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Novela por Max Aguirre Rodríguez.
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Dos redactores discuten de forma divertida sobre la novela más importante de los últimos 7 años.
Duelo secular vs. duelo teísta.
Transcripción automática:
Imagina ganar el Premio Nobel de Literatura, o sea, llegas a la cima absoluta, el mundo entero te aclama como
a un genio indiscutible y la historia te reserva este lugar de oro. Claro. El sueño de cualquier escritor.
Exacto. Pero eh en tu lecho de muerte toda esa narrativa da un giro superoscuro, surge una confesión brutal.
Y es que esa obra maestra, ese gran imperio literario, fue en realidad un robo.
Y no hablamos de un plágiro de palabras, digamos, de copiar un texto.
No, no, para nada. Es un robo literal de la vida, de los traumas y del dolor de otra persona. Queremos explorar cómo la
literatura, la memoria y eh el dolor biológico se entrelazan de maneras casi destructivas en estos textos.
Es un viaje muy intenso.
Lo es. Es un viaje para descubrir quién tiene realmente el derecho de contar una historia, cómo la mente humana se
enfrenta al vacío absoluto de la muerte y bueno, cómo la música o la política terminan moldeando nuestra realidad. Ajá.
Así que bien, vamos a desmenuzar esto y me gustaría empezar por la base de esta pirámide de la historia, que es el famoso robo de Nazar a Luis Borja.
Sí, ese es el punto de partida esencial.
Nazar es, digamos, este patriarca, el creador supremo dentro de la historia.
Es el ganador del Nobel de literatura del que hablabas al principio. El gran genio intocable.
Exacto. Ante el ojo público es un gigante absoluto, pero cuando escarvas en los textos revelan una fractura moral
masiva. E Azar confiesa que destiló pieza por pieza la historia y hasta los títulos de un hombre llamado Luis Borja.
Luis Borja, que no era cualquier persona, ¿no? Borja fue el verdadero primer amor de la esposa de Nazar. Borja muere joven. Es este amor interrumpido, la
pasión que jamás se consolidó y lo que hace Nazar es tomar las cartas reales de Borja. absorbe todo el dolor de ese fantasma y, bueno, capitaliza la
frialdad emocional de su propia esposa para construir su imperio.
O sea, es como si un arquitecto ganara los premios más prestigiosos del mundo por diseñar un rascacielos imponente y
al final admitiera, «Oye, robé los cimientos emocionales y los planos originales de un hombre que murió antes de poder construirlos.»
Es una analogía perfecta. Y es que Nazar admite que incluso inventó una familia y una esposa ficticias en sus libros
porque eh a la verdadera esposa la conoció Borja, ¿no? Él. Exactamente.
La pregunta que me surge al leer todo esto es, bueno, ¿estamos ante un crimen ético imperdonable o es simplemente la
confesión genérica de culpa de todo escritor? O sea, ¿acaso la ficción no requiere siempre vampirizar un poco la realidad?
Es una excelente pregunta.
Y de hecho, el concepto clave en los ensaños críticos que acompaña la novela trata justo de eso. Hablan de la figura del dios melancólico o el de miurgo.
El Dios melancólico.
Sí. Este creador que a diferencia del Dios bíblico no tiene el poder de hacer surgir vida de la nada. Su talento necesita parasitar el sufrimiento ajeno.
Necesita una materia prima real para darle, digamos, peso gravitacional a su obra. Necesita robar para crear. Tal cual.
Nazar se autopercibe como un dios dentro de su universo narrativo, pero en el fondo es un Dios impotente que requiere sangre y dolor ajenos para que sus ficciones respiren.
Qué fuerte lo es. Sacrifica la realidad material de Luis Borja y la identidad de su propia esposa solo para alimentar el horno de su imaginación.
Y me parece fascinante porque Sinar es este arquitecto que roba los planos para construir su éxito a puertas cerradas,
hay otro personaje que funciona como, no sé, como el inspector de edificios.
¡Uf! Monterroso representa la antítesis absoluta de Nazar, el lado completamente opuesto.
Exacto. Mientras Nazar absorbe la realidad para crear estos mundos de ficción aislados, Monterroso es el intelectual marxista obsesionado con el mundo material y exterior.
Claro.
Sin embargo, su tragedia es la impotencia. Toda su crítica radical, toda su teoría se ha estrellado de frente contra la realidad y ha perdido
cualquier capacidad de alterar su entorno. Lo sitúa en la Lima de 1985.
