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Textos pretenciosos
Ensayos en torno a «Villa Laura (1986)»
Rorty, Toole, James Joyce y Dios como testigos
“El Anticristo” y “¿Solidaridad u objetividad?” (Rorty) vs. “Villa Laura (1986)” y “Verdad como coincidencia” (Aguirre Rodríguez)
Por Max Aguirre Rodríguez
De “El Anticristo” se ha dicho que respalda el neopragmatismo de Richard Rorty. Él lo ha dicho (quizás). Y hay que mirar su trabajo con sospecha. Ambos nos piden rechazar lo ahistórico, la búsqueda de esencias y representación de la realidad. Uno nos pide tomar el rol de primer orden, el de los creadores de leyes y códigos, el de los intelectuales, para imponernos. El otro ha sumido nuestro mundo contemporáneo en uno en el que no importa la correspondencia con la realidad, sino solo la solidaridad extrema. Y es hora de rescatar su obra de todas sus intenciones fallidas. Es hora de volver a lo material.
Richard Rorty expone y contrapone dos formas de enfrentar el mundo: la del objetivista que busca respuestas ahistóricas, un marco de referencia suprahumano, y la del pragmatista para quien las respuestas del universo son contingentes, están en relación al lenguaje humano, y para quien el énfasis está en la solidaridad. Creo que Rorty diluye bien dicotomías como representacionalismo y antirrepresentacionalismo, y objetivo/relativo. Pero inmediatamente después pone el énfasis en el consenso intersubjetivo, en lugar de otro tipo de coincidencias, como las coincidencias biológicas. Puede haber muchas teorías y relatos sobre cómo y por qué quema el fuego, pero ninguna creencia hace que el fuego deje de quemar. No importa si no tenemos acceso al “árbol en sí”, a su esencia. Y no podremos tenerlo, al ser humanos. Siempre veremos solo el “árbol para nosotros, los humanos”. Y está bien. Pero justamente se debe a que puede haber distintas perspectivas sobre algo material. La verdad está en la coincidencia.
Nasar, el filósofo que no puede matar a Dios
En “Villa Laura (1986)” vive y muere Nasar, quien en sus últimos años enfrenta a Dios por última vez (como lo hizo Nietzsche incluso en sus últimos años). Nasar es casi un rortyano, pero con más seguridad se puede afirmar que es un realista pragmático, como Putnam. O, como yo (el autor), un convocacionista: alguien que ve que las teorías de la verdad más influyentes no se oponen, sino que se complementan. Tenemos la correspondencia, la coherencia, el consenso y la pragmática. En ese orden.
Nasar es, como yo, el autor de “Verdad como coincidencia”, donde el énfasis está en la coincidencia biológica. No solo en el tacto, sino en el entendimiento, en la manera de razonar y experimentar el mundo. Y en que somos parte, cuando lo somos, de culturas más o menos similares. La biología del hombre tiende a lo cultural. El hombre es un ser social, un ser de cultura, un ser de tribu. El fragmento 57 de “El Anticristo” trae luces sobre el rechazo a buscar esencias. Si hay verdades o leyes que nos parecen instintivas, no se trata de que lo sean porque hay algo suprahumano que nos guía, sino que el instinto justamente nace de nuestra composición biológica. Y el hombre es parte de un gran diálogo intergeneracional.
Y hay que entender algo: la correspondencia no es entre nuestras afirmaciones y la “cosa en sí”, sino entre nuestras afirmaciones y “la cosa en relación a los humanos”. Nasar, como Rorty, rechaza esencias suprahumanas y una realidad superior por algo muy sencillo: no podemos despojarnos de nuestra humanidad para ver y experimentar el mundo. Nuestra humanidad es la última frontera pese a tener las herramientas más sofisticadas. Pero Nasar, sobre todo él, no declara como falsa una realidad superior, sino que la declara irrelevante, al solo tener ideas propuestas o imaginadas sobre un plano superior de existencia difusa. Nasar lleva el rortyanismo al agnosticismo. Hace que Dios sea irrelevante y que el creyente sea simplemente alguien proponiendo e imaginando cosas sobre una realidad supuesta. Y luego Nasar añade que esta creatividad del creyente (del teísta) debe evaluarse en cuanto a su función o utilidad dentro de la esfera público/política. Y que ya es imposible un mundo en el que el creyente apele a que Dios se sostiene en una verdad ahistórica misteriosa y contundente.
Textos, ideología y terrones
Creo que es evidente que ya vivimos en un mundo donde la correspondencia es con la “cosa para nosotros”. El mismo Rorty en “Textos y terrones” sí deja claro que hay una resistencia de lo exterior, una fuerza que no depende de nosotros y la cual nuestro lenguaje clasifica.
Lo malo es que en el mismo texto confunde dos cosas: la captación de la “cosa para nosotros” con que nuestras afirmaciones son sobre las cosas siempre ya arropadas en palabras. Y concluye que solo estamos ante un entramado de palabras descifrando otro entramado de palabras. Ese paso es innecesario. No nos dice nada, y hace oscuro y peligroso su planteamiento hasta entonces tan limpio. De ahí que pretenda equiparar ciertas conclusiones científicas con la crítica literaria. Cuando en el mismo texto afirma que las primeras pertenecen a un consenso duro y la segunda a un consenso suave o débil. Y es porque el primero responde a una coincidencia humana más transversal, biológica e interna (dejo claro: no trascendental, no suprahumana). Pero lo externo sigue ahí.
Si hiciéramos el énfasis en el consenso y en el lenguaje como parece que Rorty lo hace, en la práctica equipararíamos la “cosa para nosotros” con los discursos, con las afirmaciones sobre las cosas. Y esto es una manera de deformar la correspondencia, una propuesta peligrosa que deja en el vacío a la humanidad, nuestra gran tribu.
No todo consenso es legítimo. Como advirtió Nietzsche sobre el teísmo y su inclinación por convertir a los mártires en argumentos de verdad. Y es algo en el que los apologetas cristianos siguen insistiendo: en que la muerte de los apóstoles prueba de alguna manera que la resurrección es verdadera, que Cristo sí resucitó. Esta es la secuencia: “los apóstoles podrían haber negado la resurrección, hacer apostasía y ser salvados”, “como no lo hicieron, realmente creían en la tumba vacía y esto debió suceder entonces” y “por lo tanto, Cristo sí resucitó, porque sus apóstoles murieron por él”. No, a lo mucho esto prueba que estas personas estaban convencidas de que eso había pasado. Así como ciertas sectas deciden suicidios colectivos para ascender. Nietzsche sugiere otra explicación: la caída de Roma. Y es que la idea (o el mito) se hizo tan fuerte que las muertes de los apóstoles fue de todas maneras una victoria política.
