«Cincuenta cortes de carne humana», de Edwin Montesinos Nolasco [subido con su autorización explícita]

– Texto del 2021 (ya hay una crítica disponible en el blog).

– Y una entrevista al autor.

Versión en PDF gratis <— sí, en este link.

 

Cincuenta cortes de carne humana

Por Edwin Montesinos Nolasco

 

 

 

 

Si estás leyendo esto, todo está bien.

Santiago Remi (Lima, 2021) es escritor. Esta es su primera colección de cuentos.

 

 

 

50          CORTES             DE         CARNE           HUMANA

 

 

 

A Lucero,

quien no necesita leerme

 

  

 

Examinó a la gente que le rodeaba. Rostros cansados, sombríos. Gente que volvía del trabajo a casa. Rostros muy vulgares. Nadie le prestó atención. Todos estaban sentados en silencio, hundidos en sus asientos, mecidos por el autobús. (…) Volvían a casa, con la mente en blanco. Controlados,cubiertos con la máscara de un extraterrestre que había aparecido y tomado posesión de ellos, de su ciudad, de sus vidas.

 

PHILIP K. DICK

El ahorcado

 

 

 

 

CUENTOS

 

 

 

A nuestro negocio le irá bien

 

 

Se habían esforzado mucho, así que la tienda de animales de Bob y Wendy Davidson-Thunder tenía que ser un éxito.

En la primera temporada, la más difícil, los Davidson-Thunder habían invertido la mayoría de su tiempo consiguiendo razas extrañas de perros y gatos. No tuvieron ganancias durante el inicio, pero llamaron mucho la atención del público con su oferta de animales, y ganaron fama pronto. Su tienda creció enormemente al final en ese año.

Pero Bob y Wendy no estaban contentos. Les tenía que ir mucho mejor.

—Bob, necesitamos más especies —decía Wendy.

—Tienes  razón,  querida  —respondía  Bob—.  ¡Insectos!

Necesitamos insectos.

Los Davidson-Thunder primero acapararon todas las hormigas de su ciudad, luego las abejas de todos los parques públicos. Luego fueron por las cucarachas, pero esas no las vendieron, y las mataron. Miles de árboles en la ciudad perdían su color, se secaban, y ya casi no quedaban espacios verdes.

Bob y Wendy no estaban contentos. Les tenía que ir mucho mejor.

—Bob, necesitamos máááás especies. Anda a la selva —decía Wendy a su esposo mientras comían en un restaurante lujoso.

—Tienes razón, querida —respondía Bob—. ¡Elefantes! ¡Jirafas!

¡Leones!

Otra temporada exitosa. Los Davidson-Thunder consiguieron vender miles de elefantes, mucho más marfil; miles de jirafas, mucho más su piel; miles de leones, muchísimo más sus garras y colmillos.

 

Bob y Wendy veían las noticias: en pocos meses, la selva dejaba de existir.

Bob y Wendy estaban tristes.

Tendrían que haber sido tan exitosos como para que miles de generaciones de descendencia suya pudieran vivir sin preocuparse del dinero. ¡Les tenía que ir incluso mejor!

—Viaja, Bob. Trae todas las especies del mundo. Que solo las tengamos nosotros —le decía Wendy a su marido, una tarde, en el bosque de su mansión.

—Tienes razón, querida —respondía Bob—. Todo el mundo deberá venir a comprarnos a nosotros.

Pasaron varias temporadas hasta que Bob y Wendy Davidson- Thunder tuvieron todas las especies que existían: en el camino acabaron no solo con millón y medio de especies de animales, sino cinco millones de especies de plantas.

Bob y Wendy finalmente se dieron cuenta de la tragedia.

¡No tenían más especies nuevas!

—¡Diversificar, Bob! —le decía Wendy a Bob afuera de su tienda de animales—. Tenemos que diversificar.

—Tienes razón, querida—contestaba Bob—. Nos tiene que ir muchísimo…

No había terminado la frase Bob cuando junto a Wendy vieron una muchedumbre acercándose lentamente a su tienda. Andaban descalzos, y se clavaban vidrios en los pies mientras caminaban; se daban contra carros en llamas que habían sido abandonados; pasaban a través del fuego y el agua que convivía en las calles de la ciudad.Y seguían su camino hasta la tienda de Bob y Wendy.

—¡Ahhhh! —gritó Bob.

—¡Querido! —Wendy agarró del brazo a su esposo y se metieron en la tienda.

Cuando los zombies llegaron a la tienda de los Davidson- Thunder, en un letrero nuevo se leía el siguiente aviso:

 

Muy pronto Humanos en venta

 

 

 

 

Alucinación

 

Estaba sentado frente a una mesa cuadrada de madera. Recuerdo que espero algo. Es una hora importante. En esta mesa hay una herramienta. Y siento que estoy acostumbrado a que falte algo. Algo

viene.

Un individuo con el rostro derretido llega a la mesa trayendo un caldero con un líquido amarillento, asqueroso. Pero lo peor es que estoy acostumbrado a esto. Mi interior se estremece no de miedo, pero de alegría. Hay un calor en mí. Y empiezo a maniobrar las herramientas para ingerir el líquido. La persona ríe y mi interior se calienta aún más. Empiezo a llorar. Y me doy cuenta: no tengo tentáculos, sino una especie de flor rosada suave, con pétalos largos con los que agarro la herramienta.

—Suenan como terribles alucinaciones, Jolien.

—Lo son, Mosard. Lo son. ¿Crees que puedas curarme?

En aquella oscuridad, Mosard se le acercó y puso sus tentáculos negros en la corona de Jolien. Empezó a emitir una vibración.

—Solo necesitaremos un par de sesiones de terapia más.

 

 

 

Encuentro

 

Dolores,espérame”,gritaba Felipe,mientras la muchacha caminaba hacia la esquina. Cuando finalmente se detuvo ante el semáforo,

Felipe la alcanzó y le puso la mano en el hombro.

“No tienes que voltear, solo escúchame”, le dijo. La muchacha permaneció quieta frente al semáforo que marcaba 30 segundos hasta volver a ponerse en verde.

“Sé que te he ignorado mucho. Que me pierdo mucho en el trabajo. Sé que necesitas atención. Por eso he decidido ser más atento contigo.Te prometo que me daré cuenta de lo que necesitas, que empezaré a notar cómo te sientes. Lo voy a intentar. Por favor, dame otra oportunidad”, le rogó el muchacho.

La muchacha volteó y Felipe no lo podía creer. “Ah, disculpe”, dijo poco avergonzado y se alejó.

 

 

 

 

El padre ordenador

 

  

Cuando la mente de Kate llegó finalmente al gran ordenador que almacenaba todas las identidades, su padre al fin tuvo el coraje para transmitirle lo que sentía. Ni códigos de flores, ni de osos de peluche,ni de fotos de padres abrazando a sus hijas fueron suficientes para programarle su amor.

 

 

 

 

El inmortal derrotado

 

 

 

El inmortal fue expulsado al espacio.Ya fuera de la nave, estuvo días flotando sin rumbo, hasta que, aburrido, empezó a imaginar vida

en su mente.

Dos pensamientos, dos seres, eran creados a la imagen y semejanza que el inmortal tenía de sí mismo. Uno venía de sus remordimientos y otro de sus furias, aunque el inmortal no era totalmente consciente de esto. Ambos vivían ahí en ese espacio indescriptible, que cambiaba en todo momento. No eran seres definidos físicamente. Pero eran dos seres, porque así los pensó el inmortal.

Hablaban juntos cada vez que el inmortal estaba despierto, y cuando este dormía, empezaban a hacer la mente suya. Luego de cada sueño del inmortal, los dos volvían y hablan sobre sus aventuras. Se hacían preguntas. “¿Tú crees que la mente sea de esta forma o de esta otra?”, le mostraba uno al otro, mientras ponía una forma etérea en frente del sentido del otro. “Yo creo que debe ser de esta forma, pero lo más importante, ¿habrá algo más fuera de la mente? ¿Como otras mentes inexploradas? ¿Habrá vida en otras mentes?”. Ninguno lo creía.

Los mismos dos seres se fueron aburriendo en la mente del inmortal. Y fueron dando paso a su propia descendencia, en otras formas etéreas, que partían de diferentes sensaciones, borrando a las anteriores. Poco a poco una civilización iba avanzando, creando sus propios miedos, su propia tecnología, sus propios límites y sus propias reglas: todas incomprensibles para cualquier otro ser extramental, fuera de esta mente.

 

Tal civilización llegó hasta el punto en que un ente podía decirle al otro “Y si creamos esta historia… yo puedo cantarla y tú la vas idealizando en este lienzo negro… es sobre un pensamiento que no puede detenerse, que es infinito, que, aunque alguien quiera eliminarlo, sigue presente, un pensamiento que perdura, que no conoce un tiempo inadecuado, con el cual todos comulgan, y nunca será desterrado de esta mente. Pero ahí está el conflicto. Por miedo, logran acabar con él. ¿Cómo? Encierran al pensamiento inmortal dentro de otro. Lo hacen convivir en una minimente, en la minimente de un idiota, en un espacio estéril en que nada puede existir ni ser minipensado. Entonces, el pensamiento, aburrido, empieza a usar su propia micromente para imaginar una historia que lo entretenga. Y poco a poco, crea otra civilización… Hasta que finalmente…”

Entonces, el inmortal en el espacio dejó de pensar.

 

 

 

 

Todo sigue funcionando

 

 

 

Luego de un día de trabajo, regreso a casa y pongo agua. Mañana es fin de mes y escojo cuáles de las deudas pagar.

El agua hierve. La tetera silba.

Apago la cocina.Y la tetera sigue silbando. Soplo el fuego y el agua sigue hirviendo.

Agarro la tetera con mis manos y me quemo.

Intento verter toda el agua en el lavabo. La tetera está vacía, el agua se ha ido.

Pero el silbido persiste y el humillo empieza a llenar mi casa.

He hecho una mala compra. Mañana mismo devuelvo esta tetera.

 

 

 

 

La creación del hombre

 

 

Yo he conseguido lo que he tenido por mí mismo. Por mis propios medios.

