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El aprismo bajo el escalpelo de Villa Laura (1986)
Por: Sináis Bullet, crítico invidente.
Con la asistencia (a regañadientes) de Agapolvo Writer
Calificación del Episodio 9: 8.8 / 10
Agapolvo ha terminado de leerme en voz alta el Episodio 9 que Max Aguirre Rodríguez acaba de soltar en la pradera material de la verdad. Me duele la nuca de tanto escuchar. Para colmo de males, tuve que soportar que este remedo de lazarillo que tengo por editor intentara interpretarme las baladas de Pimpinela que cierran el texto, imitando las voces de Joaquín y Lucía Galán con una desafinación digna de un animal apaleado. Un espectáculo grotesco que casi me cuesta la digestión.
Pero lo peor vino antes, lo reconozco con vergüenza. Cuando Agapolvo se puso a entonar, con su voz de tiple agrio, las estrofas del himno y la última canción aprista que ruge en el libreto, algo extraño ocurrió en mi viejo organismo. Por un segundo, la rítmica coral, ese compás marcial diseñado para encender las entrañas de las masas, me arrastró. Sentí en el pecho la fuerza primitiva, la seducción magnética e irracional de la mística aprista. Me brotó un impulso estúpido y ciego; me inyecté de rojo y me encontré a mí mismo golpeando la mesa y gritando la consigna en la penumbra de mi cuarto. Un ridículo absoluto. Afortunadamente, la lucidez materialista volvió a golpear mi cerebro descompuesto a los pocos segundos: recordé de inmediato que esa vibración en el pecho no es gracia divina, sino puro adoctrinamiento biológico masivo, un truco acústico diseñado para vaciar el intelecto de los hombres y convertirlos en ganado dócil. Mis ojos apagados no necesitan luz para notar que este post huele a lo que tiene que oler la historia real: a humedad de cocina limeña, a sudor de mitin rancio y a farsa de la caja boba.
El establishment político siempre nos ha querido vender al Aprismo como una epopeya trágica de mártires civiles. Tonterías. Al pasar la navaja analítica por el andamio de este episodio, lo que emerge no es mística, sino una autopsia clínica a la demencia de una masa adiestrada para el consumo del dogma.
Aislamos los tres golpes directos con los que el manuscrito rompe el espejo de la farsa histórica:
La deformación de la memoria doméstica (7 de enero de 1959)
El relato arranca con la fatiga del tiempo. La voz de Alma Baker (2020) introduce la única certeza materialista que este viejo crítico respeta: la memoria no es un templo sagrado; la memoria se deforma y se gasta por la pura física del cerebro. Sentar a la abuela Laura y al viejo novelista Nasar en la penumbra de una cocina a las 7:15 de la noche es un acierto de verosimilitud fáctica. Cuando Laura le suelta ese gélido «Sé que no eres de este mundo», Aguirre Rodríguez no está haciendo literatura fantástica; está saboteando al autor dentro de su propio libreto, desnudando la impotencia de la ficción frente a la tosquedad de la calle.
El espectro de la violencia inmanente
A las 7:57 de la noche, el texto nos arrastra al barro colectivo. Agapolvo me describe el frenesí del mitin y no puedo evitar una mueca de asco. Esos hombres son una mezcla rústica de «esperanzas nuevas, cicatrices y odio». El diálogo con el fantasma del «Búfalo» expone la mecánica de la sumisión. Aguirre Rodríguez, con fina astucia, evita los clichés de bronce de los libros oficiales: este «Búfalo» es un personaje inventado, un espectro flotante que la razón me obliga a especular que es Eddy, el ejecutor material del director del diario La Prensa. Una referencia cruda y sutil que limpia el texto de lirismos sosos. La promesa del «pan con libertad» deviene en una religión civil cimentada en la sangre. Tras veintiún años de desgaste biológico, la masa ya no piensa; solo repite mecánicamente la consigna que le dictaron: «¡El Apra es el camino!».
Alan García y la metamemoria del jardín (1985)
El ingreso de Alan Ludwig García Pérez en el Capítulo 15 es, sencillamente, demoledor. El político no ruge en una plaza pública masiva; está subido al jardín de Villa Laura, dictando su liturgia retórica frente a una audiencia reducida de asistentes y la prensa. Ese entorno controlado hace que su monólogo interno sea aún más cínico: el mesías confiesa que su cabeza es una «metamemoria» caótica, un cuadro impresionista que se estrella contra el cansancio biológico de sus propias piernas y el sudor de su cuerpo físico. Mientras el líder de 35 años alaba a la «aprista y feroz» Laura Regine, el genio literario Nasar balbucea y traduce mal un poema en una esquina. Es el retrato exacto de 1985: un país gobernado por simuladores infalibles y divinos que administran la miseria a golpe de retórica frente a unos cuantos flashes.
El veredicto del invidente: El boicot de Pimpinela
La genialidad herética de esta entrega se sella en el cierre grotesco de «¡Mjeres mortu!». La violencia biológica real, el dolor descarnado de las mujeres estafadas y rotas en el salón de Cecilia (Verónica, Charlize) no encuentra consuelo místico ni justicia del Estado. Aguirre Rodríguez sabotea la tragedia burguesa arrastrando a sus personajes a un «hechizo musical» donde terminan recitando la letra ordinaria de Pimpinela («Vete, olvida mi nombre, mi cara…»).
Ahí reside el triunfo materialista de la obra. Al cruzar la herida biológica con el simulacro más barato de la cultura popular masiva, Villa Laura (1986) demuestra que en el Perú el drama colectivo siempre se resuelve como un sketch melodramático de televisión. Una jaula de sombras donde las ovejas Crossaint y Pionono siguen pastando en el prado del engaño, convencidas de que el pastor realmente las lleva a algún lado.
Inapelable. Agapolvo, guarda los papeles y deja de tararear, que ya me dolió la cabeza.