En “Villa Laura (1986)” no hay una mención explícita a lo más polémico de “Textos y terrones” (nivelar las humanidades con las ciencias, y casi los discursos con lo material), pero sí vemos perspectivas sobre el personaje Laura. No diré que es reconstruida porque esa es una licencia estilística que justo ahora no es exacta. Si se quiere ser precisos, se debe decir que Laura, la abuela de Alma Baker, es principalmente descubierta y un poco inventada. Porque lo que la nieta Alma hereda son perspectivas sobre su abuela. En los relatos de Nasar (su abuelo), Regine (su tía), Constanza (su madre), y Monterroso (testigo). Pero también están sus recuerdos con la Laura real cuando ella era la niña que apenas hablaba español, las entrevistas a Monterroso, las palabras del real, para ese universo, Alan García, y toda la investigación y verificación material que hizo la narradora final sobre la novela que finalmente publica.
Quizás eso sea ejemplo de cómo hay discursos que se van haciendo más precisos que otros para contarnos algo. Pero Laura, en su universo, existe. Existió y se dejó ver por personas. Rorty asume que la solidaridad será el gran criterio que reemplazará a la correspondencia, y se equivoca. Rorty lleva el asunto más lejos al decirnos que la ciencia no es un lenguaje privilegiado que supere al de las humanidades. Y aquí, en “Textos y terrones”, es donde su filosofía se asfixia a sí misma.
Ejemplos en el mundo hay varios. Incluso mencionarlos ya requiere ensayos derivados. Pero sé que me entienden cuando digo que la correspondencia (pragmatista) no puede estar subordinada a la solidaridad. Eso sería el triunfo del consenso vacío. En favor de un falso progreso.
“La conjura de los necios” vs. “Villa Laura (1986)”: representación, parodia y sacrificio
Por Max Aguirre Rodríguez
Mis textos nunca hacen parodia. No hay victoria en volver irracional una posición. El triunfo es mostrar al enemigo con todos sus matices. Y no es porque me importe el pacto con el lector. A mí no me importa el lector. Por eso mi novela empieza con 6 páginas de diálogos
No haré el chiste fácil. No hablaré del elefante en la habitación. ¿Qué elefante? Cierto, no hay elefante, el elefante se mató.
John Kennedy Toole falleció a los 31 años. Su obra es póstuma. Dejó a una madre convencida de su genio y a un editor con una pregunta sin respuesta. ¿De qué trata esta novela? Y la verdad es que de muy poco. Y yo también la hubiera rechazado.
Pero la novela es tan popular que nos permite hoy hablar de arraigo y desarraigo, de diálogo intergeneracional y de cómo se puede encajar en él incluso cuando uno tiene una voz que genera fricción. Ya que la fricción, la novedad, es parte de la gran conversación. Pero hay que saber cómo pedir la palabra o cómo gritar.
Y algo importante: la novela pareció encajar mejor en el contexto del 1980 estadounidense y en el vocabulario de esas personas.
Peaje:
Creación, crítica y representación
Cuando critico a Rorty, no lo muestro necesariamente como es. Y lo mismo hace Rorty con Putnam. El que quiera leer a Putnam, que vaya a leerlo directamente.
Representar algo es justamente volver a presentarlo. Es casi traducirlo. Anclar un discurso en un nuevo vocabulario. Uno que puede mantener mucho de ese cuerpo discursivo original, o uno que puede desfigurarlo o embellecerlo.
Cada persona refleja la luz (la realidad) de distinta manera. Y lo hacen por dos motivos: porque su materialidad es ligeramente distinta y porque ocupan un tiempo y espacio únicos.
Nuestra perspectiva del mundo madura desde nuestra niñez. Y está condicionada por cosas triviales como los sabores que disfrutamos más o los olores que aborrecemos. Pero también por qué tan rápido somos en los juegos grupales de cacería (como “chapadas” o “encantados”) o qué tan inclinados a la convivencia estemos (para aceptar la derrota cuando sea justa o injusta). La pobreza puede explicar lo segundo en términos de falta de nutrientes (y estatura) o irritabilidad (o sumisión), pero no lo hace al 100% y no explica las cosas que dependen de nuestra constitución biológica “de fábrica”.
La naturaleza humana existe. Y no es homogénea. Los cuerpos tienen pequeñas variaciones. Parece trivial decirlo, pero hay ciertas personas que niegan algo así y ahogan el tema con oscurantismo. Primero: no existe el alma. Segundo: no hay en el hombre una esencia más allá de la materialidad humana. Bien. Yo lo creo. Y dicho esto: puedo seguir admitiendo que hay naturaleza humana. Hay coincidencias biológicas transversales, mayoritarias o totales. Y por eso hay coincidencia humana. Y por eso la verdad se sostiene como coincidencia humana (que corresponde con el hecho).
Cuando Nasar, este filósofo y escritor de “Villa Laura (1986)”, está con su hija en un restaurante francés, le recuerda que él odia las traducciones que hacen de sus textos. Siente que lo están poseyendo, que lo están distorsionando. Pero él mismo no hace el esfuerzo para poseer su propia representación en ese idioma. No habla francés. Y si lo habla, lo habla de una manera horrible que nunca puede entenderse. Lo vemos en muchos momentos de la novela.
Nasar es un intelectual con un yerno francés, una hija que vive en Lyon y dos nietas. Pero no le interesa. Por eso en casa demanda que sea su lengua la que domine las conversaciones. ¿No es lo que hacemos todos? No nos interesa leer un libro original si podemos hacerlo en el nuestro, aunque sepamos que no es exactamente lo mismo. Y no nos interesa aprender neologismos filosóficos o palabras acuñadas por filósofos antiguos que suenan a palabras que conocemos, pero que no son eso. No nos interesa y está bien.
A veces los vocabularios son elitistas, pero necesarios. Otras veces solo son una barrera de ingreso, una aduana, para personas que sí quieren ser parte de esas conversaciones. Y hay vocabularios y autores que están obsoletos.