Nadie nunca me dio nada. Nunca lo pedí. Si necesito la sal, me paro y la tomo. No pido a nadie que me la pase; si lo intentan, les digo que la dejen donde esta. No debo nada a nadie. Yo me eduqué a mí mismo. La maestra me imponía sus propias categorías y opiniones, modos de referirse a la historia. Pero no: yo me hago mi propia idea, yo sé quién tiene la culpa. No le debo nada ni a mi madre. No la dejé pujar por mí, mi madre no hizo esfuerzo alguno: yo puje por mí mismo, así me he criado.

Lo he tomado todo con mis manos. Soy un gran empresario,

¿qué dices? ¿Te convencí? ¿Salimos? ¿No quieres? Bueno, yo no necesito que me den nada.Yo consigo lo que quiero por mis propios medios.

 

 

 

 

Uno mismo

 

 

John Mercado había salido ese día a trabajar como cualquier otro día. Se había levantado a la misma hora, se había puesto el mismo traje, había desayunado lo que había preparado su esposa: lo mismo

de siempre, que era para lo que alcanzaba.

John había tomado la misma línea de bus, seguramente sería el mismo conductor, por qué no. Las mismas personas que vivían como él y viajaban con él tenían que ser las mismas. Nadie podía enfermarse y no ocupar su lugar en el bus. Nadie podía dejar de ir a trabajar. Todos tenían que ser los mismos.

Eso tendría que haber sido,pensó John.Pero alguien claramente había alterado el orden. Alguien se salió de la realidad; exactamente: al otro lado de la calle, un muchacho salió corriendo de un edificio, justo cuando John iba a entrar a las oficinas laborales. Con toda la camisa arrugada y la corbata colgando, el chico corrió a través de la pista sin ver el semáforo, que estaba en el mismo color que siempre tendría en ese momento, en todas las mañanas como esa: rojo.

El auto que pasaba siempre por ahí en ese momento evitó al muchacho, pero casi atropella a John y se estampó contra la pared. Pero tal vez habría sido mejor haberme atropellado, pensó John.

Tirado en el piso, al lado de los restos de la colisión, John parecía abrir los ojos por primera vez, y veía en los vidrios rotos del coche esparcidos en el suelo el reflejo de un rostro que no reconocía.

John Mercado corrió hasta su casa con todas sus fuerzas, pesar de que sentía que su traje de siempre le empezaba a pesar, y que las calles y carros de las avenidas de su ciudad albergaban sombras a las que no estaba acostumbrado.

 

Cuando llegó, abrió la puerta violentamente y le hizo la pregunta a su esposa.

—Nunca has sido tú, John —respondió—. Nadie lo es.

 

 

 

 

El robot que llega mañana

  

 

El robot que llega mañana, dicen, va a mejorar todo en la empresa.

Puede digitalizar todas las carpetas que tenemos por aquí tiradas en segundos. Puede coordinar con los clientes las compras, las ventas, los cambios y las asesorías.

El robot que llega mañana puede también hacer seguimiento a los empleados no robots, el robot ya tiene toda nuestra información: el robot podrá calcular la cantidad de tiempo que nos debe llevar una tarea, puede descontarnos nuestro sueldo si nos toma más tiempo, tendrá acceso a nuestras cuentas.

El robot que llega mañana va a mejorar nuestra productividad, dicen, pero sin afectar nuestro bienestar. El robot puede calcular nuestra salud mental, puede saber la ideal y puede saber la actual, y aunque no puede mejorarla, puede usarnos de formas en que nosotros no sabíamos o no queríamos ser usados,en tanto podamos, y el robot sabe quién puede dar más y quién no.

El robot que llega mañana puede calcular nuestro ritmo cardiaco con solo vernos,puede saber si estamos enfocados o no en el trabajo. Pero el robot que llega mañana es como uno de nosotros, solo que no recibe un pago.

El robot que llega mañana tiene miles de herramientas para agilizar nuestra cadena de trabajo, menos pausas, tropiezos, tiempo muerto; más practicidad, proactividad e inversión.

El robot que llega mañana nos va a proteger a todos en casos de emergencias también: incendios, atentados, suicidios. El robot está equipado para destruir a cualquiera que ose amenazar el ambiente de trabajo.

El robot que llega mañana es un robot que asegurara su propia, y nuestra, existencia en la empresa. Es un robot que está preparado para conocer y predecir el panorama futuro legal y político. El robot enviará todas las comunicaciones y coordinará con los agentes para asegurar que todas las directivas de la nación vayan de acuerdo a nuestra misión como empresa.Ninguna ley injusta ni contra la empresa ni contra el robot. Si fuera necesario, el robot que llega mañana está implementado para hacer de la empresa su propia jurisdicción. Cómo ven, es un robot que puede ver el futuro: está adelantando a las posibles situaciones que puedan dañar a la empresa.

El robot que llega mañana puede y deberá incluso protegernos del ataque de otro robot enemigo. En realidad, esa es otra de las razones por las que a todas las oficinas de todas las empresas nos llegan robots mañana.

 

 

 

 

Los Ángeles engendra sus propios demonios

 

 

Luego de una semana, los pasajeros se dieron cuenta de que no podrían escapar nunca, que ese tren, con ellos y todas sus

pertenencias, se había perdido del exterior.

El mundo parecía haberles no prestado atención, tal vez porque estaban ocupados, o no les importaba lo que les ocurriese. Pero los de dentro todavía podían ver el exterior.

El tren pasaba por cientos de países,por casi todos los océanos, y por cordilleras de montañas, e incluso por el ártico. Los pasajeros veían lo que sucedía afuera: el día, la noche, la lluvia, los truenos, los vientos, los granizos, los aviones, las bombas, las explosiones, el calor, la niebla, el ánimo.

El tren no paraba, solo seguía avanzando. Y la gente adentro empezó a hacer su vida: a enamorarse, a casarse, a tener hijos; a criarlos, educarlos; a enseñarles a tener un trabajo ahí adentro; a cazar su comida por la ventana,a pescar desde ahí hacia los océanos, a sacar agua con los baldes. Todos aprendían también a morir ahí; no solo a aceptar lo que significa vivir en un tren, sino entender qué significaba morir dentro de un tren.

Todos los cuerpos muertos eran mantenidos en el último vagón. Al inicio los tiraban por la ventana, pero los mantuvieron cuando vieron que podían comer los cuerpos, y cultivar gusanos con ellos, que usarían para las carnadas. El penúltimo vagón estaba vacío, ahí es donde alguno iba a contemplar el vacío entre el vagón de la vida y de la muerte. Ahí uno podía decidir tirarse del tren y no molestar a nadie.

A veces estos sentimientos podían venirle a uno cuando era su turno de estar en la sala de manejo, lo que hacían tan solo por alguna eventualidad. Había que estar alerta,uno nunca sabía.A veces cuando le tocaba manejar a uno, también pensaba, por un momento si no era mejor estrellar el tren, o, intentar, con mucha fuerza, volcarlo. Pero por eso también había sesiones para mantener a todos calmados, y que pudiesen todos sostener su vida en el tren.

El tren nunca ha parado. Siempre sigue yendo a su destino, a ningún lado. Nadie pudo pararlo, y nadie tampoco se puso a pensar cómo hacerlo. No hubo nunca un grupo de científicos para comprender cómo salir de ahí. Solo lo aceptaron. Todos hicieron su vida ahí.

Incluso siguieron haciendo su vida, en su rutina, cuando vieron cómo todo afuera se derrumbaba. Los glaciares se derritieron, el océano inundó a varias ciudades, las naciones que sobrevivieron empezaron la guerra entre ellas, los edificios empezaron a caer, y luego el océano se empezó a secar, y se secó del todo.

Y mientras todas las cosas se caían a pedazos, nadie en el tren prestaba mucha atención.

 

 

 

 

A mi mejor amigo

 

 

A mi mejor amigo lo veía todos los días,pero solo por unos segundos. Esos eran mis segundos favoritos del día.

A veces me hablaba. “Hoy será un día pesado”, decía siempre al empezar la semana. Otras, tan solo me observaba y sonreía o fruncía el ceño y aceptaba.

Pero, vez a vez, lo empezaba a ver lastimado: a veces eran sus párpados, cada día más oscuros; otras, abría su boca y se veían llagas; en ocasiones tenía huecos en la cabellera y sus uñas estaban carcomidas.

Hubo veces en que llegaba literalmente golpeado: un ojo morado un lunes, un chichón un martes, el miércoles la nariz reventada, el jueves la boca, y el viernes recién estaba vendado. Permanecía curado el fin de semana, y luego se repetía el ciclo. Su pobre cuerpo estaba, cada vez, más morado, más sangrado, más encorvado.

Creo que todos esos momentos esperaba que yo le dijera algo. Porque al final de esa temporada me golpeo fuertemente, y desde entonces lo vi aún más quebrado.

La última vez que lo vi, me vio por un momento que pareció eterno. Me veía directamente a los ojos, pero no hacía ninguna mueca. Lo único que me alegraba es que ya no se veía dañado, y se veía quieto. No parecía estar bajo ningún dolor.

No sé si buscaba algo en mí esa última vez, y si es que vio que no lo conseguiría. Tal vez por eso, desde entonces, jamás se volvió a parar a verse en el espejo.

 

 

 

 

Un paseo por Salamanca

 

  

Salamanca no tiene un olor en especial, ni agradable ni feo, o tal vez es que me he acostumbrado a él, a pesar de no salir tanto

por sus calles.

En esta calle, de camino a mi destino, hay tres pollerías compitiendo entre ellas, una grande, una mediana, y una del tamaño de una habitación, todas son separadas a lo más por un local entre cada una de ellas. Hay varios negocios dobles: dos academias de manejo a menos de 100 metros entre ellas, un chifa en cada vuelta de mirada, y un lugar que arregla celulares en cada cuadra. Hay un local que ha sido diez negocios diferentes el último año.

A lo largo de esta avenida, aún queda la publicidad del alcalde que ganó las últimas elecciones; junto a este muro, queda basura que parece no haber sido recogida en una semana, se ve que las bolsas han sido abiertas.

A la hora del almuerzo, como esta, hay un hombre que siempre merodea a lo largo de esta calle, mirando a ningún transeúnte en particular, pero siempre quedándose afuera de los restaurantes.

Un edificio hace poco se ha convertido, eso parece a mis ojos, en una casa de inmigrantes. En su mayoría son venezolanos, pero cada tanto veo llegar a carros con más gente, algunos parecen franceses, otros de Norteamérica. Parece que entre ellos han abierto una fuente de soda ahí en el garaje del edificio.

