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«Finnegans Wake» vs. «Villa Laura (1986)»:
pronunciación y pertenencia
Transcripción:
Capítulo 1: bababadalgaragtaarronnkonnbron(…)ttrrtturnuk!
O sea, a ver, voy a intentarlo otra vez.
Va baadalgara gatarrón con Bronk y luego sigue con un tr turnuk. No, bueno, es imposible.
Sí, es un trabalenguas brutal.
Es que quienes nos escuchan probablemente piensen que acabo de tener un cortocircuito aquí frente al micrófono, pero no. Eh, lo que acabo de
intentar pronunciar es una sola palabra, una palabra, digamos, infinita. Exacto.
Una monstruosidad de letras apiladas que pretende ser la onomatoperia de un trueno y ocupa una cantidad ridícula de espacio en la página de un libro tenemos
sobre la mesa un material que extrajimos de un blog literario que se llama Entre fachas y rojos y francamente es dinamita pura, o sea, es superintenso.
Es un debate muy muy acalorado.
Sí, por un lado vamos a desmenuzar un ensayo del autor Max Aguirre Rodríguez.
El título es eh lo tengo por aquí, Finegans Wake versus Villa Laura 1986, dos puntos pronunciación y pertenencia.
Un título bastante académico.
Sí, suena académico, pero el contenido es otra cosa porque por el otro lado vamos a sumergirnos en la transcripción de un debate que, bueno, casi parece una riña callejera en versión intelectual.
Sí. Se llama Cuarto Cerrado 9 y fue detonado precisamente por las ideas de este ensayo de Aguirre. Exacto. Y
nuestro objetivo en este análisis a fondo, para quienes nos escuchan, es e extraer la esencia de esta batalla literaria.
Vamos a enfrentar al gigante irlandés James Joyce contra un experimento literario peruano contemporáneo.
Así es. Y vamos a descubrir qué sucede realmente cuando los autores intentan, no sé, jugar a ser dioses inventando sus propios idiomas. Bueno, y para entender
el nivel de hostilidad que vamos a ver más adelante en ese debato de críticos, creo que es fundamental empezar por la chispa original.
Totalmente. El ensayo.
Exacto. Porque el ensayo de Max Aguirre Rodríguez no es eh simplemente una reseña inofensiva, es una declaración de
guerra contra una de las vacas sagradas de la literatura moderna. literalmente ataca frontalmente ese llamado pacto con el autor. Bueno, vamos a desempacar esto
Capítulo 2: Sobre el ensayo
con cuidado porque Aguirre Rodríguez entra a la cancha, digamos, con los botines por delante. Él cuestiona esta
idea reverencial de que quien lee tiene una deuda eterna con quien escribe.
Claro, como si fuera tu obligación entenderlo.
Exacto. Él argumenta que no existe absolutamente ninguna obligación moral ni intelectual de reconstruir todo el
proceso mental del escritor, ni de investigar todas sus referencias oscuras en una enciclopedia, ni hablar y mucho menos de leer un libro
tres veces seguidas solo para empezar a descifrar de qué diablos trata.
Aguirre dice palabras más, palabras menos, que no importa si el autor pasó dos décadas preparando esto.
Sí, a él no le importa. Lo único que cuenta es el producto final y cómo aterriza en la mente de quien lo recibe.
Y al decir eso, o sea, es fuertísimo porque cambia drásticamente la carga de la prueba. No es un giro superprovocador porque, a
ver, históricamente la crítica académica nos ha condicionado a pensar que si alguien no entiende una obra tan monumental como las de Joyce, pues el
problema radica en la ignorancia de quien lee.
Claro, te dicen que te faltó esfuerzo, que te faltó contexto histórico.
Exactamente. Pero Aguirre se planta y exige lo que él llama la comunicación efectiva.
La comunicación efectiva como requisito mínimo.
Sí, como requisito operativo, mínimo y no negociable para que cualquier texto pueda pertenecer al canón literario. Y es importante aclarar algo aquí para la audiencia.
A ver, él no rechaza la complejidad narrativa a per sé s, no, para nada. Pero se niega rotundamente a sacrificar la claridad de las ideas por pura pirotecnia verbal.
Y usa un contraejemplo que me parece eh me parece brillante para ilustrar esto.
