La Biblia (Génesis y Job principalmente) vs. “Villa Laura (1986)”: el dios de la simulación (07/octubre/2026)

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La Biblia (Génesis y Job principalmente) vs. “Villa Laura (1986)”: el dios de la simulación

Por Max Aguirre Rodríguez

 

 

Irregular. Así es el ritmo, pese a los ecos y momentos. Pero sobran las listas. De nombres, antepasados, de extras.

 

En el primer ensayo confrontamos a los esencialistas, a los que buscan las “cosas en sí”, pero también lo suprahumano. Hoy quiero añadir que los teístas comparten estos vicios. Y son ellos los que buscan una realidad exterior. Y además una realidad anterior a la que conocemos y podemos intuir. Es decir: otra forma de plantear nuestra realidad como una realidad inferior, una simulación.

 

Del segundo ensayo vamos a tomar los temas del arraigo y el proyecto de la nueva cultura para el nuevo hombre. Una cultura que debe destruir el teísmo político.

 

Del tercer ensayo vamos a tomar el derecho a no escuchar una voz misteriosa que pretende dictarnos un plan oculto más allá de nuestra moralidad humana.

 

 

Adán y la programación humana

 

No pasa mucho para que la Biblia se muestre incoherente. Dios crea a Adán y este luego desobedece. Y lo castiga. Y es raro. Porque Dios es el programador de todo. No hay espacio para algo que esté fuera de sus cálculos. Y Adán actúa según una programación humana hecha por Dios. Sí, con Dios es muy claro que no existe el libre albedrío. Y podemos añadir que él es culpable de toda la maldad humana.

 

Piensa en el lanzamiento de un dado. El resultado depende la confluencia de muchas causas. La fuerza del lanzamiento, la fuerza del viento, la habilidad del lanzador, la superficie que golpea y muchas otras. Sí: el lanzamiento no existe como algo aislado. Y nada lo hace.

 

El resultado no es casual. Es un efecto de las confluencias causales. Y los humanos comunes no podemos prevenir el resultado sin controlar muchos aspectos del lanzamiento. Y tampoco podemos evitar el resultado. Pero Dios, de existir, sí puede. Dios puede prevenir el resultado porque él es el creador de la confluencia de las causas. Y es el creador de las causas.

 

Nasar, el escritor anciano de “Villa Laura (1986)” vuelve a este problema días antes de fallecer.

 

—“En el caso del universo único determinista, la maldad manifestada en el mundo es producto de la maldad posible e inevitable de sus habitantes. Un único camino, del único camino posible de la expansión del universo. En el caso del “universo de libre albedrío”, la maldad manifestada es producto de una guerra de libres albedríos de entes constituidos de una manera biológica por una mente supranatural, en un mundo entregado con ciertas leyes. En este caso, las leyes naturales y la composición biológica del hombre tendrían que estar determinadas, sería esto innegable. Y las decisiones humanas serían capaces de escapar de la composición biológica (deficiente), algo que para muchos es intuitivo, y de las leyes naturales, algo que no parece posible”—.

 

¿Pero acaso tiene sentido hablar de que un ser humano puede escapar de las leyes naturales y la composición biológica determinada por Dios? Fijémonos en lo que dice Nasar. Porque Nasar está defendiendo un mundo determinista en que no existe el libre albedrío. Pero está diciendo que en un mundo sin Dios, no hay a quién culpar. Pero en un mundo con Dios, claramente él es el autor de toda la maldad, de una programación deficiente.

 

Y llegado a este punto, muchos teístas aluden a un plan maestro secreto. Algunos entrevistados dirían que esa primera desobediencia llevará a que luego exista Jesucristo para justamente eliminar ese pecado original. Pero nada de eso es necesario con una mejor programación humana desde el inicio. Una que haga que Adán y Eva no sean tentados con tanta facilidad. O que estén cortejados por una serpiente con patas.

 

—“¿Es acaso la programación humana actual siquiera la más benévola imaginable? ¿Por qué el asesino en serie no es cegado ante su acto de crueldad? ¿Por qué el violador no es paralizado? Si se puede imaginar un mundo así en el océano de realidades, ¿no es acaso probable su materialización para “Dios”? Y si lo es, ¿no es ese el mejor mundo posible? Y si ese lo es y este no lo es, ¿podemos decir que Dios es amoroso? ¿Desde qué momento Dios introduce el libre albedrío en el diseño humano (la programación humana)? ¿No es evidente entonces las falencias o su no existencia?”—.