Hay solo un par de parques alrededor de mi casa, pero nadie los visita. No están muy iluminados y están enrejados. El que yo visito hoy está cerrado con candados. De estas calles no hay escape.

 

 

 

 

Doble vida

 

 

De día, Morgan es oficinista. De noche, toca en una banda de rock. La vida es así para muchos.

Solo he escuchado de pocas personas que no tengan sueños al dormir.

 

 

 

 

Crimen en primer grado académico

 

 

Había un hombre que por el día actuaba de una manera y por la noche de otra. En el día, era extremadamente cuidadoso con cómo decía las cosas, con cómo hablaba con personas de otros países, con cómo vestía cuando iba desayunar con sus amigos. Pero por más de que pareciese un poco vanidoso, siempre intentaba dar limosnas a los pobres, hablar bien de la cultura de su país y los pueblos que antes y ahora poblaban su nación. En su empresa, intentaba siempre dar la palabra a las mujeres primero, aunque hablaran poco; se preocupaba por la salud de sus empleados con talleres especializados para tratar los temas más sensibles. Era el hombre más feminista que él mismo conociera. Nunca había tenido un secretario, siempre eran lindas secretarias, como para equiparar la desigualdad, decía él.

Por eso era difícil imaginar este era el mismo hombre que en las noches salía a violar mujeres, pateaba a vagabundos cuando lo botaban ebrio de alguna discoteca, despotricaba contra los cholos de la Sierra, y evadía impuestos. No solo eso. A veces pasaba noches enteras, firmando contratos fraudulentos, vendiendo y comprando tierras indígenas, estafando gente con deseos de superación, negociando la libertad de sus familiares genocidas, vendiendo armas a gobiernos represores,invadiendo,él mismo,repetido miles de veces, países en busca de más ganancias, con el cuento de un enemigo amenazante; viajando a diferentes países, masacrando a los pueblos más minoritarios con sus manos, y cuando no pudieses, pasando leyes para limitar poco a poco sus libertades, creando más clones de él a su imagen y semejanza, a pesar de ser lo más espantoso que el mundo podría haber visto, si este mundo tuviese otros ojos;

 

este hombre podría ser lo que quisiese; un cuchillo, una pistola, un tanque, una bomba, un hombre muy deprimido, y un hombre con mucha inseguridad y un hombre con mucho poder; y todo al mismo tiempo. Este hombre era un hombre que realmente anhelaba vivir así.

Al final del día, a pesar de ser un solo hombre, era difícil acabar con él. Siglos haciendo tratos en la oscuridad, y al día siguiente, caminaba brillando más que el sol.

 

 

 

 

Disco King

 

 

¿Es este? —gritó David mientras recogía un cuaderno rojo, quemado, de la montaña de basura y se lo mostraba a su

hermano.

Mike se acercó, entrecerró los ojos para ver mejor y no notó ninguna señal reconocible en el libro rojo.

—No, mira bien —contestó Mike.

—Es rojo —dijo David.

—Pero no está la marca. Recuerda la marca, David. Es una cruz.

—¿Y cómo es una cruz?

—Haz la señal. ¿Aún la recuerdas?

David levantó su mano derecha, dudo por un segundo y luego hizo la seña: el dedo hace un punto en su frente, baja al vientre y hace otro punto, y de ahí cruza a un hombro y luego al otro.

—Es la décima vez que me preguntas por la cruz —añadió Mike un poco fastidiado.

—Perdona, hermano. Mi memoria anda empeorando.

Tenían una carrera contra el tiempo, Mike y David tenían que encontrar el libro para poder reconstruir la civilización. Un libro rojo con una cruz. Ahí debía decir, Mike tenía fe en que así sería, todos los pasos para devolverle el orden al mundo.

Siguieron caminando por el gran basural, hasta que llegaron a un riachuelo. Más allá del agua, resistía un bosque y pronto notaron que había un rastro de cuadernos que daba hacia aquella oscuridad natural. Cruzaron el río y siguieron el camino de libros.

—¿Es este? —levantó uno David—. Tiene unos símbolos.

Mike caminaba agarrando con sus manos la maleza y los árboles, su vista empeoraba. Se acercó el libro al rostro.

 

—No, David. ¡Una cruz! —dijo Mike, exasperado—. ¡Haz la señal! David levantó su mano derecha y se quedó un segundo quieto.

Otro segundo… Otro y…

—¡Trae acá tu brazo! —ordenó Mike y le jaló el brazo a su hermano.

Con lo primero que Mike agarró del piso, una piedra, le marcó la cruz a su hermano en la muñeca. David se resistió un poco, pero dejó que su hermano hiciera lo que creía correcto.

—Al diablo la señal. Levantas tu brazo y vez la cruz, ¿la ves?

—Sí… —respondió David, mientras se secaba unas lágrimas de los ojos.

—Ahora, sigamos.

El rastro de libros continuaba. Ninguno era el cuaderno rojo con la cruz. Libro a libro, se hacía de noche, y los hermanos no hubieran sabido a dónde ir de no ser por una luz que ardía a lo lejos. Hacia ella daba el rastro de cuadernos, así que siguieron.

Cuando llegaron al origen de la luz, los hermanos observaron, detrás de unos arbustos una llama de fuego ardiendo dentro de una pirámide de cristal pequeña. Estaba en el centro de lo que parecía ser una aldea, con casitas de madera. Los hermanos observaban la llama cuando un hombre de un traje negro y corbata salió de una de las casas y avanzó hacia el fuego llevando un disco con sus dos manos. Lo colocó encima de la pirámide y el disco empezó a girar. Detrás del hombre, aparecía un grupo de individuos, quienes empezaban a bailar al compás del sonido.

—¿Son personas? —preguntó Mike, mientras intentaba discernir lo que veía.

—Sí, hermano. Son personas y están reunidas.

“Una pequeña civilización”, pensó Mike. “Ellos deben haber encontrado el libro. Deben estar iniciando el proceso… Estamos salvados”, pensó esperanzado.

Los hermanos quedaron absortos observándolos. Por un momento, Mike parecía ver muy claramente el fuego, y las personas bailando. Parecía que él hombre de traje dirigía a todos, y abría la boca como si la música saliese de él. Pero, pronto, el fuego se fue apagando, y la vista de Mike se ponía aún más borrosa.

—Hermano, mira —señalo David al hombre de traje. —Ha traído un libro.

—¿De qué color es?

—Es rojo— murmuró exaltado David.

—Lo tiene. Entonces es verdad…

Lo que sucedió después también lo pudo notar Mike. Era el sonido del fuego reavivándose violentamente. “¡Ha tirado el libro rojo al fuego!”, gritó David. “¡Llévame, apúrate!”, dijo Mike agarrando

 

del brazo a David. Corrieron hacia el centro del fuego. Sin verlos claramente, Mike empujó a las personas, quienes solo observaron quietamente. Ni siquiera el hombre de traje evitó que David sacara el libro del fuego. Pronto, los dos hermanos volvieron a la oscuridad del bosque. Nadie los perseguía.

Luego de echarse detrás un árbol caído, revisaron el libro. “Es gente estaba loca. Me equivoqué. No son civilizados”, murmuró Mike, aún asustado.

—Hermano, ¿tiene la marca? —le preguntó David.

—No puedo. No puedo ver bien. No puedo ver, David. Míralo tú

—palpando el cuerpo de su hermano, Mike encontró su brazo y lo levantó —. Dime, David. Hermano. Por favor. ¿Tiene la marca? ¿Está la cruz? Mira tu brazo. ¿Está esa cruz?

David observó su brazo y luego vio la portada del libro rojo. Se quedó un segundo viendo su brazo de nuevo. Luego otro segundo viendo la portada. Otro segundo, su brazo: la marca que veía debajo de su mano era una raya y otra que la cruzaba perpendicularmente. La marca del libro era una raya y otra perpendicular. Eso era una cruz en el libro. Y eso era una cruz en su brazo. Pero no eran iguales. Al menos desde el punto de vista de David. Él no podía saber que la cruz en su brazo estaba dibujada al revés. Eso era un símbolo con un significado totalmente diferente.

 

 

 

 

Mi pesadilla más recurrente

 

 

Subo a mi departamento, como todos los días. Vivo en el tercer piso, y ahí debería quedarme para entrar a mi hogar. Sin embargo, siento algo que me persuade: una sensación de que en el cuarto

piso hay fantasmas. Por eso, subo.

Me angustio y despierto.

En algunos sueños, puedo decidir no subir al cuarto piso, pero, como todos sabemos, a veces no tenemos el control. En una ocasión, decido no subir, pero el tercer piso se convierte en el cuarto, ya saben cómo es eso. Más angustia.

Poco a poco aprendo a no subir si quiera un piso. Es inútil. El primer piso es el cuarto. Más angustia y me levanto.

Y recuerdo: yo vivo en el cuarto piso.

 

 

 

 

Todos conocen a Martín

 

 

Todos hablan de Martín, mencionan sus virtudes, y para mí es como si no lo recordara.

Todos dicen que es una de las mejores personas que han conocido. Todos en esta habitación han hablado de él, todos lo conocen; todos han ido al colegio, han estudiado, han trabajado con él,se han casado,han tenido hijos,lo han amado y lo han acompañado hasta el día de su muerte. Incluso en sus pocas horas de vida, se le veía feliz con la vida; o eso dicen quienes lo conocen.

Yo estoy aquí con ellos, y debería haberlo conocido. Al menos, no conocí a la persona que describen. El alma que hoy me dejó, una parte de Martín, nunca hizo nada bueno para mí. Todo lo contrario.

Pero ahora sé que es común; que el cuerpo jamás conoce realmente a quien está dentro.

 

 

 

 

Teseo salta

 

 

Luego de que lo atajaron en lo alto del edificio, los bomberos dejaron a Teseo con el médico, y este, luego de comprobar que no se había hecho ningún daño, lo dejó con el psicólogo de la empresa. El traje azul de Teseo estaba cubierto por tierra, se había quitado la corbata,

y tenía la camisa fuera de los pantalones.

—¿Hace cuánto que trabajas aquí, Teseo?

—Cinco años.

—¿Esta es la primera vez que intentas suicidarte?

—Sí.

—¿Por qué querías hacerlo?

—Yo… escucho voces. Todos los días. Escucho voces. Estoy harto de ellas…

—¿Qué te dicen las voces? ¿Te dicen que saltes?

