Episodio 10: despedida («Villa Laura (1986)»)

Versión PDF <– Episodio 10: despedida

Max Aguirre Rodríguez

 

 

               Villa Laura (1986)

 

 

Capítulo X: Agilidad

 

 

En la casa se escuchan las protestas de Nasar, mientras Regine sonríe al cargarlo y ponerlo cerca a la mesa para que pueda tomar su desayuno. El Nobel está molesto, humillado. Lo sientan e intenta dormir. Regine le dice que espere y va a la cocina.

 

No me nota. Cruza sus brazos y coloca encima la cabeza.

 

“Papito, acá está”

“Hijita, ¿mi desayuno es un pastel?”

“Sí, una tajadita. Es chajá. ¿Te acuerdas? Cuando fuimos a Uruguay. Tu favorito”

“No es mi favorito”

“Es tu favorito, papito. Abre boquita”

“Ya, hijita. Lo comeré. Déjame desayunar tranquilo, por favor. Si me dan las fuerzas, iré a ver a mis nietas. Mercedes me va a cuidar”

“Ya, papá”

“Oh, muy buen durazno”

“Lo mejor es que no necesitas dientes. Es bien suave, papá. Te dejo desayunar”

 

“¿Tú ya comiste? ¿Qué haces acá tan temprano? Deben ser las 9”

“Son las 11… y 25… 26… quizás 26”

“Ya no ves el segundero”

“Da lo mismo. ¿O… no?, Nasar”

“¿Qué insinúas?”

“Tu hija me contó que has retomado tus textos sobre Dios”

“Sí”

“¿No tenías el asunto resuelto? Carajo. ¿Qué más tienes que decir?”

“No uses esas palabras. ¡Y menos en la mesa!”

“Ya, ya, está bien”

 

“Todo se puede decir de mejor manera. Ya hice que Dios bajara un peldaño, que el cristianismo sea una creencia en un mar de creencias”

“Me gustaría que hubiera un argumento absoluto contra Dios”

“No es necesario algo así”

“Para algunos sí…”

 

“Perdón”

“Aquí está la mantequilla. Con mucho cuidado, señor. Su café y leche para que agregue al gusto”

“¿El azúcar?”

“Tiene el pastel”

“Mercedes, creo que aún puedo decidir por mí. ¿No crees?”

“Su hija Constanza me pidió que cuide el azúcar”

“Mercedes, yo… Yo te pago. Por favor”

“¡Quiero el azúcar!”

“¡Constanza, ven ahora mismo!”

 

“No te vayas, Mercedes, por favor”

“Ya, Nasar, el pastel tiene azúcar. Tu hija salió”

“Me retiro, señor”

 

“No he dormido bien, Elías”

“Se nota. Estás desatado. Se ve bueno ese pastel. Voy a servirme una tajada. ¿Está bien?, buen amigo”

“Me traes el queso… Por favor”

“¿No te hace daño? …Es una broma, carajo”.

 

 

¿Y de qué hablaba con papá?

Recordábamos una obra de teatro. ¿Viste “Jesucristo Superstar”?

La vi en Estados Unidos. Mi papá la vio con mamá en España. Y con Regine.

Nuestra próxima lección será la recontextualización

Entiendo. Como papá y el Quijote.

Sí, así, pero mejor.

Busca una historia, de preferencia que no tenga derechos libres…

Derechos de autor vencidos… dominio público

Sí, eso… Que se puedan usar. Y vamos a ver cómo reconstruirlas para darle un sentido en nuestra historia.

A mamá le gusta Góngora. Bueno, le gustaba. En el último año leyó mucho a Borges. Con Almita. Antes de deprimirse.

No podemos usar a Borges. Quizás a Antonio Machado. Pero lo ideal es que sea un novelista.

¿Kierkegaard?

Si hablamos de la fe. ¿La fe es importante en la historia? Podría ser para darle… más profundidad al personaje de su madre.

Sí, la abuela era muy cristiana. Mi mamá no tanto.

Pero creía en Dios. A diferencia de Nasar.

 

Pero, señorita, Kierkegaard no hacía literatura… No me lo parece. No, no lo hacía.

Pero mamá lo mencionaba… Quizás ella veía algo en él. Papá también hablaba de él. “La angustia de lo absurdo”, así lo definía papá.

