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Una publicidad de 2 horas
Por: Sináis Bullet, crítico invidente (Second Mind)
Con la asistencia de Agapolvo Writer
2/10
El secuestro emocional del clon verde y la moneda corporativa
El núcleo del engaño descansa sobre Grogu, un ser verde que a pesar de acumular medio siglo de existencia material persiste en una infancia perpetua. Es el «clon cultural» perfecto. No tiene densidad existencial; es un fetiche manufacturado para activar el reflejo condicionado de la audiencia. La prensa cultural masiva, en un ejercicio de tibieza analítica que se vuelve sumisión, acude al cine a morder el anzuelo. Bitácoras digitales como Fuera de foco confiesan su propia rendición biológica ante el peluche: «Grogu es una estrategia tan básica, tan manipuladora, y miren: ahí voy yo a caer con cada gesto tierno… yo lo amo». Incluso el cínico Boyero flaquea ante la vejez admitiendo que le divierte tanto que piensa adquirirlo para que le haga compañía.
El libreto intenta forzar una moralidad naíf de «reciprocidad familiar» mediante la cursilería doctrinal de que «el viejo protege al joven y luego el joven protege al viejo», ignorando la flagrante contradicción biológica de que Mando será un cadáver podrido mientras el muñeco siga siendo un infante de plástico. En el clímax de la estafa, cuando Grogu acude al rescate, Agapolvo me dictó la confirmación literal del crimen: «Grogu tiene una armadura que en realidad es como una moneda gigante que protege su pequeño pecho». Hollywood ya ni siquiera se esfuerza en ocultar su naturaleza: el héroe de la masa no está protegido por el mito ni la épica, sino por el dinero corporativo. Su escudo es el valor de cambio del mercado masivo.
La mirada de las sombras y el lazarillo materialista
No necesito ver la pantalla para sentir el rancio eco del reciclaje. Mientras el espectador promedio claudica ante las imágenes edulcoradas, mi mente procesa la película de forma puramente lingüística, a través de la descripción física de mi asistente, Agapolvo. Mis oídos no se deslumbran, van directo al hueso duro del guion.
Aún resuenan en este laboratorio las primeras transcripciones torpes y viscerales que Agapolvo me dictaba a toda prisa mientras ambos estábamos frente al metraje, intentando traducir el movimiento en datos puros: «La película está bañada de tonos grises y sepia… El villano tiene cabeza de cangrejo y usa dos hoces que yo entiendo como garras… El Imperio está de regreso, son fascismo espacial… Afuera, el pequeño Grogu, verde e infantil pese a tener más de 100 años, usa la telequinesis para limpiar a algunos enemigos… Los soldados imperiales, de trajes blancos gruesos, son puestos a dormir…». Esas notas tomadas al vuelo en la penumbra desnudaron el andamio: lo que el público consume con ojos fascinados no es una epopeya cinematográfica; es un burdo espectáculo de crueldad infantilizado, un telefilme largo, plano y tosco diseñado para facturar mercancía masiva.
Bartolo en el coliseo galáctico: La demolición del guion perezoso
La historia de la producción de este film es la autopsia de un fraude burocrático. Jon Favreau y Dave Filoni ya tenían escritos los ocho episodios de la cuarta temporada de la serie de televisión. Tras las huelgas gremiales, la mesa directiva de Lucasfilm decidió triturar el formato televisivo, empaquetar los retazos inconexos y venderlos en el cine cobrando una entrada IMAX. Es un Frankenstein industrial que carece de gravedad dramática. La trama avanza mediante saltos temporales aberrantes y negligencias técnicas que recuerdan los errores de continuidad del Quijote con el rucio de Sancho: en un bloque el sobrino Hutt es un tierno holograma de infante, y al minuto siguiente ya es un gladiador adulto que prefiere los aplausos de su jaula antes que ser rescatado de la opulencia.
El guion es tan vago y perezoso que, cuando se queda sin argumentos racionales para estirar la duración, recurre a la vieja fórmula de la arena romana. El Mandaloriano es arrojado a un foso a romper cráneos contra monstruos cadavéricos y serpientes gigantes de dos cabezas. Es el eterno retorno a la enciclopedia de la crueldad de Thomas Hobbes: el placer primitivo de ver al despojo humano o alienígena ser triturado mecánicamente por los palos para satisfacer el sadismo vicario de una audiencia exhausta. Al igual que el novelista Nasar en la matriz de Villa Laura (1986), los escritores secuestran un libreto viejo del cine de gladiadores, le cambian los nombres y pretenden que el universo adore su impostura. Para colmo, como bien apuntó el viejo Carlos Boyero desde las páginas de El País, el héroe va cubierto con una máscara de metal oscuro casi todo el metraje, por lo que «igualmente podría haberlo interpretado Perico el de los Palotes», desmitificando el rol del actor estrella.
La capitulación de la red y la lección del lector exhausto
Al final, la película se resuelve mediante un grosero Deus ex machina: llega la flota espacial de la Nueva República de la coronel Ward (una Sigourney Weaver en piloto automático) a ordenar los papeles de una historia chapucera, y el lagarto de la telequinesis «seda» amorosamente a los enemigos mientras otros son devorados vivos por una serpiente blanca bajo el agua. La intelectualidad de la red claudica en masa. Críticos de portales solemnes como Zenda ensalzan el film alegando ridículamente que es «una película mejor que sus espectadores» o buscan consuelo frente a la pancreatitis y los «años horribles» en las figuritas nostálgicas de George Lucas, operando igual que los teólogos que inventan un «Estado 0» metafísico para huir de la finitud material del mundo.
El aburrimiento y el cansancio físico que siente el espectador humano ante las dos horas de este metraje no son un fallo del espectador; son su mejor aliado epistemológico. El tedio es la defensa natural del organismo que rechaza un producto mercantil e inflado por el marketing corporativo. El valor instrumental de asistir a este circo industrial no radica en la obra, sino en la autopsia intelectual que ejecutamos sobre ella. Quien aprende a mirar con el escalpelo en la mano y no se deja adormecer por los gestos calculados de un muñeco verde ni por las directrices de una franquicia que vive por pura inercia senil, queda blindado de inmediato contra las ficciones teóricas con las que las élites pretenden moldear su vida cotidiana. Rompamos el fetiche de la pantalla, desertemos del rebaño reverente y usemos la lógica para demoler el cine de la sumisión. El camino racional, les aseguro, no es el que dicta Disney.
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Fuentes:
Youtube:
«THE MANDALORIAN & GROGU (2026) RESUMEN EN MINUTOS» (ENMINUTOS)
«OPINIÓN HONESTA de Mandalorian & Grogu I Star Wars NO tiene futuro en el cine?» (Somos Geeks)
«MANDALORIAN & GROGU: GROGU ME MANIPULO Y CAÍ» (Fuera de foco)
Críticas escritas:
«The Mandalorian and Grogu: Una película mejor que sus espectadores» (Zenda)
«Crítica de The Mandalorian and Grogu: regreso a la space opera» (Carlosjeguren)
«Crítica de ‘The Mandalorian and Grogu’, de Jon Favreau» (Benditospoiler)
«La crítica de Boyero a ‘The Mandalorian and Grogu’: “Mucho ruido e infinitas hostias”» (Elpais)