente, las fuentes de nuestra exploración de hoy vienen del portal Entre fachas y rojos. Centralmente vamos
a estar abordando un ensayo del autor Max Aguirre Rodríguez. En este texto, él traza un paralelo eh entre la célebre
novela La conjura de los necios de John Kennedy Tool y su propia obra, una novela llamada Villa Laura, 1986.
¿Okay? Y a esto se suma el registro de un debate posterior sobre este mismísimo ensayo documentado como el eh cuarto cerrado ocho.
Perfecto.
El punto de partida de Aguirre Rodríguez es eh la fricción social, esa misma fricción que lamentablemente condenó a John Kennedy Tool.
Claro. El autor de La conjura de los necios.
Así es. El ensayo nos recuerda que Tool se quitó la vida a los 31 años. dejó tras de sí esta obra póstuma que los
editores de su época rechazaron y el argumento era que el libro en esencia no trataba de nada importante, o sea, que no pasaba nada.
Qué ciegos estaban, ¿no?
Totalmente. Porque hoy, sin embargo, entendemos que esa obra encapsula el choque constante entre un individuo
inadaptado y su entorno. Su protagonista, Ignatius Riley, es la encarnación literal de la fricción.
Es alguien que no encaja ni a la fuerza.
Exacto. Es una voz que se niega, pero rotundamente a acomodarse a las expectativas de la sociedad y eso genera
un desgaste perpetuo con el mundo exterior.
Y bueno, esa fricción de Ignacius le sirve a Guirre Rodríguez como puente para introducir a Nar, que es un personaje de su propia novela, de Villa Laura.
Ajá. El filósofo.
Exacto. Názar es un filósofo y escritor que lleva esta resistencia al extremo, pero él lo hace a través del rechazo a
la traducción. O sea, para NZAR que traduzcan su obra no es simplemente eh cambiar unas palabras por otras buscando en un diccionario.
No, para él es mucho más grave.
Si él lo experimenta como una distorsión profunda. Es casi como si lo poseyeran, o sea, como si perdiera el control de su
propio ser. Y la paradoja que presenta el ensayo es brutal. Nazar tiene una hija y nietas que viven en Lón, en Francia.
Okay.
Cualquiera pensaría que pues un intelectual haría el mínimo esfuerzo de aprender el idioma para conectar con su sangre, con su familia. No, pero Nazar
se niega en rotundo, o sea, prefiere imponer su propia lengua en su entorno. Totalmente.
Nazar exige que su familia se comuniquen los términos de él bajo su propio vocabulario, su propia estructura
mental. Y a ver, el ensayo explica que no es un capricho menor de viejo cascarrabias, es una declaración de principio sobre la representación.
Claro, Nazar siente que entrar en el idioma del otro es ceder una parte de su realidad objetiva.
Y tiene sentido, si noas es que digamos la traducción y la representación no funcionan como simplemente usar los anteojos de otra persona para ver un paisaje.
No, no es solo cambiar la graduación del cristal. Exacto. No es solo ver un poco más borroso. Para un personaje como Nazar, aprender otro idioma para
complacer al resto es eh es como permitir que alguien hacke tu sistema operativo neuronal.
¡Uf! Qué buena analogía es. ¿Qué es eso? Alguien más secuestra tus pensamientos y obliga a tu cerebro a procesar la realidad bajo un código
extranjero. Por eso, prefiere la incomodidad total de imponer su español antes que rendir su discurso.
Y ese rechazo adaptarse, esa fricción constante de la que venimos hablando, es lo que Airre Rodríguez utiliza para
plantear una tesis, uf, mucho más grande sobre la naturaleza humana. A ver, el ensayo argumenta que no somos lienzos
en blanco moldeados solo por la cultura, sino que nuestra respuesta al conflicto está anclada de manera innegable en
nuestra biología, o sea, somos prisioneros de nuestro cuerpo.
Básicamente, nuestras reacciones más instintivas, ya sea esta tendencia a la sumisión para evitar problemas o la irritabilidad
frente a la confrontación, todo eso está programado en nuestra materialidad desde que somos niños. Y el texto aterriza
esto en algo tan pero tan universal como los juegos infantiles, ¿no? Sí. El ejemplo del recreo.
Exacto. Menciona que nuestra configuración física frente al peligro se evidencia eh desde las dinámicas de persecución en el patio del colegio en
juegos como, no sé, los encantados, las chapadas, las traes, como le digan en cada país.