 

Por supuesto que está el tema de un plan maestro insondable y solo accesible muy levemente por ciertos traductores sagrados. Y este tema de moralidad humana vs. moralidad suprahumana e imaginada (y curiosamente autoimpuesta) vendrá luego.

 

Y la no existencia de un libre albedrio absoluto no elimina la necesidad de legislar basados en causas inmediatas, relevantes o evidentes. Ya lo hacemos sin importar el determinismo o si existe un Dios culpable.

 

 

El dios anterior al universo, el dios de la simulación

 

El teísmo propone un vocabulario para sus planteamientos, yo sugiero que rechacemos ese vocabulario. Porque aceptarlo ya es caer en la trampa discursiva.

 

El teísmo intenta extrapolar algo intuitivo en lo cotidiano a un estado misterioso como el inicio del universo.

 

Para eso, sin éxito, habla de contingencia (dependencia), causalidad y movimiento.

 

Tomemos la causalidad. La vemos en lo cotidiano. ¿Pero un efecto no es en realidad producto de una confluencia de causas? En el lanzamiento de un dado hecho por un apostador interviene su fuerza, el viento y, si se quiere, una forma novata o “experta” al lanzar.

 

No es necesario negar que una causa antecede a un efecto, pero veo necesario enmarcar esa relación en un estado temporal. El tiempo también es algo cotidiano, algo que experimentamos y observamos.

 

 

El lanzamiento del dado sería una causa enmarcada en un estado temporal que antecede al dado que cayó y muestra un número (también en un estado temporal).

 

Retrotraer estas causas, y por lo tanto también estos estados temporales, nos lleva a una causa primera. Que es mejor llamar estado primero. O estado temporal inicial.

 

Entonces al decir que el universo tuvo principio, la afirmación realmente se refiere a que el universo tuvo un estado temporal inicial.

 

No se puede ir al pasado. No lo permite el “principio de causalidad” realmente en cuanto es solo una afirmación, un intento de extrapolación de lo cotidiano a la gran pregunta de si antes hubo algo (o si se debe hablar de “antes”).

 

Hablar de un principio y luego suponer algo anterior es antiintuitivo e inválido. Gratuito.

 

El campo de aplicación de la enunciación de la causalidad es justamente lo cotidiano y lo conocido. Es trampa suponer que puede ir más allá del inicio a la vez que ya se asume que hay algo anterior.

 

Hablar de un estado temporal inicial (o causa primera) es completamente compatible con el “principio de causalidad” entendiendo sus límites intuitivos, su campo de aplicación.

 

Algo casi idéntico pasa con la “contingencia”, de la que se puede hablar como dependencia. Otra extrapolación fallida. Se exige gratuitamente y forzosamente una dependencia externa a la causa primera, al primer estado temporal. ¿No tiene más sentido decir que todo depende de ese primer estado temporal? Pues sí. Es lo intuitivo.

 

El caso del movimiento parece complicado a simple vista, pero es otra extrapolación fallida. Se entiende movimiento como cambio de estado. Algo visto en lo cotidiano. Pero el primer estado (temporal) es el inicio. La extrapolación pretende presuponer un estado estático anterior al primer estado temporal.

 

Digamos que el estado inicial, conocido como “explosión” y expansión, es 0.001. Ese sería el estado temporal inicial. Se pretendería suponer un estado 0 (cero). El “argumento”, como en la contingencia y la causalidad, no lleva intuitivamente a eso, no supera que sea una especulación, una jugada gratuita.

 

Incluso retrocediendo al estado supuestamente posterior al especulativo estado 0, digamos 0.0000001, veremos que ese es el primer estado y el siguiente, 0.0000002 ya implica lo que se ha llamado movimiento. Cambio de estado.

 

El primer estado es la referencia para el inmediatamente posterior.

 

Muchos ateos cometen el error de hablar de un inicio creado desde la nada. Presuponer un estado 0. Lo cual hacen también los creyentes para extrañamente saltar hacia el pasado (o mejor: externamente).

 

Siempre la solución ha estado a la vista. Tomar el primer estado como principio, como inicio del movimiento, la causalidad y la contingencia.

 

El estado 0.0000001. [O el conocido 0.0001]. Ya que el estado 0 es realmente especulativo. Y dejar de imaginar un punto apareciendo en la nada y de la nada. Y quedarnos en la parte en la que el inicio del movimiento es el lienzo de la existencia desplegándose.