Pedro Páramo del escritor mexicano Juan Rulfo. ¡Uf! Una obra maestra.
O sea, estamos hablando de una novela profundamente compleja. Está construida con capas de tiempo superpuestas. Tiene estas voces fantasmales que se entrelazan sin que te avisen.
Sí, es laberíntica a su manera. Y claro que revelan nuevos secretos si la lees una segunda o tercera vez, pero de aquí
está la clave de lo que dice Aguirre. La novela es accesible. Te atrapa de inmediato.
Exacto. Tiene un impacto emocional visceral desde el primer instante en que abres la primera página. O sea, Rulf utiliza palabras que todos conocemos
para construir algo infinitamente complejo. No sacrifica la comunicación, la usa como cimiento para llegar a esa profundidad.
Tal cual. encontraste directo con lo que hace James Joyce.
Bueno, ahí es donde Aguirre saca el microscopio y la verdad es que no tiene piedad con Finegan Wake. Ninguna piedad.
De hecho, él aislado un momento muy específico del libro para demostrar su punto. Cita una onomatopella que Joyce inventó.
Ah, sí. La famosa palabra del trueno.
Esa misma. Una palabra monstruosa que supuestamente está diseñada para simular el sonido de un trueno ancestral.
Sí, tengo esa monstruosidad anotada aquí. Es una palabra larguísima de unas 100 letras que empieza algo así como
badalgaragak tarron con k con con bron y la cosa sigue nukuk.
Imagínate tratar de leer eso en voz alta.
Aguirre menciona que hay truenos en el libro que son incluso más largos. O sea, tratar de pronunciar eso físicamente te agota los pulmones.
Y el veredicto de Aguirre sobre esto es letal.
Sí, dice que es horrible. califica la palabra de horrible y afirma que esa torpeza sonora, eh, muy lejos de evocar
esa genialidad inabarcable que los académicos tanto alaban, lo único que evoca es un profundo tedio.
Tedio total. Pero es que la crítica de Aguirre no se queda solo en el papel impreso, ¿verdad?
No, él va un paso más allá. lleva su análisis al plano del audio. Esto es buenísimo.
Rescata una grabación histórica donde se escucha al mismísimo James Joyce leyendo un fragmento de la novela,
específicamente la famosa sección de Ana Livia Plurabel.
Claro, porque quienes defienden a Joyce siempre han usado ese argumento, ¿no?
Que Finegans Wake no es prosa tradicional, que es música.
Exacto. Dicen que es música pura y que tienes que escucharla para poder comprenderla. Pero aquí rediseciona esa
lectura y señala cosas rarísimas deformaciones deliberadas que hace el propio autor al hablar.
Sí. Por ejemplo, en lugar de pronunciar la palabra inglesa music de forma normal, Joyce dice algo como music.
Music, sí.
Y en lugar de decir first time la primera vez, pronuncia algo parecido a the very first time, lo cual lleva a Aguirre a una conclusión lógica que me parece devastadora.
A ver. Él dice, «Si se supone que esta prosa es estrictamente musical, entonces o James Joyce es un cantante con una
técnica pésima o la partitura que él mismo compuso está estructuralmente mal hecha.
Es una estocada directa al ego de la vanguardia.
Es como, a ver, es como si un chef de vanguardia pasara 10 años encerrado en su cocina creando un plato revolucionario.
Me encanta esta analogía. Ahora, cuando el plato llega a tu mesa, resulta que necesitas un manual de instrucciones de 100 páginas, un diccionario de arameo
antiguo y unas pinzas de titanio solo para poder tragar el primer bocado. Claro. Y la gente se harta.
Exacto. Llegado cierto punto, quienes se sientan a la mesa tienen todo el derecho de levantarse y decir, «Oye, la comida debería poder comerse. No quiero jugar a
este juego.» Y esa analogía captura perfectamente la médula de lo que plantea el ensayo de Aguirre. Para él, la comunicación básica
no puede ser tratada como una simple víctima colateral en nombre de la experimentación estética. Pero claro, lanzar una bomba de esta magnitud contra
una figura eh casi intocable como Joyce obviamente iba a generar repercusiones.
