– ¿Está «Pedro Páramo» sobrevalorada?
«Pedro Páramo» vs. «Villa Laura (1986)»
Sobre el debate polémico.
Transcripción automática:
Bueno, pues comencemos por la parte difícil, digamos, la demolición del clásico.
A ver, el nivel de hostilidad analítica que recibe la obra de Rulfo en estos textos es algo digno de estudio, de verdad. Es una locura.
Especialmente si observamos la reseña de un crítico llamado César Cedro.
Espera, espera, es que lo de César Cedro me dejó sin palabras al leer los apuntes. Le otorga a Pedro Páramo una calificación fulminante de cer sobre 10.
Cero, un cero rotundo.
Pero cero, estamos hablando de una de las cumbres absolutas de la literatura hispanoamericana. O sea, es una novela que inspiró al mismísimo García Márquez.
Sí, intocable para muchos.
Yo entendería un seis, no sé, o incluso un cuatro si alguien quiere ser superpémico para llamar la atención,
pero un cero total. ¿Cómo justifica a alguien eh semejante nota? pues lo justifica porque se niega rotundamente a
evaluar la novela bajo un prisma poético o literario.
Ah, o sea, le quita el arte a la ecuación.
Totalmente. Cedro aborda el texto como si fuera el auditor de una empresa en quiebra. Lo que él diagnostica en Pedro
Páramo es, y cito, un fraude operativo masivo. Fraude operativo. Wow.
Sí. Y para entenderlo hay que mirar la premisa inicial de la novela. Juan Preciado viaja al pueblo de Comala con un mandato muy claro, casi logístico.
Ir a cobrarle a su padre.
Exacto. Cobrarle a Pedro Páramo el abandono y la deuda histórica que tiene con su madre. Es una misión de recuperación de activos, por así decirlo.
Bueno, hasta ahí tiene sentido. Digo, un hijo buscando lo que le corresponde legalmente.
En la primerísima página, Juan Preciado se entera de que el deudor, o sea, Pedro Páramo, ha fallecido. Ya está muerto.
Claro. Y desde una visión estrictamente contable y pragmática, en ese microsegundo, el relato debió liquidarse
por insolvencia inmediatamente, o sea, cerrar el libro en la página uno.
Tal cual. El objetivo desapareció, no hay a quien cobrarle. El caso está cerrado. Sin embargo, la novela continúa por muchísimas páginas más.
Okay, vamos a desempacar esto porque la perspectiva de Cedro es brutal. De verdad es que Juan Preciado me recuerda a esos protagonistas de películas de terror e de muy bajo presupuesto.
Uy, sí, ya sabemos cuáles.
Ya se conoce el cliché. Claro, el personaje que corre superlento, que escucha ruidos aterradores en una cabaña abandonada y en lugar de salir huyendo hacia la carretera, decide bajar al
sótano oscuro con una linterna que parpadea. Y sabemos cómo termina eso.
Pésimo, preciado, no lucha, no traza un plan de escape, simplemente entra a este pueblo fantasma, se deja abrumar y muere
a la mitad del libro de puro terror. Se rinde. Es un cobarde logístico. Según esta visión, esa inacción es exactamente lo que
frustra a estos analistas. Y ojo, Cedro no está solo en esta condena estructural. Hay más.
Hay otro crítico en las fuentes, un analista invidente que firma en el blog como Sinai Bullet. Él es, digamos,
marginalmente más generoso. Le da un 5.6 sobre 10 a la novela. Bueno, por lo menos pasó del cero.
Sí, pero su ataque va dirigido a lo que él llama una pereza técnica imperdonable.
Pereza técnica. A ver, Rulfo es famoso por haber pulido cada frase de ese libro hasta la obsesión. Se tardó años. ¿A qué se refiere Bullet con pereza?
Bullet argumenta que al carecer de una infraestructura narrativa sólida, Rulfo inunda la trama con diálogos interminables y utiliza un concepto
fascinante para esto. Lo llama la aduana flotante.