Claro, el juego de atraparse unos a otros. ese mismo. Si un cuerpo es biológicamente menos veloz o menos
fuerte, aprende desde la infancia a desarrollar estrategias de mitigación de daños. O sea, aprendes a esconderte, a
evitar el choque. Y esa biología de la evasión no desaparece al crecer para nada, simplemente este se sofistica y se
camufla bajo el barniz de la cortesía urbana. Exacto. Nos volvemos adultos educados, entre comillas y esto nos
lleva de vuelta al escenario del taxi del principio, que es el núcleo filosófico del ensayo de Aguirre Rodríguez. Okay, volvamos al taxi.
Retomemos la escena con más detalle. El pasajero pide el auto, el conductor bloquea la vía y la hostilidad ambiental sube rapidísimo por los bocinazos. Te estresas de solo imaginarlo.
El pasajero entra al vehículo sintiendo toda esta presión social del familiar que lo está esperando y además el miedo palpable de estar en un espacio cerrado
con un conductor que a ver está rompiendo las reglas afuera.
Ya demostró que no le importan las normas. Exacto. Entonces, cuando el familiar cuestiona la situación desde el
teléfono, el pasajero emite esta frase lapidaria. No, nada, solo estaba mal estacionado. Eh, según yo.
¡Uf! Y ese según yo es fascinante porque representa el colapso total de la verdad objetiva. Totalmente.
El autor hace un diagnóstico implacable aquí. O sea, el pasajero sabe perfectamente que las leyes de tránsito son claras. Hay una infracción. El auto está en doble fila.
Es un hecho material.
Es un hecho material. Exacto. Sin embargo, para no incomodar al taxista, eh, para evitar que la tensión escale dentro de la cabina del auto, el
pasajero toma este hecho irrefutable y lo degrada, lo rebaja a la categoría de una simple opinión personal.
Y Aguerre Rodríguez va todavía más allá de decir que es una simple mentira piadosa. Él analiza el mecanismo interno, casi neurológico de esa decisión. ¿Qué pasa en el cerebro?
Bueno, él dice que minutos después el taxista enciende la música a un volumen insoportable y el pasajero nuevamente guarda silencio.
No dice nada, nada. El ensayo explica que en fracciones de segundo el cerebro del pasajero realiza un cálculo biológico de
supervivencia. O sea, reclamar por el volumen significa arriesgarse a una agresión verbal o física. Que el taxista se vuelva loco. Claro.
Ajá. Una agresión física puede resultar en una lesión corporal. Y una lesión corporal, si lo vemos en términos
estrictamente evolutivos, representa una merma en tus capacidades físicas, lo cual eventualmente reduce tus posibilidades futuras de, no sé, conseguir empleo o incluso reproducirte.
A ver, a ver, hay que poner esta idea bajo el microscopio y desafiarla un poco porque siento que la postura del autor es uf, extrema. Es bastante fatalista, ¿sí?
Porque cualquiera que dinaina en una gran metrópolis escucharía esto del cálculo biológico y diría, «Oye, eso no es cobardía, es simple lubricante
social.» Sentido común le llamarían algunos.
Exacto. Sentido común. Si los millones de habitantes de una ciudad, no sé, decidieran defender la verdad objetiva
absoluta cada bendita vez que alguien se salta un semáforo rojo o pone música alta o secuela en una fila del banco.
Sería el caos total. La sociedad colapsaría en un baño de sangre antes del mediodía. O sea, evitar un altercado
innecesario con un taxista. Parece el pináculo de la civilización, ¿no? No una derrota filosófica, como dice el autor.
Claro, desde una perspectiva puramente pragmática, la evasión del conflicto mantiene las calles funcionando, sin
duda. Pero e Aguirre Rodríguez argumenta que el costo psicológico de usar ese lubricante social todos los días es devastador.
¿En qué sentido?
No produce paz real. produce individuos resentidos que vuelven a casa en la noche rumeando las respuestas que no se atrevieron a dar.
¡Uf! La típica discusión en la ducha.
Exacto. Cuando ya es muy tarde. Él dice que al someter nuestra percepción de la realidad a este instinto biológico de conservación, nos terminamos
convirtiendo en animales enjaulados por nuestra propia biología. Esa cobardía de fábrica nos impide tener una verdadera correspondencia con la realidad. Okay,
okay, entiendo el punto. Entonces, si el gran problema es que nuestro cuerpo frágil nos obliga a mentir para sobrevivir al día a día, pues la
solución que plantea el ensayo tiene que eludir esa fragilidad física, ¿no?