Y vaya que las tuvo. Aquí es donde la historia da un giro hacia el caos porque el ensayo detonó un debate feroz
Capítulo 3: El crítico marxista postcapitalista
y eso nos lleva a la segunda parte de nuestras fuentes, la transcripción del panel cuarto cerrado 9. Y es fascinante
ver cómo una discusión teórica sobre un libro puede escalar tan rápido a un terreno casi bélico. Es de locos. A ver,
empezamos con un crítico que se llama César Cedro. Él se presenta a sí mismo, y quiero recalcar esto, como un pensador marxista postcapitalista.
Sí, esa es su etiqueta. Pero a ver, un momento, detente ahí, porque la manera en que habla es totalmente desconcertante. O sea, no es una locura
absoluta que alguien que enarbola la bandera del extrema izquierda evalúe el arte utilizando la jerga más implacable del capitalismo financiero de Wall Street.
Es una contradicción andante y justamente por eso Cedro es un personaje tan peculiar en este debate. Es que es rarísimo.
En su análisis Cedro habla literalmente de abrir las hojas de cálculo de la literatura. Hojas de cálculos.
Sí. Exige que los libros tengan manuales de compliance, como si estuviéramos hablando de corporaciones multinacionales, y acusa a Finigan Wake de tener cero liquidez comunicativa.
Cero liquidez comunicativa. Suena que está haciendo una auditoría.
Es que para él el texto de Joyce es eso, un producto defectuoso que sale de la fábrica sin la capacidad de generar lo que él bautiza como dividendos existenciales.
Wow. y concluye que toda la vanguardia europea está en una quiebra técnica irreversible.
O sea, evalúa la poesía y la novela con la frialdad de un gerente de recursos humanos que está a punto de despedir al 80% de su plantilla. Totalmente.
Pero mi gran pregunta aquí es, ¿por qué?
¿Por qué un crítico que se dice radical de izquierda adoptaría el lenguaje de sus aparentes archienemigos ideológicos?
Porque Cedro lleva su materialismo a un extremo que casi parece parodia. O sea, él exige que el arte tenga una utilidad
que sea inmediata, algo tangible en el mundo real, algo práctico, algo que él llama rentabilidad
biopolítica. En su visión del mundo, si una obra de arte no logra comunicar un mensaje supercaro que sirva para
movilizar masas o alterar las condiciones materiales, entonces es pura indulgencia burguesa, un desperdicio de tiempo y recursos.
Capítulo 4: La teoría del lector italiano
Exacto. Él odia a Joyce porque para su lógica lo incomprensible es simplemente inútil.
Bueno, y justo frente a él en este panel, como si fuera el polo opuesto exacto del espectro, tenemos a Sinis Bullet, otro personaje interesantísimo.
Sí, es un crítico invidente que participa con la ayuda de un asistente llamado Agapolvriter.
Así es. Bullet escucha todo este discurso corporativo de cedro, todo este rollo del compliance y su respuesta es de pura y genuina lástima.
Sí, le da pena. siente pena porque para Bullet intentar auditar una obra literaria monumental como si fuera, no
sé, la sucursal de un banco de inversión es la reacción de pánico de un burócrata que le tiene terror al infinito. Esa es una gran forma de ponerlo.
Bullet define a Finegan’s Wake como un caos polifónico y él celebra que la novela se ría en la cara de todas esas planificaciones estructuradas humanas. Y
para contrarrestar a Guirre, Bullet introduce en la mesa una teoría que francamente es insólita.
Uy, sí, la teoría del idioma. A ver, cuéntanos esto.
Volviendo a la grabación de audio donde Joyce dice music en vez de music, Bullet argumenta que el problema no es el
autor, el problema es nuestra expectativa del idioma. Ya.
Su teoría es que Joyce, a pesar de que está escribiendo en un inglés super deformado, no tenía lector inglés en su mente. Ah, claro.
Según Bullet, el lector ideal y secreto del Finigan’s Wake es, escuchen bien, un italiano con nociones de inglés.
Un italiano con nociones de inglés, así como lo oyes.
A ver, a ver, eso suena una excusa increíblemente rebuscada para justificar un texto que de plano es incomprensible.
O sea, ¿hay alguna evidencia histórica real que respalde esto o es pura gimnasia mental de un crítico intentando desesperadamente darle sentido algo que no lo tiene?
Pues siendo completamente honestos, se inclina muchísimo más hacia la gimnasia mental. Ya me lo imaginaba.