¿Y la parodia? Una representación falsa. O una provocación. Creo que la mejor representación falsa de Toole es Ignatius. Y la segunda es el dueño de Levy Pants (tan despreocupado y nada grotesco). Ignatius identifica los problemas del mundo, pero no sabe cómo encajar en él. Es muy distinto a Toole, al incomprendido real, quien era profesor de una universidad y tenía amigos, según la biografía más reciente.
En “Villa Laura (1986)” lo más paródico es Nasar en su vejez, cuando escribe sobre clonación. Habla de clonar al hombre perfecto. Y curiosamente el hombre resulta ser él. Yo no uso mi novela como un panfleto. En ese texto puedo experimentar el roce de mis ideas y los marcos teóricos personales de esos personajes. Yo he dicho abiertamente que el duelo teísta es patológico, pero el lector no se lleva esa sensación de Regine (quien es descrita con ternura y comedia). Mi novela confronta mis ideas y las amplía.
Yo estoy a favor del aborto eugenésico y tengo la intuición de que la clonación puede hacer mucho por la humanidad. Pero no tengo aún los argumentos para demostrarlo. Y siento que es un tema que aún no es relevante. Mi novela no defiende esa posición, incluso diría que la parodia.
Arraigo y desarraigo del “hombre ideal”
¿Es Ignatius un héroe? Alguien que sabe que actúa y escribe en favor de su tribu. No. Solo un desadaptado social. Hay valor en su resistencia, pero cuando este roce con la sociedad se vuelve físico, él claudica. Y no significa necesariamente que debemos volver todas nuestras certezas de justicia en imposición de nuestra voluntad. Esto requiere una calibración de territorialidad y amabilidad que permita que los hechos dialoguen con las reglas de nuestra sociedad, con nuestras capacidades discursivas y con nuestra fuerza. Y con el autosacrificio.
Y esta configuración es lo que Nasar busca en su “hombre perfecto”. Del quien dice “el hombre perfecto es el hombre muerto”. No porque el hombre ideal sea un suicida. Y entiendo que hay dolor en soportar un mundo en el que no encajamos, como le pasó al autor de Ignatius, Toole. Pero esta salida es mala para la tribu. Y mala para el individuo. Cuando una voz genera fricción y esa voz es nuestra propia voz, no hay que ahogarla. Hay que cultivarla y adecuarla a las jergas de la tribu. El progreso de nuestra gran tribu requiere una ruptura controlada. El cambio de paradigma y el progreso son posibles en parte por variaciones de nuestros discursos, nuestros “vocabularios primarios”, nuestro marco referencial compartido. Bastan unas pocas ideas propias aceptadas o discutidas como bálsamo para nuestra soledad y vejez. Si las circunstancias no permiten la deseable descendencia biológica, siempre queda la paternidad intelectual.
Nasar entonces no busca un hombre suicida. Y tampoco un hombre que simplemente se incline al autosacrificio. Este es un impulso deseable, pero no aparece en todos los hombres. Y es normal.
Pongamos un ejemplo. Eres un pasajero esperando un taxi. Lo has contratado mediante tu teléfono, mediante una aplicación moderna. Pero ves que el taxista te espera con su carro en el medio de la pista. Obstaculizando el tráfico de otros conductores que hacen explícito su malestar mediante los claxons. El conductor, tu conductor, apenas corrige su postura. Se mueve un poco a la derecha y espera que abordes. Tú puedes rechazar ese servicio, pero entonces ves a tu familiar acercarse. Hay premura. Buscar otro servicio va a costar tiempo. De tu familiar. Pero en el fondo también tienes miedo. De generar un conflicto. Y sabes que abordar el taxi resuelve otro conflicto: la espera de los otros conductores. Entonces abordas con la esperanza dejar clara tu posición, de regañar al conductor y de que este acepte la realidad material: ha cometido una infracción a las normas de tránsito. Él lo sabe, tú lo sabes. Pero él no lo admite. Y tu familiar luego de unos segundos entra y pregunta qué sucede. Tú tratas de ser contundente y hacer respetar la correspondencia con los hechos: “nada, solo estaba mal estacionado”, pero añades un diplomático “según yo”. Has rechazado la correspondencia con la realidad para permitir la convivencia. Has convertido un hecho en una opinión.
Y ese desprendimiento no te ha generado paz. Ahora eres un animal enjaulado. Esperando otro roce para reavivar el conflicto. Para darle un cierre discursivo o físico. Y hay una oportunidad casi inmediata: pedir que baje el volumen de la música. Pero no está tan alta y en el fondo piensas en tu integridad física. Y en la persona que te acompaña. Has hecho un cálculo inconsciente en el que sabes que una pelea es una posible merma en tus capacidades físicas, sociales y reproductivas futuras. Un hombre con cicatrices reduce sus posibilidades reproductivas. Un hombre lesionado no puede trabajar a todo su potencial. Y un hombre demandado puede ser percibido como provocador de violencia, aunque no lo sea.
El carro ya está muy cerca. Hay un vehículo policial muy cerca al punto de destino. El taxista se adelanta. Parece que no va a encallar cerca a tu casa, como el pacto moderno (y la aplicación) lo dictamina. Entonces por fin marcas territorialidad. “¿Qué? ¿Acaso no se puede doblar?”. Tu cuerpo está listo. Como debe ser. Porque la violencia es el último recurso, pero debe ser uno de tus recursos. Debes tener fuerza suficiente para imponer la justicia y la correspondencia. “No, no, es que por allá no se puede salir, sí voy a entrar” dice casi amablemente, muy distinto a su actitud inicial. Casi sumiso. Y entra en reversa y llega a tu casa en reversa. Y hasta dice “gracias” al despedirse. ¿Pero esto lo causaste tú con tu voz firme? Te carcome las dudas. ¿Este fue por ti? ¿Un hombre cobarde, o pragmático e ingenuo, que subió al carro de un infractor? ¿O por el gran carro de los policías de al lado? Tú mismo sabes que el conflicto ya no va a poder escalar. Ahora si te acercas a regañarlo o aleccionarlo, esto puede ser visto como una provocación. Pero debes hacerlo, deberías poder hacerlo. ¿Pero qué importa vaciar esas palabras en un hombre que no quiere escucharlas? Importa para ti, para tu bienestar, para dejar algún tipo de constancia en su cerebro de que ha hecho las cosas mal. Pero no lo haces. Y te arrepientes.