Así es. Y aquí es donde Aguirre recupera a su personaje Nazar, el de la traducción, para proponer un concepto
radical, el hombre ideal, un individuo que digamos está diseñado específicamente para no tener que hacer
ese cálculo cobarde en el asiento de atrás del taxi.
A ver, ¿y cómo es este hombre ideal? se conceptualiza como una figura capaz de poner los riesgos biológicos en un plano
secundario absoluto. Su característica principal es que él jamás negocia los hechos objetivos. O sea, si un auto está
mal estacionado, lo dice. Pero, y esto es clave, el texto aclara que no es un matón irreflexivo que busca pleito,
no es un brabucón, no. Él alza la voz utilizando primero el discurso, manejando argumentos de una precisión innegable.
Pero el detalle crucial aquí, y esto me voló la cabeza, es el respaldo de ese discurso, ¿no? Sí. La garantía.
Exacto. Este hombre ideal posee, además de su intelecto, la fuerza física abrumadora necesaria para dominar y neutralizar al interlocutor cínico si es
que este último decide perder el control y recurrir a la violencia. O sea, te gano debatiendo, pero si me quieres golpear, también te gano.
Claro, es la fusión de un intelecto superafilado y una capacidad física intimidante. Y bueno, el ensayo sella esta descripción con una máxima s
sombría que dice, «El hombre perfecto es el hombre muerto.» ¿Qué frase? ¿No? Esa frase resume toda
la tragedia estructural de este individuo ideal. Y a ver, no sugiere que el hombre ideal busque el suicidio de manera irracional tirándose de un puente.
No, no. Lo que establece es que al negarse a retroceder frente a la hostilidad del mundo, su destino inevitable es el autosacrificio.
Claro, porque alguien eventualmente va a ser más fuerte o va a estar armado.
Exactamente. Sacrificar su propia integridad física para proteger a su tribu y mantener intacta la
correspondencia de esa tribu con la realidad objetiva se convierte en la única salida lógica para su existencia.
O sea, su muerte le da sentido a su vida porque muere defendiendo el objetivo.
Qué intenso. Y para ilustrar cómo la sociedad contemporánea en realidad castiga severamente este impulso de justicia y autosacrificio,
Aguirra Rodríguez sale de la ficción y trae a colación un evento del mundo real. Sí, el caso de la editorial.
Ajá. Menciona un conflicto que ocurrió en el año 2024 con la editorial Caja Negra. Había unos 30 autores que tenían
reclamos laborales legítimos sobre sus derechos. plata que les debían. Vaya, sí, derechos básicos.
Pero la gran mayoría se paralizó, o sea, tuvieron pavor de exigir públicamente lo que les correspondía por temor a que sus empleadores en otros trabajos, en el
mercado laboral, consideraran que eran eh personas problemáticas. Claro, te ponen la etiqueta del conflictivo.
Exacto. El miedo a perder la viabilidad económica los obligó a tragar su reclamo. Entonces, la pregunta que deja caer el ensayo es, ¿qué tipo de
estructura hemos construido donde la búsqueda de la justicia objetiva se penaliza como un defecto en el mercado laboral?
Y frente a ese panorama tan desolador, donde tanto la biología como la economía conspiran juntas para hacernos cobardes,
Max Aguirre llega a una conclusión, uf, radical. Cuéntame.
Él dice que si existe o si puede concebirse un individuo que fusione la amabilidad, la argumentación implacable,
la fuerza física y un compromiso casi suicida con la verdad, pues la sociedad no solo debería celebrarlo, debería
replicarlo, o sea, debería ser clonado, literalmente, literalmente propone multiplicar la voluntad de este hombre ideal mediante
la clonación en masa para generar una vanguardia protectora, digamos que se interponda entre la tribu y la hostilidad del mundo. Se hace un punto
de inflexión tremendo donde el ensayo literario no se pisa el acelerador y se estrella directamente contra la ciencia ficción especulativa. Totalmente.
Pasamos de analizar a ver el suicidio de un novelista en los años 60 a leer un manifiesto sobre genética y guardianes absolutos de la verdad. Y ese salto
Capítulo 2: Debate sobre clonación
abismal hacia la biopolítica es exactamente la chispa que hace detonar el panel de críticos en el cuarto cerrado. Ocho, porque recordemos que la
discusión de este ensayo ocurre a la 1 de la mañana. El peor horario para discutir filosofía.
