Novela escrita en vivo (borrador final) [«Tungsteno (2066)»]

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[Borrador y apuntes de la transmisión en vivo:]

 

 

 

Tungsteno (2066)

Escrita en 1935 (pro eugenesia)

Dante muere prematuramente

 

Revisada en 1985

Dante no muere tan rápido, vive y se enamora de Constanza.

La publicidad a “Bomberman 2”

 

Versión de 2020 por Alma Baker

Respuesta a la eugenesia por Vivian.

La relación entre Constanza y Dante tiene más peso (son sus padres).

 

 

Acto 1

 

 

Era uno de esos días soleados en los que se ve el polvo, en el que los cuartos parecen abiertos. Mi amiga me tapó los ojos, para cuidarlos. No era eclipse, pero debía cuidarlos.

 

Solo escuché el maullido primero. Y luego vi al hombre. Él lo bajaba con mucha facilidad. Era muy alto como yo.

 

Mi amiga bromeaba e insistía en taparme los ojos. El eclipse. El eclipse. ¿Qué eclipse? ¡Niña tonta!

 

Yo tenía 15 años (ya tengo 16). Y sé que soy como ellos. Un protector.

 

Los veo interviniendo en las discusiones de otros adultos, corrigiendo a niños. Y todo con tranquilidad. Dicen que antes del diluvio, cuando la Tierra estaba enferma, los humanos no sabían conversar. Ni convencer.

 

 

 

Tierra, 2266

 

En el colegio siempre hablaban de otros animales. Los que vivieron y los que hicieron vivir. El profesor, un Descendiente, profetizaba y hablaba. Vivian era la sabelotodo.

 

Pero algo en ella le decía cuando parar de hablar. Cuando a los niños les mostraban los insectos en esas pantallas vibrantes, casi reales, no era para asustarlos. Era para mostrar a aquellos, más grande y fuertes, protegiendo a los suyos. Había hormigas que rodeaban a las obreras. Hablaba Sugo hacia ella.

 

Y ella le susurraba que se calle, que prestaran atención al Descendiente. Sugo había visto muchas veces este espectáculo visual. Era como una película con sonidos y hasta volumen. Los insectos parecían tener relieve, como en una pintura. Capas sobre capas.

 

Nuestro profesor luego nos hablaba de la primera guerra mundial en la Tierra, su gran guerra.

 

Y luego mostraban la guerra, en blanco y negro, la gran guerra. Y el Descendiente bromeaba con el origen. Un hombre fue asesinado. Solo un hombre. Y luego miles.

 

Luego unos países quisieron proteger a otros. Y una pelea de dos se volvió una disputa planetaria.

 

“El milenarismo”, sostuvo burlonamente el profesor, casi teatralmente. Y recordó las inclinaciones religiosas del hombre antiguo. “Pero profesor, los recursos…”, interrumpió Vivian, como siempre. “Sí, niña, los recursos eran limitados, pero, como sabrán, nuestros primos y hermanos acá presentes nos dieron su tecnología. Y ellos siguen existiendo en nosotros. ¿Saben quiénes ya no existen?”.

 

¡El homo sapiens sapiens!

 

Este es el mundo perfecto que se pensó hace más de 1000 años, pero es un mundo que no es habitado por ningún humano antiguo.

 

“Profesor, ¿pero usted no es puro?”, intervino Vivian. “No puedo contarles esa historia, chicos. No es para todos”.

 

“¿Y por qué no?”

 

El profesor se quedó mirándola y ella dejó de preguntar. Como si nada hubiera pasado.

 

Sugo luego fue a hablar con la psicóloga. Una vez a la semana los niños eran entrevistados. La psicóloga también era una Descendiente.

 

Sugo bromeaba con lo visto en clase, bromeaba sobre su profesor, sobre las intervenciones de Vivian y sobre Vivian. La psicóloga extendía su mano esperando que algo pasara. Como otras veces. Cuando Sugo solo callaba y visitaba toda su vida, desde que tuvo consciencia.

 

“¿Ya cumples 16, no?, dijo la Descendiente con tono molesto. Y algo en Sugo sintió miedo. Porque recordó que ella podía hurgar en su mente. Le pidió perdón. “Sí, señorita”. “Señora, Sugo, desde hace días”. “Sí, ya me invitaron a la reunión”.

 

Cuando un protector cumplía 16 años, era presentado con los otros. Y se le revelaban todas las verdades de la sociedad. Y él no quería saberlas. Porque no quería saber más que Vivian. Y no quería tener que guardar secretos.

 

“Puedes decidir no ser un protector. Siempre existe esa posibilidad”. Pero algo en Sugo le decía que él sí quería ser un protector y que debía proteger a Vivian, a su madre, a su padre y a su hermana. Y a su gran tribu.

 

“Y es un buen camino, Sugo. ¿Y sabes que se retiran jóvenes? Y tienen familias hermosas. Conozco a varios. De distintos oficios”

 

“¿Pero no hay… No se sirve por siempre?”

 

“Es un juramento. Pero debe salir de tus convicciones. Solo funciona si estás convencido”

 

“¿Alguien se ha negado?”

 

“Ningún adulto se ha negado, Sugo”

 

“No… pregunto… ¿alguien se ha negado en la reunión?”

 

“¿Quieres ser el primero?”

 

 

 

 

 

Capítulo 1: la reunión

 

 

Las luces eran rojas. Simulando el planeta antiguo. Hasta que una luz surgió de los lados. Una luz blanca y cegadora. Y luego todas las luces eran matizadas, incluso las rojas que pasaron a un amarillo rojizo.

 

En la parte más alta apareció un Descendiente, era el más fuerte de todos, aunque no lo pareciera.

 

Se decía de él que su linaje era solo humano. Que era puro.

 

Sus gestos eran teatrales, como mi profesor, pero enérgicos. Nos explicó lo que ya sabíamos, que en nuestra convicción era cuidar a los demás, que nosotros daríamos la vida por los demás. Nos dio un minuto para reflexionar.

 

Yo miré a los otros protectores. Algunos ya ancianos. Otros jóvenes, pero adultos. Pero ninguno era padre de otro. Ninguno era hijo de otro. Porque todos éramos el mismo.

 

“Ustedes, protectores, son hijos de aquel tiempo, de aquel que se rebeló, del usurpador, del asesino. Ustedes son él”

 

“¿Entonces qué cambió en ustedes? Nada cambió en ustedes. Cambió el mundo. Nosotros los Descendiente cambiamos el mundo. Eliminamos el hambre, la escasez, el odio y las religiones”

 

“Ustedes son el triunfo de nuestras ideas”

 

 

Y siguió su discurso. Y era doloroso oírlo. Hasta que simplemente comenzó a tener sentido.

 

“Este mundo está construido por nuestros pensadores y por ustedes, nuestros protectores. Y por los otros: quienes garantizan la diversidad genética. Niños de todos los colores”

 

“Todos somos importantes. Porque todos cumplimos una función. Y porque sabemos cómo termina nuestra historia. Yo tenía 16 cuando vi por primera vez esta reunión. Y pronuncié exactamente estas palabras. Desde hoy tendrán certeza sobre su futuro. Sabrán que son vidas que valen ser vividas. Verán a sus hijos. Se verán morir felices. Rodeados de sus descendientes”

 

Entonces los iniciados subimos a lo más alto, donde estaba el Descendiente.

 

“Seis. Como los seis rescatados por los crotoles. Los 6 elegidos”.

 

Entonces ya arriba el Descendiente preguntó si todos aceptábamos el juramento. Si alguno no quería hacerlo. Yo dudé.

 

“¿Saben? A los 6 elegidos los ahogaron en un lago. Ustedes solo deben decir sí… o no”

 

“Este es un juramento sobre su compromiso con nuestra sociedad, con nuestro planeta, con su bienestar. Entiendo la responsabilidad. Porque yo mismo hice un juramente similar. Ustedes, niños, son mis abuelos lejanos. Tíos nonabuelos. ¿O octabuelos? Ese es otro misterio que pueden resolver hoy”

 

El líder supremo intentaba que todos se relajaran, pero yo tenía miedo de hablar. Empezó con el niño de mi izquierda. Él juró. Fue mi turno.

 

“Veo duda. Hay duda en este protector. ¿Pero qué decides? ¿Sabías que los crotoles también tuvieron una guerra?”

 

“Sí”

 

“¿Juras proteger a tu gran tribu? ¿Juras actuar bajo los argumentos más sólidos imaginables? ¿Juras reservar la fuerza contra tus hermanos? Incluso si ellos te agreden primero. ¿Juras actuar si es necesario? ¿Juras juzgar?”

 

“Sí”

 

“¿Juras dar la vida por la gran tribu?”

 

 

 

 

 

 

Capítulo 2: la Tierra perfecta

 

 

Vivian me esperó con la comida en el domo de mi familia. Allá fuera mi padre usaba las pocas máquinas para recoger nuestros alimentos. Mi hermana alistaba la mesa. Las verduras eran sazonadas. Mi madre venía a abrazarme. Vivian me miraba como diciéndome engreído, pero luego mi madre la abrazaba a ella también.

 

Nuestro domo era perimetrado por árboles frondosos que nos cuidaban del Sol. Era un almuerzo tranquilo, predecible. Y por eso estaba Vivian ahí. Por eso existían los otros.

 

Ella me preguntaba si visitaría al oráculo, allá donde están las máquinas que caminan. Donde está el gran computador.

 

En la reunión me dijeron que podía visitar al oráculo al menos una vez en la vida. Yo quería hacerlo mañana. Mi padre me llevaría a la gran puerta de esa ciudad.

 

Mi hermanita me abrazó. “Protector, protector”, me dijo ella.

 

Almorzamos los frutos de nuestra tierra. Milenarios. Las papas, los camotes, el fruto que parecía un gusano amarillo duro, los dientes que parecían de abuelito. Las bromas de —-, mi hermana.

 

[Almuerzan felices. Y recuerdan al intelectual que le cortaron la mano. Todos están de acuerdo con la decisión del gobierno. Pero el padre de Sugo lamenta que ahora ese hombre no pondrá pinta como él. Al final todos se dan cuenta que las decisiones del gobierno no suelen ser fácil. Pero la cúpula siempre hace lo mejor para la gran tribu.

 

También acá se rebela que el padre de Vivian es de clase política. Y que no es Descendiente. O sea, no solo los Descendientes tienen poder político.]

 

Vivian también abrazaba a mi hermana. Y me decía que me anime a preguntar, que no tenga miedo. Que mañana tendrá una oportunidad que a ella le gustaría tener.

 

Esa noche, pensé en las palabras de Vivian. Mañana debía preguntar. Tendría mis respuestas.

 

Acto 2 (conversación en el castillo a la alto)

 

Capítulo 3: revelación

 

El padre de Sugo lo llevó a la ciudad sobre su vehículo eléctrico. La mansión los esperaba con una barrera de neblina, era un camino que se iba haciendo angosto, como un gran caracol. Era un lugar silencioso. Y vacío.

 

Era como un campo gigante, un jardín gigante, como las imágenes que veíamos en la escuela. Pero no había flores, sino satélites pequeños. Apuntando al Sol.

 

Debíamos entra al edificio y luego subir varios escalones. Mi padre dejó que fuera solo. Y yo entendí que él sabía algo. Corrí a abrazarlo. Y él primero se puso distante, pero luego me abrazó y me miró a los ojos. Luego tuve valor para ir solo.

 

Al llegar al último piso, la puerta era significativa más pequeña que las demás. Sospeché que era un cuarto pequeño. Al abrirlo encontré al oráculo sentado sobre un cojín, mientras competía en un videojuego. Él le pidió a un robot que me acercara un mando. Me saludó y me explicó las reglas brevemente.

 

“Esto se llama Bomberman 2 y eso es la Hudson”, me dijo él. Yo apenas podía hablar. “Los humanos antiguos simulaban la guerra, incluso en sus juegos para niños”

 

“Les decían el homo ludens. No, no era otra especie. Era un apodo. El humano antiguo. Sugo, muchacho, ¿qué somos nosotros? Te la han dicho en la escuela”

 

“Sí”

 

“¿Qué somos?”