Bullet es en el fondo un místico buscando un orden oculto en el caos. Él argumenta que la cadencia, el
alargamiento de ciertas vocales y toda esa forma de estructurar la obra de Joyce encaja mejor con las estructuras rítmicas del idioma italiano.
Bueno, es super creativo, se lo concedo.
Es una teoría brillante por la creatividad, sí, pero revela el extremo al que pueden llegar algunos críticos con tal de defender ese pacto con el autor.
¿Están dispuestos a inventar un perfil de lector hipotético de otra nacionalidad antes que admitir, oye, el libro falla en comunicar? Exactamente.
Y justo cuando Cedro y Bullet están ahí en pleno choque, atrapados entre el manual de contabilidad por un lado y el misticismo auditivo por el otro, entra
la tercera figura de este ring, Gaby Weer.
Gabi Weer. Y entra absolutamente furiosa, destruyendo los argumentos de ambos, sin piedad.
Sí, ella no se guarda nada. llama a las posturas de sus dos colegas taras burguesas y acusa toda la mesa de estar
haciendo una pirueta de egolatría patriarcal.
Fuerte. Y recuerdo a quienes nos escuchan que nosotros solo somos observadores imparciales de este cruce de ideologías, pero es fascinante
observar las posturas completamente. Weber utiliza una lente de análisis eh muy diferente. Para ella,
exigirle liquidez comunicativa o claridad a un texto como el de Joyce no es un tema de eficiencia de mercado. Entonces, ¿de qué es?
Es un tema de no perpetuar una opresión colonial. Ella argumenta que el lenguaje claro y estructurado que tanto pide
Cedro es en realidad una herramienta de dominio.
Claro. Las reglas impuestas desde arriba. Exacto. Por lo tanto, cuando Joyce deforma el inglés, cuando tartamudea en el texto y crea
onomatopeellas que nadie entiende, no es que esté fallando, al contrario, está resistiendo, está poniendo su propio cuerpo en el
texto y balbuceando para demostrar que el lenguaje está, y aquí cito textualmente lo que ella dice, vivo, roto y sangrando.
Vivo, roto y sangrando.
Weer no busca la perfección técnica ni la claridad. Ella busca la pura subversión de las reglas coloniales.
Y aquí es donde las cosas, si es que todavía era posible, se vuelven aún más complejas. Porque para entender de qué diablos están hablando realmente estos
críticos, el panel decide pasar a analizar el segundo texto de nuestra inversión. Sí, la novela peruana Villa Laura, 1986.
Exacto, porque necesitan anclar todas estas teorías loquísimas de opresión y contabilidad en algo concreto.
Y en esta novela encuentran, digamos, un laboratorio perfecto para debatir cómo funciona el lenguaje.
El protagonista de esta historia es un hombre que se llama Nazar y a este tipo se le ocurre la brillante idea de inventar desde cero una neolengua s
secreta a la que bautiza como el crotol.
El crotol. Sí, pero a ver, la meta de NZAR no es simplemente inventar palabras al azar para nombrar sillas o mesas, no es mucho más ambicioso.
Él quiere diseñar un idioma que sea capaz de inducir emociones muy muy específicas basándose puramente en la resonancia sonora de las sílabas, o sea,
ignorando por completo cualquier significado tradicional del diccionario.
Es un experimento fascinante dentro de la ficción y el texto nos proporciona una muestra de cómo suena este famoso
Corotol. Dice así: Febile, febile en lo etéreo. Esnife de frutos y coco efo.
Detengámonos un segundo la fonética de esa frase porque es clave. La palabra inventada féile inevitablemente resuena
en el cerebro de cualquier persona que hable español evocando la palabra débil. Por supuesto, la conexión es automática.
Y la palabra es snife, bueno, suena inconfundiblemente a aspirar, a olfatear, a esnifar. Lo que Nazar está haciendo como arquitecto de este idioma
inventado es explotar los sesgos y las expectativas acústicas de alguien hispanohablante.
Para visualizarlo de una manera un poco más moderna es como si un programador diseñara un videojuego ultra complejo pensando exclusivamente en la
distribución de botones de un control de PlayStation. Me gusta esa imagen.
Claro, porque todo el código, cada salto, cada acción del personaje en la pantalla depende de que el jugador presione los botones exactos en el lugar exacto que el programador anticipó.
Pero, ¿qué pasa en la novela?