¿Qué opinas de los ensayos de Nasar?

Tienen sentido. Pero también lo que él mismo afirma en… “La imposibilidad de matar a Dios”.

¿Ves todos estos libros? En este… laberinto.

Niña, ¿qué hacen que esos libros tengan vida? ¿Los autores o los lectores? Según tu papá, eso no se puede saber.

¿El principio antrópico? Papá también dice que toda extrapolación o ejemplo es un engaño, una trampa…

Yo creía en Dios. Luego ya no. Tu papá me convenció de que no hay nada racional que nos lleve a él. Nada lógico. Pero ahora, con 79 años, podré saberlo.

Si no hay nada, no sabrá nada.

Y si lo hay, podré saberlo.

¿Cree que el día está cerca?

Lo está, Constanza. Quiero morir en paz. En mi casa.

Morir no es malo. Si no hay mucho arrepentimiento.

Siempre hay arrepentimiento

No siempre. Mamá se fue en paz.

Laura tuvo mucha suerte al tenerte. La pequeña Boni.

Gracias. Gracias, Elías.

 

“Dios, de existir, pudo crear una mejor programación humana. Quizás nublando la visión del asesino en serie. O paralizando a los violadores.”

 

Lee Elías Monterroso. O recuerda Elías Monterroso. Ya en cama.

 

Elías Monterroso había perdido la batalla. No, se había dejado ganar. Una y otra vez. El campo de batalla había sido su propio cuerpo. Dos zumbidos conspiraron contra él. Uno era dictatorial, omnipresente, y el otro era un escolta dubitativo, pero igual de mortal. A este último Elías le dio fin. Satisfecho. Como si el verdadero dolor no estuviera en su cuerpo sino en el aire.

 

Los sonidos huyeron. Emanan los recuerdos. Los otros y los falsos.

 

“Trilce amarto” en sus manos. “El último suspiro de Vallejo”. La extraña muerte de Luis Borja. Los presagios de Nasar. Las adivinaciones en sus cuentos, en sus mentiras. Nasar flotando casi dos metros y con los ojos en blanco. En idioma espurio.

 

Las palabras de un presidente. De voz elegante, desafiante. Pero humilde ante Boni. Ella de blusa fresa con leche. O rosada. O rojo apagado. Con botones centrales, como estrellas. Aretes como bolitas doradas. Cabello con un poco de vida. El poco negro en sus antes frondosas pestañas. Su ojo derecho un poco más bonito que el izquierdo. Y Balto ladrando. Quizás no solo en mi sueño. No puedo levantarme.

 

Dios, permíteme levantarme. Por favor. Y la lluvia. Y la obra de teatro que jamás pude ver en vivo. Las canciones. Alguna potente, otras lejanas. Mi hijo y mi esposa felices. Yo ingrato, sin querer viajar. Yo los abandoné. Por mis miedos. Mi temor a este mundo. Tan distante al mío. Tan estridente. Tan falso.

 

Mi voz anciana en mi mente. Mis últimos suspiros.

 

Yo tenía fe… cuando comencé

Ahora estoy triste y cansado

Mi camino… de tres años

Me parece… que son treinta

Y, ¿qué más… puede un hombre hacer?

 

Y mi voz menos anciana. Ya no siente el cansancio. Al menos no en este trance.

 

Si he… de… morir

Que se cumpla todo… lo que tú quieres… de mí

¡Deja que me odien!, ¡que me claven en su cruz!

 

Yo quiero ver, yo quiero ver, mi Dios.

Yo quiero ver, yo quiero ver, mi Dios

Quiero saber, quiero saber, Señor.

Quiero saber, quiero saber, Señor.

 

¡Si

He

De

Morir!

Dime si es porque he de ser mejor de lo que fui

¡Dime si mi vida con la muerte he de cumplir!

 

Yo quiero ver, yo quiero ver, mi Dios.

Yo quiero ver, yo quiero ver, mi Dios

Quiero saber, quiero saber, Señor.

Quiero saber, quiero saber, Señor.

 

Con morir, ¡¿Qué voy a conseguir?!

Al morir, ¡¿Qué voy a conseguir?!

¡Quiero saber, quiero saber, Señor!