 

“El homo sapiens sapiens sugaris”

 

“Sí, ya no somos ellos. Ya no odiamos, ya no nos separa la cultura. Ya no buscamos a Dios”

 

“Sí”

 

“Bien, debes preguntar. Sugo, debes preguntar. Debes conocer todas las verdades. No habrá otro día. Tómate tu tiempo”

 

Observé los monitores y vi las pantallas como los de mi biblioteca, donde preguntábamos y siempre éramos instruidos. Era una máquina que lo sabía todo y ahora estaba ante mí.

 

“¿Usted es Second Mind?”

 

Usted rió. No se sintió ofendido. O al menos no lo pareció.

 

“Yo soy un humano antiguo. El último de todos”.

 

Yo reí tímidamente, porque sabía que eso era imposible. Ya no existían humanos antiguos. Y uno de nuestros líderes no podía serlo.

 

“Puedo mostrarte toda la historia. Este lugar sirve para recordar nuestra historia, nuestras propias guerras, nuestros errores. Tu creación”

 

“¿Cómo puede un humano antiguo… ¿cómo”

 

“Sugo, esas Descendientes presumidas pueden entrar a tu mente. Yo puedo hacer lo mismo. Pero puedo dejar que veas todos mis recuerdos. Incluso los que he reconstruido con los años. Te mostraré nuestra historia. Te mostraré a nuestro dios”

 

“Dios no existe”

 

“No, Dios es irrelevante. Pero Dios sí existe”

 

Yo no dije nada, mientras colocaba su mano en mi frente. Por fin me armé de valor para preguntar.

 

“¿Cómo?”

 

“Dios no es el dios de los humanos antiguos. Dios caminó con nosotros”

 

“¿Cómo? ¿Cómo sabe eso?”

 

“Porque Nasar fue nuestro Dios. Porque yo fui Dios”

 

 

 

 

 

Un mensaje de otro tiempo

(2066)

 

 

 

 

 

CAPÍTULO 2.1: CONSPIRACIÓN (POR BRUN)

 

Mis dedos acomporan el teclado. Marcando un ritmo siniestro. En oscuridad. Dentro de mi hogar de perfección geométrica el silencio se disipa. Pero vuelve, al final.

 

Mi techo es lo más oscuro. 25 metros de altura, de ancho, de largo. Como exige mi raza adoptiva. No hay otras paredes en mi prisión.

 

Mis dedos aporrean el teclado. Con más fuerza. El sonido algrira hacia mí. Pero mis heridas me recuerdan que ahora soy calma. Mis dedos acarician el teclado, pero al instante recuerdan el nuevo campo de batalla. Acomporeo de marcha, de protesta. A veces paz, siempre guerra.

 

Nos gobierna un monstruo -dictan mis manos, como encabezado de otro mensaje, otro susurro al descontento-.

 

El líder supremo es un asesino. Y el segundo en la sucesión es peor. Los 3 sabios que aconsejan a nuestros gobernantes no existen. No pueden escucharlo todo, no pueden verlo todo. Son ciegos -¿O somos disidencia deseable?, luchando en el espejismo de los poderosos, solo contra sus sombras-.

 

Y entonces pasa como otras veces. Al pasarlo a crotol, la música de mi discurso se vuelve ominoso, cautivo y no cautivador. Es suplicio, súplica de un rendido. Pero una palabra destaca: “arnatz”. Nuestro grito de libertad. Nuestro grito de victoria. Y al fortalecer el último sonido, no queda dudas: es triunfo futuro. ArnATZ. Libertad.

 

Un nuevo líder debe emerger -dejo el teclado, me aparto del traductor-.

 

Sí, un nuevo líder. Y debe venir del pueblo esclavo, aquel reducido a guardianes de nuestra tierra. Ellos la interpretan y nos regalan su música. Son proveedores de vida, de alimento, de sanación. Sus pieles son vibrantes, relucientes. Sus intenciones también.

 

Y entonces pasa algo nuevo: entro en trance. Y las palabras ya son solo sonido.

 

Y vibran las palabras en mi boca, mi pecho. Mi nariz son cerrojo. Y mis manos siguen la melodía. No importan los significados, sino solo los sonidos.

 

Faactaram fiictoné endenan

Mastefanti istandem

 

Andonaada inman te ro

 

Negura syp,

Somis liberato

 

Neman nunnnda

Ramam

 

Tral

dram

Ar-natz

 

 

 

 

 

 

CAPÍTULO 1B: LIBERTAD (POR BRUN)

 

Yo era joven. Buscaba los designios de Dios. Tenía hermanos de armas, huérfanos y esclavizados.

 

Ninguno de nosotros vio una sonrisa. Nuestros “padres”… Nuestros dueños… no. Nunca. Todo eran discursos sobre expandirnos, sobre conocer nuestra nueva naturaleza. Mi nueva madre al menos expresaba su poco amor sujetando mi mano, pero de una manera distante, como si intentara mostrarme algo.

 

¿Ella me ama? ¿Ella me amaba? ¿Estos sentimientos son realmente solo impulsos? Él nunca parecía disfrutar nada. Y ellos dos se miraban. Y parecían olerse, perdidos en unas miradas vacías.

 

Y mis hermanos de armas, esclavos, me contaban lo mismo. Esos seres malditos solo nos hablaron de amor.

 

-Este es nuestro hogar, Brun.

-Gracias, es bueno recordar que mañana podemos morir

-Mañana triunfaremos

-¿Es por la chica, no? ¿Estás feliz por ella, no?

-Mañana mataremos a ese escorpión

-¿Ísabo o Constanza?

-Constanza, ella es la amable

-Ísabo es muy seria, pero habla crotol, Dante.

-Por eso es seria, porque habla ese idioma de mierda

-Nada bello puede salir de ese idioma… pero es útil

-En cambio, el español…

-Si consigues algo con Constanza, ¿me puedes acercar a Ísabo?

-Un objetivo a la vez

 

Era bueno soñar. De noche o bien acabado el entrenamiento. Le rendíamos obediencia directa a Blue, un sujeto que nos recordaba nuestra valía y el futuro lleno de comodidades y calma.

 

Nos entrenaba de la manera más sangrienta posible. Nos ponía a pelear entre nosotros, incluso a muerte. Pero nunca parecía hacerlo por diversión. Los perdedores eran curados. Y los ganadores eran enviados a la primera fila como premio (o como castigo). Kef, Dante y yo estábamos en el grupo de primer ataque, destinados a héroes.

 

Kef era un crotol como nuestros padres adoptivos. Llevábamos 3 años como compañeros. Su rostro no expresaba lo que sí lo hacían sus palabras en nuestro idioma de cautiverio. Era bastante alto y de mirada ausente, como nuestros padres. No parecían ojos.

 

Nuestra amistad era solo un mecanismo de supervivencia para él, pero hablaba de felicidad y de emoción al referirse a sus otras vidas. Aquel planeta pequeño oscuro de sol rojizo se nos presentaba a los hijos de los crotoles. Podíamos ver otras vidas. Y Kef, nos explicaba, podía experimentar nuestra humanidad.

 

La arena raziaba la dureza de nuestras manos. Al protegernos los ojos, al porrester paz. La palma de nuestra mano, extendida, era escudo herido, era sumisión. La arena nos veía desde lejos y desde muy lejos. Desde el pasado y casverosa.

 

La bravura se agitaba. En el temblor de los ojos y en el de los enemigos. Eran bestias, amas de la arena. Eran bestias, granates carmesí. Y la tierra las escuchaba. La arena obedecía. El estruendo, el cielo, el sol. Nosotros éramos los ladrones, saqueadores de un pueblo de paz.

 

Pero no lo supe. Quise decírmelo, en un susurro, quise señalar al verdadero perpetrador, pero no puedo.

 

Nuestro gran general Blue intentó hacer entrar en razón al príncipe de este planeta. Las negociaciones fracasaron. Esta será la última misión para muchos de nosotros. Un retiro heroico. Para otros, la muerte. Está bien. Es justo.

 

Dante, Kef y yo combatimos al frente, esperando a más bestias. Escorpiones gigantes y estruendosos. Guardianes de su pueblo.

 

Se esconden y luego sacuden la arena. Con mayor poder envestan la batalla. Con mayor velocidad algriran desde toda dirección. Aquel monstruo se me presenta titánico. Mis ojos apenas pueden ver sus facciones. Solo puedo ver sus enormes dientes, su rugido. Quizás el grandor de su cola y la ansiedad de sus patas, a veces 6, otras veces 8.

 

Estamos al frente, yo inerme, nuestro hermano pidiendo mi ayuda. Syp Syp Syp Grita Dante Y en su voz por primera vez Se escucha El miedo y la ira Nuestro compañero llora al ser devorado Yo corro lejos de todo Con pisadas temblorosas con un temblor en la mandíbula y en ambas manos quiero hablar y no puedo mi cara se deforma vuelvo a un estado pueril no miro hacia atrás las imágenes de otro mundo empiezan a emerger

 

 

CAPÍTULO 1: BRUN (VERSIÓN EXTENDIDA)

 

En casa de Dante no hay espejos. Y tampoco en la mía. Nos miramos a los ojos por varios segundos. No significa nada. No puedo sentir su alma. De alguna manera somos viajeros en el tiempo. Él no me mira ahora. Su mente está con su amada. Quiero sacarlo del trance, pero esta vez seré un buen amigo.

 

La residencia, cubículo o casa es como el de cualquier soldado de su condición. Excepto por la rigidez de nuestra especie adoptiva. 25 pasos a lo ancho, 25 pasos a lo largo. Y 25 pasos de altura. Evidentemente. Sin separaciones. Todo es sala, baño, cocina y dormitorio a la vez.

 

La cara de Dante es un palimpsesto del niño que alguna vez fue. Las heridas a penas pueden verse, gracias a su amada. Sobre su rostro hay solo pequeñas líneas, la nueva escritura, su nueva vida. Una feliz.

 

¿Su olor? Manjar blanco y fresas. Mi tercer y cuarto aroma, respectivamente. Yo no he encontrado a la mujer que huela a flores de cerezo o que impregne todo de naranjo. Y nunca lo haré. Eso lo sé. Las matemáticas no mienten.

 

¿Es Dante feo o atractivo? Los crotoles no desarrollan lenguaje no verbal. Verlo sonreír es una proeza del caos, un triunfo de nuestra naturaleza humana. Sus ojos hundidos no significan nada. ¿Eso hace que su mirada sea tímida, ensimismada? ¿O cautelosa? La mía es como la de él, precavida. Pero mis ojos marcan una mayor distancia. Mi rango visual es mayor. ¿Eso me hace más atractivo?

 

Dante viste los colores del campo de batalla en el torso y en las piernas, en la cintura, en la espalda y en lo que queda de sus brazos. Viste igual que aquella vez, mi última batalla: estamos al frente, yo inerme, nuestro hermano pidiendo mi ayuda. Syp Syp Syp Grita Dante Y en su voz por primera vez Se escucha El miedo y la ira Nuestro compañero llora al ser devorado Yo corro lejos de todo Con pisadas temblorosas con un temblor en la mandíbula y en ambas manos quiero hablar y no puedo mi cara se deforma vuelvo a un estado pueril no miro hacia atrás las imágenes de otro mundo empiezan a emerger luego de 2 años volteo a ver a mi amigo veo partículas de polvo Son granates como la arena de vida y como la sangre Dante muere ante mis ojos Pero también vive me acerco a ese Dante al que todavía lucha Le grito en nuestro idioma y su poder se manifiesta

 

Dante vive, frente a mí. Con un poder escondido. Danten xil, Danten xil. Mi mensajera, su amada. Necesito tener ese contacto. Ella merece saber la verdad, si es que no es mi enemiga. No, no lo es. Eso es evidente. Ella también fue obligada a olvidar. Por Regine y por Nasar, sus padres.

 

Mi mayor obstáculo es Agatha. Ella debe ser la primera en morir. Debo poner a Dante en peligro. Ellas dos deben pelear. Ella debe destruir a su familia. Y liberarnos.

 

Y quizás todo esto no es más que un delirio, una secuela de aquella batalla. Aquel monstruo se me presenta titánico. Mis ojos apenas pueden ver sus facciones. Solo puedo recordar sus enormes dientes, su rugido. Quizás el grandor de su cola y la ansiedad de sus patas, a veces 6, otras veces 8.