Es un contexto donde la izquierda intelectual limeña vivía una desconexión, la verdad, severa.
Sí, el texto usa un término muy específico para describir eso, ¿no?
Exacto. Habla de la obsenidad estructural. Monterroso observa la burguesía y a esta élite intelectual limeña, compartiendo eh cross con
banqueros y figuras de poder, mientras al mismo tiempo los andes peruanos se desangraban en medio de un conflicto armado. Una violencia aterradora en esa época.
Así es. Monterroso ve toda esta hipocresía con una claridad dolorosa, pero al mismo tiempo está completamente desconectado de la clase trabajadora y de la lucha material que tanto predica.
Claro, no sale de su burbuja y su incramiento es stron severo que su ideología termina colapsando sobre sí misma. Acaba pasando sus días encerrado
teniendo estos monólogos febriles superintensos con su perro Balto.
Y lo más perturbador de todo es que alucina que el perro le responde, «Sí, es una locura.» Es un retrato brutal de la locura
generada por el aislamiento. Pero creo que lo que corona la gran ironía de este personaje es un muerte. Es un clímax absolutamente teatral y extraño.
Es una de las escenas más memorables del archivo.
Totalmente. Piensa en esto. Este hombre que fundamentó toda su existencia en el análisis racional, el materialismo
histórico y un ateísmo pero supermilitante, llega a sus últimos minutos de vida y sufre una fractura total.
Se rompe por completo.
Sí. No cita a Marx, no cita a Lenin. En vez de eso, empieza a exigirle
respuestas a un dios ausente, cantando a gritos, o sea, a todo pulmón, las letras de la ópera rock Jesucristo Superstar.
Qué imagen tan absurda, pero tan potente.
Grita frases de la canción como, «¿Me enseñaste el cómo, el cuándo?» Pero no el por qué.
Wow. Y lo fascinante aquí es como el autor ilustra este colapso del racionalismo frente al abismo de la muerte. Monterroso en su hora final claudica.
Ya no puede sostener su teoría. No, el vacío le resulta insoportable. Entonces exige una respuesta teológica.
pide que e que una entidad superior lo mire morir. Y luego en la cúspida de este delirio agónico, la novela lo
describe Escapando de la muerte montado en el lomo de su perro Balto.
Cabalgando hacia el más allá. ¡Qué locura! Exacto. Cabalgando hacia un paraíso irracional que toda su obra previa se había dedicado a negar
sistemáticamente. Es una imagen que roza lo absurdo, pero que al mismo tiempo carga una profundidad devastadora. Y
esta muerte tan teatral de Monterroso, esta desesperación por encontrar sentido frente al, digamos, silencio cósmico,
funciona como un puante directo hacia el núcleo filosófico de los textos. Sí. Nos lleva directo a los ensayos.
Ajá. Porque Max Aguirre Rodríguez dedica un ensayo íntegro a diseccionar esta misma ansiedad, argumentando la supuesta
superioridad del duelo secular y materialista frente al duelo teísta o religioso.
Y el autor toma una postura clínica, la verdad implacable. En este ensayo argumenta que el enfoque teísta del
duelo prolonga innecesariamente la agonía humana.
¿Por qué dice eso? Bueno, sostiene que inventar paraísos absurdos o promesas de reencuentros eternos obliga a la persona
a vivir en una ilusión constante, negando la realidad de la muerte.
Claro, mantener la esperanza viva artificialmente.
Exacto. En contraste, Aguira defiende que el duelo verdaderamente sano es el del racionalista, aquel que simplemente acepta la aniquilación total de la
conciencia y la no existencia. De hecho, el texto utiliza un concepto que me pareció fascinante. Lo llama la autopsia intelectual.
Ese término es clave.
Sí. Describe este proceso como el momento en que la mente acepta de manera irrefutable el fin biológico de un ser
amado. Y el ensaño señala que las religiones instrumentalizan el duelo no resuelto convirtiéndolo en un mecanismo
de control. una especie de nuevo opio del pueblo, ¿no?
Exactamente. Donde se hereda un trauma doctrinario y se ofrecen estos consuelos espirituales que, según el autor, en
realidad nunca permiten cicatrizar la herida.
Y van más allá porque hay un ataque directo incluso a la psiquiatría moderna dentro de este ensaño, ¿cierto? El manual de diagnóstico.
Sí, Aguirre critica como el manual diagnóstico de psiquiatría, el DSM5TR, intenta clasificar el duelo prolongado
como una patología, pero luego termina rindiéndose al admitir que el diagnóstico eh depende de la norma cultural del paciente.