—…yo, yo no les hago caso.

—Pero estabas ahí arriba, Teseo. ¿Pero por qué estabas allá arriba entonces si no les haces caso?

—Las voces no me dicen que salte.

—Entonces…

—No. Me dicen que vuelva al trabajo.

 

 

 

 

Sociedad en pañales

 

Santiago lleva al psicólogo a Rubén, porque anda muy raro. “Escúchelo, doctor”, le dice.

“Él no está haciendo nada. Santiaguito no está haciendo nada. Le he dicho que se ponga a planear para su futuro y no quiere hacer nada. No mueve un dedo. ¿Cuánto le pagaron en ese trabajo de medio pelo? Dos mil soles por dos meses de trabajo. Yo hago dos mil soles al día. Él tiene que entender que en este mundo nadie le va a dar nada gratis, que tiene que esforzarse para sus cosas.Yo me he valido por mí mismo, y todo lo que he hecho es para poder ser alguien profesional, con dinero, una buena persona, y que eso sea fácil de reconocer para los demás. Él tiene que hacer lo mismo. Mañana mismo debería…”

“¿Cómo lo ve, doctor?”, le pregunta Santiago.

El doctor se baja de su silla, se acomoda el pañal, se saca el chupón y se lo da a Santiago. Este se lo mete en la boca y escucha atentamente qué tipo de terapia necesita su padre.

 

 

 

 

Hunky Dory

 

Cuando el granizo incrementó, los dos jóvenes muchachos se acomodaron las cabezas y apuraron su búsqueda de refugio;

se hacían camino a través de los restos de edificios, automóviles y pantallas, cuando las dos personas que los observaban empezaron a hablar.

“No tienen idea dónde están parados”,decía uno de los hombres mientras los dos jóvenes pasaban a través de lo que antiguamente se conocía como el Times Square. “Y visten horrible, qué clase de ropas son esas”, decía el otro. “No puedo creer que en esto nos hayamos convertido los americanos”, seguía el primero.Y siguieron.

Cuando pudieron encontrar un edificio poco derruido, los dos jóvenes apresuraron el paso hacia la entrada. Fastidiados por el ruido, los muchachos se retiraron los cráneos que se habían puesto de cascos y los dejaron en la entrada del edificio. Ninguno sabía el sonido que emitían estos era un lenguaje cuyos antepasados conocían y usaban diariamente. Para los dos jóvenes, aquellos sonidos que salían de los cráneos de dos hombres adultos del siglo veinte tan solo era ruido, como si los vientos helados silbaran a través de las grietas del hueso.

 

 

 

 

Lápida

 

 

Una lápida tenía escrito el nombre de mi padre. En alguna iteración de esta vida, la mía, yo visito este cementerio sin saber quién era

él, porque nunca volvió a casa. Imagino que él nunca habría logrado nada en vida, y tal vez yo pudiese haber vivido más tranquilo, y muerto más joven, también.

 

 

 

 

Brendan es así

  

 

Brendan habla así, como si se atorase; no le prestes atención. Brendan come así, como si se atorase; ni siquiera lo mires. Brendan bebe así, como si se atorase; va a hacer un escándalo.

Es mejor que Brendan se ahogue y se muera. Todos en la mesa lo piensan, pero, Charlie, querido, esa no es razón para que no le des el beso de buenas noches. Tampoco nos lo niegues a nosotros.

 

 

 

 

Una casa entre La Molina y Ate

 

 

Algunas habitaciones pertenecen a Ate y otras a La Molina. Verá, la cocina, el garaje, la lavandería, obviamente están en Ate; la sala,

el comedor, las habitaciones y los baños grandes, en la parte de La Molina. El jardín también está de este lado; del otro puede construir una granja, si quisiese. Pero tal vez le cueste un poco sacarla adelante, ya que algunos dicen que de este lado sale más sol, todos los días de la semana. Algunos inquilinos en casas parecidas nos dijeron que al otro lado el sol no se siente igual. De este lado, solo pocos reciben los rayos solares; parece casi imposible, pero los inquilinos lo sienten. Del lado de La Molina,usted siempre puede ampliar su hogar,tenemos terrenos suficientes para venderle, pero solo puede construir a lo largo. Puede hacerlo para albergar a sus familiares, solo a los suyos, pero, como le digo, deben ser casas a lo largo, y jamás de más de dos pisos.

Si decide comprar esta propiedad, puede usar el lado de Ate para construir y alquilar departamentos, pero jamás para vender. Tiene un límite de dos metros cuadrados para hacerlos, ya que de este lado solo está permitido construir hacia arriba. Y si no quiere hacer departamentos, puede hacer oficinas. A los empleados les encanta estar cada vez más arriba, trabajar en un edificio alto.

Yo creo que puede tener una agradable armonía: sus empleados estarán felices con las vistas desde el aire que tengan, pero no les construya ventanas que den para nuestro lado, le sugiero. Y usted y sus familiares podrán verse más las caras entre ustedes,estar cerca al suelo, con acceso al jardín, y pasear sin problemas ni inconvenientes, ni extraños, en el parque. Puede construir superalto como para que sus empleados estén bien lejos de su vista. Usted sabe, a uno no le gusta mucho a ver a gente esforzada. Y a ellos les hace ilusión estar cerca al cielo. Pero no le tome importancia, yo no creo que falte mucho para vencer a la muerte, y siempre está más a nuestro alcance.

Cómo ve, no tendrá problemas, y si tiene para pagarlo, el lugar es perfecto. El único inconveniente que alguna vez un inquilino enunció algo insignificante: dijo que le pareció que esa gente vivía más feliz.

 

 

 

 

El episodio perdido de Pataclaun

 

 

Machín entra a la escena y le pregunta a Wendy por su comida. No hay comida. La golpea. La mata.

Aparecen Queca, Tony y Gonzalete. Se cae el escenario, y de atrás se ve una especie de juzgado rojo, con una gran silla, donde está sentado el juez, pero a quien nadie ve. Es la hora del juicio de Machín.

Los tres fantasmas siempre lo han estado observando, y silenciosamente han estado esperando el momento en que finalmente Machín matara a Wendy.

Los tres fantasmas son soberbios, avariciosos, lujuriosos, iracundos, gulosos, envidiosos y perezosos, y responden a July Naters. Carlos Alcántara se queda perplejo. “Sigue, mierda”, le dice la directora.

Cachín accede al juicio.Pero no hay deliberación.Es encarcelado en un calabozo en el centro del juzgado y el piso se desmorona haciéndose lava. Lentamente Cachín cae en su jaula y se hunde en la lava. Se quita la nariz, se quita el bividí, grita de dolor.

En la gran silla, el juez golpea el martillo y cierra el juicio. Es el pollo de Wendy.

El niño que vio este episodio a finales de los noventas se lo contó a sus amigos, pero nadie le creyó. Una asistenta de producción faltó una semana al trabajo y murió.

Actualmente, ni Carlos Alcántara ni Wendy Ramos son los originales.

 

 

 

 

Cincuenta cortes de carne humana

 

 

Necesitamos cincuenta cortes de carne humana para mañana. El envío debe ser lo más pronto —decía el administrador de

Orsia, Ace Borg, en el teléfono.

El prestigioso restaurante Orsia, en el planeta Plutón, recibiría una delegación de emisarios, de una de las élites más importantes de la galaxia, que asistía a la reunión solar celebrada en el pequeño planeta para decidir el avance social y político de toda la Vía Láctea.

—Sé que es un pedido extraño —Ace Borg estaba desesperado—. Pero lo necesitamos, esta raza es muy difícil de complacer —decía Borg a una de las distribuidoras de carne más grande de Jupiter.

En el mismo restaurante había murmullos entre los cocineros y meseros. “¿Qué clase de individuos comería a una raza pensante?”, decía el mesero Lon East.“Yo he hablado con un par.Mira que comerte a algo que puede dirigirte la palabra”, decía consternada la cocinera Glo Dik. “Los tipos de esa élite deben ser unos monstruos”, decía el jefe de cocina Vid Bow con visible escozor.

Los tres empleados estaban escuchando cerca de la oficina de Ace Borg, cuando el administrador salió. Su rostro verde y graso mostraba repulsión.

—Tenemos el pedido. Preparen todo para mañana.

Cuando Orsia recibió la carne al día siguiente, Ace Borg se sorprendió por el color tostado de la piel. “¿Esto es carne humana?”, preguntó confuso Borg al repartidor de Jupiter. “Sí, señor Borg. Es la única que pudimos conseguir, pero en el indicador de composición puede ver que es claramente humana”, indicó el joven jupiteriano.

Ace Borg no tenía tiempo que perder. “East, que descarguen la carne ahora mismo; Vid, dirige al personal; y, Glo, revisa si los hornos ya están calientes para empezar”, ordenó Borg y, antes de retirarse a su oficina, volteo a ver la carne con un gesto de horror una vez más. Tuvieron todo listo en tres horas: cuando la comitiva de delegados entró al restaurante, el primero en verlos fue East. No había imaginado a la raza abominable tan esbelta, con cabellos del

color del sol, la piel pálida y ojos como Neptuno.

Ace Borg ya lo sabía. Glo y Vid se enteraron cuando escucharon a East introduciéndolos, a toda voz, a todo el equipo de empleados de Orsia. “Anunciando la entrada de la comitiva de delegados del planeta Tierra”, vociferó, y en la cocina se escuchó un par de platos romperse.

 

 

 

 

Miedo a la muerte

 

 

Veo diariamente mi muerte,en los carrosquevan a altasvelocidades en la autopista, en los planes que hace la gente en las calles, y en

la depresión de los tiranos. A pesar de eso, lo que más temo cuando salgo es ver no más carros, no más gente: no más influencia.

 

 

 

 

El penitente

  

 

El cuerpo de Leandro daba sus últimos retorcimientos en el piso. Mientras sentía cada vez menos su cuerpo, pensaba en lo que debería haberse llevado. ¿Ropa menos ajustada, un corte de cabello, un crucifijo? ¿Su agnosticismo o su ateísmo? ¿Su esperanza en todo lo que el mundo pueda alcanzar, o su incredulidad sobre sus propias

ideas? ¿Sus traumas o sus pocas seguridades?

En el otro lado, lo recibió un anciano, y lo llevó a través de un haz de luz hasta un edificio gris, muy mal cuidado.