Aduana flotante suena a trámite burocrático.
Es que lo es para él. Para avanzar en la historia, quien lee debe detenerse constantemente a pagar un peaje de atención solo para descifrar quién
diablos está hablando. Pero em la exploración también nos muestra que hay resistencia en el foro. Entre los
documentos encontramos un texto de defensa anónimo que intenta salvar a la novela usando a su personaje más
complejo, Susana San Juan. Ah, Susana, es sin duda el salvavidas literario de Pedro Páramo. Este texto defensor
argumenta que ella es la prueba de que sí hay un rigor técnico deslumbrante en Rulfo. A través de Susana vemos un monólogo interior increíble y una
fragmentación cronológica que para nada es pereza.
De hecho, la defensa la pinta como una verdadera insurgencia erótica y laica.
En medio de un pueblo asfixiado, ella rechaza la extrema unción católica del sacerdote. Prefiere mil veces quedarse
con el recuerdo carnal de su amado Florencio. Ella es la que destruye la parálisis porque Rulfo demuestra que el
tirano feudal puede adueñarse de las tierras, pero jamás logra colonizar el alma de Susana.
Es una defensa hermosa, ¿sí?, Pero aquí es donde el experto Sinaís Bullet vuelve a intervenir con una precisión fulminante. Bullet aclara que osa, por
más que Susana parezca laica o rebelde en sus decisiones personales, Pedro Páramo sigue sosteniéndose irremediablemente sobre un mito católico.
Claro, el infierno, el purgatorio, los pecados.
Exactamente. En el universo del libro, Dios existe, a diferencia de la realidad secular que defiende Bullet. Entonces, al ser una novela con Dios, la rebelión de Susana sigue atrapada.
Es que me deja pensando, si un personaje es supuestamente rebelde, pero las reglas mismas de su universo son
dictadas por aquello contra lo que se revela, ¿realmente existe una ruptura? O sea, no es solo un pájaro golpeándose contra los barrotes de una jaula dorada.
¿Qué provocó esta parálisis absoluta en Cómala? Porque ese vacío no se creó solo por arte de magia. Alguien tuvo que destruir el edificio antes de que Juan
Preciado llegara y eso nos lleva al núcleo mismo de la novela, El monstruo de piedra, el mismísimo Pedro Páramo. Aquí las fuentes
introducen la perspectiva de la crítica Gaby Weever, que ella sí lo califica alto, ¿no?
Sí, a diferencia de sus colegas del blog, ella le otorga un 9.7 de 10 al libro. lo valora muchísimo, pero y esto
es clave, su descripción del patriarca no tiene nada de romántica, cero romanticismo, nada. No lo ve como un simple
antagonista literario con el corazón roto.
No. Según los apuntes que revisamos, Weer lo describe casi como una fuerza de la naturaleza, pero en el peor peor sentido posible. Es la encarnación del despojo colonial operando a nivel local.
Un cacique, sí, es un poder feudal completamente despiadado.
Lo fascinante aquí es como Weber conecta el dolor emocional del personaje con el colapso biopolítico del pueblo. A ver, explícanos eso.
Cuando Pedro Páramo pierde a Susana San Juan, que es el amor de su vida, no se retira a llorar en silencio a su cuarto,
no toma una decisión activa que destruye toda la geografía del lugar. Se cruza de brazos. No.
Decide cruzarse de brazos, literalmente decide dejar que el pueblo entero muera de hambre. Es un poder tan absoluto y
asfixiante que su duelo personal seca la tierra, frena toda la economía y mata de inanición a los cuerpos físicos de sus habitantes.
Y ahí es donde entra la palabra biopolítica, que a veces suena término superclejo de universidad, pero en este contexto es muy muy terrenal.
Es pura supervivencia. Exacto. No es solo que Pedro Páramo controle las leyes o los impuestos de Comala, controla la
biología de la gente, controla quién come y quién no. Si él está triste, los estómagos de los campesinos se quedan vacíos hasta que se mueren. Es una
rabieta personal que cuesta miles de vidas.