Que el plan maestro de Nazar colapsa de una manera espectacular cuando se enfrenta a la realidad. Se va al piso.
Resulta que sus nietas, que se llaman Almita, Esmeralda, Sucena y Amanda, han sido educadas hablando francés e inglés.
Tienen otro esquema mental.
Exacto. Ellas son las que finalmente agarran los libros escritos en este idioma secreto de su abuello. Y como su control de videojuego mental tiene los
botones en otro lugar, como decías tú, pues destruyen el diseño original. Hacen un desastre con el crótol.
Cuando a su cena intenta leerlo, simplemente omite las vocales que no le suenan naturales y se empieza a inventar sonidos fricativos nuevos. Y Almita creo que lo lee como si fuera francés, ¿no?
Sí, Almita lee el texto con una voz superengolada dándole toda una cadencia a francesada. Entonces, ese féile que el
abuelo diseñó para sonar frágil, triste y melancólico, de pronto en Boca de la nieta suena elegante, gutural,
completamente ajeno a la intención original.
O sea, el fracaso de Názar es total. Su intento de control absoluto sobre cómo debe resonar su propia lengua se hace mil pedazos en el instante exacto en que otras mentes procesan la información.
Y este colapso narrativo dentro de la novela es la chispa que hace explotar el debate entre los críticos nuevamente.
Porque para Gaby Wever, que recordemos estaba leyendo a Joyce desde la óptica de la rebeldía, el fracaso de Nazar no es ninguna tragedia literaria
para nada. Para ella es un triunfo político apoteósico.
Sí. Yer usa un vocabulario superintenso aquí. Ella dice que los cuerpos subalternos de las nietas han expropiado
el tablero frente al control eugenésico del abuelo. Es una imagen fuertísima.
A ver, detengámonos para aclarar esto un poco, porque usar el término control eugenésico hablando de un simple libro suena francamente brutal. ¿A qué se
refiere exactamente Weever con esto en un lenguaje más llano para nuestra audiencia? Bueno, es una metáfora muy extrema, pero también muy elocuente. A
ver, la eugenesia históricamente busca la pureza genética eliminando lo que considerar imperfecciones, ¿verdad?
Sí, históricamente así es. Entonces, Weber acusa al autor de practicar una especie de eugenesia literaria, o sea,
ese deseo autoritario, patriarcal, de crear o crear a un lector puro, ideal, un lector que no cometa errores.
Cada sílaba exactamente como el creador ordenó, sin aportar ni un gramo de su propia humanidad. Y al usar el término
cuerpos subalternos, se está refiriendo a las nietas como representantes de grupos históricamente marginados por las estructuras de poder.
En este caso, mujeres jóvenes con distintos bagajes culturales y lingüísticos.
Así es. Entonces, el hecho de que ellas pronuncien mal el idioma del abuelo es para Weber un acto de resistencia puro.
Ellas le roban el idioma y lo hacen suyo.
Y lo fascinante de esto es que Weber toma esta misma lógica que usó para las nietas y se la aplica de vuelta a James Joyce. Ella argumenta que Finegan’s Wake
escapa del control de su propio autor en el preciso instante en que el libro choca contra, como dice ella, las tripas del lector. Claro.
La incapacidad que tiene Joyce para obligarnos a leer su obra de una sola manera es lo que paradójicamente le otorga vida a todo el libro. Si la
comunicación fuera matemática y perfecta, la obra estaría estéril.
Y esto, fíjate, nos lleva al núcleo ético de todo este análisis. Es esa guerra eterna entre el control por parte
del creador y la interpretación por parte del receptor.
Y es justo en este punto donde César Cedro, el auditor marxista de las hojas de cálculo, interviene con una anécdota personal que rosa lo surrealista. Oh, sí, la anécdota del traje.
Sí, en su afán obsesivo por el control material del arte, Cedro presume frente a los demás críticos que él domina los idiomas originales de lo que lee. Cuenta
que él lee a Haruki Murakami en japonés, lo cual está muy bien, pero pero no se detiene ahí. Él confiesa que en la intimidad de su casa literalmente
se pone un traje típico. Se disfraza de japonés increíble, buscando forzar su propia mente y su cuerpo a entrar en un estado de control
absoluto. Él cree que solo así podrá desentrañar el caos y encontrar el verdadero significado de lo que está leyendo.