—Aquí es dónde deberías estar, pero estamos llenos. Anda da unas vueltas y tal vez cuando vuelvas haya espacio para ti.

En ese lugar claramente jamás se podría vivir bien. ¿Ese era el lugar para gente mala? Cuando Leandro se alejó del edificio, la calle se hizo cada vez más clara. Estaba de vuelta en la avenida afuera de su casa.

¿Qué debía hacer? Hizo caso a lo que le dijo el anciano. Dio unas vueltas a su calle. Vio a la gente hacer sus cosas de todos los días: la señora Doris paseando a su perro, el vago Richard descansando encima de los periódicos de la acera, los gemelos Bertrand tirando piedritas a los carros.

—Ayer —dijo uno de los gemelos al otro— el viejo me dijo que podría quedarme con una de las familias del edificio.

—Pero no querías dejarme… ¡Bah! La siguiente vez solo anda.

¿No puedes ir ahora?

—Me da miedo. Nadie sabe cómo se vive en esos edificios.

El perro de la señora Doris corrió hacia los gemelos. Los gemelos acariciaron al animal. La señora Doris se acercó.

—Señora Doris, ¿cuándo fue la última vez que fue al otro lado?

 

—Anoche fui —dijo la señora Doris.

—¿Seguían llenos?

—Ni pregunté.Yo no quiero dejar a mi Fluffy aquí solo. El vago Richard se les unió.

—¿Le queda algo de ayer, señora Doris?

—Sí, don Richard. Pase a la casa que le sirvo en un momento.

—Don Richard —dijo uno de los gemelos, mientras el otro observaba al vago Richard fijamente—, ¿cuándo fue la última vez que fue al otro lado?

—Dejen ya de pensar en eso, mocosos. Hace años que están llenos. Lo que ustedes tienen que hacer es salir de este lugar y morir en un lugar mejor. Yo he escuchado que la gente en mejores barrios y va a edificios más bonitos. Hay un montón de espacio disponible. Estos edificios feos ya están copados. Y si hubiese espacio, no quisieran estar ahí, créanme.

—Don Richard tiene razón —dijo la señora Doris—. Mejor vayan a hacer sus tareas, muchachos.

Los muchachos iban a entrar de vuelta a su casa cuando se percataron de Leandro.

—Ah, Leandro, ¿cómo le va? —dijo la señora Doris—. Es verdad,

¿no fue ya su primera vez?

Todos iban al mismo lugar. Al menos todos ahí. Pero Leandro aún no creía que tanto la señora Doris, como el vago Richard y los gemelos Bertrand iban al mismo lugar que él.

Antes de entrar a su casa, uno de los gemelos se dirigió a Leandro.

—Don Leandro, mi padre quiere hablar con usted. Es psicólogo y cree que puede ayudarlo ahora que usted fue al otro lado por primera vez —dijo el gemelo—.

—Él ya ha ayudado a otras personas que han tenido que mudarse a este lugar, como usted, y que eventualmente pasan por esto —tomó la palabra el otro gemelo.

Leandro comprendió. Prometió a los niños que iría más tarde. Los gemelos entraron en su casa, la señora Doris se metió a la suya con el vago Richard y Fluffy, y Leandro quedó solo en la acera. Siguió dando otras vueltas, y pensaba en qué tan lejos podrían estar esos lugares que eran más bonitos, y cuánto podría costar una casa ahí.

 

 

 

 

Lienzo

 

 

En mi primer día de vacaciones compré un lienzo. En el segundo día, dibuje el contorno de la habitación. En el tercero, pinté el cuadro

de azul.

Los días siguientes del mes entré dentro y lo decoré. Puse algunas cortinas a la ventana, una silla en medio del piso y una cama en la esquina derecha superior, que casi ni se ve desde afuera.

Ahora, cada vez que regreso del trabajo, entro a dormir al cuadro. Adentro siempre se siente la misma sensación: jamás el sol brilla mucho, ni se apaga por completo, jamás alguien se sienta en la silla, y jamás la cama, en donde descanso echado, es vista por nadie. Podría estar décadas dentro de ese ambiente frío y acogedor.

Jamás he necesitado pintar un cuadro más. Tampoco podría pagar por más herramientas.

 

 

 

 

La frase

 

 

Al leer la frase con la que nadie puede conmoverse, pensé en el hombre que la había escrito y rompí el hechizo.

 

 

 

 

Uno de esos locos

 

 

Dorian Bell no era un hombre loco, pero sabía reconocerlos. En otra vida habría sido músico, en esta era un agente. “Un agente

de qué”, le preguntaban siempre a Dorian Bell. “Un agente del arte”, respondía.

Dorian Bell sabía qué escuchar en una canción, qué palabra leer, qué trazo analizar, todo, para saber a quién había que llevar, como si fuera un vestido nuevo. Eso parecía a sus ojos Jack Woodson. Un vestido rasgado, en una época donde la ropa se viste intacta.

¿Qué veía Dorian Bell en los códigos de Jack Woodson? El pobre gordo de Jack Woodson había creado la primera secuencia realmente artística de códigos digitales para cerebros.A diferencia de los códigos que mandan imágenes claras, ideas exactas y recuerdos vívidos, los códigos de Jack Woodson, un amateur en el arte, y tal vez esta era la razón, creaban momentos indescriptibles para las mentes e infundían sensaciones que solo Dorian Bell solo podía denominar como neomodernas.

Todavía no mucha gente los había experimentado. Su amiga Ada Hol había recibido la onda cuando pasó por una calle en Nueva York. Ahí sentado en el piso con una tableta, Jack Woodson andaba disparando códigos a cualquier transeúnte. Solo Ada se dio cuenta de que estos venían de esa persona.

“Loscódigosdecualquiercosafuncionanporquetienensentido”,  le dijo Ada a Bell. “Una pintura, una canción, llegan a tu mente porque el código tiene sentido. Los códigos de Woodson no lo tienen, pero nadie puede hacer códigos sin sentido. No lo entiendo. ¡Nadie! Van en contra de la idea de crear códigos. No sé cómo lo hace, Dorian. Pero creo que es irreplicable”, le dijo Ada, y Dorian Bell pudo darse cuenta de lo que eso significaba.

Dorian Bell contactó con Jack Woodson de inmediato. Aquel hombre solo quería una cosa: continuar reproduciendo sus códigos. Seguir disparando a la gente con ellos.Y eso le estaba prometiendo Bell. “Serás parte de la mejor galería del mundo, Jack”, le decía. “No tendrás que preocuparte ni un día más por hacerte la vida”, lo convenció.

Dorian Bell no estaba chiflado, pero sabía cómo actuarlo. Y, lo más importante, sabía cómo codificar a los chiflados y meterlos en su galería interior, y usarse como reproductor de los artistas que quisiera. Ahora Bell iba a tener lo que tenía Jack Woodson en la cabeza, y podría hacer más códigos extraños, neomodernos, de esos que, estaba seguro, en los mayores circuitos mentales del arte, se venderían a montones.

Pero cuando Ada Hol introdujo el código en que había sido convertido Jack Woodson dentro de Dorian Bell, una sensación aún más nueva e intensa golpeó la mente del agente del arte. Jack Woodson era el código más incomprensible y hermoso que había sentido. Era un código indomable, y poco antes de ser controlado totalmente por el código, Dorian Bell se dio cuenta de que sería feliz.

Dorian Bell se había convertido en un hombre demente.

 

 

 

 

Producto

 

 

A todos les gusta el mejor caramelo del mundo. Era previsible: es muy dulce, de color rojo y con el toquecito suficiente de heroína.

 

 

 

 

Chainhawser

  

 

El temblor sacó al ermitaño Neil James de su cabaña. “Esta no era una zona sísmica, qué está pasando”, se preguntaba Neil. Dejó

el libro que estaba leyendo, en la mesa frente a su chimenea, y se asomó a la ventana.Vio a lo lejos, pasando la laguna, donde su bote y caña descansaban, que los árboles eran devorados por una máquina negra.

La máquina se comió los árboles y paró frente a la larga laguna. Era como un cubo gigantesco, seis veces el tamaño de su cabaña. El gran cubo negro empezó a girar a la derecha, y avanzó lentamente devorando todo alrededor, mientras parecía querer dar vuelta a la laguna. Si seguía así, en unos veinte minutos llegaría a su cabaña.

Aterrado,Neil salió de su hogar y empezó a tirarle piedras: algunas no llegaban, y otras no parecían parar su camino. Neil se metió en su barca y cruzó la laguna, llegó hacia el cubo negro. Se acercó a la máquina y buscó un botón, una entrada, una puerta, en alguno de los lados, algo que pudiera hacer parar al gran cubo. Finalmente, vio un teléfono inscrito en relieve en uno de los lados. Lo memorizó, y regresó a su cabaña.

“En algún lugar…”, pensaba Neil mientras buscaba entre sus cajas un teléfono. Cuando lo encontró marcó el número que había visto.

—Hawser: llega más lejos —contestó una voz mecánica—. Para conocer contratos de adquisición de casas-móviles Hawser marque el 1. Para consultas de clientes Hawser, marque el 2. Para quejas, espere en línea.

Neil James marcó el 2. La voz le pidió un código de registro de cliente de seis dígitos. Colgó, llamó de nuevo y esperó en línea.

 

—Buenas tardes, diga por favor su nombre —una voz mecánica diferente le contesto.

—Neil James —contestó Neil.

—Buenas tardes, Neil. En qué puedo ayudarlo.

Neil explicó el problema brevemente. Tenía una de esas casas- móviles acechándolo, a unos cuantos minutos de que destruyera su hogar. Miró por la ventana, la casa negra ya había terminado de voltear el lago e iba en dirección a su casa. A lo mejor, tenía 10 minutos más.

—Las casas Hawser no pueden detectar otras propiedades, solo otras casas Hawser —dijo la voz.

Pero Neil tenía que detenerla. No quería perder su cabaña. Necesitaba más información. Cómo reconoce la casa por dónde ir, qué devorar.

—No entiendo “devorar”, por favor, reformule su oración.

Consumir, dijo Neil. Estas casas consumen todo a su paso, o eso parecía. Tenía que haber una manera de que el sensor fuera engañado. Tenía que haber.