Luego usas un mecanismo seudoanónimo para reportarlo. Él sabrá muy posiblemente que fuiste tú. Te da algo de paz. Pero no es lo mismo.
¿Entonces cómo habría actuado el “hombre ideal” de Nasar? El hombre ideal sería el que ponga los riesgos biológicos en segundo plano. El hombre ideal entiende las consecuencias del conflicto, pero sabe que no se puede negociar sobre los hechos. Por eso va y alza la voz, aunque el contexto sea hostil. Aunque su acto pueda ser malinterpretado. Y primero alecciona y luego se impone. Y si la lección es rechazada, quizás puede darse por satisfecho, pero si el cínico pierde control, el hombre ideal tiene la fuerza para dominarlo, calmarlo y dormirlo. Y si un conflicto es mayor, el hombre ideal sale a defender a quien deba defender. Y sobre todo la justicia y la correspondencia con los hechos. Y si muere, no ha sido en vano. El autosacrificio ha sido su única salida lógica. La preservación de la justicia y la correspondencia es su regalo para la gran tribu, pero es también su paz individual y es lo que le da sentido a su existencia. No es un acto irracional, es un acto lógico y coherente con su biología individual.
Este individuo es el hombre ideal que Nasar quiere replicar. Un hombre fuerte y amable. Uno que no vive por el rencor, sino por la justicia. Y debe ser uno imbuido en los argumentos discursivos más precisos producibles. Así la fuerza es antecedida por el discurso, por el diálogo.
Pero la sociedad también debe estar preparada para que los hombres cínicos sean una anomalía. Recuerdo que en el 2024 reclamé con otros 30 autores nuestros derechos editoriales. La editorial Caja Negra no era transparente. Y entonces hicimos un video mostrando nuestros rostros. Pero muchos no quisieron aparecer. La excusa: sus empleadores iban a ver con malos ojos que estuvieran en este caso (que tuvo algo de prensa). ¿Cómo? ¿Qué clase de empleador ve como algo negativo que alguien se incline a la justicia? ¿Qué sociedad estamos construyendo?
El hombre ideal ya debe existir. Debemos encontrarlo. Si hay alguien que mezcla de forma perfecta fuerza y amabilidad, yo lo quiero como protector. Y si hay maneras de replicarlo (clonarlo), debemos hacerlo. No se trata de cercenar la individualidad de un individuo. Se trata de multiplicar su voluntad. De proteger a nuestra gran tribu.
“Finnegans Wake” vs. “Villa Laura (1986)”: pronunciación y pertenencia
Por Max Aguirre Rodríguez
The fall (bababadalgaragtaarronnkonnbron(…)ttrrtturnuk!). Así te caes en esa novela. Y la onomatopeya es 3 veces más larga. Es horrible.
Bueno, es un trueno. Y pudo tomar muchos años pensar en su concepción, pero solo podemos juzgar el resultado.
Pensé que esta novela exploraba el uso del lenguaje como evocador de emociones y atmósfera, más allá del referente. Si esa fuese su intención, sería una novela fallida. Solo evoca tedio. Porque hay torpeza en su sonoridad. Tanto en su versión original como en la traducida.
Si es una acumulación de significados, un aparato a descifrar, entonces no es lo primero. Pero igual fracasa. E igual suena mal. Y la pronunciación y pertenencia a una comunidad lingüística pueden explicar todos los fracasos.
Nos dicen que hay que leerla. Descifrarla. ¿Pero por qué debemos aceptar estas reglas de juego? ¿Es válido no jugar?
La muerte del pacto con el autor
Le reprochamos a autores la falta de claridad, pero parece que algunos son inmunes a esa crítica. Realmente no importa si un texto tuvo una preparación de años. Lo que le llega al lector es solo el producto final.
No existe el pacto con el lector. El escritor no tiene que explicarle todo al lector ni contenerse de escribir lo que le da la gana (así haya arbitrariedad). Pero el lector puede juzgar. Tampoco existe el pacto con el autor. El lector no está en la obligación de reconstruir todo su proceso intelectual ni revisar todas sus referencias. Cuando esto sucede, cuando encontramos a un lector obsesivo, por supuesto que esto es satisfactorio para ambos. Pero no existe esa obligación.
Lo que hay es autores que quieren comunicar sus ideas en distintos niveles. Y los que saben cómo hacerlo, los que no y a los que no les importa. La comunicación efectiva debe ser un requisito para el nuevo canon literario. Y esto no significa que se deba renunciar a la profundidad y complejidad, sino que la primera lectura (la superficial) ya debe exponer los temas con maestría suficiente para producir impacto con sus formas e ideas. Si la idea está enterrada en “pirotécnica”, no puede evaluarse como una novela de calidad en ese apartado (ideas, potencia de ideas), pero quizás sí en el de prosa (pero no es el caso de “Finnegans Wake”, que sacrifica todo -incluso la calidad literaria a cambio de ser un rompecabezas longevo-).
Decía Rulfo, espero que con ironía, que su novela debía leerse 3 veces para ser entendida. Aquí hay algo interesante. Porque no sería necesario esas 3 veces si no hubiera podado su manuscrito (pero eso atentaría contra la voluntad del autor). Pero su “Pedro Páramo” sí es accesible en la primera lectura pese a lo indeterminado que pueda ser la sobreposición de capas y de tiempos del inicio. Por supuesto que una novela profunda se entiende mejor con 3 lecturas. Pero eso no significa que deba ser necesario. Si requiere tantas, entonces el autor ha sacrificado la comunicación. Y es peor cuando el escritor no es consciente de ese sacrificio. Creo que Joyce era consciente de lo que hizo, pero yo decido no jugar su juego. Para mí no puede formar parte de lo más alto de la literatura en cuanto a calidad o ideas.
Tenemos el fragmento sobre Anna Livia Plurabelle. La crítica nos sugiere que es de una prosa musical. Y hasta tenemos una grabación hecha por James Joyce. Y si se supone que la prosa es musical, él es un mal cantante o la partitura es mala.