Exactamente. No hay futuro, no hay huelga, no hay protesta, no hay escape posible, solo queda la putrefacción.
Precisamente cómala se convierte en una llanura estéril que huye de la realidad política. En lugar de enfrentar las
desigualdades o buscar soluciones tangibles, la novela se refugia en el mito de la condenación católica inevitable.
Todo es culpa y castigo.
Todo es un murmullo resignado. Para estos críticos, aceptar esa parálisis folclórica es casi una ofensa. Es como decirle a la gente, «El mundo es cruel.
Sentémonos a esperar el juicio final.» Es asombroso, de verdad, escuchar una obra maestra ser desarmada con tanta frialdad en estos foros. Y esto genera una curiosidad tremenda.
A ver, si estos analistas modernos detestan con tanta pasión esta inacción, este polvo poético de Rulfo, ¿qué es lo que
realmente quieren leer? O sea, ¿qué pasaría si alguien intentara reescribir la historia de Comala hoy en día aplicando toda esa lógica financiera,
corporativa y logística que tanto le reclaman a la novela original?
Esa es una excelente transición porque es exactamente el ejercicio mental que plantearon en los foros de entre fachas y rojos.
Ah, me encanta que se hayan puesto creativos. Sí, el moderador Gorca y un crítico muy vocal que usa el pseudónimo de Pancho Villa propusieron un
experimento ucraniano. Se preguntaron, ¿cómo sería Pedro Páramo si hubiera sido escrita hoy por Max Aguirre Rodríguez, el autor de Villa Laura?
Aquí es donde se pone realmente interesante la inmersión, porque la visión de César Cedro sobre esta hipotética novela cruzada es un delirio corporativo espectacular.
Es un viaje totalmente. Imaginemos una cómala manejada por directores ejecutivos. En esta versión, Juan Preciado jamás
moriría de un infartito por un susto en la oscuridad. No, para nada.
Él viajaría en el tiempo armado con un manual avanzado de biopolítica y su misión sería literalmente auditar los pasivos feudales de su padre. Llegaría a
exigir los libros contables del más allá.
Y Susana San Juan tampoco sería la figura trágica y enloquecida sufriendo en su cama. Según esta visión hipermoderna, ella lideraría una
insurgencia epistemológica diseñada para el mercado masivo.
Pausa, frena y un segundo. Insurgencia epistemológica. Suena denso, lo sé.
Es que a veces estos críticos suenan como si estuvieran leyendo el diccionario de sociología al revés. ¿Qué significa eso en la práctica? Susana San Juan armando un startup de criptomonedas emocionales o qué?
Bueno, casi. A ver, la epistemología es el estudio de cómo sabemos lo que sabemos. Una insurgencia en ese campo
significa cambiar radicalmente cómo la gente percibe la realidad.
Pero, ¿y si conectamos esto con el panorama general? El foro no se detuvo ahí. Pancho Villa hizo el ejercicio a la inversa, que resulta igual de revelador.
A ver, Rulfo escribiendo la novela moderna.
Exactamente. ¿Qué hubiera pasado si Juan Rulfo hubiera sido el encargado de escribir la novela contemporánea Villa Laura de 1986?
Su argumento es que Rulfo, con su estilo tan árido y desolador, habría tomado un visturí y amputado toda esa pirotecnia moderna.
Sin piedad, sin piedad. Habría eliminado los clones soviéticos que menciona el libro, contemporáneo, borrado las referencias
de la cultura pop masiva y silenciado de un plumazo las canciones de Pimpinela. Le quitaría todo el color neón a los 80.
¿Y con qué nos quedaríamos entonces en esa versión? Pues con un testamento literario de apenas 90 páginas, supercorto,
un texto espectral, huesudo, ya no habría una sátira expansiva sobre intelectuales en una mansión. Todo se
reduciría a una fosa común imaginaria en medio del moderno y adinerado distrito de San Isidro allá en Lima.