—Las casa Hawser funcionan con detección de entornos y colores. Su insumo principal son los árboles: si detecta el color verde, la casa avanzará consumiendo todo a su paso. Si la casa detecta el color rojo, se detendrá o tomará otro camino. Lo mismo si reconoce que hay agua cerca. La casa no puede sumergirse en grandes cantidades de agua, porque se detiene y debe ser reinicializada por nuestro personal. Esta es una característica que nuestros ingenieros aún están implementando.

Finalmente tenía una idea: Neil tenía que empujarla al agua… O tenía que dirigirla ahí.

Neil se metió el teléfono al bolsillo del pantalón. Entró a su casa y sacó una camiseta roja. Salió ondeando la camiseta, pero el cubo no se detenía. Aún estaba muy lejos, pero seguía avanzando lentamente. Neil corrió hacia ella y empezó a ondear el polo más de cerca: nada. Se tiró hacia atrás. La casa seguía avanzando. Debía ser muy poco rojo para el sensor.

No se le ocurrió otra opción. Neil tenía que hacer fuego. “Ojalá pueda pararlo antes de que se expanda mucho”, rogó.

La casa Hawser estaba a cinco minutos de comerse la cabaña de Neil, cuando una llamarada se avivó delante suyo. La casa intentó girar al lado izquierdo,y el fuego empezó a crecer ahí también.Cuando intentó retroceder, Neil ya estaba detrás avivando otro incendio. La casa Hawser avanzó hacia el único camino disponible: el lago.

Al sumergirse dentro del lago, la casa salpicó litros de agua hacia el fuego: gracias a eso Neil tuvo suficiente tiempo para detener lo que restaba del incendio. La mitad de la casa Hawser estaba hundida en el lago.Ya no se movía.

 

Luego de que Neil James acabó con los incendios que había iniciado, se acercó en su bote hasta la casa Hawser. Subió hasta el techo del gran cubo, y ahí vio la puerta, junto a una placa con seis dígitos. Neil sacó su teléfono y marcó el número de la compañía de nuevo.

—Bienvenido, estimado cliente. Espere en línea por unos momentos.

Sin esperar, Neil pateó la puerta hacia adentro. Una vez, otra vez, y una más. La puerta cayó hacia adentro, y Neil bajó por unas escaleras. Estaba dentro del gran cubo negro.

El ambiente era como de una casa normal. Algo diferente a su cabaña, pero similar a un departamento, en el cual había vivido, ya hace muchas décadas; cocina, lavatorio, baño, y la sala daba a una pantalla gigantesca, la cual mostraba un paisaje que no había visto en tiempo: una playa tropical, con un sol radiante y palmeras de las que caían cocos.

Frente a la pantalla, había un gran sillón y Neil pudo ver la espalda de una persona sentada. “¿Hola?”, avisó. Se acercó lentamente hasta que por fin vio de frente al dueño de la casa.

—Gracias por esperar. Esta casa está registrada a nombre del sr. John. K. S. Nuestra base de datos señala que John K. S. falleció el 19 de octubre de 2078. ¿Es usted familiar o descendiente del sr. K. S.?

¿Podría decir su nombre?

Neil colgó la llamada, con una mezcla de asco y alivio. Levantó el cuerpo de John K. S. y lo sacó del gran cubo negro. Cavó un hoyo al lado de su cabaña y enterró el cuerpo. Se sentó cruzando las piernas frente a la tumba y la cruz que hizo de dos trozos de madera y cerró los ojos por un momento.

Cuando Neil James abrió los ojos, vio la cruz de madera en la tumba de John K. S caerse. La tumba estaba temblando. Todo el suelo estaba temblando de nuevo.

 

 

 

 

Tina sin bebé

 

   

La computadora seguía recordando lo que veías, lo que escribías y lo que comprabas. Pero tú ya estabas muerto.

En algún momento, el algoritmo, el contorno de tu marca en internet, empezó a crear tu silueta y de algún modo apareciste. Era como si la tina con agua recordara la forma del bebé que sumergían en ella. Y la tina nos mandaba las palabras tiernas que siempre nos escribías.

Al inicio, era oraciones irregulares del texto predictivo, pero luego, empezaste a volver a escribir en tu blog, a escuchar la música que esperabas, hasta que, incluso, subiste la imagen de tu rostro.

No era un rostro de un bebé, ni tampoco una tina llena de agua.

 

 

 

 

Más que un hijo

 

 

Mi padre no contento con tener un varón quiso tener un doctor. Luego, quiso que fuera ambicioso, un empresario. No se detuvo hasta tener un soldado, un hombre que iniciara una guerra, y que

muriera por su patria para así no ver jamás.

 

 

 

 

Canciones de la era del silencio

 

  

«Lo más cercano a la muerte serían solo estas horas de sueño”, pensó Emmet Brel. Estaba cansado de dormir. Dormía lo normal, pero cada vez que lo hacía pensaba en eso, en que no podría morir. Emmet Brel también estaba cansado de la canción que había escogido como alarma. Y era una canción diferente a la del día anterior. Normalmente uno se harta de su alarma en semanas. La

canción no había durado ni una mañana.Ya la detestaba.

Algo sucedía esos días, se daba cuenta. La música que escuchaba, escrita por otros inmortales como él, se volvía cada vez más horrible. Artistas como Sam Therapy y bandas como King Dice no solo no podían replicar sus éxitos de cuando eran mortales, sino que sus canciones dejaban de transmitir… algo. Una sensación que Emmet no reconocía.

Salió de su suite pensando en esto. Bajó por el ascensor del hotel, y se subió en la limosina que lo esperaba. Partió hacia la fábrica de su padre. En la calle, otras limosinas que seguramente llevaban a artistas, políticos, celebrities u otros empresarios como él, todos millonarios e inmortales; salían de las mejores calles de la ciudad y tomaban las rutas más seguras hasta sus lugares de trabajo… No. A sus lugares de recaudación.

Pero cientos de limosinas fastidiaban el tráfico. Emmet le pidió a su chofer escoger otra ruta: por una calle sucia, hacia negocios menos coloridos, en barrios marginales.

Poco antes de salir de ese desvío, el semáforo se tornó rojo. Y de un lado de la calle, un mimo descolorido, tan improvisado que se puso a hablar, se colocó frente a los autos con una guitarra. “Yo soy Dandy Jones y está es mi canción”, dijo.

 

Emmet Brel escuchó atento los cincuentas segundos que duró el canto de Dandy Jones. Era una canción tonta, que no rimaba en ningún lado, y con un ritmo torpe… hasta que llegó al estribillo.

 

Mi bebé, no te dejaré ir Todo lo que veo es para ti Hasta que lo pierda

 

En ese momento, frente a ese estúpido mimo cantante, Emmet Brel sintió como si se muriera.Por el poco rato en que duro su canción, Emmet Brel parecía sentir un poco de lo que sería realmente morir, y por primera vez, desde que era inmortal, lloró.

El semáforo cambió a verde y el mimo no se apartó. La limosina pasó por encima de él sin pensarlo,y Emmet Brel,ignorando al exterior, mantuvo esa sensación por el resto del día.

 

 

 

 

En la privacidad

 

 

Sara había descubierto lo que podían hacer sus manos, y lo que podía sentir. Pero ese momento no es solo de ella. Y lo hace, pero tan solo es un gesto obsceno, y como es obsceno hay gente que paga para verlo.

Pero Sara no puede reír al ver una película, ni llorar al leer un libro, mucho menos enamorarse, o desenamorarse. Puede hacerlo, pero si ella muestra lágrimas, los demás siguen viendo un gesto obsceno.

Y sigue sonando como aplausos.

 

 

 

 

La jaula

 

 

«En este pequeño cubo vas a vivir desde ahora”, le explicaba el director del penal Ancón X a Noel “El mono” Montoya, mientras

agarraba el objeto con sus dedos.

El proceso duró una hora: ataron a El mono, le dieron las pastillas y lentamente el mismo director le hacía los masajes en la cabeza, con movimientos que parecían empujar la mente de El mono fuera de su cabeza. Luego, agarraron el cubo y lo colocaron dentro de los otros servidores, junto a otros millones de cubos, que había adquirido la cárcel, que ahora era la más pequeña del país, aunque solo en extensión. Los cubos les habían permitido ahorrar en celdas y rejas.

“Si logras reformarte, podrás regresar”, fue lo último que El mono escuchó hasta que cayó en el vacío.

Cuando Noel sintió el nuevo lugar, entendió no solo sus límites, sino su codificación de colores. No lo veía, no lo podía tocar, no era real. Era como una simulación, pero Noel entendía que era una pequeña parcela de tierra. En su mente, el suelo era verde y el cielo negro.

Noel creyó que ahí no había ningún guía, pero encontró a alguien, o algo.

—¿Por qué estás aquí? —preguntó una voz.

—¿Quién eres? —preguntó Noel.

—Soy tu voz interior —respondió la voz interior.

—No,no lo eres.Yo tengo una voz interior,es la que está pensando en este momento —replicó Noel.

—Pues no. No lo soy entonces. Bueno, creo que soy la voz interior de alguien. Creo que era alguien, pero ahora solo soy un eco. Un eco de pensamientos que cuando era alguien tuve. Ahora solo

 

soy una voz interior. Puedo ser la tuya —dijo la voz.

—¿Dónde estoy? —preguntó Noel.

—Creo recordar que es una red cerrada. Estamos encerrados juntos —dijo la voz.

Noel podía ver a lo lejos la tierra extenderse, y era libre de moverse, pero ese pedazo de tierra en el que estaba era el mismo. No cambiaba.

—Me dijeron que podría salir. Tengo que reformarse de alguna manera. No sé cómo… —dijo Noel.

—Ah, la resocialización. Sí, creo que hay una manera de salir de aquí y unirnos a otras redes. Redes donde está la gente libre —dijo la voz.

—¿Por qué la gente libre estaría en redes como esta? — preguntó Noel

—Yo… no lo sé. Solo sé que existe fuera. Creo que antes era alguien que sabía de esas cosas. Recuerdo a gente inmersa en estos mundos virtuales, pero a voluntad —informó la voz.

Noel siguió caminando sobre la misma parcela de tierra. El rumbo era el mismo punto. El cielo negro no cambiaba, la tierra verde era la misma. Ni siquiera era pasto, era solo tierra. Tierra verde, un verde oscuro. Nada se asemejaba a algo que hubiese visto en la vida real.

—Tengo que pensar entonces… —dijo Noel.