O sea, si tu cultura lo aprueba, ya no estás enfermo.
Tal cual. El texto se burla de esta concesión. Señala la contradicción de que en una cultura profundamente religiosa, gritarle a la nada exigiendo
respuestas no se considera una patología psiquiátrica, sino un acto de devoción normal. Qué crítica tan dura.
Lo es para Aguirre. La única victoria real es que la mente se mantenga firme en la realidad material y es que la historia de esa persona se acabó. Punto
final. Pero a ver, aquí hay que plantear un desafío inmenso a la teoría de Aguirre porque es muy fácil redactar un
ensayo impecable y afirmar que esta autopsia intelectual es superior.
Claro, en papel suena perfecto, queda hermoso en el papel, pero la biología humana no lee filosofía. O sea,
si el cuerpo te tiembla, si el instinto te grita exigiendo un abrazo de alguien que ya no existe, pretender que la fría
racionalidad lo solucione todo parece, no sé, una forma distinta de tortura. Es negar nuestra propia naturaleza.
Totalmente. No es precisamente por ese choque entre la biología y el vacío que inventamos la literatura. En primer lugar,
ese cuestionamiento que haces es exactamente lo que la propia estructura de Villa Laura viene a responder. El libro nos presenta esta teoría secular
los ensayos, pero luego nos lanza la práctica a través de la novela. Nos pone a prueba.
Ajá. Y es a través del linaje de las mujeres de esta familia que observamos como la teoría de Aguirre choca violentamente con la realidad emocional.
Pero em antes de ver a las hijas de Názar, hay que entender un giro magistral en la estructura de la obra. ¡Uf! Sí, el gran giro.
Porque a lo largo del libro Nazar se presenta como la voz cantante, el dios indiscutible de su historia. Sin
embargo, hay un descubrimiento escondido en los márgenes de los textos.
Y aquí es donde la arquitectura de este libro te vuela a la cabeza, porque al principio parece que estamos leyendo los diarios y manuscritos del propio Nazar.
Todo gira en torno a él.
Pero lentamente, cuando prestas atención a las notas al margen, a las correcciones históricas que aparecen y a unos cambios sutiles de perspectiva, se
revela la verdadera identidad de la persona que está ensamblando los textos. Y no es Nazar. No es Nazar, es su nieta Alma.
Alma es la narradora en la sombra. es quien tiene los documentos originales, los testimonios cruzados de la familia y
al final del día es quien decide qué leemos y qué no. Es la que tiene el poder.
Exacto. Al revelar que Alma es la editora final, el libro ejecuta, digamos, un regicidio literario, mata al rey.
Es la analogía perfecta de las muñecas rusas, las matrioscas. Nazar se pasió la vida entera creyendo ciegamente que él
era la muñeca más grande, el contenedor de todo.
Sí. la figura patriarcal que contenía todas las demás y que dictaba la realidad de su esposa, de Borja y de sus hijas. Pero al llegar al fondo del
archivo, se hace evidente que Alma, la nieta que parecía ser la muñeca más pequeña e insignificante, es quien en
realidad talló, pintó y construyó la prisión narrativa de su abuelo.
Es brillante. Alma toma todos estos fragmentos y los reordena con un propósito supercaro y es desmitificar la
megalomanía de Nazar. La nieta expone que el supuesto amor del patriarca era en realidad una necesidad patológica de
control, de dominar a todos a su alrededor.
Sí. Y al convertir a su abuelo a este supuesto Dios melancónico en un simple personaje vulnerable y demenciado dentro
de sus propias memorias editadas, Alma le arrebata el micrófono de la historia familiar.
Pero Alma también necesita procesar este linaje de dolor que heredó. Y para entender cómo lo hace, primero nos muestra los fracasos de la generación
anterior, empezando por su madre Constanza, que es la hija mayor de Nazar. Constanza es un personaje durísimo.
Sí, ella es la encarnación viva de ese ensayo frío sobre el duelo secular del que hablábamos. Es doctora. Está guiada completamente por el empirismo
materialista, pero hay un detalle perturbador sobre su origen. El detalle del libro. Sí.
Ajá. Antes de que ella naciera, Nazar escribió un borrador de ciencia ficción con un personaje extraterrestre y a ese personaje lo llamó Constanza.
El texto describe a Constanza la hija real, literalmente como un remedo. Es una mujer de carne y hueso que camina a
la sombra de una ficción previa creada por su padre.