 

También existe algo como “argumento de los grados de perfección”, la cuarta vía, otra suposición. Intentan descansar en las anteriores. Quiere “intuir” algo externo. Queda como una suposición. La más burda hasta ahora. Y esto pasa con mucho de la argumentación teísta. No son argumentos realmente. Por eso es mejor verlos como observaciones fallidas y suposiciones. Y mostrarlos así.

 

Y también existe el “argumento del orden del cosmos”, la quinta vía, plagado de afirmaciones gratuitas. Presupone que el universo fue creado (ya implica algo anterior, algo externo) con la intención expresa de que existan humanos. Otra opción más recatada es que simplemente los humanos somos productos de la confluencia. Esta vía también intenta apoyarse en las anteriores.

 

En el plano especulativo (de lo imaginable) puede haber un “El universo quiso, por su voluntad, facilitar la existencia de los humanos, como un regalo, una cortesía” y un “El universo necesitaba crear humanos para su subsistencia. La confluencia lleva naturalmente a eso, porque en algún momento el universo necesitaba eso”. O “El universo en algún momento necesitó ser observado”. O, más poético, “El universo quiso experimentarse desde una perspectiva limitada e individual, una perspectiva humana. Quiso ver lo bello a través de la ignorancia”. Pero ya estamos en el plano de lo imaginable.

 

Lanza piezas al aire y espera a que se forme un castillo. «Es CASI imposible», dirá un creyente. El universo no está hecho de piezas homogéneas. Está hecho de elementos que se repelen o se atraen, que se unen o no, que se mezclan o no, que se colocan debajo de otros o por encima. Y las interacciones se hacen siguiendo sus propias naturalezas. En expansión. Por un tiempo gigantesco.

 

No es necesario un Dios, porque no hablamos de algo imposible, sino de algo casi imposible, pero aún posible.

 

 

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Cristiano: Es evidente que todo tiene una causa/una razón suficiente/una explicación, ¿no? Mira lo cotidiano.

 

Interlocutor: No, casi todo. El universo sigue siendo un misterio.

 

Interlocutor: Sí, en lo cotidiano, en lo conocido. ¿Porque no estás asumiendo gratuitamente al universo en ese grupo, no?

 

Cristiano: ¿Por qué no? Y yo no he dicho necesariamente causa. Se puede hablar de explicación.

 

Interlocutor: ¿Y en el caso del universo hablar de explicación no sería lo mismo que hablar de causa, de algo especulativo y supuestamente anterior?

 

Interlocutor: Ya veo. Otro discurso tramposo, calco del «argumento» de la causalidad.

 

[Y lo mismo con “dependencia ontológica”, otra suposición].

 

 

Bien. Expuestos los «argumentos» teístas y su discurso tramposo.

 

Por cierto, hay algo que conviene recordar del primer ensayo. Nasar rechaza a Dios no necesariamente por falso, sino por irrelevante. Por ser solo parte del plano de lo imaginado/propuesto, cuyas variaciones o versiones deben evaluarse en cuanto a su impacto positivo o negativo en la tribu, no en cuanto a su correspondencia o coherencia, ya que eso es imposible. No satisface esos criterios.

 

 

Duelo teísta, paraíso y desarraigo

 

El teísta es el que sufre hasta el último momento, el que inventa paraísos y encuentros absurdos. El “racionalista” acepta la muerte, acepta la no existencia. Y agradece.

 

Mi madre murió, dejó de existir. Y hace minutos temblé. Vino a mí el duelo temprano, el que golpeó mi cuerpo por 6 meses. Ella murió en paz, en sueño de morfina, quizás recordando a su propio padre.

 

No está mal enfrentar así a la muerte. Es el descanso que nos regala nuestro cuerpo (porque la mente es nuestro cuerpo). Cuando yo muera, seguro la veré. Aunque sea un espejismo, un anhelo, en ese instante infinito será realidad. Será realidad para mi cuerpo. Y no habrá tiempo para descubrir que es ilusión.

 

El duelo no resuelto es el opio del pueblo. La autopsia intelectual es el verdadero bálsamo. Es la victoria. Las religiones mantienen un duelo no resuelto que se hereda doctrinalmente, tiene individuos a las que no dejan recomponerse. Los necesitan rotos para que los parches de su doctrina finjan curar el cuerpo. Pero no lo hacen. Y el trauma se transmite. Y una sociedad enferma no puede aspirar a romper ese estado primitivo.