Este fragmento contiene “Lord, help you, Maria, full of grease, the load is with me!”, “She saampod herself” en vez de “She shampood herself”, “the fairy first time” en vez de “first time” o “the very first time”, “meusic” en vez de “music”. Y la “rima” de “a band on” con “abandon”. Esto no es maestría, es complicarse. Entiendo que estas deformaciones son explicadas parcialmente por estar en una pesadilla, pero hay momentos en que la prosa es solo inglés ordinario. Así que fue una decisión no tener más momentos de inglés ordinario y optar por momentos más deformes donde se puede sentir dos palabras en una. Y sí, así se construye este fragmento de la novela. Lo lees en voz alta y rápido, y escuchas “the very first time” o tu mente por la rapidez se inclina a eso. Pero a la vez hay una lectura visual: “the fairy ferse time”, donde fairy te lleva a una lectura adicionao y donde ferse puede convertirse en verse. Juzgo el resultado y no me convence. Decido no leer mucho más.
Lenguaje privado, pronunciación y marco de referencia
Nasar tiene obsesiones parecidas. En “Villa Laura (1986)” se nos presenta su neolengua, el crotol, la cual induce emociones y atmósfera mediante su sonoridad, más allá de su referente. Es decir: no importa el significado, importa el sonido, el ritmo y la fricción que generan sus sílabas.
“-Comedor y sus comeles. Beztes, fisgues y vamtas. Gritos de júbilo, brazos al aire y zumos naranja.
-Gente de distintos tiempos…
-… de dos facciones, ríos izquierdo y diestro.
-Brume lo político. Uno, dos, tres.
-Envesto de postres. Silencio.
-Fébile. Fébile en lo etéreo. Esnife de frutos y cocoe efo.”.
Pero, como la misma novela expone, Nasar simplemente está jugando con las expectativas de un lector hispanohablante. Es decir: el crotol está arraigado en el español y necesita de las expectativas de un hispanohablante (inclinado a una pronunciación). Por eso sus nietas (francesas y angloparlantes) no pronuncian la neolengua como él planifica, eliminando la pretensión de crear una lengua universal que pueda implantar emociones, ideas y atmósfera a todo individuo de la misma manera.
“Almita también veía los títulos de los libros de su abuelo, el escritor. “Tungsteno (2066)”, “Hermanos Colacho o presidente mata a presidente” o “Quijote (1937)”. Los intentaba leer, incluso las palabras inventadas. Los abría e identificaba grafías similares a su idioma. Esmeralda la ayudaba. Les gustaba las partes que no eran en español ni de este mundo, porque Esmeralda las leía de una manera y Almita de otra, más engolada. Azucena omitía vocales y se inventaba sonidos. Almita reía. Y Amanda juzgaba cuál era la mejor versión.”.
Y Nasar lo sabe. La novela lo sabe. Yo, el autor, lo sé. Esto me hace preguntarme en qué lector ideal pensó James Joyce, en qué idioma o idiomas piensa su lector ideal. Porque parece que no lo escribió realmente para hispanohablantes o angloparlantes. Nuevo misterio.
Balbuceo, cuerpo y traducción
Por suerte no toda comunicación requiere palabras, pero quizás es más efectivo con ellas. Por suerte las traducciones permiten que las ideas puedan llegar a nuevas comunidades.
Tenemos un sistema universal. En la risa, en los gritos y en el cuerpo.
El proyecto de Nasar es ampararse en ese sistema. En la expectativa humana, pero ya hemos visto que ese acceso mediante el lenguaje tiene como problema el lenguaje mismo, la neolengua, y la expectativa de la comunidad que lee el texto.
La literatura no es solo comunicación o, visto de otra manera, su cuerpo (su forma) también comunica. Las ideas son traducibles, pero sus formas no siempre, sobre todo la sonoridad en la que trabaja el autor. Y este es mi problema con “Finnegans Wake”. Es un cuerpo esquizofrénico. ¿Joyce pensó en todas las posibles pronunciaciones de todos sus lectores posibles? Yo lo dudo. Porque la no belleza de la prosa (al menos en español e inglés) es evidencia de que no hubo ese control y maestría.
La Biblia (Génesis y Job principalmente) vs. “Villa Laura (1986)”: el dios de la simulación
Por Max Aguirre Rodríguez
Irregular. Así es el ritmo, pese a los ecos y momentos. Pero sobran las listas. De nombres, antepasados, de extras.
En el primer ensayo confrontamos a los esencialistas, a los que buscan las “cosas en sí”, pero también lo suprahumano. Hoy quiero añadir que los teístas comparten estos vicios. Y son ellos los que buscan una realidad exterior. Y además una realidad anterior a la que conocemos y podemos intuir. Es decir: otra forma de plantear nuestra realidad como una realidad inferior, una simulación.
Del segundo ensayo vamos a tomar los temas del arraigo y el proyecto de la nueva cultura para el nuevo hombre. Una cultura que debe destruir el teísmo político.
Del tercer ensayo vamos a tomar el derecho a no escuchar una voz misteriosa que pretende dictarnos un plan oculto más allá de nuestra moralidad humana.
Adán y la programación humana
No pasa mucho para que la Biblia se muestre incoherente. Dios crea a Adán y este luego desobedece. Y lo castiga. Y es raro. Porque Dios es el programador de todo. No hay espacio para algo que esté fuera de sus cálculos. Y Adán actúa según una programación humana hecha por Dios. Sí, con Dios es muy claro que no existe el libre albedrío. Y podemos añadir que él es culpable de toda la maldad humana.
Piensa en el lanzamiento de un dado. El resultado depende la confluencia de muchas causas. La fuerza del lanzamiento, la fuerza del viento, la habilidad del lanzador, la superficie que golpea y muchas otras. Sí: el lanzamiento no existe como algo aislado. Y nada lo hace.
El resultado no es casual. Es un efecto de las confluencias causales. Y los humanos comunes no podemos prevenir el resultado sin controlar muchos aspectos del lanzamiento. Y tampoco podemos evitar el resultado. Pero Dios, de existir, sí puede. Dios puede prevenir el resultado porque él es el creador de la confluencia de las causas. Y es el creador de las causas.
Nasar, el escritor anciano de “Villa Laura (1986)” vuelve a este problema días antes de fallecer.
—“En el caso del universo único determinista, la maldad manifestada en el mundo es producto de la maldad posible e inevitable de sus habitantes. Un único camino, del único camino posible de la expansión del universo. En el caso del “universo de libre albedrío”, la maldad manifestada es producto de una guerra de libres albedríos de entes constituidos de una manera biológica por una mente supranatural, en un mundo entregado con ciertas leyes. En este caso, las leyes naturales y la composición biológica del hombre tendrían que estar determinadas, sería esto innegable. Y las decisiones humanas serían capaces de escapar de la composición biológica (deficiente), algo que para muchos es intuitivo, y de las leyes naturales, algo que no parece posible”—.