 

Y quizás todo esto es un delirio, una secuela de mi retiro. Quiero pelear, con quien sea, quiero ser héroe. Quiero asesinar a los dioses. Ponerlos de rodillas. Ser como aquel escorpión. Quiero verlos gritar, temblar. Quiero ser escuchado.

 

Y quizás solamente es un delirio. Nunca hubo ritual. O sí lo hubo. Un planeta pequeño, solo visible por nuestra especie. Torturas a la vista de los seres que amaste.

 

No, no es un delirio. No puede ser un delirio. Yo asesinaré a los dioses. Y lo haré con mi intelecto. El universo verá mi fuerza. El universo conocerá su libertad.

 

Y quizás todo esto no es más que un delirio. Ver a Blue riendo, mientras peleamos por nuestras vidas. Premiando a algunos con la muerte, siendo nuestro salvador. Mostrando mi lealtad.

 

 

CAPÍTULO 2: DANTE Y CONSTANZA (VISITA TEMPORAL 1)

 

No hago esto a voluntad. Volver en el tiempo. Es como eso. O como soñar. O como una alucinación. No importa. Solo importan sus ojos.

 

Silencio mi monólogo, el de aquel día. Mis palabras, las actuales, gritan con más fuerza. Esta vez. Debo enfocarme. En su rostro. En el brillo de sus ojos. Quiero naufragar, quiero hundirme.

 

Siento el agua oscura. No su calidez, ni su indiferencia. Tampoco su peso ni sus palabras. Nada la perturba, nada la ataca.

 

Nadie puede escucharme. Soy inmenso. Soy frío y soy calidez. Siento revoloteos. Siento el peso de algunos seres. Las ballenas escapan de mí, brevemente. Toman aire y vuelven a su prisión.

 

“Ya despierta, señor soldado”

 

Quiero contarle mi sueño. Trato de recordarlo. Intento hablarle vagamente del mar. Intento con algunas palabras de este idioma ajeno. Ella me mira y parece contener una sonrisa. Luego digo algo. “Soñé que era el mar, pero uno bueno”. Ella muestra un poco los dientes. Hace evidente las depresiones… de sus mejillas. Baja la mirada una vez. Y vuelve a mirarme. Mira primero mi ojo izquierdo y luego el derecho. No digo más. El mar nos quitó todo.

 

“Nuevo libro”

“Así es”

““Crimen y castigo”, originalmente escrito en francés. Pensado en francés para ser leído en francés”

“La eufonía no es tan importante… lo importante es el mensaje”

“Pero a usted el viaje de una palabra a otro idioma le molesta casi a diario”

“No, te equivocas”

“Como siempre, xil”

“¿Xil?”

“Es como “señorita””

“No, no significa eso”

“Has investigado. Es como amor en sentido abstracto y figurado. O amada”

“Mmm… sí he investigado”

“Por mí”

“No, para no depender de esa máquina”

“Mi idioma es ambiguo. Incluso más que el español. Pero todos sabemos que las palabras no son imágenes mentales. Son herramientas para comunicar… mi amor”

“Bueno, ya puedes… ya debes irte, Dante. Te veo en unos días, supongo… si es que no te mueres”

“Y yo te veré siempre que pueda”, le digo sintiendo un temblor en las entrañas.

“¿Dante? Mírame”

“¿Constanza?”, digo sintiendo miedo y calidez.

“¿Estás en un recuerdo?”

 

 

 

 

 

CAPÍTULO 3: DANTE

 

Constanza volvía a mirar con desdén el “traductor universal”, muchas veces inexacto, caprichoso y hasta ofensivo. Su último paciente la había llamado “muchacha” sin la calidez y respeto de la palabra en su idioma original. Quizás, pensé, “señorita” era una palabra más cordial. O directamente la palabra debió ser “doctora”. Maldita máquina.

 

El imperio estaba formado por 3 razas humanoides. Los terranos gozábamos de mucho respeto gracias a la familia de Constanza. Sus dos hermanos mayores eran guerreros invencibles: el gigantesco Blue y la misteriosa Agatha. Constanza era la más grande sanadora, a veces en ayuda por su otra hermana, Ísabo (ahora encargada de entrenar soldados, como yo).

 

“De nuevo tú”

“De nuevo yo. Y de nuevo ese libro. “A Naked Lunch” traducido al español. Irónico, ¿no?”

“No, quien tradujo esto haría un mejor trabajo que la máquina. La cosa esa siempre elige mal las palabras. Es un poco como tú”

“Vine a que me cures, no a que me rompas el corazón… de nuevo”

“No viniste, te trajeron… casi moribundo”

 

Y ella tenía razón. ¿Por qué peleaba realmente? Alguna vez mis acciones fueron como la de los grandes astros, siguiendo las reglas trazadas por el universo. Yo tenía un objetivo o creía tenerlo. Y solo ahora era feliz. Yendo al campo de batalla sin saber si volvería a esa camilla a verla. Ella era el caos que el universo me había escondido.

 

“¿Por qué sigues peleando? ¿No tienes familia?”

“¿Un propósito? Ese no es un impulso humano. Soy un hedonista. La posibilidad de morir… es lo que me mantiene con vida”

“¿Qué? Nunca digas eso. Ni de broma. ¿Eres humano?”

“¿No lo parezco?”

“Algo no anda bien contigo”

“Permíteme corregirme. No me expresé bien”

“Lo ves. Eres como la máquina esa. ¿Seguro que tu lengua principal es el español?”

“Seguro de-que lo es”

“Bien, toca sedarte”

“La fe”

“¿La fe?”

“Puedo experimentar la fe en el campo de batalla. La incertidumbre, el miedo, la intimidación. Eso no es ser hedonista. Pero disfruto esas sensaciones. Es solo que no encuentro un sentido a todo eso. Últimamente siento que debería haber uno”

“Un propósito…”

“No, no sé si llamarlo así”

“Porque no sabes español…”

“Sí sé español. Un propósito es algo que nos mueve como la gravedad o las leyes del universo”

“Eso sería simplemente el mundo donde existimos. Un propósito implica voluntad”

“No existe la voluntad en el universo. Solo puede existir desde la perspectiva humana”

“¿Y nosotros somos?”

“Esposos”

“¿Unas últimas palabras antes de sedarte?”

“Las de siempre”

“¿Sabes? Ese vacío lo llenas cuando amas. Así todas tus acciones cobran sentido. Ese es el propósito del ser humano. Amar y ser amado. Eso se les enseña en Filosofía a los iniciados. Mi hermana dicta ese curso”

“Tu hermana es muy sabia y muy soltera también”

“El amor a uno mismo también puede llenar ese vacío, señor soldado”

 

Ese otro mundo, el del sedante, era la Tierra que abandonamos, nuestro hogar. Ella perdió dos hermanos y yo a toda mi familia. Ella y sus hermanos fueron elegidos por sus talentos. Y yo sin explicación alguna. Condenado a pelear, alejado de mi niñez.

 

 

 

 

 

 

CAPÍTULO 4: DANTE, HIJO DE LARRAN Y GILGA

 

Hoy la volví a ver. Ya en casa intento recordar sus hermosos ojos. Nunca puedo. Lo que veo es una imagen residual, una farsa. Pronto. Pronto volveré a ver su mirada, la de verdad.

 

Me confesó que de pequeña era muy tímida, pero que creció sabiendo responder las críticas, las amenazas incluso.

 

“Bueno, tu novia tiene 20 mil unidades de poder”, dice Brun, mi amigo, el único, otro de los “elegidos” convertidos en soldados.

“26,666”, digo antes de reír burlonamente.

“Eso era una novela… alguna vez la vi cuando era niño”

“Constanza prefiere los decimales”

“¿Y usted?, señor 2”

“Lo sé, yo no. Prefiero mis 1500 de poder”

“Si bajas de nivel, ya tendrías un decimal atractivo”

“Si bajo de nivel, me mandan con el loco de su hermano. Los iniciados… Bueno, son chismes de un foro”

“Por eso es anónimo. Yo escribí unas cosas al moderador”

“Lo del Padre de Constanza. Que mata a sus compañeros y que así escaló todas esas posiciones”

“El sujeto… tu futuro padre político… siempre ha sobrevivido a los ataques y sus superiores no. Sus hijos básicamente fueron enviados a morir en una misión y él los rescató. Pero al resto los dejó morir. Eso es oficial. Quien dio esa orden se suicidó. Su ascenso político tiene muchos suicidios en el camino”

“Tú eres el moderador de ese foro, ¿no?”

“¡No! Claro que no”

“¿Cuál era la información falsa que filtraste?”

“Estoy 100% seguro de que tu futuro padre es un asesino selectivo”

“¿Qué inventaste?”

“Algo sobre el líder supremo… Es una teoría…”

“¿Lo vas a susurrar? Si tanto miedo tienes, no lo digas. Esos 3 ancianos…”

“Sí… lo leí también… lo pueden ver todo… cambiemos de tema… por favor…”

 

La puedo ver. Veo mi encuentro con ella.

Mi amigo me toma del brazo. “No vayas, hazlo más tarde”.

 

“Yo no puedo hacer eso a voluntad. No vuelvas a interrumpirme”

“¿Me quedaba sentado hasta que termines? ¿3 horas? ¿Cuántas veces pensabas verla? ¿Su olor es el ideal por lo menos?”

“Tampoco puedo hacer eso…”

“¿No?”

“¿Tú puedes?”

“No…”

“Quizás es lo único que admiro de nuestra cultura. La manera en la que nuestros padres adoptivos se unen”

“Sí, es romántico y perturbador. Perder el olfato y solo poder oler a la amada”

“O nunca oler nada. No encontrar a nadie”

“A cierta edad, los olores empiezan a desaparecer y el olor de la amada se engrandece, se apodera de toda la ciudadela, de tu vida. Si ella no puede huir de tu olor, la unión está hecha. Si no, viene la ceguera olfativa”

“Menos mal nosotros fallamos en nuestra conversión. Porque es casi seguro que Constanza te va a rechazar”

“No me va a rechazar. Pero igual yo prefiero oler el mundo. El coco, la menta, el limón”

“Quizás ella huele a eso”

“Nunca lo sabremos…”

“Podrías echarte perfume. Ah, no, echarse perfume es como hacerse cirugía plástica”

“Sí, y se castiga con la pena de muerte”

“Por supuesto”

“Moralmente justificado”

 

 

 

 

 

 

 

 

CAPÍTULO 5: CONSTANZA, HIJA SEXTA DE NASAR Y REGINE

 

Él siempre me hace reír. Con su español rimbombante y a la vez escaso. Pronunciando algunas palabras a veces como agudas y otras veces como graves. Tratando de cautivarme, aprisionarme. Pero yo soy una mujer libre. Él es un esclavo. Espero esas palabras: “hoy fue mi última batalla”. Y mi mano sobre la suya, consolándolo.

 

“Oh, Constanza está enamorada”, dijo Agatha, mi hermana, que no se quitaba el casco para comer.

“No existe la privacidad en esta familia. Gracias por recordármelo”, le dije molesta por inmiscuirse en mis pensamientos. Fui a mi habitación.

 

Dante, hijo de Larran (nuestro líder religioso). Bueno, la de los crotoles, la tercera parte del imperio.

 

Aprendí mucho de los crotoles por mis hermanos. Blue dice que salvaron a 12 humanos de la Tierra hace 16 años. Por cada miembro de mi familia, eligieron a una persona, al azar. Esos seis niños fueron entregados a los crotoles para atravesar un ritual. Si lograban su conversión, serían crotoles en poder y status. Todos ellos fallaron, a ojos de sus padres adoptivos, y fueron enviados a la guerra. Mi hermano me dijo que estaban destinados a ser soldados, que el ritual fue una farsa.