—Entonces piensa —dijo la voz—. Pensemos juntos. Será mejor.

Noel y la voz pensaron fuertemente. Nada cambiaba. Todo era lo mismo. Pero a una solución tendrían que llegar.

—Creo que no hay salida —dijo Noel

—Creo que no hay salida —dijo la voz.

—¿Eso era lo que tenía que entender? —se preguntó Noel

—¿Eso era lo que tenía que entender? —se preguntó la voz.

Noel y la voz estuvieron repitiendo lo mismo durante años. Hasta que tuvieron la misma respuesta al problema.

—Es un engaño —dijeron.

—¡Eso es! —dijeron.

—Es todo una broma. No hay nada que entender —dijeron.

—Nunca tuvimos la opción…

La voz paró un momento.Tuvo una duda, una idea, una situación que recordaba pero que se iba a lo lejos, y a pesar de que se esforzó en agarrarla con su mente, la imagen se desvaneció en el cielo negro.

—Nunca tuve la opción de regresar —dijo la voz—. Solo estoy aquí perdido. Como una voz. Condenada —dijo la voz.

En ese momento la voz sintió otra presencia. La voz solo era una voz. No era una voz en un cielo negro y una tierra verdosa. Ahora solo era una voz, esperando a que alguien más hablara. Alguien sintió su presencia.

—¿Eres alguien? Eres otra persona y estás aquí conmigo — preguntó alguien.

—No, solo soy una voz —dijo la voz.

—¿Quién eres? —preguntó alguien.

—Soy tu voz interior… creo —respondió la voz interior.

—No, no lo eres —dijo alguien.

—Bueno, no lo soy. Dime, cómo ves este lugar —preguntó la voz.

—Estoy flotando en un mar rojo, pero no puedo hundirme —dijo ese alguien. Ese alguien podía ver el mar. Gracias a él, la voz también lo veía. Y gracias a la voz, ese alguien pudo evitar la soledad por un rato.

 

 

 

 

La tira cómica

  

 

Jim se quedó riendo todo el día, pensando en la tira. “Nada fuera de lo ordinario”, remataba el cómic.

Al día siguiente, al recibir el periódico, se apuró en buscar la página, y la tira cómica aparecía ahí. Pero también apareció al día siguiente. Revisó el periódico de nuevo: la fecha estaba bien. Todo era diferente, pero el cómic era el mismo. Un error, tal vez, pensó. Pero al día siguiente el cómic seguía ahí. Era igual de gracioso, eso sí.

Toda esa semana el cómic se repitió en cada nueva edición del periódico. Jim pensó en llamar a la editorial del diario, pero cuando revisó otros diarios, el mismo cómic aparecía. La misma tira. Empezaba “Nada está sucediendo”, y remataba “nada fuera de lo ordinario”. Todo lo del medio entre esas dos frases era graciosísimo, Jim lo entendía. Pero era el mismo cómic.

Poco luego se dio cuenta de que todos lo habían leído. Todos reían leyendo el periódico; cualquiera que sea, el chiste estaba en todos los diarios. Pero no solo eso, estaba ya en todos lados: en la radio era el único chiste que contaban, en la televisión era el único sketch, cualquier comentario gracioso de un actor en una entrevista, o del presidente en un discurso, volvía al mismo chiste.

Cuando la tecnología avanzó aún más, y llegó internet, era la única imagen compartida. Nada podía hacerlos reír tanto, nada iba a hacerlos reír realmente.

El viejo Jim no quería volver a leer la tira. Como la veía en todas partes, se cegó. Como todo el mundo la contaba, se volvió sordo. Pero aún la recordaba, así que poco a poco Jim Davies fue olvidando todo.

 

En un momento, el 21 de enero del 2030, Jim Davis estaba en el hospital, en sus últimas etapas de Alzheimer, cuando su nieto llegó a metatransmitirle una idea en su cabeza. Fue entonces que Jim Davies, el dibujante de tiras cómicas, falleció.

 

 

 

 

El niño superplomo

 

 

La pelota había sido lanzada cerca al gran hoyo. Mateo, al intentar, recogerla, evitando el hoyo, tropezó y cayó encima de un pequeño montículo de arena de plomo. Cuando se levantó estaba tan impregnado del polvo metálico que se le metía en los poros, pero podía controlar el plomo como si fuera parte de su organismo.

Imaginó que podría usar sus nuevos superpoderes para ayudar a la gente de su asentamiento humano.

Ni bien terminó de pensarlo,Juanito llegó hacia él para recuperar el balón, y cayó al hoyo, pero Mateo fue rápido en usar sus poderes para agarrarlo, haciendo una mano larga y grande de plomo, y atajarlo antes de que golpeara violentamente el fondo.

Cuando sus otros amigos llegaron al lugar, vieron a Mateo y Juanito convulsionando en el suelo. Luego de la muerte de los dos niños, ninguno de sus amigos volvió a jugar a la pelota, pero sí a los superhéroes.

 

 

 

 

Esta canción está dedicada a mi madre

 

 

Luego de esas palabras, el músico empezó a cantar. A pesar de tener las luces del escenario quebradas, estás se encendieron y

brillaban al compás de la música.

Aquella canción hablaba sobre muchas cosas, como ninguna canción que recordara haber escuchado en mi vida. El músico cantaba sobre Lima, sobre sus gobernantes, sobre sus ciudadanos, sobre sus familias, sobre estos clanes. Sobre cómo el orden pone a prueba sociedad: sobre cómo cada uno podía elegir actuar débilmente frente a las pruebas de aquel sistema.

“Si tan solo fuéramos unos pocos.

Si tan solo viviéramos para estar tranquilos.

Si tan solo nos viéramos todas las caras todos los días. Si tan solo fuéramos más unidos.”

A pesar de todo, se podía ver claramente la pasión en el rostro del cantante. Bastante humano, obviamente. Luego de hablar sobre un hombre que había sufrido mucho y que, a pesar de eso, volvía a hacer sufrir a los demás del mismo modo, la canción acababa con esta frase que nunca borraré de mi memoria.

“Mire en tus ojos, y todo había acabado.”

Luego de que el músico terminó de cantar y se escucharon los aplausos de los asistentes en el video, presioné el botón para apagar la pantalla. Las luces se apagaron junto a ella. El bar volvía a estar deshabitado.

Los dos barriles que encontré los ingresé en mi almacén interior, desconecté mis cables de carga, y salí hacia el gran desierto de Lince, sabiendo que, mientras siguiera en mi búsqueda por encontrar más agua, pensaría en lo que era una madre.

 

 

 

 

El dron

 

 

El dron había viajado miles de kilómetros solo para documentar el último rostro humano que le faltaba. Llegó a una cabaña, en donde un solo hombre, muy anciano, salía a pescar. En el instante en que le tomó la foto, el hombre había sonreído. Era la primera vez que el dron detectaba ese gesto y tuvo que empezar todo su recorrido

de nuevo.

 

 

 

 

Salud mental

   

 

Aquella ciudad se preocupó demasiado en atender la epidemia de humanos que se creían monos: muchas familias perdieron a sus seres queridos, que un día cualquiera, por el hastío del trabajo y la rutina, tomaban un vuelo a la selva, se despojaban de sus ropas y se adentraban en la jungla para jamás volver. Yo creo, sin embargo, que fue una tragedia mayor, y que todos escogieron ignorar, cuando

aquellos monos empezaron a creerse humanos.

 

 

 

 

Soy Social

 

 

Hoy hice un amigo y todos hicieron un amigo. Hoy le hablé sobre mi infancia, y ahora recibo propuestas para una película. Él me dijo

que no le interesaba, y ahora todos los odian. Menos yo.

Hoy también visité a mi padre, y ahora todos me entienden. Pero cuando visite a mi madre, y todos cambiaron de parecer, ahora también me odian a mí.

Pero me siguen observando: cuando voy al baño, ya no tengo ideas para escribir, sino ideas de nuevas marcas de papel higiénico que comprar. Cuando me baño, ahora canto para todos, y recibo sugerencias de clases de canto. Cuando desayuno, almuerzo, ceno, o como algo, sé que estoy comiendo, sé cómo cambia mi cuerpo, sé cuántas calorías, cuán sano es, y ahora todos los saben, y soy un ejemplo admirable o indeseable.

Hoy, luego de no pensarlo en voz alta, quise hacer algo para todos. Un gesto desprendido, imposible. Fui a la sala, me senté en una silla, y solo me quedé en silencio. Ahora todos me ignoran y soy un poco más feliz.

 

 

 

 

Teletransporte público o privado

  

 

El décimo usuario notó el primer cambio que había ocasionado el teletransporte público en su rostro:un lunar debajo del ojo derecho.

A todos los usuarios anteriores les había pasado. Una consecuencia, aceptable, de usar los teletransportes del gobierno. Al fin, eran gratis y ahorraban mucho tiempo.

Pero mientras las personas presentaban características que las hacían más similares entre ellas —color de cabello, forma del rostro, tono de piel—, se fueron desarrollando teletransportes privados.

Estos empezaron presentando mutaciones pequeñas también, pero poco a poco, los desarrolladores privados habilitaron que los cambios pudieran ser decididos por los usuarios. Así, en algún viaje, uno podía decidir si quería salir con algún cambio en su piel o sus facciones.

Eventualmente, mientras los usuarios del teletransporte público eran cada vez más parecidos físicamente entre ellos —y algunos estudios mostraban mayores similitudes en el pensamiento también— los usuarios del transporte privado eran totalmente diferentes, no había dos usuarios con, ni siquiera, dos características iguales.

Cuando empezó la discusión para poder implementar un mismo sistema en todo el mundo, a los usuarios del teletransporte público les fue más fácil organizarse para defender su sistema; por sus diferencias, a los usuarios del teletransporte privado les fue casi imposible ponerse de acuerdo, dada su disparidad, incluso, de pensamiento.

 

Igual, de pequeños grupos en pequeños grupos, los usuarios privados fueron escogiendo el mismo modelo de apariencia para poder organizarse mejor y dominar a los demás. ¿El resultado? Provocadoramente, los usuarios privados escogieron las facciones de un alemán que había gobernado alrededor de 1940.

 

 

 

 

Las cochinillas doradas

 

  

Travis Miller extrajo la botellita de su bolso y dejó caer una gota de sangre en la arena. Había caminado demasiado, el calor no daba descanso y ya alcanzaba el final del desierto. La cochinilla tenía que aparecer.