¿Pero acaso tiene sentido hablar de que un ser humano puede escapar de las leyes naturales y la composición biológica determinada por Dios? Fijémonos en lo que dice Nasar. Porque Nasar está defendiendo un mundo determinista en que no existe el libre albedrío. Pero está diciendo que en un mundo sin Dios, no hay a quién culpar. Pero en un mundo con Dios, claramente él es el autor de toda la maldad, de una programación deficiente.
Y llegado a este punto, muchos teístas aluden a un plan maestro secreto. Algunos entrevistados dirían que esa primera desobediencia llevará a que luego exista Jesucristo para justamente eliminar ese pecado original. Pero nada de eso es necesario con una mejor programación humana desde el inicio. Una que haga que Adán y Eva no sean tentados con tanta facilidad. O que estén cortejados por una serpiente con patas.
—“¿Es acaso la programación humana actual siquiera la más benévola imaginable? ¿Por qué el asesino en serie no es cegado ante su acto de crueldad? ¿Por qué el violador no es paralizado? Si se puede imaginar un mundo así en el océano de realidades, ¿no es acaso probable su materialización para “Dios”? Y si lo es, ¿no es ese el mejor mundo posible? Y si ese lo es y este no lo es, ¿podemos decir que Dios es amoroso? ¿Desde qué momento Dios introduce el libre albedrío en el diseño humano (la programación humana)? ¿No es evidente entonces las falencias o su no existencia?”—.
Por supuesto que está el tema de un plan maestro insondable y solo accesible muy levemente por ciertos traductores sagrados. Y este tema de moralidad humana vs. moralidad suprahumana e imaginada (y curiosamente autoimpuesta) vendrá luego.
Y la no existencia de un libre albedrio absoluto no elimina la necesidad de legislar basados en causas inmediatas, relevantes o evidentes. Ya lo hacemos sin importar el determinismo o si existe un Dios culpable.
El dios anterior al universo, el dios de la simulación
El teísmo propone un vocabulario para sus planteamientos, yo sugiero que rechacemos ese vocabulario. Porque aceptarlo ya es caer en la trampa discursiva.
El teísmo intenta extrapolar algo intuitivo en lo cotidiano a un estado misterioso como el inicio del universo.
Para eso, sin éxito, habla de contingencia (dependencia), causalidad y movimiento.
Tomemos la causalidad. La vemos en lo cotidiano. ¿Pero un efecto no es en realidad producto de una confluencia de causas? En el lanzamiento de un dado hecho por un apostador interviene su fuerza, el viento y, si se quiere, una forma novata o “experta” al lanzar.
No es necesario negar que una causa antecede a un efecto, pero veo necesario enmarcar esa relación en un estado temporal. El tiempo también es algo cotidiano, algo que experimentamos y observamos.
El lanzamiento del dado sería una causa enmarcada en un estado temporal que antecede al dado que cayó y muestra un número (también en un estado temporal).
Retrotraer estas causas, y por lo tanto también estos estados temporales, nos lleva a una causa primera. Que es mejor llamar estado primero. O estado temporal inicial.
Entonces al decir que el universo tuvo principio, la afirmación realmente se refiere a que el universo tuvo un estado temporal inicial.
No se puede ir al pasado. No lo permite el “principio de causalidad” realmente en cuanto es solo una afirmación, un intento de extrapolación de lo cotidiano a la gran pregunta de si antes hubo algo (o si se debe hablar de “antes”).
Hablar de un principio y luego suponer algo anterior es antiintuitivo e inválido. Gratuito.
El campo de aplicación de la enunciación de la causalidad es justamente lo cotidiano y lo conocido. Es trampa suponer que puede ir más allá del inicio a la vez que ya se asume que hay algo anterior.
Hablar de un estado temporal inicial (o causa primera) es completamente compatible con el “principio de causalidad” entendiendo sus límites intuitivos, su campo de aplicación.
Algo casi idéntico pasa con la “contingencia”, de la que se puede hablar como dependencia. Otra extrapolación fallida. Se exige gratuitamente y forzosamente una dependencia externa a la causa primera, al primer estado temporal. ¿No tiene más sentido decir que todo depende de ese primer estado temporal? Pues sí. Es lo intuitivo.
El caso del movimiento parece complicado a simple vista, pero es otra extrapolación fallida. Se entiende movimiento como cambio de estado. Algo visto en lo cotidiano. Pero el primer estado (temporal) es el inicio. La extrapolación pretende presuponer un estado estático anterior al primer estado temporal.
Digamos que el estado inicial, conocido como “explosión” y expansión, es 0.001. Ese sería el estado temporal inicial. Se pretendería suponer un estado 0 (cero). El “argumento”, como en la contingencia y la causalidad, no lleva intuitivamente a eso, no supera que sea una especulación, una jugada gratuita.
Incluso retrocediendo al estado supuestamente posterior al especulativo estado 0, digamos 0.0000001, veremos que ese es el primer estado y el siguiente, 0.0000002, ya implica lo que se ha llamado movimiento. Cambio de estado.
El primer estado es la referencia para el inmediatamente posterior.
Muchos ateos cometen el error de hablar de un inicio creado desde la nada. Presuponer un estado 0. Lo cual hacen también los creyentes para extrañamente saltar hacia el pasado (o mejor: externamente).
Siempre la solución ha estado a la vista. Tomar el primer estado como principio, como inicio del movimiento, la causalidad y la contingencia.
El estado 0.0000001. [O el conocido 0.0001]. Ya que el estado 0 es realmente especulativo. Y dejar de imaginar un punto apareciendo en la nada y de la nada. Y quedarnos en la parte en la que el inicio del movimiento es el lienzo de la existencia desplegándose.
También existe algo como “argumento de los grados de perfección”, la cuarta vía, otra suposición. Intentan descansar en las anteriores. Quiere “intuir” algo externo. Queda como una suposición. La más burda hasta ahora. Y esto pasa con mucho de la argumentación teísta. No son argumentos realmente. Por eso es mejor verlos como observaciones fallidas y suposiciones. Y mostrarlos así.