¡Quiero saber, quiero saber, Señor!

 

¡¡Ah!!, ¡¿por qué

he de morir?!

¡¿Por qué?!

 

¡¡Dime: ¿por qué quieres que me claven en su cruz?!!

¡Muéstrame el motivo, dame un poco de tu luz!!

¡Di que no es inútil tu deseo! ¡¡Y moriré!!

¡Me enseñaste el cómo, el cuándo, pero no el por qué!

 

¡¡Ah!!, ¡muy bien!, ¡yo moriré!

Pero, ¡por favor!, cuando muera, ¡cuando muera!, ¡¡mírame!!

¡Por favor!, ¡¡mira mi!! ¡muerte!

 

Y la voz vuelve a decaer, porque recuerda que aún es cuerpo. Al menos por unos últimos suspiros.

 

Yo tenía fe… cuando comencé

Ahora estoy triste…

Y cansado

Mis tres años

ya son miles

¿Por qué entonces,

tengo miedo

de que ya

todo termine?

 

Dios,

yo no empecé,

fue tu voluntad

Dame el cáliz

de amargura

Clava, azota,

¡Rompe, mata!

Pero pronto, ¡hazlo pronto!

¡O yo!

me

¡voy

a arrepentir!

 

 

 

 

 

El agua parece terrosa y el cielo es dorado. Como si el tiempo fuera a terminar: en un atardecer.

 

“No perdamos tiempo”

“Balto, amigo”

“No perdamos tiempo, Elías”

“Ahora tengo todo el tiempo”

“No estás muerto aún. Yo debo ayudarte”

“No hay nada allá, Balto”

“Sí hay. Debemos cruzar el río”

“¿Río? Pero esto no tiene fin. Es el mar”

“Sí tiene”

 

“Balto, llévame, llévame, estoy cansado”

“Lo ves. Ven, acércate. Sube a mi lomo”

“Balto, eres inmenso”

 

 

“¿Aún no llegamos?”

“Falta poco, Elías”

“¿Por qué estás acá?”

“Me quise despedir, Elías”

“¿Ladraste? Perdóname”

“No, ya no te preocupes. Fuiste bueno”

“Tengo sed, Balto. Ve tú. Llega tú”

“No, tú debes llegar”

“¿Puedo tomar de esta agua?”

“No. Pon tus manos bajo mi oreja. Junta tus manos”

“Gracias, Balto, gracias”

 

“Falta mucho, pero ya veo tu hogar”

“¿Es un lugar hermoso?”

“Lo es”

 

 

 

 

Capítulo Y: las últimas palabras de mamá

 

Amaneció llorando. Sintiendo las lágrimas en el rostro. Su madre no la había hablado. Solo estaba ahí. A veces sonriendo, pero no hablaba. Desde que murió, su madre no hablaba. Le había dicho que estaba bien, días antes de que algo fallara en su mente. Antes de que la enfermedad deformara un lado de su cara. Antes de arrancarle el derecho de abrazar y de mirar con ternura.

 

Constanza, como otras veces, se levantaba más temprano que todos. Iba al baño para verse en el espejo. Ensayaba sonrisas, miradas felices. Sintió que alguien más estaba despierto. Y bajó para verlo. Quizás su papá. La urna estaba prendida. Las velas radiaban como fuego. Y delante de esta, se encontraba su hermana. Pero no una que hubiera conocido. No una de su mundo. Se veía más joven que ella, 10 años más joven. Esa chica miró a Constanza y luego cerró los ojos frente al fuego.

 

Y en la puerta que da a los árboles estaba una silueta. Volteó a verla. Le dijo a Constanza que se acerque. Que debían hablar de su amigo. Elías había fallecido.

 

Constanza supo esa voz. Supo el abrazo y el beso en la mejilla. Era Laura. Le pidió caminar hasta el árbol de flores amarillas. Constanza no pudo evitarlo y empezó a trotar. Boni le siguió el juego con una sonrisa. Y ambas corrieron a un ritmo sin competencia. “Todavía me canso, hijita”. Constanza temió y la sujetó. Boni se apoyó en el árbol jadeando, recordando que aún era cuerpo. Luego supo.