 

“Constanza, ven acá. Discúlpate con tu hermana. Deberías ser como Ísabo. Ella entiende su rol en esta familia”

“¿Disculparme? Eres un imbécil”

“Yo no respondo provocaciones. Soy el héroe de este imperio, un hombre sin mancha”

“Un imbécil. Eso es lo que eres. Mandando gente a morir”

“Eres una niña insensata. Entenderías mis motivaciones si estuvieras en el campo de batalla”

“No te hagas el inteligente, Blue. Para ti todo eso es diversión, es lo que te mantiene con vida. Eres un psicópata. No eres un héroe”

“Yo peleé con ellos por 10 años. Necesitan un propósito. Una vida sin propósito es un castigo. Yo podría, con mi poder, pelear por 100 hombres. Pero los respeto. Por eso los dejo pelear. Los conozco. Conozco el espíritu de mis soldados…”

“…¿Por qué, si los quieres tanto, no peleas en lugar de 40 de ellos?”

 

“Esas batallas no tienen sentido”

“Para ellos sí. Necesitamos proteger el imperio, querida hermanita, necesitamos que todos sean felices”

“Tú buscas más que eso”

“Sí, hermana. Nuestro padre no se atreve a tomar el imperio. No se atreve a emprender conquistas. Pero yo lo haré”

“Nunca obtendrás lo que buscas… mientras nuestro padre viva”

“Nuestro querido padre… Él te extraña…”

 

 

 

 

 

 

 

 

 

CAPÍTULO 6: BRUN, HIJO DE LAPER Y HAILIC

 

Dante la ama, como estimé. Él será mi mensajero, ella la intermediaria. Ellos, los dioses, mis enemigos. Todo lo que escribo es cierto. Puedo darme cuenta de muchas cosas. Para mí son evidentes. El hombre que nos gobierna es un asesino. El padre de Constanza lo es. Sus hermanos lo son.

 

La segunda parte de mi plan requiere que ella se enamore de él. Solo hace falta que Dante renuncie a la batalla. Eso lo sé, es evidente. Yo sé todo. Pero hay verdades que no puedo rasgar, las que nos oprimen. Hay un velo silencioso entre nosotros y este mundo. Nosotros, los elegidos, nunca fallamos el ritual. Eso también lo sé.

 

Este mundo es una farsa, y una tregua. La primera vida para nuestra raza es de sufrimiento. El paso previo a la inmortalidad. ¿Cuántas vidas obtuve en aquel ritual? ¿Cuántos mundos pude ver? Son 4 las vidas que me esperan. Una de ellas en el pasado.

 

A veces me pregunto si estos mundos son sueños, si Dante también sueña. Si es nuestra manera de llorar, de olvidar el campo de batalla. De desear una vida mejor, otras vidas. Me piden que dé las gracias por ser elegido, por ser salvado. Pero yo jamás lo pedí. ¿Por qué salvar solo a 6 niños? ¿Por qué no salvar a mis padres, los de verdad?

 

Hoy veo uno de esos mundos. Hay un aren de mujeres desperdigado por toda la ciudad. Pero hay más. Esto no es así realmente. Hay algo que está mal. Con las mujeres, con el hombre que soy en ese mundo. Nos obligaron a olvidar. Yo intenté recordar. Esta es la lista. Está vacía.

 

 

 

 

 

 

 

 

CAPÍTULO 7: DANTE

 

Mi planeta favorito en todo el universo. Sí. Un lugar muy oscuro en el que veo mi silueta. Un cielo entre naranja y rojo que apenas alumbra. Hay vegetación que apenas se mueve. Todo es calmado, susurrante. No. Silencioso.

 

El agua, abundante y poco profunda, me permite descansar en paz. A mí me tocaron 3 vidas, una en el pasado.

 

Vi el cielo. Pisadas sobre mí. Estaba hecho de arena, polvo. Un hombre muy pobre era mi compañero. Veía su silueta, en especial sus manos. No lo vi más. Vi a otro. Y se fue. Hasta que llegó uno que permaneció más tiempo. Vendía cosas. Siempre. A la misma hora. Casi a las mismas personas.

 

Luego pude ver más que sus manos. Aquel hombre no enfrentaba a gigantes. Pude ver sus rodillas. Y a quién enfrentaba, un hombre con vestimenta ceremonial, limpia, brillante. Le susurré que ayudara a mi compañero. ¿Pude hacerlo?

 

Nadie más así volvió a estar cerca. Solo veía pisadas, manos, otras manos. Decidí buscarlo. Pude hacerlo. Pude expandirme. Escuchar los murmullos.

 

Pasaron casi 30 años hasta que pude ver a una persona a la cara. Ella temblaba. También la veía de lejos. También de muy lejos. Con las manos ocultas. Quizás jugando con ellas. Era una señorita. Frente a él un hombre tan joven como mi primer compañero.

 

Una vez aquel hombre la vio a los ojos como volviendo a descubrirla. Ella era muy delgada, muy pequeña. Ella temblaba.

 

Los pude escuchar. Él deseaba no ser un simple vendedor en un mercado. Sus ojos son hermosos. Los míos luchan con el polvo del lugar en el que estoy recluido. Un velo de plástico rodea mi fortaleza de vitrinas. Allá afuera hay una nube de veneno que solo los ojos son capaces de soportar. Especialmente los suyos. No puedo verla sonreír a menos que lo haga con el alma. ¿Ella puede verme hacerlo? Entrecierra los ojos, baja un poco la mirada y vuelve a mirarme fijamente.

 

¿Por qué? ¿Por qué me mira así? Piensa ella cuando baja la mirada dos veces.

 

Deseo saber más de aquel hombre. Siempre se aleja en las noches. Viene temprano, camina, carga cosas, las vende en aquel puesto. Sonríe, nunca con sinceridad. Y piensa mucho en ella. Hoy sabré más de él. Me expando. Lo sigo. Él cruza la calle. Busca refugio. Voltea, pero no puede verme. Usa unas llaves descuidadas.

 

Subo las escaleras. Siento sus rodillas esforzarse. Siento su peso. Sus manos llenas de ira. Su cara ardiendo. Veo una puerta. Siento sus malos recuerdos.

 

Conozco a este hombre. Conozco a esa mujer. No pudieron conocerse. No en este mundo. No como siempre.

 

 

Estoy a punto de tocar el océano. Debajo de este se encuentran Ellos y el fin del mundo.

 

 

 

 

 

 

 

La fuga disociativa de un hombre enamorado

 

 

 

 

 

18 de marzo de 2021

 

Quizás fue el día que compartieron más tiempo. Sí, lo fue. La charla entre Luis Borja y Boni duró casi una hora. La señorita aquella vez recogió su cabello con un listón plateado muy delgado. Su cabello oscuro se asfixiaba detrás de su espalda. Con su voz enmudecida. Él miraba aquella polera gruesa de su amiga contrastar con los pantalones cortos que llevaba. Ambos blancos, pero de dos tiempos distintos. Ella quería conocer el relato que Luis le había ocultado siempre. Él cambiaba de tema.

 

—¿Pensaste ya en algún punto de vista vanguardista?

—Sí. En algunos.

 

—Luis

—Dime, ¿qué pasa?

—¿Me puedes… podrías contarme algo muy personal?

—¿De qué se trata? Hay temas de los que no podemos hablar. Ya sabes.

—Lo sé.

—¿Es acaso sobre mi adicción?

—Sí.

—Entiendo.

—Es un tema sin importancia. Un pasado que no vale la pena. Hablemos del futuro.

—Oquei.

 

—¿Eso es lo que te preocupa? No tienes que preocuparte por mí. No hagas eso, por favor. Ya es suficiente con mis padres y mi hermana.

—Perdón. Está bien.

—Tranquila, Boni. Es solo que ese tema es, digamos, un tabú. No importa por ahora, ¿okay? Algún día te lo explicaré. Es complejo. La realidad es compleja.

—¿Y si no le queda tiempo?

—¿A qué te refieres?

—Luis, quiero saber.

—Ya te dije que no hablaremos de eso.

 

Luis se paró lleno de confusión y estuvo a punto de fumar frente a la señorita. Pero recapacitó. Había pasado casi una hora desde que se sonrieron con los ojos. Desde que caminaron juntos. Desde que se sentaron sin que importe el tiempo.

 

—No te vayas, Luis. No esta vez. Quédate a mi lado. Esta vez no te vayas. Es nuestro último día juntos. Es la última vez que puedes enseñarme algo.

 

Luis esta vez no se despidió con un abrazo efímero. La miró. La miró fijamente a los ojos.

 

—Perdóname. Debí quedarme. Debí contarte lo que me pasó. Debí advertirte. Puedo hacerlo ahora.

—Ven. No importa que nos miren.

 

Se sentó cerca de Boni, en un mundo donde solo los dos existían.

 

—Fue hace unos años. Recuerdo una puerta baja, extremadamente baja. Inversamente proporcional a mi ego. Tuve que agachar la cabeza y ponerme de rodillas. Solo así pude ingresar. Adentro había más alcohólicos como yo, de todas las edades. Gente de toda Lima, incluso «gente de bien». El que me levantó tenía ojos de náufrago y niebla en sus ojos. Pero podía sonreír. ¿Cómo era posible eso?, me pregunté.

 

Ambos encontraron alegría en ese pequeño momento.

 

—Pasé meses ahí siendo rescatado muchas veces. A veces yo mismo levantaba a otras personas. ¿Puedes creerlo? Pero sabía que todo eso era momentáneo. Que sin ese grupo no podría sostenerme allá afuera. La enfermedad no está en la droga, está en el cuerpo del adicto. No existe escapatoria, Boni. Es una sentencia de muerte.

 

—¿Sabes por qué me alejé de todo? No es justo que otros sufran por mí. Ningún adicto quiere la lástima de otros. Ningún adicto quiere que otros se preocupen. Odio que mis padres se preocupen por mí. Odiaría que te preocupes por lo que me pase. No lo hagas. Nada es tu culpa, Boni.

 

La señorita sintió el frío en sus piernas. Se acercó a Luis. Quiso saber más sobre el texto que habían leído juntos. Otro de los tantos que ella había escabullido en secreto. Él le recordó que ya no le competía opinar. Ya le había dicho mucho. Había reído. Había señalado tiempos muertos. Había disfrutado la despedida. Ya no había nadie más en aquel mercado. Ya el sol apenas brillaba. La niña vio un ataúd y luego otro. Vio muchos y no supo dónde ni cómo.

 

Él la tomó de la mano. Ella lo miró y por fin pudo ver las arrugas en sus ojos, una pequeña línea en su frente. Ojos cansados, pero anhelantes. Vio su piel gruesa quizás doliente. Vio el rostro el sol el brillo. Rostro misterioso y una sonrisa. Cabellos negros brillantes por el sol. Y pudo escuchar las otras voces. Los reencuentros, los chismes, los chistes de los vendedores. Las demás personas estaban ahí. Los ataúdes seguían ahí. Esperando.

 

Sábado 3 de abril de 2021

 

El último sueño con su maestro tuvo por fin una despedida de verdad. Amaneció llorando como tantas veces, cediendo a sus impulsos de niña. Era la primera vez que sentía una pérdida. La muerte es el estado verdadero; la vida, los recuerdos. La Razón bastaba. Las aventuras habían terminado. Las de ellos dos. Pero Boni aún estaba ante muchos recuerdos, los que podría ver antes de sus últimos sollozos y los que olvidaría. Era un camino lleno de sorpresas, de hedonismo, culpa, de búsqueda. El primer amor, trágicamente fallido, no le generó un duelo eterno, un temor acechante. Pudo tener novios. Pudo descubrir lo que buscaba en los hombres. A veces un compañero, más tarde un amante. Un hombre que pudiera ver más allá de su belleza. Pero jamás uno que despreciara la manera en la que ella veía el mundo.

 

Observo desde un tiempo indeterminado. Veo los sucesos como paralelos. Veo a Boni como niña y como mujer. Veo a Luis corrigiendo un papel apenas arrugado. Veo el mismo papel en su departamento siendo hallado por Elías, su mejor amigo. Lo veo a él despreciando ese texto literario, minimizando a la autora. Lo veo también lleno de orgullo por su pequeña amiga.

 

Solo puedo ver estos sucesos. Esa es mi vida, mi existencia, limitada. Distinta a la de Dios.