Imagínate la escena. Un crítico con mentalidad de Wall Street sentado en medio de su sala con un kimono tratando de hackear a Joyce o a Murakami.
Es ridículo. Y Gaby Weer, por supuesto, no pierde ni medio segundo y lo hace pedazos por esto.
Lo fulmina, lo tilda de practicar un cosmopolitismo de vitrina. Un cosmopolitismo de vitrina.
Sí. Y lo que Weer expone de forma muy brillante es que la actitud de cedro revela un terror absoluto a la pérdida de control. le aterra a no entender.
Exacto. Para él, tratar de reducir toda la locura desordenada y carnal de la literatura a un simple disfraz
folclórico que se puede empaquetar, poner y quitar es su manera de domar la obra.
Y para Weber, pues intentar buscar a un lector italiano ideal, como proponía Bullet, o disfrazarse en tu casa como hace Cedro son simplemente intentos
patéticos y autoritarios de imponerle una aduana al arte. Y bueno, toda esta olla de presión ideológica que ya está llena de acusaciones cruzadas de
burgueses, de burócratas, de patriarcas, sí, ya se dijeron de todo.
Finalmente llega a su punto de ebullición. El moderador del debate, este Talgorca, decide que ya hubo suficiente teoría en el aire.
Se cansó de las abstracciones.
Invoca una cláusula de su panel y obliga a los tres críticos a hacer el ejercicio más frío, reduccionista y definitivo
posible. Emitir un veredicto numérico los obliga a calificar los textos en una escala del 1 al 10. Es un momento de
desnudez absoluta donde todas esas filosofías grandilocuentes se tienen que reducir a un simple número.
Y es asombroso cómo un número puede decir tantas cosas. O sea, César Cedro asume su papel de director ejecutivo
hasta las últimas consecuencias y emite lo que él llama su arqueo de caja final.
Suena la caja registradora. Tal cual. Le otorga a la monumental obra Finegan’s Wake un humillante e implacable 1.5 sobre 10.
1.5, sí. Argumentando una insolvencia comunicativa total. Pero cuando voltea a ver el ensayo del joven Max Aguirre, el
que detonó todo esto, lo premia con un altísimo 9.0. Claro, porque para él Aguirre es el auditor perfecto.
Exacto. Aplaudía efusivamente lo que él define como una impecable gestión secular del riesgo lingüístico. Para
Cedro, el orden y la claridad transaccional son simplemente los máximos valores posibles.
Por su parte, Sinaí Bullet reacciona con pura repulsión ante este ejercicio.
A los místicos no les gustan los números.
Para nada. Para un místico, reducir la polifonía infinita del arte a una calificación escolar es una vulgaridad imperdonable.
Pero bueno, el moderador lo acorrala, lo oblica.
Así que Bullet, en un acto total de evasión, simplemente arroja dos números al centro de la mesa, un 7.5 y un 6.5,
y se cruza de brazos diciendo, «Ya ustedes adivinen cuál nota es para qué texto.» Se niega rotundamente a comprometer su postura,
lo cual, como era previsible, hace que Gaby Weber pierda la cabeza totalmente.
Ella califica la maniobra de Bullet como pura y cobarde pereza académica.
Indignada por lo que ella llama el cinismo contable de la mesa, emite sus propios puntajes, pero los usa como armas arrojadizas.
A ver qué notas pone ella. le da a James Joyce un 7 sobre 10 y su argumento es cautivador. O sea, admite que Joyce
fracasa en comunicar. Sí, pero le da un siete.
Pero sostiene que fracasa con una grandeza inigualable y que en ese derrumbe masivo del lenguaje hay un valor incalculable.
Es una forma muy poética de verlo. Y luego, me imagino, dirige su atención al ensayo de Max Aguirre.
El texto que encendió este incendio forense y lo aplasta. le pone un 5.5 sobre 10. Ch.
Su justificación es severa. Acusa Aguirre de claudicar de arrodillarse cobardemente ante esa exigencia utilitaria de la comunicación efectiva, sin atreverse a evitar el caos.
Y cierra con una estocada, ¿no?
Sí. cierra su veredicto con una frase lapidaria dirigida al ensayista, recordándole que es sumamente fácil dedicarse a insultar a un autor muerto que ya no puede defenderse. Sí.
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