Y también existe el “argumento del orden del cosmos”, la quinta vía, plagado de afirmaciones gratuitas. Presupone que el universo fue creado (ya implica algo anterior, algo externo) con la intención expresa de que existan humanos. Otra opción más recatada es que simplemente los humanos somos productos de la confluencia. Esta vía también intenta apoyarse en las anteriores.
En el plano especulativo (de lo imaginable) puede haber un “El universo quiso, por su voluntad, facilitar la existencia de los humanos, como un regalo, una cortesía” y un “El universo necesitaba crear humanos para su subsistencia. La confluencia lleva naturalmente a eso, porque en algún momento el universo necesitaba eso”. O “El universo en algún momento necesitó ser observado”. O, más poético, “El universo quiso experimentarse desde una perspectiva limitada e individual, una perspectiva humana. Quiso ver lo bello a través de la ignorancia”. Pero ya estamos en el plano de lo imaginable.
Lanza piezas al aire y espera a que se forme un castillo. «Es CASI imposible», dirá un creyente. El universo no está hecho de piezas homogéneas. Está hecho de elementos que se repelen o se atraen, que se unen o no, que se mezclan o no, que se colocan debajo de otros o por encima. Y las interacciones se hacen siguiendo sus propias naturalezas. En expansión. Por un tiempo gigantesco.
No es necesario un Dios, porque no hablamos de algo imposible, sino de algo casi imposible, pero aún posible.
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Cristiano: Es evidente que todo tiene una causa/una razón suficiente/una explicación, ¿no? Mira lo cotidiano.
Interlocutor: No, casi todo. El universo sigue siendo un misterio.
Interlocutor: Sí, en lo cotidiano, en lo conocido. ¿Porque no estás asumiendo gratuitamente al universo en ese grupo, no?
Cristiano: ¿Por qué no? Y yo no he dicho necesariamente causa. Se puede hablar de explicación.
Interlocutor: ¿Y en el caso del universo hablar de explicación no sería lo mismo que hablar de causa, de algo especulativo y supuestamente anterior?
Interlocutor: Ya veo. Otro discurso tramposo, calco del «argumento» de la causalidad.
[Y lo mismo con “dependencia ontológica”, otra suposición].
Bien. Expuestos los «argumentos» teístas y su discurso tramposo.
Por cierto, hay algo que conviene recordar del primer ensayo. Nasar rechaza a Dios no necesariamente por falso, sino por irrelevante. Por ser solo parte del plano de lo imaginado/propuesto, cuyas variaciones o versiones deben evaluarse en cuanto a su impacto positivo o negativo en la tribu, no en cuanto a su correspondencia o coherencia, ya que eso es imposible. No satisface esos criterios.
Duelo teísta, paraíso y desarraigo
El teísta es el que sufre hasta el último momento, el que inventa paraísos y encuentros absurdos. El “racionalista” acepta la muerte, acepta la no existencia. Y agradece.
Mi madre murió, dejó de existir. Y hace minutos temblé. Vino a mí el duelo temprano, el que golpeó mi cuerpo por 6 meses. Ella murió en paz, en sueño de morfina, quizás recordando a su propio padre.
No está mal enfrentar así a la muerte. Es el descanso que nos regala nuestro cuerpo (porque la mente es nuestro cuerpo). Cuando yo muera, seguro la veré. Aunque sea un espejismo, un anhelo, en ese instante infinito será realidad. Será realidad para mi cuerpo. Y no habrá tiempo para descubrir que es ilusión.
El duelo no resuelto es el opio del pueblo. La autopsia intelectual es el verdadero bálsamo. Es la victoria. Las religiones mantienen un duelo no resuelto que se hereda doctrinalmente, tiene individuos a las que no dejan recomponerse. Los necesitan rotos para que los parches de su doctrina finjan curar el cuerpo. Pero no lo hacen. Y el trauma se transmite. Y una sociedad enferma no puede aspirar a romper ese estado primitivo.
Incluso el DSM-5-TR habla del duelo prolongado, como es lógico. Su existencia es evidente y es un mecanismo de control religioso. Pero arropado en nuestra sociedad aún religiosa pasa como dolor normal. ¿Es un problema adaptativo e interpersonal? ¿Reunirse con otros dolientes para gritar a altas horas de las noches es normal? Se llama “adoración”. Hay una marcada incredulidad sobre la muerte (check), Sentir que la vida no tiene sentido luego de la muerte (check). Justo aquí llega la “salvación” supuesta. La religión que finge dar sentido. Bueno, al final el DSM-5-TR claudica e indica que todo depende del contexto cultural y las normas culturales (o la expectativa cultural). O sea, en un país religioso, puede no existir el duelo prolongado bajo esta narrativa (la religiosa).
Mantengo lo que digo. Soy escritor. Y he podido tocar estos temas. He podido hacer dialogar el duelo teísta y el duelo materialista, y creo que este último es más sano. Por supuesto, el primero es “más literario”. Hablar de la nada y el olvido o la frialdad de una hija no da para mucho. En mi novela hay un homenaje. A mi madre real. Y a la madre/abuela ficticia, Laura. Pero no es un homenaje teísta, es una autopsia posible desde la distancia de la hija (Constanza) y la nieta (Alma). Y es sobre todo la última que no eleva este homenaje a algo simplemente bonito. Alma ama a su abuela, pero no tiene una devoción absoluta. Su biología no se lo exige. A diferencia de la necesidad de proteger (o al menos eso dice el prejuicio extendido) de la madre/abuela Laura. “El amor de una madre no tiene adversario. Siempre los voy a querer más que ustedes a mí. Es lo normal”, con estas palabras se despide en sueño Laura de su hija materialista, y doctora, Constanza. Y le pide dejar de estar en el pasado, y concentrarse en su vida y sus propias hijas.
Cuando perdí a mi madre, lo acepté. Fue el fin de su historia. Y fue una historia bonita, pero yo no la recuerdo con devoción absoluta. Fue un ser humana cuyas ideas eran supersticiosas. He tenido que corregir este párrafo 4 veces. No he completado las palabras, he cortado a la mitad algunas.
Mi mente acepta su muerte como un proceso natural; mi cuerpo, mi instinto, quiere de vez en cuando su abrazo. Y no hay debilidad en admitirlo. Significa que soy mente y cuerpo. Una unidad.