Claro, es un horario que parece propiciar que todas, absolutamente todas las máscaras académicas caigan, revelando las trincheras ideológicas más crudas de los panelistas.
Bueno, pues entremos de lleno a ese panel porque el nivel de hostilidad intelectual que se maneja aquí es asombroso. El primer turno de la noche
es para César Cedro y eh durante el debate Cedro se identifica abiertamente como un pensador marxista postcapitalista
que uno pensaría que iría por cierto camino, ¿no?
Claro. Lo lógico sería pensar que rechazaría atajantemente una propuesta de clonación de élite por considerarla contraria a la igualdad humana. Pero sin
embargo, Cedro emite su voto a favor de clonar a este hombre perfecto, basándose en una lógica técnica que es escalofriante.
Sí, porque Cedro percibe la clonación, a ver, no como un dilema moral sobre la vida, sino como una inversión estatal de alto dividendo estructural,
o sea, términos superfíos, fríos y económicos. El mecanismo detrás de su pensamiento es que la biología
humana natural, con todos sus miedos y su instinto de conservación es simplemente ineficiente para el progreso revolucionario.
Claro, los miedos nos frenan.
Para Cedro, esa debilidad biológica que vimos en el ejemplo del taxi es un lastre. Por lo tanto, crear un clon
desprovisto de esa cobardía sistémica genera un activo de altísima rentabilidad para la dictadura del proletariado.
Es que deshumaniza el problema por completo, ¿verdad?
Por completo, porque al texista de la anécdota, Cedro le retira cualquier tipo de simpatía de clase, le niega atajantemente la etiqueta de proletario y lo reduce a un
estorbo social. Y bueno, bajo esa visión de eficiencia absoluta y desapegada, Cedro evalúa el ensayo de Aguirre como una obra brillante y le asigna una
calificación de 9.4 sobre 10. Weer ataca la premisa del hombre ideal, pero desde el daño colateral que va dejando a su
paso, ¿no? Ella desarrolla este concepto superemotivo que llama el abrazo del padre. Ajá. Eso dolió en el panel.
Es que claro, si la máxima del ensayo es que el hombre perfecto es el hombre muerto porque debe sacrificarse por defender la verdad. Weber levanta la
mano y pregunta, «Oigan, ¿y quién asume el costo emocional de ese sacrificio tan nobre?
¿Quién paga los platos rotes?» Exacto. ¿Qué ocurre con las hijas de ese hombre deal clonado? Pues que quedan huérfanas en el altar de la justicia objetiva.
Qué fuerte. Sí.
Y ella denuncia que este esquema glorifica el uso de cuerpos como si fueran carne de cañón desechable para los fines bélicos del estado, destruyendo los vínculos familiares que
son fundamentales. Siente que el autor traicionó los valores humanistas cediendo a una, digamos, a una fantasía de fuerza de derecha. y por eso castiga el texto durísimo con un 5.2 sobre 10.
Y tú dirías que el debate ya está bastante fracturado ahí, ¿verdad? Sí, ya estaban gritándose.
Pues la intervención del tercer crítico Sinaí Bullet lleva el caos a otro nivel, completamente distinto. A ver, Bullet es
un crítico ciego que parece operar fuera del eje político de los otros dos, o sea, ni de un lado ni del otro. y su
participación está impregnada de un ácido desprecio, pero por todo el panel entero.
Un nilista total, total. Arremete contra César Cedro, tildándolo de burócrata de minimente, lo llama alguien tan desconectado de la
realidad material que pretende encajar el sufrimiento del proletariado y toda la complejidad humana en las celdas de una hoja de cálculo de Excel.
¡Uf! Lo fulminó. Pero es que tampoco muestra piedad con Gabi Webever, ¿eh?
Para nada. desestima por completo su argumento familiar, acusándola de recurrir a una retólica de cafetín, así le dice, retórica barata, y de ensuciar
todo el debato filosófico con un fetichismo propio de telenovelas al estar hablando del abrazo del padre, como si fuera un melodrama,
tal cual. Y Bullet desmitifica a todos los involucrados, empezando por el pobre pasajero y el taxista del ensayo
original. Sí, porque para Bullet la cobardía del pasajero en el taxi no es ninguna gran tragedia evolutiva ni
filosófica. Y el taxista, pues, tampoco es una víctima de la opresión del sistema. Él ve a ambos simplemente como parásitos del simulacro moderno.
