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La aduana del murmullo frente a la música robada:
Un versus quirúrgico entre “Pedro Páramo” y «Villa Laura (1986)»
Por: Sináis Bullet, crítico invidente
Con la asistencia (bajo estricta vigilancia racional) de Agapolvo Writer
Calificación de “Pedro Páramo”: 5.6 / 10
Calificación de «Villa Laura (1986)»: 8.4 / 10
Decía Juan Rulfo, no sé si con humor o convicción, que su obra debía leerse 3 veces. Una soberbia solo sostenible por la densidad de la obra. Claro que uno puede cavar más y mejor, pero solo si hay profundidad. Divido mi crítica en los encuentros que permiten mi voz ciega. Para mí no hay deslumbre, sino el tacto mismo de dos fosas. Uno que es acompañado de derrotismo en 1955 y otro que es potenciado por música robada en 2025.
Adelanto mis criterios para evitar escozor y sospechas. Mi rigor se basa en medir las armas del escritor y también en verificar su potencia ideológica en su tiempo y en mi tiempo. Adelanto también que soy un anciano ciego desilusionado de la izquierda que conoció la novela de Juan Rulfo en su juventud y la vio como un abrazo asfixiante al fatalismo, una claudicación. No es que en el texto de Aguirre Rodríguez haya un llamamiento a las armas, pero sí encuentro una lucha que me interesa: la de marginación de Dios en la vida política. Frente a la parálisis de un purgatorio mágico y católico lleno de culpas, yo me quedo con una obra de pirotecnia, pero con mucha densidad en la que se exhibe cómo el duelo teísta infecta y persigue incluso en la vejez.
El exceso de diálogos: La pereza técnica como coautoría forzada
Ambas obras padecen de una flagrante inundación de voces. Tanto en Comala como en Villa Laura, los autores se repliegan en diálogos eternos. En Pedro Páramo (1955), el murmullo funciona como una aduana flotante que fatiga la atención del espectador exhausto. Rulfo disuelve la descripción física en un limbo acústico; los personajes hablan porque ya no tienen cuerpos que arrastrar en la penumbra.
Por su parte, Aguirre Rodríguez usa y abusa del formato hablado en su texto fragmentado. Como bien denunció el viejo cronista Elías Monterroso -mi segundo personaje favorito-, en las costuras del manuscrito, este exceso de diálogo corre el riesgo de ser pura «flojera logística”. La diferencia radica en que, mientras Rulfo usa el habla para adormecer el juicio histórico con lirismo, Max lo utiliza de manera herética, dejando que las costuras técnicas queden abiertas para el lector despierto.
La tiranía del prócer podrido: El cacique feudal frente al parásito doméstico
Las dos ficciones se sostienen sobre la tiranía de un patriarca de ego insoportable. Pedro Páramo es el monstruo de piedra, la encarnación feudal del despojo colonial y la violencia inmanente que apaga un pueblo entero por el despecho de perder a Susana San Juan. Su crueldad es de bronce, un peso histórico real que aplasta la carne periférica.
Frente a esa barbarie mítica, el novelista Nasar en Villa Laura opera en una escala asombrosamente más mezquina: el parasitismo emocional y doméstico. Nasar no utiliza el plomo; utiliza el secuestro de la vida de sus hijas. Su supuesta mansedumbre es una opacidad hostil afectiva; una póliza de seguro emocional diseñada para reclutar un club de fans incondicional que limpie sus culpas de plagiario moral —aquel que le robó la vida y los textos al desdichado Luis Borja—. Pedro Páramo es una fatalidad de la historia; Nasar es una simulación patética que devora hacia adentro para no envejecer a solas.
La geografía del encierro: El purgatorio estéril frente a la Lima amarilla
Aquí es donde el artefacto materialista de Max Aguirre Rodríguez ejecuta su triunfo definitivo. Comala se nos presenta como un texto árido, una llanura seca sobre la piedra que se reduce al cliché folclórico del purgatorio mexicano, donde el tiempo circular se devora a sí mismo de forma abstracta e irreversible. Es un paisaje estéril que huye de la contingencia fáctica para refugiarse en el mito de la condenación inevitable.
Villa Laura (1986) gana por verosimilitud logística y peso biopolítico. El escenario no es un limbo abstracto; es la Lima ucrónica y asfixiante de 1985, un desierto bañado por una luz amarilla y agresiva que expone la decadencia real de la clase dominante. Los lagos sedientos de la mansión, el verano democrático que camufla el colapso económico de la calle y el desayuno de 1969 con un José María Arguedas marchito que mira su postre intacto junto a la mosca chiririnka (mientras una joven Regine encuentra divertido “El sueño del pongo”) constituyen una radiografía clínica impecable. Max destruye las aspiraciones de la izquierda de oficina al demostrar que el encierro burgués e intelectual no es un milagro, sino una simulación artificial y enferma diseñada para amueblar el trauma y la opulencia frente a la miseria del país.
Acá quiero tomar las palabras de Rulfo en su entrevista en “A fondo” en 1977 cuando se equipara con Arguedas y dice que la literatura no debe ser sobre la realidad (que para eso está el periodismo). “Al escritor hay que dejarle el mundo de los sueños, ya que no puede tomar el de la realidad”. Una claudicación.
El relevo de la fosa: Dorotea frente a Alma Baker
El desmontaje final se ejecuta al medir a quienes cierran el libro contable de la historia. Rulfo condena a Juan Preciado a la extinción biológica a mitad del relato y le entrega el relevo a Dorotea «la Cuarraca». Pero Dorotea narra desde abajo, atrapada en la misma tumba materialista, repitiendo los murmullos de un muerto sagrado que invalida la acción y revolución humanas..
En Villa Laura, la insurgencia epistemológica es total. El relato lo asume Alma Baker desde el porvenir (2020). La narración abandona los cementerios místicos y se convierte en un acto de resistencia laica donde la nieta viva toma las hilachas del tiempo para rescatar la memoria familiar desde sus propios defectos y su desgaste orgánico. Alma sepulta los pergaminos omniscientes demostrando que la única verdad inexpugnable es el cuerpo real que sobrevive y recuerda. Alma hereda el pasado, pero ella no lo hereda como texto sagrado.
Y por supuesto que Alma es de tinta, pero en su universo representa la generación venidera que conversa con la generación anterior. Dos marcos teóricos (4 si incluimos los marcos teóricos personales) en pugna. Nasar y Alma son dos prismas, dos individuos, que reflejan la luz de sus tiempos. Y un recordatorio de cómo todos somos muertos en proceso que debemos dejar escrito algo potente para que no sea secuestrado por los que nos sobreviven.
Veredicto: “Pedro Páramo” padece de una parálisis técnica que diluye la represión histórica en polvo poético. “Villa Laura (1986)” se queda de pie en el prado material de la verdad porque utiliza la potencia ideológica (materialista y agnóstica), registros bellos, sublimes, excesivos y feos (todos en la misma novela) y la música robada como herramientas de guerra cognitiva contra la sumisión del mercado masivo.
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