Qué carga tan pesada. Y bueno, en contraste absoluto a esta frialdad clínica de Constanza, Alman nos presenta su tía Regin.
Ah, Regin, a quien Nazar llamaba despectivamente la gordita.
Qué desprecio. Pero Regine es la antítesis de Constanza. Ella es chef. Su
mundo no está en la mente ni en los conceptos. está en las manos, en los sentidos, en el cuerpo físico.
Regine dialoga con el mundo material de una manera superviseral. Hay anécdotas, por ejemplo, donde se narra como en un
arranque impulsivo golpeó en la cara a su esposo francés Ferdinand. Pobre Ferdinand.
Sí, un hombre que irónicamente termina siendo completamente dominado por las dinámicas caóticas de esta familia peruana. Regine no intelectualiza la
pérdida, ella la suda, la vive con el cuerpo.
Y creo que el detalle más revelador de ella es que frente a la demencia senil de Názar, ya al final de su vida, no es la doctora Constanza quien lo atiende.
No, para nada. Es Regine quien lo asiste, quien físicamente carga el peso de ese cuerpo decadente, lo limpia, le da de comer.
Ella asume el dolor físico y bueno, Alma observa estos dos extremos en su familia, la frialdad de Constanza y la
impulsividad física de Reelline. Y se da cuenta de que necesita sus propios filtros para darle sentido al mundo.
Necesita sanar esa herencia de Borja y de Nazar.
Y esos filtros mágicos son la política y la música.
Empecemos con la política que actúa como una fuerza tectónica en el trasfondo de la familia. Específicamente vemos el impacto del partido APRA. Sí. Y de
nuevo, manteniendo nuestro enfoque estrictamente analítico, sin validar posturas, es muy interesante observar
como el texto utiliza una escena en 1959 para escenificar la fractura definitiva del matrimonio de los abuelos.
Es una escena clave. Vemos a Laura, la que era la supuesta musa inerte de Nazar, rompiendo por fin su molde pasivo.
Sale de la página.
Exacto. Se une a la aprismo cantando himnos de sangre, de compañerismo y
redención en las calles, buscando una justicia material palpable, real. Y el contraste visual ahí es brutal, porque
mientras Laura marcha en las calles exigiendo alterar la realidad política y social del país, Nazar se entierra más
profundamente en el silencio de su biblioteca, huyendo de la realidad, prefiriendo la tiranía de la página en blanco antes que lidiar con el caos del mundo exterior.
La política en Villalaura no se explora solo como una ideología, sino como la manifestación de una mujer buscando
desesperadamente una vía de escape del control narrativo de su esposo.
Alma introduce la música como el verdadero mecanismo de reparación. La música como salvación.
Sí, la música se presenta en los textos como una forma de literatura interactiva y los ejemplos que Alma recopila de su familia son extraordinarios.
Hay memorias vívidas de un recital de la legendaria Chabuca Granda cantando sobre el poeta y guerrillero Javier Erout. Una escena bellísima.
Es poesía pura porque la imagen que el texto rescata describe a un hombre que usaba una rosa como fusil. Esta colisión
tremenda entre la belleza artística y la crudeza de la violencia.
Ajá. Y luego, en otro extremo de la memoria, Alma reconstruye la imagen de su abuela Laura, cantando a todo pulmón el himno vital de Celia Cruz. Yo viviré.
Lo que hace la música en esta narrativa es reemplazar a la religión vertical. Me explico. Frente a ese dios distante y
silencioso al que Monterroso le gritaba en vano, «La música opera como una fuerza horizontal. Nos conecta entre nosotros.» Exacto.
Exige la participación del cuerpo. No te pide inventar un cielo eterno. Te pide sentir la vibración en el presente, compartir el momento.
Y fíjate que incluso dentro de las notas de ciencia ficción de Názar que Alma está editando, aparecen unos seres
extraterrestres llamados Sarlos. En la mitología de estos seres no existen las palabras para hablar de la fe.
¿Cómo funciona su religión? Entonces, su religión es una frecuencia, es una serie de vibraciones musicales comunales
que son capaces de curar físicamente a los individuos de su especie.
Wow, es fascinante como Alma toma esa invención de ciencia ficción de su abuelo y la aplica a la realidad humana.
La vuelve real. Sí, porque la canción eventualmente termina respetando así la mente racional que sabe que todo tiene
un final, que nadie es eterno, pero eh mientras suena satisface esa demanda biológica de sentir una conexión profunda con los que ya no están.