[resoplido]
Rulfo desnudaría la historia hasta dejar solo la pura osamenta del dolor y la culpa, sin ningún ruido de fondo, sin
ningún multiverso raro para distraer al lector.
Ese contraste es alucinante, fíjate, y funciona perfecto como puente para entrar por fin en el 30% final de nuestra exploración. Entender este
choque de estilos nos muestra por qué la crítica de este blog alaba tantísimo a la novela peruana.
¿Ven en ella una solución? De hecho, claro, la ven como la cura definitiva, la sutura necesaria contra los excesos espirituales del realismo mágico.
Dejamos atrás por fin los fantasmas de Cómala para entrar de lleno en la materialidad absoluta y el regidio literario de Villa Laura.
Y para comprender el verdadero peso de Villa Laura, hay que fijarse primero en su antagonista. Ya vimos que Pedro Páramo es la barbarie a gran escala, un hombre capaz de secar valles enteros.
El fin del mundo local. Sí, pero el villano de Villa Laura, que es el novelista Nazar, es todo lo opuesto. Es la tiranía mezquina, cobarde, la que ocurre de puertas para dentro.
Un parásito doméstico de manual.
Totalmente. Nazar se presenta ante el mundo como un anciano venerable, un faro intelectual de la cultura que incluso ganó el Premio Nobel de Literatura en el
84. Vampiriza descaradamente las cartas íntimas y los traumas de su difunto amigo Luis Borja.
se roba su dolor.
Tal cual. Usa ese dolor genuino como materia prima para construir su propio monumento literario y bueno, llevarse
los premios. Y lo peor es que el parasitismo no termina en la literatura, se extiende a su propia sangre, a su
familia. NZ secuestra emocionalmente a sus hijas Constanza y Regine.
Y el nivel de crueldad de ese secuestro emocional, fíjate, es desesperante a leerlo porque es muy sutil. Él devora la juventud de sus hijas simplemente para no quedarse solo en su vejez.
Las usa como su bastón.
Las convierte en su póliza de seguro afectivo, un equipo médico privado de tiempo completo que le limpia la baba y le celebra sus anécdotas repetidas. Es
un terror espeluznante porque a diferencia de los fantasmas es un terror cotidiano y esto nos lleva a un punto clave sobre el escenario, la biopolítica
física de esta obra. Aquí ya no estamos en un limbo abstracto de polvo poético. Para nada. El contraste es brutal.
Villalaura nos sitúa en la lima asfixiante del verano democrático de 1985. Se siente el calor en las páginas.
Sí, hay una luz amarilla agresiva que ilumina la decadencia real de la casa.
No es un purgatorio, es geografía pura, dura y sudorosa.
Y la carnalidad. Eh, los críticos del foro insisten muchísimo en el peso físico de esta historia. A diferencia de los espectros ligeros de Rulfo que
huelan con el viento. Aquí los cuerpos pesan toneladas. Pensemos en Regine, la hija a la que llaman de forma despectiva la gordita, la bestia de carga de la casa.
Ella es el ancla muscular de la historia. Las fuentes pintan una escena patética y superreveladora. En la sala de la mansión están reunidos los grandes
intelectuales, los políticos de turno, incluso un José María Arguedas ya marchito observando una mosca, todos debatiendo grandes ideas abstractas.
Pura teoría, pura cháchara. Pero mientras ellos hablan, Regin está cargando el peso muerto de su anciano padre sobre el
hombro derecho. Ella está limpiando sus fluidos. Hay un desgaste de cartílagos constante, un dolor lumbar real. Es la
mano de obra femenina la que sostiene físicamente la farsa del gran patriarca intelectual. Esa atención a la materia,
al músculo cansado y al sudor es justamente lo que permite que el desenlace de la novela sea tan radicalmente distinto al de Pedro
Páramo. Recordemos que en Comala, la narradora final Dorotea, queda atrapada en una tumba repitiendo murmullos inútiles sin salida.