 

Incluso el DSM-5-TR habla del duelo prolongado, como es lógico. Su existencia es evidente y es un mecanismo de control religioso. Pero arropado en nuestra sociedad aún religiosa pasa como dolor normal. ¿Es un problema adaptativo e interpersonal? ¿Reunirse con otros dolientes para gritar a altas horas de las noches es normal? Se llama “adoración”. Hay una marcada incredulidad sobre la muerte (check), Sentir que la vida no tiene sentido luego de la muerte (check). Justo aquí llega la “salvación” supuesta. La religión que finge dar sentido. Bueno, al final el DSM-5-TR claudica e indica que todo depende del contexto cultural y las normas culturales (o la expectativa cultural). O sea, en un país religioso, puede no existir el duelo prolongado bajo esta narrativa (la religiosa).

 

Mantengo lo que digo. Soy escritor. Y he podido tocar estos temas. He podido hacer dialogar el duelo teísta y el duelo materialista, y creo que este último es más sano. Por supuesto, el primero es “más literario”. Hablar de la nada y el olvido o la frialdad de una hija no da para mucho. En mi novela hay un homenaje. A mi madre real. Y a la madre/abuela ficticia, Laura. Pero no es un homenaje teísta, es una autopsia posible desde la distancia de la hija (Constanza) y la nieta (Alma). Y es sobre todo la última que no eleva este homenaje a algo simplemente bonito. Alma ama a su abuela, pero no tiene una devoción absoluta. Su biología no se lo exige. A diferencia de la necesidad de proteger (o al menos eso dice el prejuicio extendido) de la madre/abuela Laura. “El amor de una madre no tiene adversario. Siempre los voy a querer más que ustedes a mí. Es lo normal”, con estas palabras se despide en sueño Laura de su hija materialista, y doctora, Constanza. Y le pide dejar de estar en el pasado, y concentrarse en su vida y sus propias hijas.

 

Cuando perdí a mi madre, lo acepté. Fue el fin de su historia. Y fue una historia bonita, pero yo no la recuerdo con devoción absoluta. Fue un ser humana cuyas ideas eran supersticiosas. He tenido que corregir este párrafo 4 veces. No he completado las palabras, he cortado a la mitad algunas.

 

Mi mente acepta su muerte como un proceso natural; mi cuerpo, mi instinto, quiere de vez en cuando su abrazo. Y no hay debilidad en admitirlo. Significa que soy mente y cuerpo. Una unidad.

 

Pero los teístas siguen aferrados a sus seres queridos de una forma que para mí es patológica. No cicatrizan, mantienen la herida abierta. Y es curioso. Porque a Job le suceden calamidades y él las toma como las tomaría una materialista, en apariencia: esas cosas simplemente pasaron. Pero a la vez se inventa recompensas, una misión y un paraíso. Para ser precisos: es un vaivén entre cuestionar a Dios y consagrarlo. Los gusanos se lo comen y está en el abandono. Dice que Dios es indiferente ante la maldad, pero luego habla de su soberanía. Y todo oscila entre el dramatismo inicial de perder a sus hijos (de lo que poco se dice luego) y una tranquilidad esquizofrénica.

 

“¿Dónde estabas tú cuando yo fundaba la tierra?

Házmelo saber, si tienes inteligencia”.

 

Le responde finalmente Dios a Job en esta historia, donde ambos son personajes. Y básicamente Dios no responde a sus inquietudes. Se toma dos capítulos bíblicos para hablar de su grandeza.

 

“—Entonces respondió Job a Jehová, y dijo—:

 

He aquí que yo soy vil; ¿qué te responderé?

 

Mi mano pongo sobre mi boca.

 

Una vez hablé, mas no responderé;

 

Aun dos veces, mas no volveré a hablar”.

 

Y luego Dios deja claro que no le han dado nada a él primero, por lo que no hay nada que restituir, que todo es de él. Y depende de su soberanía, de su capricho, de su plan secreto. No le revela, como a nosotros, que todo fue una prueba. Quizás queda implícito para Job, pero Dios no da explicaciones. Y todo termina con Dios restituyéndole 10 hijos. No los mismos, le da otros 10.

 

¿Esta es la fe que tenemos que tener? ¿Esta sumisión hacia un plan secreto es tolerable y proclive a ser tolerado? Propongo una alternativa y opción.

 

¿Por qué no basta entonces algo así como una fe secular? Como cuando uno está en su punto más bajo. La ignorancia sobre el futuro puede avivar la fe secular. El hombre puede imaginar que mañana le irá mejor, que alguien lo ayudará, que sanará. Pero debe hacer lo posible para que eso suceda. No hace falta una fe religiosa. Ya en el ser humano existe un anhelo por la mejoría, la esperanza.