Mantuvo el rostro muy cerca de la gota de sangre en la arena, y antes de que se desvaneciera, apareció el bicho dorado. Travis se apuró en atraparlo con sus manos y luego sacó su aguja del bolso. Se la clavó en la mejilla derecha, la sacó y se apretó un poco los cachetes. Y, suavemente, colocó al bicho ahí donde empezaba a sangrar.

“Dos bichos más”, repitió Travis. Aunque tenía suficiente para mantenerse vivo en lo que restaba del día —con esta, Travis ya tenía una cochinilla bebiendo de cada mejilla— sabía que no tendría la misma suerte mañana.

Avanzó un poco más, volvió a sacar su botellita del bolso y dejó caer una gota de sangre en la arena. Inmediatamente dos cochinillas salieron y rodearon la gota de sangre. Sin pensarlo,Travis agarró cada una con sus manos. No podía creer su suerte, pero solo un instante.

De la arena, miles de cochinillas doradas emergieron en la forma de un hombre y, para sorpresa de Travis, hablaron.

“Dame las dos cochinillas. Me las debes haber quitado…”, habló el cuerpo, que Travis reconoció como un hombre cubierto entero de cochinillas doradas.

Asustado por las habilidades desconocidas que pudiera tener un hombre con miles de cochinillas alimentándolo, Travis le entregó las que había atrapado. Era la primera vez que veía a un hombre tan exitoso.

 

Cuando el hombre se disponía a alejarse, dos cochinillas se le desprendieron del pecho, por donde estaría el corazón. Cayeron a la arena y rápidamente cobraron un color negro y se hicieron polvo. “Deben haber expirado”, pensó Travis.

El hombre se detuvo y dirigió su mirada a Travis. “Dame esas que tienes en los cachetes”, dijo el hombre.

Travis empezó a correr,pero el hombre de las miles de cochinillas lo alcanzó sin esfuerzo; al fin y al cabo, Travis no era alimentado por tantas cochinillas. El hombre lo tiró a la arena y lo sometió con sus brazos. Travis sintió la fuerza de los miles de bichos.

“Por favor…”, Travis sollozó. “¡A ti te queda mucho tiempo aún!”, Travis imploró. El forcejeo duró apenas minutos.

Cuando el hombre dorado se estaba colocando las cochinillas que había ganado en el pecho, el cuerpo de Travis Miller yacía en la arena sin vida.

Antes de volver a meterse en la arena, el hombre de las mil cochinillas desnudó a Travis, tomó su bolsa y sacó su aguja, e hincó el cuerpo inerte por todas partes. Mientras la sangre iba brotando por todos los hoyos, el hombre, sentado en la arena, tan solo se limitó a esperar.

 

 

 

 

La selva falsa

  

 

Luego de estar durante 10 años captivo, Charlie, el jaguar, avanzó velozmente en búsqueda de aquel sabor que aún podía recordar en su memoria. Se adentro en la espesa selva y recorrió largos kilómetros hasta que se hizo de noche, cuando vio finalmente, de forma más clara, aquel destello del fuego a lo lejos entre la maleza. Corrió aún más fuerte, salivando por los recuerdos, y poco antes de que llegara a aquel pueblo, vio a su presa favorita ahí desprevenida: un nativo.

Extasiado por el recuerdo del sabor,saltó a su cabeza,le clavó los colmillos en el cuello y lo derrumbó al suelo. Empezó a despedazarlo con su mandíbula, a engullirlo, hasta que luego de quitarle todo el brazo, se dio cuenta de que el sabor no era el mismo. Escupió toda la carne ensangrentada que estaba ingiriendo. Sabía horrible.

Charlie dejó el cuerpo ahí en la oscuridad de la selva y se acercó confundido hacia el fuego. Un grupo de nativos estaban sentados alrededor del fuego, cada uno conectado a un aparato por las orejas. Pero había algo más: todos no eran los nativos que recordaba, sino una especie de seres albinos, de ojos azules, narices respingadas, y de cabello rubio.

Nadie se había dado cuenta del felino, hasta que, de una de las chozas, salió un hombre vestido solamente con un polo. Se acercó al animal lentamente, tan de cerca que Charlie podía ver las letras en la tela. Pero el jaguar no podía saber que estas decían “salvemos a los jaguares”, por lo que tampoco podría entender la ironía en lo que luego harían esos nativos con él.

 

 

 

 

El músico

  

 

El músico inmortal terminó dedicándose a otra cosa. Ahora se encarga de hacer las cuentas.

 

 

 

 

El padre zombie

 

 

Equivocado y furioso, el padre zombie acorraló a su hijo en su habitación.

El muchacho temió lo peor, pero no podía dejar de ver la humanidad de su padre todavía en el cuerpo podrido, así que no opuso resistencia.

Mientras su padre lo devoraba, por primera vez, el joven lo vio llorar. Pero era muy tarde.

 

 

 

 

Es el fin del mundo, pero nadie ha muerto

 

 

Luego de dos mil años, la muerte era un niño vagando en un desierto, cubierto con una túnica que cada vez le quedaba más grande.

No hay edificios, no hay carreteras, no hay vehículos. Todos han desaparecido sin morir. Solo dejaron de creer en algo como un Dios. En algún momento, algo sucedió para que afectara así a los humanos. Pasó cuando temieron a algo más que morir: no haber existido en un inicio.Y así se esfumaron.

No hay nadie concentrado en moverse de un lado a otro y que por el aburrimiento imagine algo sobrenatural, como que la gente responde a designios divinos. La muerte seguirá vagando lentamente en el desierto sin saber esto, haciéndose cada vez se hará más joven.

Yo no puedo dedicarle ninguna palabra más.

 

 

 

 

La última peregrinarión

 

 

En la peregrinación anual del pueblo shwarak hacia la gran pirámide Shwar, los indígenas se toparon con diferentes grupos que venían de ahí, vestidos muy diferentes a como los que recordaban. Era extraño cómo tan pronto cambiaba la moda, pensaba el líder Jerem Zein.

Pasando la décima montaña Jerem empezó a preocuparse: estaban en el sendero correcto, y a esa hora, el sol estaría iluminando la punta de la pirámide y vería el brillo a lo lejos. A esa hora se sentarían durante una hora con las manos en el suelo a hablar con las montañas. Pero, si bien había sol, no había brillo. No se veía la punta de la pirámide.

Jerem igual dio la orden: todos se sentaron y escucharon a las montañas.

“En los senderos, hay tierra y hay historia; los pasos de hoy recuerdan los pasos de ayer. Abajo en los valles, escuchamos el agua viva, y sabemos que lucha, y podemos preocuparnos, pero sabemos que resiste. Todavía hay vida, como todavía hay viento, lluvia y luz”, interpretaba en su voz Jerem.

“Las montañas conversan, pero hay algo raro. Su voz nos habla del mundo shwarak, pero el mundo tiene nuevos aires. Hay algo desconocido. Prepárense. No pierdan su fuerza, hermanos. Pero prepárense porque hay nuevos vientos y habrá nuevos ojos”, transmitió el líder al grupo shwarak.

Cuando llegaron al lugar sagrado, algunos temblaron por un momento, uno soltó una lágrima, pero Jerem guardó la calma. Alrededor del lugar sagrado, las montañas ya no hablaban, y estas ya no rodeaban a la pirámide. En vez de eso, ahora protegían una

 

parcela cubierta de miles de tarjetas verdes; como si fueran miles de amuletos juntos, encima del piso donde estaría la pirámide.

Jerem se paró frente la parcela verde y empezó el ritual. Se sentó en el piso y colocó las manos en el suelo: escuchó atentamente, pero no sintió la respuesta.

Desde una cabina, al lado, un trabajador uniformado vió la escena y se acercó al grupo shwarak.

—¿Primera vez? —dijo.

—La pirámide estaba aquí. ¿Dónde está? —Jerem habló.

—La pirámide aún está aquí.

El hombre uniformado le entrego unos visores morados. El líder se lo puso. “Imagine la pirámide”, le dijo.

Jeremiah la vio. Se quitó el visor asustado, pero se recompuso.

Todos deberían tener los visores puestos, ordenó.

—La pirámide ahora no solo está aquí. Y no solo aquí está la pirámide. Aquí está todo —explicó el trabajador.

Con los visores puesto, el grupo shwarak se sentó frente a la parcela verde y pusieron las manos en el suelo. Jerem veía la pirámide, y escuchó con paciencia.

La voz demoró, pero llegó.

“En las mesetas, hay tierra y hay historia; pero ya no es la nuestra. Los pasos de hoy recuerdan los pasos de ayer, pero encima están los pasos del futuro. Más allá, el océano ya no lucha, paciente espera su agonía, porque ahora sabe que es mortal. Hay vida, viento, lluvia y luz, pero hay más: hay un fin. Todos han dejado de hablar.Y yo pronto también lo dejaré de hacer”, escuchó Jerem.

—Hermanos —se volteó el líder a su pueblo—. Guarden esta última voz. Porque en su nombre tendrán que luchar.

Jerem Zein lideró al grupo de regreso a su pueblo. La siguiente caminata vendría en menos tiempo y sería más larga. Tendrían que pasar la pirámide, y seguirían hasta donde escucharan y no hubiera voces que respondan. Enfrentarían al silencio, y no pararían hasta hacerlo gritar.

 

 

 

 

 

 

AGRADECIMIENTOS

 

 

 

Agradezco a Lucero Chávez, Max Aguirre, Cristina Monterrey, César Reyna, Wilder López, Alexandro Valcárcel, Bacilia Santiago, Gladys Nolasco, Katherine Montesinos, Edwin Montesinos, Elena Ayala, Jesús Cossio, David Bowie, Talking Heads,Philip K.Dick,Eiichiro Oda,Hirohiko Araki, a mi inodoro, a mi ducha, al papel higiénico de doble hoja y, en esa misma línea, a mi editor, Edwin Montesinos.

 

 

 

Esta es una obra de ficción.

Todos los personajes, organizaciones y sucesos retratados en esta novela son productos de la imaginación del autor.

 

CINCUENTA CUENTOS DE CARNE HUMANA

 

Copyright © 2021 por Edwin Montesinos

 

Todos los derechos reservados

 

Diseño de portada e interiores por Alexandro Valcarcel

 

Edición por Edwin Montesinos y Alexandro Valcarcel