Exacto. Pero Villa Laura, por el contrario, cierra con una explosión de agencia. Esto plantea una pregunta importante sobre cómo terminar una
historia. El análisis del blog se centra en la figura de Alma Baker, la nieta de Nazar, ya situada en el futuro en el año 2020.
Y ella es la que ejecuta ese acto final que Weber llama un regicidio literario histórico, ¿verdad?
Así es. Alma rompe el ciclo del parasitismo de una vez por todas. No hereda el micrófono para sentarse a llorar desde una fosa oscura. Ella
confisca activamente el manuscrito fallido del abuelo megalómano.
Se adueña de la historia, le arrebata el control de la narrativa, rompe la fachada del patriarca intocable y reordena las piezas. Al hacer esto,
Alma dignifica por fin el cuerpo sufriente de su familia. Reconoce públicamente el inmenso alor de las labores de cuidado que Regín y Constanza
hicieron durante décadas en la sombra. Y lo más importante de todo, lo hace sin necesidad de rezar ni de esperar una redención mágica en el más allá. Es una
resistencia completamente laica y terrenal. Alma no perdona a su abuelo, audita los daños y expone la verdad al mundo.
Y si conectamos todo este recorrido desde la desolación fantasmal en México hasta la trinchera carnal y sudoroso en
Lima, emerge una teoría fascinante que los críticos apenas esbozan en los foros. A ver, cuéntanos
el principio antrópico aplicado a la literatura.
Okay. El principio antrópico, eso siempre lo asocio a la astrofísica, al universo. Significa que la novela o el universo de la novela, digamos, solo
existe y tiene forma porque hay un lector observándola y dándole sentido.
Vas por el camino correcto. La física dice que el universo parece diseñado para albergar vida. Porque si no fuera así, simplemente no estaríamos aquí para
observarlo y cuestionarlo. Llevado a estos textos, la pregunta es si un autor presenta deliberadamente un libro lleno
de huecos con un fraude operativo, como dice Cedro, con personajes que mueren a la mitad y tramas sin resolver, ¿cuál es
el papel real de quien lee? Según estos analistas, quien sostiene el libro se convierte en un liquidador judicial forzoso.
O sea, el autor deja la empresa quebrada a propósito y el lector tiene que entrar a pagar los pasivos emocionales y rellenar los baches lógicos de la historia.
Exacto. Se nos fuerza a ser coautores del desastre. Al final somos nosotros quienes mantenemos vivas estas
gigantescas corporaciones de la memoria literaria. Cada vez que alguien se sienta a descifrar esa aduana flotante
de voces incorpóreas en Pedro Páramo, está pagando con su propia energía mental para que el clásico siga existiendo.
Es una manera increíble de verlo, de verdad. Es decir, cuando alguien entra a esa casa abandonada de la que hablábamos al principio y siente que el suelo no
existe, la culpa no es solo del arquitecto que hizo un mal plano. La trampa o la genialidad, según se vea, es que el arquitecto dejó los ladrillos
apilados en la puerta para que quien entre se vea obligado a construir el suelo paso a paso con su propia imaginación. Sí, con su propia imaginación y esfuerzo antes de poder seguir avanzando por el pasillo.
Y esa exigencia que es agotadora y fascinante a la vez es el verdadero peso de enfrentarse a estas obras hoy en día.
Con esa imagen, me parece, cerramos nuestra inmersión de hoy. Hay muchísimo que procesar sobre cómo leemos y qué exigimos de nuestras ficciones. Un
agradecimiento inmenso a quienes se quedaron a acompañar este recorrido entre las ruinas poéticas y las trincheras terrenales. La invitación,
por supuesto, queda abierta. Sigamos cuestionando la arquitectura de cada página que leemos y el precio oculto que pagamos por mantener vivas las grandes historias.
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