 

 

 

 

 

 

El último (2332)

 

 

 

 

 

Soy el último sobreviviente de mi raza. Los crotoles. Ya no me quedan más días. Apenas veo lo que está a mi alrededor. He podido ver otros mundos, algunos reales y otros ficticios. Mundos que me esperan. La primera vida para nosotros es de sufrimiento.

 

Ni los aromas ni los colores me acompañan ya. Solo en el cielo queda algo del dulzor del durazno sobre estas casas para titanes, malditas y solitarias. Son montañas, las recuerdo, de metal, frías al tacto, antes perfectas, ahora corroídas, ásperas. Mi asiento, hace poco cama, absorbe solo un poco de mi peso. Mis sueños nunca son ligeros.

 

Mis brazos a veces cuelgan en el aire. Se agitan. Mis pies y cabeza sí logran pisar otros mundos. A veces recuerdo este con más vivacidad. Veo mi cuarto, siento la luz, veo la ventana y las otras montañas. Veo el polvo visitar mis pestañas, a veces para siempre. Veo lo invisible estorbando mi mundo. Siento las magnolias de quien renunció a ser mi amada.

 

Allá afuera todo es luz, no hay más. Veo casas como la mía, de forma rombo perfecta. Esto fue tan solo hace 5 años, cuando me volví aprendiz de cadáver. Cada cierto tiempo comía. Cada cierto tiempo sentía un hambre vacía. Un hambre que no podía saciarse con la muerte.

 

Solo mi hijo me visitaba, aquel que yo decidí adoptar. Aquel que quería ser inmortal. El que yo mismo ahogué en estas aguas… por amor.

 

Mi pequeño Brun. Era un buen chico, pero equivocado. Le enseñé mal. Le dije que esta vida, la primera, era de sufrimiento. Él entendió que era una vida para infligirlo, una vida de tantas. Le dije que había una ley que nos señalaba el amor verdadero. Él no pudo oler a su amada y renunció al amor.

 

Me visitaba y hablábame de la guerra, de las conquistas de nuestro dios. Decía que quería ser como aquel, que quería vencerlo. A veces con palabras jóvenes decía que quería ver al dios de rodillas. Y yo lo golpeaba en la mandíbula, con fiereza, hasta ver el rojo que ahora me es esquivo. Lo entrenaba según la ley: con sufrimiento lo entrenaba.

 

El día que pidió cobijo huía de otro tipo de ley, la ley humana, caprichosa y parcial. Le dije que podía esconderlo, pero que debía llegar a mi pequeño planeta apenas con aliento.

 

Ese era el ritual, la humillación completa. Destruir su cuerpo las veces necesarias. Pero él era débil. La segunda vez su cuerpo no volvió a su entereza, sus heridas no fueron borradas. Por amor a mi hijo, yo lo asfixié. Y lo hice en este lago, el que se supone le daría más vidas. Vi su mirada de odio transformarse en súplica y luego en miedo.

 

La primera vez que puse un pie en este planeta sentí nostalgia, sentí tristeza. La oscuridad no era absoluta, pero lo simulaba. Podía ver rojez en la vegetación y un aroma parecido al ardor de las magnolias.

 

Hoy es la última vez. Veré esas vidas que siguen… en el pasado. Veré a ese padre que decidió no hablarme y lo haré hablar.

 

No recuerdo esas vidas, pero siento que esta es la última. Si es así, en unos instantes seré inmortal.

 

Espero que mi imaginación venza a la enfermedad de la muerte. Ahora veré todas mis vidas, las experimentaré. Así me haré inmortal. También veré algunos mundos desde una perspectiva incierta, a veces como polvo, a veces como aire, como mar.

 

Al llegar mi última vida, podré revivirlas todas. Experimentarlas a veces como un espectador consciente, a veces como si todo fuera nuevo.

 

Yo intentaré susurrarme, intentaré mover un dedo, decir una palabra. Intentaré ver más mundos, tener más vidas.

 

«Querido hijo, hermano… o compañero, te hablo desde un tiempo que para ti es indeterminado. Espero que ese tipo de ceguera no haya arribado a tu vida. Y tampoco la ceguera de juicio y de decisión. Y si lo hizo, que no sea lo último, no creas en palabras que dicen ser ley. Porque hoy te confieso, en este presente que eres mi hijo, en este momento infinito, que no somos esclavos. Que en algún momento hubo decisión. Que lo que vives como destino es realmente tu voluntad. Yo, hijo mío, tomé a tu madre y ella me eligió. Ambos optamos eso y es portento en nuestra raza: preferir la ceguera y aun así ganar amor. Y cuando tengas tu hijo, haz tuyas estas palabras, que creer en la ley es quitarte las culpas, es ser canalla, es ser berraco. Vive con tu decisión, sea la que sea. No la justifiques, pero vive con ella».

 

Así me habló Larrán. Así me habló aquel padre del que jamás pude disfrutar.

 

 

 

 

 

 

 

Villa Laura (1986)

 

Hay plantas inmortales como los árboles. Y otras que tardan mucho por florecer y luego mueren. Y otras que alcanzan el milagro de florecer dos veces. El milagro de ver a sus retoños a su lado y despedirse en la felicidad absoluta.

 

Este es mi hogar, un homenaje a mi madre. Villa Laura reúne en verano a sus hijas y a sus nietas. Hacemos postres, vestidas todas iguales, con cabellos oscuros, ojos profundos, narices bonitas y tímidas (de conejo, como Boni).

 

Dos lagos, una casa que termina con un techo en el que se desliza el sudor del cielo, y el espacio ancho que aloja la feria, la comida. Y musgo, como lunares en todo. Uno cerca al lago más seco, el derecho. Otro cerca a la grande casa, al sur de los lagos equidistantes. Y otro abajo: cerca, pero no tanto, a las dos grandes mesas.

 

Hoy vine a visitar a mi padre. Se niega a salir de casa. Es triste este lugar sin tanta gente. Sin ella.

 

Mi papá siempre tuvo ojos lacrimosos. Estuvo así por un año, quebrándose cada vez que le mencionaban a su esposa.

 

Hoy no estaba así. Habló de otras realidades, cosas sobre las que yo escribo. “Pero solo es ficción”, le recordé. No parecía él. Sus ojos no parecían mirarme, como si hubiera alguien más mirando a través de él. Me decía que iría a buscarla en otras realidades.

 

Me decía que al inicio sintió paz. Le dijo a mi madre que lo habían logrado todo. Tenían hijas maravillosas y nietas igual de encantadoras. Que todas ellas eran pequeñas versiones de mi mamá. Pero luego de unos meses su imagen feliz se fue quebrando. Él siempre imaginó morir rodeado de sus hijas y de sus nietas, pero siempre al lado de su amada. Hoy eso ya es imposible. La quería ver antes de dar sus últimos suspiros.

 

“Eres muy egoísta” le dije, amparándome en mi status de hija favorita. Estaba cansada de verlo así. “¿Acaso mi madre no fue feliz?”. “Ella lo fue, pero querría verlas crecer, querría estar a mi lado, abrazarme, estar siempre conmigo”. “Papá, la muerte es el gran final. Mi mamá tuvo… una gran historia”. “Hija, tu madre querría estar acá”. “Pero no lo está, no puede estarlo”, le recordé viendo lágrimas recorrer sus lunares. Desde el ojo derecho, el más cansado, hasta confundirse con el sudor de su nariz y luego con sus labios.

 

“¿Crees que todos queremos vivir para siempre?, yo no. Quiero la imagen de la que siempre hablaste. Morir viendo a mis hijas, a mis nietos, a mi esposo. Mi madre tuvo eso”, le dije ya más calmada, buscando al hombre que me crio. Ahora tenía 81años. Se veía indefenso. Ya no bromeaba.

 

“Papá, déjame hacerla inmortal, a mi manera. Deja que ella viva en mis relatos”. Mi papá volteó y se sentó junto a sus libros. Y yo me acerqué a él, como cuando era una niña. “Papá, deja que el mundo sepa de Boni”. “El mundo ya conoce a Laura”. “Sí, papá, pero no conocen a la chica de la que te enamoraste”. Él no dijo nada. Solo sonrió. “Ella va a existir para siempre, papá. Incluso con sus defectos. Incluso con su frialdad y con la curiosidad que la apartaba de nosotras. Al final, ella va a estar ahí, para abrazarnos y conversar con nosotros. Para hacer postres que nos unan. Para aconsejarme. Para convertirse en Laura”.

 

“Entonces que sea a tu manera, mi Constanza”. Eso me dijo. Sigue encerrado, escribiendo sobre realidades más felices. Sigue imaginando a Laura.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Las vidas de Brun

 

 

CAPÍTULO 9.1: GRITO LIBERTARIO

Tungsteno (2066)

 

 

 

 

 

 

(Versión de 1985)

 

Mafesti hacia pueblo esclavo. En vigilia dendera. Zabazuta el sonido algrir, de somis liberato.

 

Me susurro. ¿Me susurran?

 

Yo soy el que murió ahogado y también quien habla y escucha. Soy el que sueña y el soñado. Pero también alguien mira mis pasos.

 

Los sarlos son pueblo esclavo. Ellos son como concierto de luces, vibran en distintas intensidades señalando una sinfonía. Lo hacen guiados por el sol. Su música es plegaria. Hay algo en ella que los conecta.

 

Y puedo verlos cuando el sol se esconde. Cuando la música enmudece. Con claridad.

 

Camino al pueblo, alumbrado por sus casas altas, sus puertas altas. Ventanales. Mi contacto es uno de los grandes músicos. Él habla interpreta a la tierra. Sus cabellos son de luz. Sus dedos son delgados y largos.

 

Me recibe. Ya no toco suelo rocoso pulcro, sino azulejos. La gran entrada se esconde a los lados. Y se cierra con violencia. Me extiende la mano el anfitrión. Yo la alejo y le pido perdón. Intentamos hablar en crotol hasta que desistimos. Arbas es su nombre. Su piel refleja las luces del cuarto principal y me dirige hacia el que guarda la música.

 

“Brun… ¿hijo de Laper?”

“Sí”

“¿Sigues vigilándonos? ¿El imperio nos teme ahora?”

“Nadie les teme. Ustedes dan alimento y sabiduría”

“¿Y entonces? No vienes a aprender. La última vez te conté muchas historias. No las escuchaste”

“Discúlpame, sarlo”

“Te disculpo, crotol. Pero te perdiste la historia de la pequeña Constanza. Ella vino a aprender. Ella sabe sanar. Ustedes no son simples soldados ante sus ojos”

“Yo no vengo a vigilarlos. Quiero que se rebelen”.

“Nuestra religión es de paz”

“Tendrán que pelear”

“Yo no peleo. Mis hermanos hacen música, cultivan frutos, bailan, cantan”.

“No pretendo insultar tu cultura ni tu religión…”

“Ustedes también creen en muchas vidas”

“Arbas, ¿quién es tu Dios?”

“Un ser más allá del tiempo. Un ser justo”

“Arbas, muéstrame a tu dios y dejaré de luchar”

“Puedes conocerlo, pero debes creer primero en él. Debes ir a la montaña. En el templo serás uno solo”

 

El templo sarlo queda en la montaña que toca el cielo. La tradición exige ir a pie. El trayecto sobre el piso rocoso pero liso demora medio día de este planeta. Son escalones no aptos para visitantes, reservados para pisadas más fuertes y en contacto con la tierra. Llegué al pueblo cuando el sol despertó y llegaré al templo cuando esté descansando. Quizás mal presagio.

 

“No te vayas aún, crotol”

“No te daré la mano. Conoces mi cultura”

“No es eso. ¿No quieres escuchar lo que he compuesto? Un himno”

“No vas a pelear”

“Tengo hermanos que pelean, que protegen”

 

Arbas se conecta a su instrumento y deja de mirarme. Presiona teclas delante de él, se forman ondas como cuando la voz toca las aguas. Empieza de forma ascendente y remata con 3 sonidos contundentes. La música parece conversar entre ella. Es reflexiva hasta que gana convicción y fuerza. Y vuelve pausada, triste, avasallada. Rendida. Quizás ante un Dios en el que no creo. Y remata con 3 sonidos contundentes. Arbas me ve. Sus ojos vuelven a ver. Y decide volver en trance y darme su himno, pero yo no me arrodillo ante ningún Dios. Mi creador es el sol, el caos es mi vida. Las decisiones son mías.

