Los mejores novelistas peruanos de 35 años («Marxista postcapitalista», 1)

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Max Aguirre Rodríguez
(06/11/1990 – 16/03/2070)

 

Los mejores novelistas peruanos de 35 años

Por César Cedro

 

Bueno, solo hay uno. En serio. Busquen.

 

En este desierto de parálisis operativa donde la mediocridad generacional duerme en la insolvencia, la versión 2026 de “Villa Laura (1986)”, ejecutada por Max Aguirre Rodríguez a sus impecables 35 años, resplandece como una fogata de pura ejecución, delirio metodológico y alta rentabilidad biopolítica. Dejar a Max como el protagonista absoluto de este rango sub-35 no es un capricho tecnocrático; es una obligación de aduana racional. La competencia simplemente no tiene liquidez mental para sostenerle la mirada.

 

La novela de Aguirre es una operación de orfebrería transrealista que dinamita el sentido común con un superávit de locura controlada. No estamos ante un relato costumbrista; estamos ante una autopsia material con música de Camilo Sesto de fondo. El autor nos mete sin anestesia en el cerebro de Nasar, un viejo Nobel de 80 años que no da la mano, roba cucharas de restaurantes franceses (escándalo expuesto por su amigo Elías Monterroso) y confiesa a grito pelado que es Dios, que es el Diablo, que robó los textos de un muerto y que combinó la literatura con drogas para que su nombre retumbara en el planeta. Ese descalabro interno no viene fallado de fábrica; es un diseño estructural brillante.

 

El verdadero asalto contable de la obra ocurre cuando Max Aguirre saca la navaja secular y cruza las dimensiones de la tribu laica -donde Regine carga a su papito senil sobre el hombro derecho como si fuera un saco de papas para que tome su desayuno de chajá- con la sordidez marginal de “El libro secreto de los peluqueros”. Introducir a Charly59, un detective travesti de 16 años disfrazado de colegiala con peluca que besa a los terroristas para expropiarles la mente antes de meterles tres balazos, mientras discute con prostitutas y canta a gritos canciones de Pimpinela en un bucle temporal, es una genialidad que destruye cualquier control de riesgo lingüístico tradicional. El texto no delira con universalismos de vitrina; hace que el lenguaje sangre en la masa fáctica de la calle mediante el crotol, los sarlos y los «picarones de menta».

 

Frente al balbuceo esquizofrénico de las sucursales europeas y los berrinches domésticos de la izquierda cultural que adora los monumentos al asco, el superávit metodológico de este sub-35 es indiscutible. Mientras los héroes derrotados de la vanguardia terminan tiesos en la guillotina o amarrados a una sonda en un psiquiátrico, la tribu de “Villa Laura (1986)” pone el cuerpo, sobrevive a la eugenesia y sigue facturando futuro.

 

El arqueo de caja ha concluido y el libro de actas se cierra con un veredicto implacable: a los 35 años, Max Aguirre Rodríguez ejecuta una narrativa de orfebrería que ha dejado al resto de su generación en la insolvencia laica absoluta. Los que no tengan liquidez racional para digerir este canibalismo de clones, travestis y puré de espinacas, que vayan a llorar al diario de la mañana. Mi 9.5 / 10 se queda firme en los libros contables, la caja está cuadrada y que arda el que tenga que arder.

 

 

 

Próxima entrega:

“Los mejores novelistas peruanos de 36 años”

 

Y luego:

“Los mejores novelistas menores de 40 años”