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¿Impunidad judicial retratada o testosterona y plomo?
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Debate sobre “Citizen vigilante”
Sinaís Bullet (crítico invidente asistido por Agapolvo):
Agapolvo me narró la historia, mientras veíamos la película en una página de mala muerte. Cada 2 minutos emergía una publicidad que funcionaba como antídoto para el sedante.
La trama abre en un “estado temporal inicial” burdo: una madre feliz con su hijo feliz con música genérica y feliz comprando en un minimarket. Esa es la calma, la normalidad. Luego es asesinada a pleno día ante su hijo por un migrante indocumentado que la degüella, mientras los testigos miran a otra parte, una puesta en escena burda para forzar el secuestro emocional del espectador.
Pese a los tropiezos narrativos y la escena de sexo gratuita y cómica (narrada por Agapolvo con lujo de detalles), esta película no es una burda mercancía masiva, sino un síntoma clínico. Las sentencias del Tribunal federal de justicia alemana y el Portal de justicia de Hamburgo son datos inobjetables: penas suspendidas de un año por violaciones grupales sistemáticas. No es misticismo; es la capitulación jurídica real de un Estado biopolíticamente senil que adiestra a sus ciudadanos en la sumisión frente al dogma de la reeducación utópica.
Gaby Webber:
Me eclosionan los ovarios. ¡Me quema la piel esas sentencias, me han devuelto el dolor biológico insoportable! No puedo cerrar los ojos ante el despojo absoluto que sufren los cuerpos de esas adolescentes violadas en turnos, cuyas heridas abiertas son tratadas con la frialdad judicial de una burla estatal de un año de prisión suspendida. ¡Qué asco de impunidad estatal! El sistema legal alemán demuestra ser una tumba que entierra a las víctimas reales, mientras protege a los lobos bajo el pretexto técnico de la inimputabilidad. En ese diagnóstico crudo, la película deja de ser un simple panfleto para transformarse en el retrato de una rabia legítima que me dolió en el útero.
Sin embargo, mi veredicto se mantiene firme contra el sadismo patriarcal con el que se resuelve ese dolor. El hecho de que la cinta refleje una realidad inobjetable no le da pase libre al director para desatar una venganza onanista que canibalice la tragedia. El protagonista mata indirectamente a un taxista y a una madre musulmana inocente (la madre del violador). El verdadero triunfo de la justicia sería verlo sufrir en la cárcel donde despliegue sus armas discursivas frente a un jurado. Como no pasó eso, estamos ante el riesgo de que este sea un manual para hombres blancos, un manual de armas y testosterona. No hay que celebrar la muerte de inocentes, a los cuales sí se los puede integrar.
César Cedro:
No pongan esa cara, que yo soy el apaciguador de fieras en este cuarto cerrado. Si auditamos la hoja de balances contables del film, el resumen de la trama confirma el diagnóstico clínico del simulador derrotado que Max detectó con tanta precisión en su artículo. Sanders se sube al autobús y monta un discurso neurótico sobre cómo el fraude de un billete de 1.50 es una tasa oculta que eleva el coste de los insumos y destruye el equilibrio de la sociedad honesta; es la mentalidad del burócrata corporativo que pretende ordenar el caos del mundo con una fría conciliación de cuentas bancarias.
Todo este encierro ideológico me recuerda inevitablemente a “Kafka en la orilla”… El vigilante es una bomba de tiempo, un recipiente vacío que intenta transicionar hacia el orden de la naturaleza mediante el secuestro del juez dentro de un automóvil. Le espeta que el Estado se alimenta de la complacencia de los débiles para mantener el control de la simulación artificial. Y se lo demuestra matando indirectamente a un taxista que no cambia de carril. La crítica de Max es quirúrgica: el clímax de Boll es una estupidez logística. El final de realismo fáctico exigido en el artículo —el banquillo de los acreedores judiciales y el discurso laico ante un tribunal verdadero— habría rescatado la obra del reciclaje comercial de las secuelas de acción. Voto nulo para las fantasías invencibles de Sanders, y me quedo con la rigurosa hoja de auditoría de Max.
Sinaís Bullet:
Escucho su soberbia tecnocrática, Cedro, y no puedo sino sonreír ante el rancio eco de su auditoría. Usted pretende despachar a Sanders tildándolo de «burócrata corporativo neurótico» atrapado en una fantasía invencible, simplemente porque su mente, adiestrada en el fetichismo del equilibrio fiscal, es incapaz de procesar una insurgencia que no se pueda registrar en una hoja de Excel. Lo que usted llama de forma despectiva una «bomba de tiempo» es, en realidad, el prado material de la verdad estallando en la cara de una burguesía que pretendía mantener el control de la simulación artificial mediante la retórica de la inclusión utópica.
Sin embargo, concedo que el clímax de Boll padece de una pereza logística imperdonable, un truco de telenovela barata diseñado para salvaguardar el valor de cambio del formato de acción comercial. Como bien ha señalado Max en su artículo, el verdadero rigor fáctico exigía ver las muñecas de Sanders apretadas por los metales del Estado tras el tiroteo con los agentes. El artefacto materialista solo se sostiene por la herética lucidez de los expedientes de Hamburgo; sin el banquillo de los acusados como destino final para el desgaste biológico del héroe, la cinta flaquea en su verosimilitud en esta era de rastreos perpetuos. Una obra regular que solo se salva de la fosa del reciclaje comercial por la podredumbre judicial que desnuda. Agapolvo, retira el casete; mis oídos ya han tenido suficiente de este Frankenstein industrial.
6/10
Gaby Webber:
Mientras ustedes hacen malabares teóricos y se regocijan en el análisis quirúrgico de Max, a mí me sigue quemando la piel la impunidad biológica que se respira en cada fotograma. Elevar la nota a un 4.5 es el límite de mi tolerancia, y lo hago únicamente porque el texto de la dirección nos obliga a poner el cuerpo frente al dolor desgarrador y real de las adolescentes violadas en Hamburgo, cuyas heridas abiertas fueron pisoteadas por una burla estatal de un año de prisión suspendida. El sistema legal alemán demostró ser una tumba para las víctimas, pero eso jamás validará el onanismo armado de Sanders.
La película fracasa políticamente porque transforma un reclamo laico de justicia y memoria en un manual para hombres blancos sedientos de testosterona y plomo. Al asesinar indirectamente a un taxista que solo cumplía con su jornada de trabajo, y al ejecutar a una madre musulmana inocente bajo el pretexto de que «olvidó cómo ser humana», el vigilante se convierte en el mismísimo monstruo xenófobo que pretende combatir. El verdadero triunfo de la justicia social y de los derechos humanos no se encuentra en las balas de un blanco ilustrado que se cree un fantasma salvador, sino en la resistencia de los cuerpos marginados que sí se pueden integrar a la comunidad a través de la educación y el trabajo común. Celebrar la carnicería doméstica de Uwe Boll es adiestrar a la masa en el sadismo patriarcal de la derecha masculina.
4.5/10
César Cedro:
Gaby, sigues atrapada en tus espasmos uterinos, incapaz de comprender que los datos del Tribunal de Hamburgo no se resuelven con discursos místicas sobre sueños y justicia, sino con una gestión fiscal eficiente de las fronteras y del orden civil. Mantengo mi firme 7.2 porque la cinta opera con una honestidad de mercado brutal: demuestra que cuando el Estado devalúa su propia narrativa de seguridad y se declara en bancarrota logística, el libre mercado de la justicia por cuenta propia ocupa el vacío de poder.
7.2/10
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