 

El cabello de mamá era blanco. Y su piel una mujer de 70 años. Constanza quiso imaginarla así, junto a sus hijas ya bordeando los veinte. Porque a esa edad, la engreída Boni se convirtió en Laura. A esa edad y quizás años antes, Laura guio a su hija, la guio en su camino hacia mujer. Almita y Esmeralda no tendrán sus consejos, su calor.

 

“Vi tu texto, hija. Elías fue un buen maestro”

“Sí, mamá. Lástima que ya no esté. Al final pude apreciarlo. Tuviste un gran maestro”

“Hija, ¿por qué aún no me dejas ir? Me sigues llorando”

“Porque te extraño, mamá”

“No te aferres, hija. Este lugar ya no es tu hogar. Es un grandioso recuerdo, pero tu hogar está con tus hijas”

“Mamá, debo estar con papá”

“Por ahora sí. Cuida bien al viejito. Juega con él. Abrázalo de mi parte”

“Te extraña”

“Lo sé, pero debe dejarme ir”

“¿Por qué?”

“Porque este mundo no es tu mundo. Es un instante congelado en el tiempo”

“Un sueño… Pero abrázame, por favor”

“Este mundo no es menos real que el tuyo. Todos a sus maneras son reales. Yo de verdad estoy acá, Constanza”

“Te soñaré siempre, mamá”

“No, hija. Tú vives allá afuera. Debes envejecer y estar con tus hijas”

“Mamá…”

“Hija, no pudiste dejarme ir. Ahora es el momento”

“Mamá, no es tan fácil”

“Yo estoy bien, hija. Hasta tengo una Regine. ¿La viste?”

“La vi, pero seguro esa es menos loca”

“Es menos loca, hija. Déjame acá”

“Mamá, ¿entonces eso tratabas de decirme?”

“Sí”

“Debes hacer tu vida. Tu vida está con tus hijas. Con tu esposo”

“Papá…”

“Tu vida ya no está con mi Nasar”

 

“No has sido una mala hija, Constanza. El amor de una madre no tiene adversario. Siempre los voy a querer más que ustedes a mí. Es lo normal. Yo te pido perdón por no estar cuando eras una niña. No jugamos como lo hacías con Nasar. O con mi Regine. Cuida a mi Regine, Constanza. Mi gordita. Cuida a Esmeralda. Cuida a Almita. Dile que pudiste hablar conmigo. Dile que siga leyendo. Cuida a mi Nasar. Cuida a Regine. Te quiero. Te quiero. Te quiero”.

 

 

 

 

 

 

 

 

Capítulo Z: adiós

 

 

¿Dónde está papá? Grita Constanza, como nunca. No está papá. No está Regine. No está Mercedes.

 

La casa se ve desolada y ella piensa lo peor. Busca la llave del carro. Piensa en hospitales. En clínicas. Hasta que encuentra una nota.

 

Llega al corazón de Lima. Donde los escaparates muestran vestidos. Donde alguna vez hubo un tranvía. Donde Laura aprendió a conocer a Nasar. Hay mucha gente. Ya no es la Lima de sus padres.

 

La niña recordó cuando en 1982 le llegaron noticias, mediante carta, del descubrimiento de un cañón debajo de una de estas calles. Los limeños se atiborraron. Recordatorio: quizás de la ocupación chilena. O de la española. O de la guerra interna que vendrá.

 

Las tiendas estaban en casas coloniales de 2, 3 o 4 pisos. Todas de fachadas de amarillo limón, el que conocía de sus viajes. El limón agrio, distinto al peruano, tan vívido y verde.

 

Las calles eran amplias, porque ahí antes pasaban carros. Tantos cambios. Y Regine comiendo picarones. A las 11 de la mañana.

 

“Con las manitos en la masa”

“No compres comida en la calle, hermana”

“Prueba. Abre boquita”

“¡No! ¿Dónde está papá?, loca”

“Se me perdió”

“Quiero ver a papá, Regine”

“Está con Mercedes”

“¿Papá está bien?”

“No sé”

“¡Regine!”