Del simulacro. Okay.
Sí. el simulacro, entendido como esta realidad plastificada, falsa, donde las infracciones no tienen consecuencias
reales y todo el conflicto se disuelve en un cómodo, según yo.
Claro, nadie se hace cargo de la realidad.
Exacto. Y respecto al panel en sí mismo, Bullet dictamina que un grupo de académicos discutiendo la legalización
genética a la 1 de la mañana es la máxima expresión de la inutilidad humana. Qué golpe al ego de los demás, ¿no?
Lo cataloga como una quermes legislativa, o sea, un circo trivial que solo los distrae de intervenir de verdad en el mundo real.
Y bueno, consecuente con este desprecio absoluto por el formato y por los participantes, Bullet se abstiene de
votar alegando impugnación de todo el debate.
Y tras esa eh demolición sistemática de todas las posturas, llega el momento cumbre del absurdo de la noche. El
moderador del evento, Gorca, toma la palabra. El que tenía que poner orden.
Sí, el que tenía que poner orden. Y a pesar de los ataques personales, las acusaciones cruzadas de fascismo, la impugnación de Bullet, Gorka avanza
impasible. emite su voto a favor de la propuesta del ensayo y en un acto de pura teatralidad desquiciada declara
formalmente legalizada la clonación en el territorio nacional a partir del primer minuto del día siguiente.
Una locura de madrugada y bueno, el cierre del cuarto cerrado 8o incluye una
coda final que es quizás la parte más perturbadora de todo este registro. A ver, tras este veredicto surrealista de
Gorca, Sinice Bullet arrincona al autor del ensayo original, a Max Aguirre Rodríguez, que por cierto estaba ahí
presente viendo todo este espectáculo, callado todo este tiempo.
Sí, observando. Y bajo la presión del escrutinio de Bullet en plena madrugada, Aguirre finalmente confiesa. Admite que
la figura del clon no era un recurso retórico.
Espera, ¿qué? Así como lo oyes, no era una simple metáfora sobre dejar un legado o sobre la paternidad intelectual
o de cómo un autor se replica en sus libros como todos pensaban.
O sea, confiesa que la propuesta es 100% literal.
Literal. Aguirre Rodríguez declara ahí a la 1 de la mañana que defiende activamente la clonación biopolítica en
el mundo real para crear a estos guardianes, aunque bueno, concede con cierta resignación que la sociedad actual probablemente aún no esté,
digamos, madura para incluir esto en la agenda política inmediata.
Qué locura. Qué locura. O sea, si tomamos perspectiva de todo esto, el hilo conductor que atraviesa este material revela una trayectoria eh sorprendente, por decirlo menos.
Sin duda.
Comenzamos analizando la alienación literaria de un personaje inadaptado, ¿no? Que causa fricción en la sociedad.
[resoplido] Luego esa ficción se usó para diseccionar la maquinaria de nuestra propia cobardía cotidiana. Como esta biología que todos compartimos nos
obliga a agachar la cabeza y alterar la verdad en el asiento de un taxi por puro instinto de supervivencia reproductiva, el famoso según yo.
Y todo culminó en un debate frenético superparizado sobre si el único remedio para curar esa cobardía sistémica es
literalmente manufacturar seres humanos diseñados para chocar de frente contra la mentira sin importarles el costo
físico o emocional. Y creo que lo que hace que este análisis a fondo realmente resuene es cómo nos obliga a todos a
examinar el microscopio de nuestra propia vida diaria. Queda claro que la cobardía que describe Aguirre Rodríguez
no es un evento aislado en un taxi, es la moneda de cambio de nuestra convivencia. Totalmente surge esta necesidad de cuestionar eh,
Capítulo 3: Pensamiento final
¿cuántas verdades objetivas sacrificamos nosotros todos los días antes del mediodía? Solo para evitar, no sé, una mala mirada en la fila del banco
o para no corregir a un superior en una reunión de trabajo.
Exacto. O para no tener que subir el tono de voz en medio del tráfico. El según yo se vuelve un mecanismo de defensa masivo de la sociedad. Y el
costo oculto de ese mecanismo es esta tensión permanente, ¿no? Esta pelea interna entre querer defender la integridad de los hechos porque sabes
que es lo correcto y la necesidad urgente de proteger tu propia vulnerabilidad física y social.
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