 

Y la creencia en Dios puede ser esa versión de esperanza, lo entiendo. Pero firmar ese convenio con el cristianismo no sale a cuenta. Firmarlo implica creer en el Apocalipsis, en que seres queridos no salvos serán castigados. O en autoimponerse reglas escritas hace miles de años. ¿Para qué? Todo eso es innecesario. Volverse cristiano es desarraigarse de una comunidad anclada en el ahora. Es buscar la mejoría en otro lado y no mejorar el mundo. Es pensar que hay un mundo superior, más real que la realidad. Y un vocabulario perfecto, con cosas perfectas. Sin relación a la humanidad. Un vocabulario y leyes más precisos e infalibles Volverse cristiano es adoctrinar con discursos seudoblindados, totalitarios. Es dar muerte al debate, a las conversaciones políticas y al consenso que consolida la verdad.

 

 

Autor, experimento y traductor

 

Los humanos queremos un rompecabezas. Como el “Finnegans Wake”. Hay intenciones que no están a la vista, pero que solo requieren que miremos por mucho tiempo. Que leamos en voz alta hasta escuchar la segunda o tercera sinfonía.

 

Y la Biblia, salvo Apocalipsis, nos exige también solo eso: leer pacientemente. Pero nos pide sumisión.

 

El problema del cristianismo es que nos pide autoimponernos una creencia y no cuestionarla jamás: la Biblia es infalible, es de inspiración divina.

 

Ya hemos explorado argumentos que nos impiden hacer eso racionalmente. Incluso no existe recompensa. Volverte cristiano implica hacerte cargo de algo así como una gran comisión en la que debemos llevar “las buenas nuevas” a las personas. Y muchas de ellas, amigos y conocidos, no la aceptarán, no serán salvos y serán castigados. ¿Es entonces aceptable transferir esta gran comisión a niños, a nuestros hijos? No. Porque es una esperanza corrompida con ansiedad, con culpa.

 

Y los que no ven problema en creer esto que es parte del plano de lo imaginado (no de lo posible, sino de la imaginado o propuesto) no son personas que piensan en el mundo. Piensan en la salvación de unos pocos. Y se excusan en que Dios es sabio y que por algo hace todo, en que hay un plan maestro.

 

Y son los líderes religiosos o apologetas quienes se erigen como traductores autorizados de la doctrina cristiana. Y esto es más evidente en el catolicismo, que tiene su traductor oficial: el Papa. Y son ellos los que guían a su rebaño. En un camino de esperanza y ansiedad.

 

Hoy quiero decir que nada de esto es necesario. No quiero la eternidad. Mi legado está en este mundo y es temporal. Mis palabras podrán ser valiosas, pero las generaciones siguientes encontrarán un vocabulario más preciso para lidiar con sus problemas.

 

Hablé de Rorty en el primer ensayo. El cristianismo es el fin de la conversación. Y por eso ya ha fracasado.

 

Nos piden aceptar una moralidad suprahumana plasmada en un libro. Y es un sinsentido. La moral y la verdad solo pueden conocerse humanamente por el humano. Es decir: su propia humanidad es la frontera final para interactuar con el mundo externo (eso que genera resistencia y no depende de nuestros deseos, las leyes naturales, el mundo objetivo). Somos los humanos quienes creamos leyes y las hacemos cada vez más precisas, auxiliándonos de la lógica y de nuestra composición biológica. Sabes que hay cosas lógicamente más dañinas que otras, que evitan la prosperidad de la tribu, y sabemos que el fuego quema y nos duele.

 

Un libro puede tener buenas intuiciones, buenas leyes generales, pero es necesario que sigamos haciendo precisiones, que sigamos haciendo más preciso nuestro vocabulario. Que sigamos pensando en el ahora y en nuestra gran tribu.

 

Y si las leyes de ese libro son incompatibles con el mundo conocido (por falsas) o antojadizas (poco argumentadas), debemos rechazar esas leyes. No necesitamos diezmar, hacer que la mujer esté sujeta al hombre en sumisión o abominar al individuo que se “acuesta con hombre como quien se acuesta con mujer”.

 

Un mundo sin teísmo es solo un mundo con un totalitarismo menos, en el que debemos seguir legislando a favor de la gran tribu.

 

El experimento, el cristianismo, queda oficialmente superado. Es hora olvidar que esto no es una simulación, es tu único mundo. Y tu legado es limitado, pero será valioso.