 

Intento despertarlo y la música toma discurso. En mi memoria.

 

 

Hay golpes en la vida, tan fuertes… ¡Yo no sé!

Golpes como del odio de Dios; como si ante ellos,

la resaca de todo lo sufrido

se empozara en el alma… ¡Yo no sé!

 

Veo la guerra. Los gritos. Las aves grandes y oscuras. Todo es gris. El sonido cae sobre la gente.

 

Son pocos, pero son… Abren zanjas oscuras

en el rostro más fiero y en el lomo más fuerte.

Serán tal vez los potros de bárbaros atilas;

o los heraldos negros que nos manda la Muerte.

 

Las plegarias cesan. Los gritos acaban. Arbas me muestra sus ojos perdidos. En trance. En resignación.

 

 

Y el hombre… Pobre… ¡Pobre! Vuelve los ojos, como

cuando por sobre el hombro nos llama una palmada;

vuelve los ojos locos, ¡y todo lo vivido!

se empoza, como charco de culpa, en la mirada.

 

Hay golpes en la vida, tan fuertes… ¡Yo no sé!

 

 

Ahora mis pisadas son temblorosas. La luna acompaña mi viaje. Siento mi respiración. Aún. Puedo dar pasos sobre el suelo. Un. Suelo rocoso. Pero liso. Suelo que me señala. Un templo.

 

Este es el lugar en el que puedo recobrar mis recuerdos. En el que puedo ser al fin uno solo: el que sueña y el soñado.

 

“Bienvenido”, dicta un sacerdote en idioma esclavo, el mío: crotol. Pero yo lo he olvidado. “Eres hoy el otro Brun”, me dice en español.

 

“Hablas el idioma de tus captores”

“Debes venir conmigo”

“¿Quién habla? ¿Con cuál de los dos?”

“¿No reconoces mi voz? Tan distante a la dél”

“Quitánse las máscaras o muevan las manos”

 

“Brun, hijo de Val. Pero también hijo de Laper. Concéntrate. Deja de mirar las posibilidades. Toma mi mano. Mira los detalles. No hay otro monje. Solo nosotros dos”

“Tengo tu mano y te seguiré”

“Ya lo has hecho”

 

 

“¿Entonces pudiste recordar?”

“Estos recuerdos… ¿Por qué no puedo conservarlos?”

“Porque debes decidir”

“¿Por qué Él no puede salvar a su hija? ¿Él es tu dios?”

“Él está condenado a observar”

“Entonces tu dios no es dios, tu dios es hombre”

 

 

 

 

 

 

-¿Está muerto?

-No te preocupes, soldado Brun.

-Nunca dejas que nadie muera. Esto es una prueba.

-Soldado, él pidió volver a casa. Muchas veces. No necesitamos cobardes como él. El imperio no necesita gente así. Él no tenía un propósito. Ya estaba muerto.

-No podemos…

-Puedes verme, soldado. Mírame. No seas cobarde.

-Perdí a un amigo hoy.

-Lo sé. Onura rompió la tregua. Nunca debimos confiar en la gente de este planeta. Mi padre jamás debió permitir una tregua.

-¿Tu padre asesinó a toda esa gente?

-Mi padre es muy poderoso, pero no es el líder supremo. Pronto lo será. Y cuando eso pase, el imperio dejará las guerras. Él cree que su poder es suficiente amenaza. Está buscando algo. Por eso deja a esta gente vivir, pero hace que nuestros hermanos mueran.

-¿Qué podemos hacer?

-Debemos matar a este dios y a sus seguidores.

-¿Cómo quiere hacerlo?

-Necesitamos estar preparados. Ustedes volverán a nuestro planeta, como héroes. Deben vigilar el imperio. Deben estar listos. Solo hay una persona que puede fastidiar todo.

-¿Quién?

-Constanza, mi hermanita.

-¿Quiere que la matemos?

-No podrías. Ella puede hurgar en tu mente, soldado. Es como Agatha. Ambas son peligrosas. Debes vigilarla sin que me vea en tus ojos. Pelea, recuérdame como tu enemigo. El dolor te hará olvidar.

 

 

-Necesito que este soldado olvide.

-Otra vez en problemas nuestro querido héroe.

-No encontrarás nada en su mente, hermana.

-No me interesan tus juguetes, hermanito.

 

 

 

 

 

 

 

 

Un mensaje de otro tiempo

 

 

 

 

 

 

 

 

CAPÍTULO 9: BRUN

 

 

Podría matar a Dante, mi amigo. Ya lo recuerdo como mi padre, en otro mundo. O quizás es un delirio. No me importa. Está inerme recordando a su amada.

 

«Terminé de verla, sus ojos ya no me aparecen con exactitud».

«La has visto ya demasiadas veces, Dante».

«No es eso. Me siento agotado. Sigo sin entender».

«Olvídate de ella».

«¿Si sabes que renuncié a ser soldado por ella?».

«E hiciste bien».

«¿Qué alternativa tengo? Soy un joven viviendo en este planeta».

«Podrías ser líder religioso como tu padre. A la iglesia acuden las mejores mujeres, las más justas, las más inteligentes».

«No hablo con mi padre».

«O podemos visitar otros planetas».

«Eso es demasiado caro».

 

 

«La quiero a ella, Brun. Nunca me había sentido tan a gusto con alguien».

«Nunca habías salido con nadie».

«Bueno, solo dos veces, dos veces desastrosas».

«¿Y si escribes?».

 

«Ser escritor en este planeta es casi algo criminal. Y lo mismo aplica a cualquier arte. No falta mucho para que los artistas sean perseguidos por «alienar» el intelecto de los jóvenes, por hacerles olvidar las misiones del imperio».

«Bueno, entonces solo descansa. O espera a que Constanza recapacite, si es que algo así es posible».

«¿Qué haces para divertirte?, Brun. Llevas casi dos años como veterano. ¿Qué te divierte en este planeta?».

«Escribo».

«¿Escribes? Ah, disculpa. Lo que dije antes…».

«No, Dante, está bien. Yo escribo en ese foro…».

«¿Qué? ¿El foro que difama a todos los del imperio?».

«No los difamo, los revelo».

«Bueno, ¿puedo ayudar?».

«No te contengas, Dante. Sé que crees que la literatura es perniciosa».

«Lo tuyo no es literatura. No sé qué es lo tuyo».

 

 

CAPÍTULO 8: DANTE

 

 

Ella se fue. La noche fue perfecta, la charla fue perfecta, las sonrisas, los chistes. Pero se fue.

 

Sus labios carnosos hacían un movimiento brusco y voluntario. De burla, de complicidad. Y luego reía. Su voz me recordaba a la Tierra. Por el idioma, el español. A veces reía tímidamente sin mostrar los dientes. A veces se desbordaba y su risa parecía un mundo. Sus labios eran un mundo, uno que me había adoptado.

 

La luz era de Luna, más potente que en nuestra niñez. Más reveladora, más infidente. La intimidad parecía estar vedada en este nuevo planeta. Así como los excesos. Todos dormían muy temprano. No había descontrol, como si nos hubieran robado el caos.

 

Era la primera vez que hablábamos fuera del hospital. Yo ya no era soldado. Era libre. Era héroe. Abrazaba una vida tranquila. El imperio me sostendría. Lo prometieron.

 

Ella me miró con esos ojos brillantes, lacrimosos. Ojos de mar. ¿De náufraga?

Quizás cometí el error de confesarle mis sentimientos muy pronto. Ella detuvo la caminata. Y decidió marcharse sin decirme nada.

 

Yo no hice nada, no reaccioné. Las miradas se posaron en mí. «Constanza», la llamé, quizás muy tarde.

 

 

 

 

 

 

 

CAPÍTULO 10: CONSTANZA EN EL DOMO FAMILIAR

 

 

Sé que Dante y los crotoles no leen literatura. No la necesitan. Ellos pueden ver otros mundos. Sentirlos reales. Creo que es lo que más me interesa de él. Y que hable, que hable mucho. No demasiado. Espero que me lo diga… espero que me busque. Se está tardando. Quizás yo deba contactarlo. O quizás no me siento lista. Siempre he preferido los estudios, mi misión. Mi trabajo.

 

Las historias que leo son como vidas paralelas. Puedo soñar. Puedo ver otros mundos. A veces difusos. Y escuchar voces, algunas vibrando y otras apagándose.

 

Pero la literatura oficial es escasa…

 

En este mundo tampoco existen las mascotas. Quizás es lo que más odio. La excusa es que hay datos sobre civilizaciones de perros evolucionados. Algo que no me creo. El imperio suele sugerir, inventar. Hay un foro que ridiculiza esos intentos. La otra vez colocaron un dibujo de un perro erguido, era la cara de Laika en traje espacial con el lema «Vuelvo por ti». Bueno, ese es el humor de ese foro. Un placer culposo.

 

 

Amo cocinar. Estos 3 huevos serán suficientes. No deben sentirse tanto. El pan será mi estrella. Pero el caramelo debe hacerse primero. Hoy no están mis hermanos. Volverán en unos días. De niña veía este recipiente e imaginaba que era nuestro domo. Debo poner el agua y el azúcar a hervir. A fuego medio. Palabras de mi madre. Palabras sagradas. Me enseñó este postre a los 9 años. Lo hacíamos una vez cada dos semanas.

 

En otro bol mezclo los huevos y el azúcar, y también la leche. Uso una cuchara de madera y un movimiento delicado. Agatha solía agradecerme por los postres. Era su hermanita. Ahora llevo 5 años sin ver su rostro. Quizás le prepare un postre cuando regrese. Con la condición de que me deje verla.

 

Una espía que lee mentes, que controla voluntades. Una tarada de 36 años. Remojo el pan en un mar de leche. Hora de las briznas de limón. Blue está completamente loco. Se cree… no sé qué se cree. Y eso que no es el mayor. Me lleva solo 8 años y varias veces me llama niña. Un imbécil. Eso es lo que es. Ya unida la mezcla. Revuelta con fuerza.

 

Dios. No. Me equivoqué de recipiente. Debía usar el que tiene el medio hacia arriba. Mi postrecito no tendrá el hueco característico. Qué más da. Vierto la mezcla sobre el domo invertido, el que tiene el caramelo en sus profundidades. Esperaré 1 hora. Extraño este postre. Extraño a mi madre. Y a mi padre… un poco menos.

 

Ísabo viene mañana. Ella dará el primer veredicto. No me manché. Eso es bueno. Suelo usar ropa muy clara, incluso para dormir. Para trabajar prefiero un color entre azul y morado. Quisiera un traje rojo muy claro, pero no me dejan.

 

A veces siento que Dante me mandara mensajes o es lo que me gusta creer. Me gusta hablarle con cierta distancia. Acoplándome a la formalidad reinante. Pero realmente quiero decirle cosas bonitas, cosas graciosas, como esa noche… cuando hui de sus preguntas. Soy una mujer de 26, no de 50. ¿Me escuchas?, Dante. ¿Piensas en mí? ¿Lo estás haciendo ahora? Yo sí. Te recuerdo…

 

«Mi idioma es de idiotas. Incluso más que el de ustedes. Las palabras crean conceptos, no paisajes, las palabras crean… mi amor».

«Bueno, vete, me incomodas, Dante. Te veo en unos días, no te mueras, por favor. Ya no pelees».

«Constanza… creo que puedo verte».

«¿Dante?».

«Constanza, puedo escucharte».

«Yo también estoy pensando en ti».

«Yo te estoy recordando».

 

«¿Entonces así funciona tu poder? ¿Me «visitas» muchas veces?».

«No es algo que pueda controlar».

«¿En serio, no?».

«Digamos que no…».

«Digamos que no me da miedo…».

«¿Y qué lees ahora?, Constanza».

«El Quijote. Bueno, no el de Cervantes».

«¿El de Unamuno?».

«No, otro. O quizás lo hice yo…

…Muchos hicieron su versión».

«¿Y te gusta que hicieran eso? Es como traducir…».

«Sí, especialmente porque el texto original está en español antiguo, vuestra merced».

«Oh, vos, vuesa merced, siempre tan bonita y ocurrente».

