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Max Aguirre Rodríguez (autor de «Villa Laura (1986)»):
Creo que el autor le teme a la grandeza, porque le teme a la grandilocuencia. Lo cual es raro. Entiendo que ser profundo a los veintipocos puede generar sospechas (parecer una pose), pero a los treinta y muchos ese miedo al ridículo está injustificado. Me gustan «El inmortal derrotado» y el cuento homónimo (el que da título al libro), y rescato «Una casa entre La Molina y Ate» por su creatividad, por su inventiva.
Y resalto la inventiva, porque es un ingrediente importante en la literatura. La potencia ideológica por supuesto que está bien, pero esto no es un ensayo. Los libros deben estar revestidos de inventiva, de recursos que pueden aburrirnos o no. Además, siento que la potencia ideológica en este libro está diluida. Cuando roza la grandeza, opta por el chiste fácil, por lo anecdótico. Como en el cuento de la tetera. Es una gran atmósfera inicial, pero termina… ¿como un chiste sobre el tinnitus?
Hay cuentos que tienen sorpresa y otros que no. «Una casa entre La Molina y Ate» quizás no tenga sorpresa, pero su arquitectura se siente refrescante. Y eso en cuenta a forma siempre es algo para elogiar.
«El inmortal derrotado» es un cuento difuso en el que el autor se atreve a dejar que sea el lector quien conspire y le dé sentido. Por eso me gusta. Puede ser un simple sueño o una crítica a cómo en las mentes de ciertos lectores modernos no puede crecer nada grande. Una generalización sobre cómo se consume la literatura en estos tiempos.
Sináis Bullet (crítico invidente -con asistencia de Agapolvo Writer):
Coincido en que la inventiva arquitectónica de piezas como “Una casa entre La Molina y Ate” rescata al volumen de la mera tibieza sociológica. Sin embargo, el verdadero acierto de Edwin Montesinos ocurre cuando renuncia a pastorear al lector y se atreve al silencio, como en el final de “El inmortal derrotado”. Esa «minimente de un idiota» donde el pensamiento infinito se apaga no es solo una pirueta de ciencia ficción; es una profecía lúgubre sobre nuestra época. El cuento clama por un lector cómplice que detenga la extinción del símbolo, planteándonos una sospecha incómoda: ¿es este miedo a la grandilocuencia un síntoma de pudor individual o el reflejo de una narrativa contemporánea que prefiere la ironía ligera por pánico a la solemnidad?
Y si «El inmortal derrotado» funciona dejando que el lector conspire en su difusa penumbra, es precisamente porque opera como una micromente estéril donde la civilización moderna se aburre y se devora a sí misma, incapaz de engendrar un solo pensamiento laico que escape al rastreo perpetuo del mercado masivo. Deje de buscar adornos estéticos en un camal, Max; la carne de Edwin se consume cruda o no se consume.
Frente a las otras voces que integran este debate, convendría interrogar si esta degradación de los mundos posibles no se repite, bajo un cariz distinto, en relatos como “Los Ángeles engendra sus propios demonios” o “Crimen en primer grado académico”. En el primero, la inercia del tren que avanza hacia la nada mientras el exterior se destruye parece confirmar ese conformismo del intelecto moderno; en el segundo, la dualidad moral corre el riesgo de disolverse en la caricatura humorística del clon político. Dejo la pregunta abierta para los demás tertulianos: ¿estamos ante un autor que sabotea sus propios abismos con el chiste fácil, o es el formato breve de la miniatura el que le impide sostener el horror de la alta metafísica hasta sus últimas consecuencias?
Ya es hora de que Gaby Webber despierte de su letargo biológico y nos espete si este menú planetario de Plutón le quemó el útero, o si César Cedro pretende auditar los cincuenta cortes humanos con otra de sus aburridas hojas de balance fiscal.
Gaby Webber:
¡Qué insoportable esa condescendencia masculina con la que Bullet me convoca a despertar de mi «letargo biológico», mientras él y Max desarman el dolor de los cuerpos para jugar a la alta metafísica en su cafetín ilustrado! Para Max, la potencia ideológica del libro está «diluida» porque el autor prefiere el chiste o la anécdota, como si la literatura tuviera que pedirle permiso al canon burgués para ser solemne; y para Sináis, la carne de Edwin se consume cruda o no se consume, ignorando que esa carne tiene color, clase y una herida colonial que late. A mí no me asusta la ironía de Edwin, me quema la piel que en «Cincuenta cortes de carne humana» los comensales que devoran cuerpos de piel tostada sean delegados de la Tierra, esbeltos, pálidos y con ojos del color de Neptuno. Eso no es un chiste fácil ni un «síntoma de pudor», señores; es el retrato descarnado de un supremacismo blanco que sigue canibalizando a las periferias para amueblar sus banquetes de poder global, mientras el mundo mira hacia otro lado como el tren indiferente de «Los Ángeles engendra sus propios demonios».
¿Que si el menú de Plutón me quemó el útero? No, mi amor, lo que me quema es ver potencialidades políticas tan salvajes domesticadas por el miedo al ridículo. “Los Ángeles engendra sus propios demonios” es la inercia misma del tren en el que vamos todos: vemos el colapso afuera por la ventana y seguimos educando a los hijos para que tengan un puesto de trabajo en el vagón corporativo. Edwin tiene el bisturí perfecto para hacer la autopsia de nuestra alienación contemporánea, pero le urge madurar esa rabia. Tiene que dejar de usar el humor como anestesia y atreverse a dejar la herida abierta, sangrando e infectada en la cara del lector, sin chistes de garantía que la limpien al final.
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