Pero los teístas siguen aferrados a sus seres queridos de una forma que para mí es patológica. No cicatrizan, mantienen la herida abierta. Y es curioso. Porque a Job le suceden calamidades y él las toma como las tomaría una materialista, en apariencia: esas cosas simplemente pasaron. Pero a la vez se inventa recompensas, una misión y un paraíso. Para ser precisos: es un vaivén entre cuestionar a Dios y consagrarlo. Los gusanos se lo comen y está en el abandono. Dice que Dios es indiferente ante la maldad, pero luego habla de su soberanía. Y todo oscila entre el dramatismo inicial de perder a sus hijos (de lo que poco se dice luego) y una tranquilidad esquizofrénica.
“¿Dónde estabas tú cuando yo fundaba la tierra?
Házmelo saber, si tienes inteligencia”.
Le responde finalmente Dios a Job en esta historia, donde ambos son personajes. Y básicamente Dios no responde a sus inquietudes. Se toma dos capítulos bíblicos para hablar de su grandeza.
“—Entonces respondió Job a Jehová, y dijo—:
He aquí que yo soy vil; ¿qué te responderé?
Mi mano pongo sobre mi boca.
Una vez hablé, mas no responderé;
Aun dos veces, mas no volveré a hablar”.
Y luego Dios deja claro que no le han dado nada a él primero, por lo que no hay nada que restituir, que todo es de él. Y depende de su soberanía, de su capricho, de su plan secreto. No le revela, como a nosotros, que todo fue una prueba. Quizás queda implícito para Job, pero Dios no da explicaciones. Y todo termina con Dios restituyéndole 10 hijos. No los mismos, le da otros 10.
¿Esta es la fe que tenemos que tener? ¿Esta sumisión hacia un plan secreto es tolerable y proclive a ser tolerado? Propongo una alternativa y opción.
¿Por qué no basta entonces algo así como una fe secular? Como cuando uno está en su punto más bajo. La ignorancia sobre el futuro puede avivar la fe secular. El hombre puede imaginar que mañana le irá mejor, que alguien lo ayudará, que sanará. Pero debe hacer lo posible para que eso suceda. No hace falta una fe religiosa. Ya en el ser humano existe un anhelo por la mejoría, la esperanza.
Y la creencia en Dios puede ser esa versión de esperanza, lo entiendo. Pero firmar ese convenio con el cristianismo no sale a cuenta. Firmarlo implica creer en el Apocalipsis, en que seres queridos no salvos serán castigados. O en autoimponerse reglas escritas hace miles de años. ¿Para qué? Todo eso es innecesario. Volverse cristiano es desarraigarse de una comunidad anclada en el ahora. Es buscar la mejoría en otro lado y no mejorar el mundo. Es pensar que hay un mundo superior, más real que la realidad. Y un vocabulario perfecto, con cosas perfectas. Sin relación a la humanidad. Un vocabulario y leyes más precisos e infalibles Volverse cristiano es adoctrinar con discursos seudoblindados, totalitarios. Es dar muerte al debate, a las conversaciones políticas y al consenso que consolida la verdad.
Autor, experimento y traductor
Los humanos queremos un rompecabezas. Como el “Finnegans Wake”. Hay intenciones que no están a la vista, pero que solo requieren que miremos por mucho tiempo. Que leamos en voz alta hasta escuchar la segunda o tercera sinfonía.
Y la Biblia, salvo Apocalipsis, nos exige también solo eso: leer pacientemente. Pero nos pide sumisión.
El problema del cristianismo es que nos pide autoimponernos una creencia y no cuestionarla jamás: la Biblia es infalible, es de inspiración divina.
Ya hemos explorado argumentos que nos impiden hacer eso racionalmente. Incluso no existe recompensa. Volverte cristiano implica hacerte cargo de algo así como una gran comisión en la que debemos llevar “las buenas nuevas” a las personas. Y muchas de ellas, amigos y conocidos, no la aceptarán, no serán salvos y serán castigados. ¿Es entonces aceptable transferir esta gran comisión a niños, a nuestros hijos? No. Porque es una esperanza corrompida con ansiedad, con culpa.
Y los que no ven problema en creer esto que es parte del plano de lo imaginado (no de lo posible, sino de la imaginado o propuesto) no son personas que piensan en el mundo. Piensan en la salvación de unos pocos. Y se excusan en que Dios es sabio y que por algo hace todo, en que hay un plan maestro.
Y son los líderes religiosos o apologetas quienes se erigen como traductores autorizados de la doctrina cristiana. Y esto es más evidente en el catolicismo, que tiene su traductor oficial: el Papa. Y son ellos los que guían a su rebaño. En un camino de esperanza y ansiedad.
Hoy quiero decir que nada de esto es necesario. No quiero la eternidad. Mi legado está en este mundo y es temporal. Mis palabras podrán ser valiosas, pero las generaciones siguientes encontrarán un vocabulario más preciso para lidiar con sus problemas.
Hablé de Rorty en el primer ensayo. El cristianismo es el fin de la conversación. Y por eso ya ha fracasado.
Nos piden aceptar una moralidad suprahumana plasmada en un libro. Y es un sinsentido. La moral y la verdad solo pueden conocerse humanamente por el humano. Es decir: su propia humanidad es la frontera final para interactuar con el mundo externo (eso que genera resistencia y no depende de nuestros deseos, las leyes naturales, el mundo objetivo). Somos los humanos quienes creamos leyes y las hacemos cada vez más precisas, auxiliándonos de la lógica y de nuestra composición biológica. Sabes que hay cosas lógicamente más dañinas que otras, que evitan la prosperidad de la tribu, y sabemos que el fuego quema y nos duele.
Un libro puede tener buenas intuiciones, buenas leyes generales, pero es necesario que sigamos haciendo precisiones, que sigamos haciendo más preciso nuestro vocabulario. Que sigamos pensando en el ahora y en nuestra gran tribu.
Y si las leyes de ese libro son incompatibles con el mundo conocido (por falsas) o antojadizas (poco argumentadas), debemos rechazar esas leyes. No necesitamos diezmar, hacer que la mujer esté sujeta al hombre en sumisión o abominar al individuo que se “acuesta con hombre como quien se acuesta con mujer”.
Un mundo sin teísmo es solo un mundo con un totalitarismo menos, en el que debemos seguir legislando a favor de la gran tribu.
El experimento, el cristianismo, queda oficialmente superado. Es hora de olvidar que esto no es una simulación, es tu único mundo. Y tu legado es limitado, pero será valioso.
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