«¿Quieres ir a mi casa? Encontré un texto incompleto. Podemos jugar a completarlo».

«Ya veo… quieres tener intimidad conmigo… o sea, estar a solas conmigo».

«No me refería a eso…».

«Constanza, creo que tú también me gustas. ¿Yo te gusto? A veces creo que te gusto».

 

 

«¡Constanza!».

 

 

 

 

 

 

CAPÍTULO 10B: FLASHBACK

 

 

Sus labios carnosos hacen un movimiento brusco y voluntario. ¿De molestia? De burla, de complicidad.

 

Ríe y su voz me recuerda a la Tierra: nuestro hogar.

 

«Lo de Laika es más absurdo»

 

«Laika, en la vida real fue una víctima…»

 

«Sí, lo siento, es verdad»

 

«Tranquilo. Me gusta ese foro».

 

«¿Y no te molesta lo que dicen de tu familia?»

 

«No, todo es cierto»

 

«(Risas) ¿puedes entrar en mi mente?»

«Puedo hacer que me ames. Te puedo forzar a eso»

 

«(Risa controlada) quizás no es necesario»

 

 

«¿Tu padre… ?»

 

«Mi padre es un buen hombre. No temas»

 

«No lo ves muy seguido, ¿verdad?»

 

«Ellos se dedican a lo suyo. Mi madre los apoya. Y yo los apoyo desde acá»

 

«Dicen que tu madre tiene ojos muy bonitos. Te los heredó»

 

«¿Quién dice eso de mi madre?»

 

«Bueno, no hay fotos oficiales desde hace años…»

 

«Tranquilo. Sí tiene ojos bonitos. Es muy dulce. Muy sabia».

 

«¿Y Blue? Está un poco loco»

 

«Blue y Agatha están locos. Mi papá era muy estricto con ellos»

 

«Se nota…»

 

«Nos entrenaba desde pequeños. Yo no entraba en combates»

 

«¿Los hacía pelear?»

 

«Suena horrible, pero mi mamá los curaba al final. No, es horrible. Sé que es horrible. Pero quizás era necesario».

 

«A ti te enseñó a cuidar a las personas»

 

«Yo era muy joven. Desarrollé mis poderes algo tarde. Ísabo y yo jamás hemos peleado»

 

«¿Ni con tus hermanos?»

 

“No te lo voy a decir. ¿Qué es esto? ¿Una explicación en medio de una mala novela? (Risas)”

 

“¿Romper la cuarta pared?”

 

“No sabía que te gustaban esas cosas”

 

«Soy místerio»

 

«Eres UN mis-TE-rio. Nunca habías hecho eso. Lo de las esdrújulas es nuevo»

 

«Soy misterio»

 

«Mister misterio, ¿cómo funciona su poder exactamente?»

 

«Bepla drit. Endora xil…»

 

«¡No! ¡Noooo! (Risas)»

 

«Bueno, es raro… como yo (risas). Puedo repetir este momento vívidamente»

 

«Eso ya lo sé. ¿Y lo de las otras vidas? ¿Puedes ser otras personas?»

 

«Sí puedo. A veces veo a un hombre y a una mujer muy enamorados. A veces son felices juntos. Otras veces no se conocen. Otras veces él no nace»

 

“¿Entonces así funciona tu poder? ¿Me «visitas» muchas veces?”

 

“No es algo que pueda controlar”

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

CAPÍTULO 11: 20 DÍAS DESPUÉS

 

 

«Serás una gran guerrera», me dijo mi hermano mayor, Blue. «Boni», agregó mencionando el apodo de mi madre. Ambas teníamos grandes mejillas, rostro ovalado. Nariz recta, pero algo tímida. Y ojos bonitos. «Muy bonitos», según la envidia de mis hermanas. Mi cabello también era oscuro, pero más decidido. Mi piel era más pálida, pero a la vez más vibrante. Y mis brazos eran más delgados, pero podían sujetar con más fuerza.

 

Escribe Constanza por última vez.

 

Pasaron casi tres semanas hasta que volvieron a verse, en el domo familiar. Los hermanos mayores estaban al frente de la guerra, igual que sus padres. Constanza autorizaba el paso de sus visitantes: ambos hijos adoptivos y veteranos de guerra. Brun ocultaba su nerviosismo y sus recuerdos. Sabía lo que estaba a punto de pasar.

 

Constanza y Dante se miraron profundamente por unos segundos, mientras ella contenía la alegría en su sonrisa, pero la dejaba asomar por la mirada.

 

«Este es el texto, te escuchamos», dijo ella mostrando 16 páginas.

 

«Reto aceptado, amada usted, lo leeré», dijo Dante mirándola tiernamente.

 

«Es de un autor anónimo… imita el estilo de Cervantes. Es tedioso al inicio, pero muy divertido después. Veamos cómo lo completas», dijo ella, confesó ella.

 

Brun recordó…

 

Yo recordé…

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Quijote (1937)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Prólogo por el director Miguel de Unamuno:

 

 

Se lo dije con fiereza una vez, una vez mortal, al general Millán Astray. Y, como es natural, no puedo repetirlo. Ya no hace falta. Ya no es una España mutilada, ya no es una España en guerra consigo misma.

 

Hoy, estudiantes y colegas y superiores, honramos a un inválido de guerra… un inválido de guerra universal y, si me aceptan la emoción, un inválido de guerra infinito.

 

Hoy honramos a Cervantes de la mejor manera: escuchando sus palabras. Y sé que algunos se han atrevido a negarle su genio. Debo incluirme. ¿Y qué si no lo fue? Si no lo fue, no lo necesitó. A veces, queridos hermanos, no hace falta. Basta con inspirar a una persona para cambiar el mundo.

 

Hoy honramos a Miguel de Cervantes, hermano de nombre, hermano de España.

 

 

 

ACTOR DRAMÁTICO:

 

Es un buen discurso para el ensayo. ¿Será así de magnánimo?, maestro. Que nos lo digan los pocos presentes. Cuento a siete personas.

 

DIRECTOR UNAMUNO:

 

Yo cuento a ocho. Solo espero que no me llames orador, estas palabras viven.

La palabra es lo vivo. En el principio fue el verbo y en el fin será el verbo también. Cristo, el Cristo, armador de casas, no dejó nada escrito: toda su obra fue de palabra.

 

ACTOR CÓMICO:

 

Pero el Cristo ya no vive y de él solo conocemos su testamento.

 

DIRECTOR UNAMUNO:

 

¡Blasfemo! Sus palabras, son de vida, no de muerte. Sus palabras son promesa y realidad. Sus palabras viven.

 

 

ACTOR DRAMÁTICO:

 

No haga caso, maestro. Es su trabajo importunarnos.

 

DIRECTOR UNAMUNO:

 

Haces bien en recordármelo. Ahora me dirijo a los presentes. Nos pondremos todos en posición. Yo narraré lo que deba ser narrado. El resto será mérito de los actores, de la musicalidad de sus palabras… de la musicalidad de Cervantes.

Hemos preparado algo nuevo. Ayer improvisamos una historia nueva, que no pretendo equiparar al Quijote, mas sí homenajear.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Inicio

 

 

 

Paseándose dos caballeros estudiantes… por las riberas de Tormes, hallaron en ellas, debajo de un árbol durmiente, a un muchacho de hasta edad de once años.

 

Mandaron a un criado que le despertase; despertó y preguntáronle de adónde era y qué hacía en agitada soledad. A lo cual el muchacho respondió que el nombre de su tierra se le había olvidado, y que iba a la ciudad de Salamanca a buscar un amo a quien servir, por sólo que le diese estudio. Preguntáronle si sabía leer; respondió que sí, y escribir también.

 

—Desa manera —dijo uno de los caballeros—, no es por falta de memoria habérsete olvidado el nombre de tu patria.

 

—Sea por lo que fuere —respondió el muchacho en el escenario, con voz tímida—; que ni el della ni del de mis padres sabrá ninguno hasta que yo pueda honrarlos a ellos y a ella.

 

—Pues, ¿de qué suerte los piensas honrar?

—Con mis estudios, siendo famoso por ellos, llevando las palabras a los hambrientos, como el Cristo.

 

—¿La Palabra o las palabras?

 

—Ansí es.

 

Esta respuesta movió a los dos caballeros a que le recibiesen y llevasen consigo, como lo hicieron, dándole estudio de la manera que se usa dar en aquella universidad a los criados que sirven. Dijo el muchacho que se llamaba Quijote, de donde infirieron sus amos, por el nombre y por el vestido, que debía de ser hijo de algún escritor en decadencia. A pocos días le vistieron de negro, y a pocas semanas dio Quijote muestras de tener raro ingenio, sirviendo a sus amos con tanta fidelidad, puntualidad y diligencia que parecía que sólo se ocupaba en servirlos. Y, como el buen servir del siervo mueve la voluntad del señor a tratarle bien, ya Quijote no era criado de sus amos, sino su compañero.

 

Finalmente, en ocho años que estuvo con ellos, se hizo tan famoso en la universidad, por su buen ingenio y notable habilidad, que de todo género de gentes era estimado y querido. Su principal estudio fue de leyes; pero en lo que más se mostraba era en letras humanas; y tenía tan felice memoria que era cosa de espanto, e ilustrábala tanto con su buen entendimiento, que no era menos famoso por él que por ella.

 

Sucedió que se llegó el tiempo que sus amos acabaron sus estudios y se fueron a su lugar, que era una de las mejores ciudades de la Andalucía. Lleváronse consigo a Quijote, y estuvo con ellos algunos días; pero, como le fatigasen los deseos de volver a sus estudios y a Salamanca (que enhechiza la voluntad de volver a ella), pidió a sus amos licencia para volverse. Ellos, corteses y liberales, se la dieron, acomodándole de suerte que con lo que le dieron se pudiera sustentar tres años.

 

El calor del viaje lo atacó y lo sacó de sus sueños tantas veces como las estrellas. Su caballo parecía hacer mofa dél. El relincho era risa. Sobre su enjuto rosto, sobre su delgadez, sobre su mirada vacía. El Quijote dormía. O lo intentaba, con sus pocas fuerzas.

 

En el camino ya alumbrado por el sol, angustioso y agitado, decidió descansar. La fiebre parecía un eco de la muerte. No se topó con un gentilhombre a caballo, ni con sus dos criados. Recostado en un muro, tumbado vio a dos perros. Uno alguna vez blanco y otro del color del desierto.

 

CIPIÓN:

Benji amigo, retirémonos a esta soledad y entre estas esteras, donde podremos gozar sin ser sentidos que el sol en un mismo punto a los dos nos ha hecho.

BENJAMÍN:

Cipión hermano, óyote hablar y sé que te hablo, y no puedo creerlo, por parecerme que el hablar nosotros pasa de los términos de naturaleza.

 

CIPIÓN:

Así es la verdad, Benjamín; y viene a ser mayor este milagro en que no solamente hablamos, sino en que hablamos con discurso, como si fuéramos capaces de razón, estando tan sin ella que la diferencia que hay del animal bruto al hombre es ser el hombre animal racional, y el bruto, irracional.

 

BENJAMÍN:

Todo lo que dices, Cipión, entiendo, y el decirlo tú y entenderlo yo me causa nueva admiración y nueva maravilla. Y es verdad también que he escuchado prerrogativas de que tenemos un no sé qué capaz de discurso.

 

CIPIÓN:

Lo que yo he oído alabar y encarecer es nuestra fidelidad; tanto, que nos suelen pintar por símbolo del amor eterno e inviolable.

 

BENJAMÍN:

Bien sé que ha habido perros tan agradecidos que se han arrojado con los cuerpos difuntos de sus amos en la misma sepultura.

 

CIPIÓN:

Perros no muy listos, Benjamín.

 

BENJAMÍN:

Otros han estado sobre las sepulturas donde estaban enterrados sus señores sin apartarse dellas, sin comer, hasta que se les acababa la vida. Sé también que, después del elefante, el perro tiene el primer lugar de parecer que tiene entendimiento; luego, el caballo, y el último, la jimia.