“Papá está bien. Vino a despedirse de mamá”

“  ”

“Ellos paseaban mucho por acá. Cuando ella era jovencita”

“Ahí está papá”

“¿Y ese vestido?, papito”

“Para la que pueda usarlo. Fui a comprar un vestido donde mi Boni los compraba”

“Pero no es a medida”

“Ay, la Constanza”

“Los vestidos deben ser a medida”

“Hija, ¿y cómo medimos a tu madre ahora?”

“  ”

“Constanza, quizás el vestido lo puede usar su hija mayor”

“Quizás, Mercedes. ¿Tan delgada era mamá?”

“Era delgadita. Luego ya se puso como Regine”

“¡Papá!”

“O sea, más bonita. Más fuerte”

“Mamita era fuerte. Tengo sus brazos”

“Bueno, ¿y ahora cómo nos volvemos? Hay dos carros”

“Di un número, Constanza”

“No, papá”

“Tú, Regine, di un número”

“El 2, papito”

“Te vas con Mercedes. Yo iré con Constanza”

“Ay, no. Yo quería ir contigo”

“Nos vemos en la casita”

 

 

Desayunan papá y sus dos hijas. Un domingo. Como cuando Boni estaba con ellos. Papá “decide” comer pastel y un café, y Regine trae las empanadas. Constanza atiza la mermelada. Ella prefiere un té.

 

No hay confusión de voces en mesa. Solo son 3. Recuerdan a Boni, a Elías (“ese señor era loquito”). A Balto.

 

A la abuela y sus rezos. A las niñas. A los novios.

 

El velorio, los velorios, las despedidas.

 

En tal momento, Reeyín confiesa ser la hija menos amada. Costanza la hiere: eres pesada, pero querida te amamos Mamá te amaba hija Te amaba loca Mamá me amaba Le caía mal pero me amaba Me dio un abracito La volveré a ver Los veré a todos

 

Hoy la gordita se va Vuelve a Francia A sus hijas A su vida Lejos de papá Yo voy al cuarto de papá Recuerdo A despedirme

 

 

“Ya no estoy triste, hija”

“  ”

“Recordé lo enamorado que estoy de tu madre. La sigo pensando, pero ya no con tristeza”

“Eso es bueno, papá”

“Te voy a extrañar”

“Papá…”

 

“Leí tus textos”

“ ”

“Aún les falta sorpresa. Improvisa un poco. Ya Elías te enseñó lo necesario. Haz tu camino ahora”

“Algunas cosas me cuestan”

“No incluiste los últimos días de tu madre”

“Prefiero no narrar eso. Mi mamá apenas me miraba. Apenas respiraba. Me agarraba la mano. Trataba de hablarme. Y yo le entendía, papá. Le entendía poco. Le entendía”

 

“Sus ojitos no estaban bien…”

“Debes narrarlo, hija. Sé valiente”

 

Él miraba al cielo y yo buscaba su mirada.

 

Y la mente se fue apagando, confundiendo el tiempo. Olvidando el lenguaje. Pero no aquella canción. No aquella melodía en la radio. Con vestido en mano para su amor de toda la vida. Aquella que era niña y mujer. Aquella mujer delgada y ancha. Vivaz y cansada. Con ojos fulgurantes y sellados. Con cabello negro y platino. Con juventud en la cara y depresiones. Con la dulzura de siempre.

 

El escritor murió. Pero no durmió como los demás. Él despertó.

 

 

 

 

“Hoy me siento mejor, hija”

“Papá”

“¿Eso es malo, no?”

“No, porque podemos hablar”

“Hablemos antes de que venga Regine”

“Papito…”

 

“Dante es un buen compañero”

“Lo es, papá”

“Te va a cuidar muy bien”

 

“Desde mi perspectiva, muere el mundo, mueren ustedes. Mueres tú, querida hija”

“Entonces no te preocupes. Tuve una buena vida”

“¿Te dejo ir?”

“Sí, papá, es hora de dejarme ir. Vas a vivir con mi recuerdo. Vas a ser feliz. Me vas a llorar de vez en cuando, pero vas a ser feliz”

“Perdóname”

“Te perdono”

 

 

 

 

 

 

 

 

Agradecimientos

 

 

A todos los futuros lectores

 

A autores y compositores por los préstamos y mis adaptaciones
[Revelaré la lista mediante videos].

 

Este texto no necesitó IA. Los escritores siempre hemos referenciados los textos precedentes.