 

CIPIÓN:

Ansí es, pero bien confesarás que ni has visto ni oído decir jamás que haya hablado ningún elefante, perro o caballo; por donde me doy a entender que este nuestro hablar tan de improviso cae debajo del número de aquellas cosas que llaman portentos, las cuales, cuando se muestran y parecen, tiene averiguado la experiencia que alguna calamidad grande amenaza a las gentes.

 

BENJAMÍN:

Desa manera, no haré yo mucho en tener por señal portentosa lo que oí decir los días pasados a un estudiante.

 

CIPIÓN:

¿Qué le oíste decir?

 

BENJAMÍN:

Que de cinco mil estudiantes que cursaban aquel año en la Universidad, los dos mil oían Medicina.

 

CIPIÓN:

Pues, ¿qué vienes a inferir deso?

 

BENJAMÍN:

Infiero, o que estos dos mil médicos han de tener enfermos que curar (que sería harta plaga y mala ventura), o ellos se han de morir de hambre.

 

CIPIÓN:

Pero, sea lo que fuere, nosotros hablamos, sea portento o no; que lo que el cielo tiene ordenado que suceda, no hay diligencia ni sabiduría humana que lo pueda prevenir. Hablemos todo el día, sin dar lugar al sueño que nos impida este gusto, de mí por largos tiempos deseado.

 

BENJAMÍN:

Y aun de mí, que desde que tuve fuerzas para roer un hueso tuve deseo de hablar, para decir cosas que depositaba en la memoria; y allí, de antiguas y muchas, o se enmohecían o se me olvidaban.

 

CIPIÓN:

Sea esta la manera, Benjamín amigo: que esta noche me cuentes tu vida y los trances por donde has venido al punto en que ahora te hallas, y si mañana en la noche estuviéremos con habla, yo te contaré la mía.

 

BENJAMÍN:

Siempre, Cipión, te he tenido por discreto y por amigo; y ahora más que nunca, pues como amigo quieres decirme tus sucesos y saber los míos, y como discreto has repartido el tiempo donde podamos manifestallos. Pero advierte primero si nos oye alguno.

 

CIPIÓN:

Ninguno, a lo que creo, puesto que aquí hay un hombre de sudores; pero en esta sazón más estará para dormir que para ponerse a escuchar a nadie.

BENJAMÍN:

Parece que el soplido de la vida vuelve a él. Resguardemos nuestras palabras, Cipión amigo.

 

Y al abrir del todo los ojos, ya no en el teatro, sino frente a los perros, intenté hablarles, pero huyeron de mí cual portador de plaga. Y recordé la enfermedad en las aguas hasta que mis ojos…

 

CIPIÓN:

Benji, vuelve. ¿Lo reconoces? Ven, Benjamín.

 

BENJAMÍN:

¿Quién es?, Cipión amigo.

 

CIPIÓN:

Es un escritor, como el Cervantes.

 

BENJAMÍN:

Escritor, ¿escucha mi discurso? Salve mis memorias y las de mi hermano.

 

QUIJOTE:

Hablas y no es sorpresa. No te preocupes, criatura, grita tu nombre y el de él. Mi pluma será tu voz y mi lienzo será mi memoria…

 

BENJAMÍN:

Se durmió, Cipión, creo que el escritor se durmió. ¿Y mi historia?

 

CIPIÓN:

Grita, Benji, él podrá oírte. Grita y, si no su mente, si no su intelecto, podrá recordarlo como quien recuerda el olor de la primera comida.

 

BENJAMÍN:

¡Escritor! ¡Mi hermano es Cipión! ¡Y yo soy Benji! ¡Benjiii!

 

 

Esta es ensoñación angelical. Es la paz previa al infinito. Cuando hablé de «ella» frente a los soldados, no me refería a mi tierra, pero sí a la mujer que me espera. Aquella que en mi mente sigue tan joven como hace 3 años. Ella es mi casa, mi ciudad. Ella es mi España.

La veo y por fin ella puede verme. Ahora recuerdo este sentimiento. Recuerdo que nos juramos amor y compromiso frente a este árbol testigo de la guerra. Era otra época. Otro país. Otro mundo. Por fin veo más allá de sus hermosos ojos; veo su nariz tímida, veo su sonrisa pensativa, veo un mundo, tus labios.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Un mensaje de otro tiempo

Por Max Aguirre Rodríguez

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

CAPÍTULO 12: BRUN / CHARLY / ONURA / BRUN

 

 

Constanza hubo sido herida de muerte. Estaba protegida por Dante. Había peleado con su propio hermano: Blue, quien ha había traído la guerra a su propio planeta.

 

La pelea fue un intento de fraticidio por parte del titán. El domo familiar había soportado el encuentro. La luz incesante invadía nuestra privacidad. Una oscuridad luminosa. Encendía escombros.

 

Blue era escoltado por sus dos hombres de confianza.

 

El conquistador hubo quedado herido en la parte izquierda de su cuerpo. Un ojo casi cegado. Y una armadura de la que se desprendió alejando el dolor de su brazo. Su pierna era amalgama: fusión de sangre y metal. Le gritó a Brun reclamándole su lealtad. Le dijo que trajera a su hermana. Brun, frente a Dante, le pidió que llevara a Constanza al único lugar donde podía ser salvada.

 

Blue ya no se desesperaba. Recogía el largo saco testigo de su batalla. Uno de sus dos seguidores le hubo alcanzado el saco y se lo colocaba. Era un saco negro con manchas carmesí.

Volvió a gritar. Le pidió a Brun que trajera a su hermana para completar la ejecución.

 

Brun entonces se acercó e hizo un esfuerzo por mirarlo a los ojos. A la distancia. Soldado, ¿dónde está mi hermana? Fueron las palabras del gigante. Él sonrió y recordó todo lo que ahora le era evidente, porque su venganza y su redención lo llevaban al mismo camino. Será un honor pelear con usted, majestad. Brun cerró los ojos.

 

Su mirada.

Sus enormes dientes.

La magnitud de sus puños. Ha dado un golpe y yo igualo su fuerza. Su velocidad. Manteniendo la distancia. La ansiedad en sus piernas.

 

Tratando de estar siempre a su lado izquierdo. Él falla. La realidad se bifurca. Cuando me acaba de un golpe, y cuando yo logro ponerlo de rodillas. Mis puños. Este brillo dorado es la evidencia. Es mi última vida.

 

Mis recuerdos vuelven a mí. Las palabras que yo hice promesa se cumplen. Blue acierta todos sus golpes en realidades ajenas. Yo encuentro el camino. Y de un salto, de un metro, logro golpear al titán. Su orgullo toca por un instante el piso. Sus ojos. Muestran mortalidad. Es suficiente.

 

Y es mi hora de contraatacar. E intento cegarlo. Con mi mano derecha. Por fin supero su velocidad.

 

Veo la magnitud de su puño, su fuerza absoluta; veo sus ojos llenos de humillación, y su cuerpo gira con dificultad. Poco a poco. Y veo su segundo puño, el izquierdo, el más débil. Y encuentro el camino. Mis fuerzas se agotan. Mis recuerdos vuelven a desaparecer mi brillo y mi fuerza He logrado poner al titán de rodillas Te he honrado Padre. Esquivo. Un golpe.

 

Soporto el peso de sus puños. El derecho. Y luego intenta una patada.

 

Él por fin logra interceptarme. Y me lanza. Al otro extremo del domo. Veo el exterior: la muerte y salvación. Cumplidas. Logro voltear a tiempo. Y detener al falso dios. He dado mi último golpe.

 

Sangra y les pide a sus dos subordinados que no se confíen. Que vayan a buscar a su hermana, pero ellos han decidido que dejarán de escucharlo. Blue se acerca y mata a ambos en un segundo, extendiendo sus manos. Y voltea. Y parece poder verme. A lo lejos. Desde otro mundo.

 

CAPÍTULO 13: DESPEDIDA

 

 

Ya no queda tiempo. Blue trajo la guerra hacia nosotros. Todo fue atacado. Brun nos protegió. Me miró a los ojos buscando a alguien más y me perdonó. Y yo tuve el impulso de hacer lo mismo y llorar. Hui con Constanza a este pequeño planeta. Ella agoniza. Pero las aguas podrán salvarla.

 

Es un crimen de guerra traerla a estas aguas. Pero eso ya no importa, incluso si el imperio persiste. La volveré a ver. No es juramento. Es un simple anhelo. La buscaré en todas mis vidas posibles. Intentaré verla. Quizás no podré hablarle. Quizás mis fuerzas no serán suficientes. Espero verla feliz, rodeada de personas que la quieren. La veré tomada de la mano, deseando que respeten la manera en la que ella ve el mundo.

 

Constanza, he conocido el amor verdadero. Deseo verte feliz. Te volveré a ver.

 

 

 

 

 

 

 

 

Constanza (2021)

 

18 de marzo del 2021

 

 

Ni una gota. Ni una sola. No hay riesgo mínimo ni contemplación.

 

El alcohol es un veneno que se arrastra por el cordón umbilical. Acecha toda la vida.

 

Acechando*

 

 

Escribe Elías Monterroso con una sonrisa corta, sarcásmica, doliente y disipada. Y sus dedos tiran de su pradera oscura y marchita. Acecha. Acechando. La luz se proyecta de una o de otra manera. La atmósfera susurra o grita. Mi amigo sigue el sonido de este planeta.

 

Su esposa, Lorena, se rinde. «No es para tu novela, es para el periódico», le recuerda.

 

Dante la ve y aún no puede recordarla. Solo sonríe y ama.

 

El sol allá afuera es rey y será libertador. Mira hacia el cuarto angosto de sus hijos, hay paredes donde no debería haber ninguna. Alimenta a sus hijos hasta que Lorena decide ignorar.

 

Acechando. Decide Elías. Y se acomoda los lentes. Y sus ojos se adaptan. A la oscuridad.

 

Su larga vestimenta ceremonial está incompleta, cegada. Muestran sus piernas sedentarias. Apoyadas por un computador pequeño, donde escribe.

 

«¿Y si nuestra hija sale tan insoportable como Boni?»

 

«Tres Bonis pretenciosas»

 

«¿Y en qué andan ellos ahora?»

 

«Luis y ella siguen haciendo una novela juntos»

 

«Nosotros deberíamos hacer algo así»

 

«¿Qué? Pero si yo siempre te digo eso»

 

«Pero sin convicción»

 

«A ti no te gusta lo que escribo»

 

«Eso no lo puedes asegurar»

 

«Nunca me lees… je»

 

«Leí lo del planeta pequeño. ¿Es una carta de amor, verdad?»

 

«¿Te gustó?»

 

«¿Hay un universo en el que hemos tenido hijos?»

 

«¿Te gustó?»

 

«No sé. No está acabado»

 

«Eso no existe. Un texto nunca está acabado (risas). Un buen texto nunca está acabado»

 

«¿Eso te dijo Boni, no?»

 

«¿Te gustó el texto?»

 

«Las buenas partes me gustaron»

 

«Bueno… qué bien…»

 

«Boni se me hace conocida…»

 

«¿Sí?»

 

«Hay algo en sus ojos…»

 

«¿Son bonitos, no?»

 

«¿Te parecen bonitos?»

 

«Bueno, lo son, ¿no? Un poco, al menos»

 

«Tranquilo (risas). Sí son bonitos»

 

«Sí… je»

 

«Yo podría ser su madre»

 

«O ella podría ser tu madre…»

 

 

Y la verdad estremeció su universo. Un temblor susurrante los puso alertas. Elías decidió completar su atuendo. Estar listo para correr. Constanza acompañó su vestido holgado con una manera de ser rápida.

 

Ella volvió a invitar al sol y en el cielo pudo sentir a un hombre de su pasado. Dante la consoló, pero no le dijo nada. Una luz enorme empezó a emanar de aquella figura. Lo arrasaba todo, mientras el sol era testigo, pero jamás verdugo. “Esta no es tu última vida. No temas», dijo Dante envuelto en calma dorada.

 

Cerraron los ojos, tomados de la mano, pero la muerte demoró. Y se unieron en un abrazo que agonizó por muchos segundos más.

 

 

 

 

 

 

 

Acto 4:

 

Sugo conoce toda la verdad ahora y decide aceptar su destino como Protector.

 

 

Acto final:

 

Los diarios de Vivian (años después) y el viaje al espacio de Sugo.