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Versión PDF <– Episodio 3: Lima, 1969
Max Aguirre Rodríguez
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Villa Laura (1986)
-Regine
-Papá, mamá duerme, dime.
-¿Constanza?
-Habla más despacio
-¿Con-stan-za?
-Papá…
-Hi-ja
-Con menos intensidad. Sigues siendo bromista. Viejito y bromista.
-No me tutees
-No te hagas, papá. Ya hasta dejas que Ferdinand te tutee.
-Ese idiota…
-Es mi esposo, Monsieur
-Tu esposo es un idiota. Menos mal sabe cocinar… pero ese nombre…
-Ay, papá…
-Constanza es bonito nombre. También Ree-YÍN. Y Laura
-NaSAR…
-También. ¿Pero Fer-di-NAND?
-A veces lo dice como FERdinand.
-Igual. Es horrible. Como Ferdinand Sosur
-¿Quién?
-El lingüista que yo critico en mis ensayos
-Papá, mañana vienen tus nietas. No te van a entender…
-Les voy a hablar en castellano y me van a entender
-Papá, mamá…
-Ya voy, amor…
-Papá, está soñando.
-…¿ya dominan el castellano?
-Ya no practican su castellano…
-Por culpa de Ferdinand
-Otra vez solos
-Sí, amor. Disculpa
-¿Por despertarme? Te has vuelto un viejito renegón
-Últimamente duermes mucho, amor.
-¿Recuerdas al gato?
-¿El que se quedó en la puerta?
-Él vino a llevarme. Pero no me dejaste.
-Boni…
-Nasar, debes dejarme ir cuando llegue el momento
-Falta mucho para eso
-Le pregunté a Regine por mi respiración
-¿Qué te dijo nuestra hijita?
-Que respiro raro.
-Ella es así, amor.
-No me mientas. No te mientas.
-Laura, amor…
-No llores. Tenías razón.
–
-Sobre los olores. Sobre la química de nuestro amor.
-Tú me sigues gustando. Mi Boni.
-Ya estoy viejita
-Tienes 66 y yo 80. Estás joven.
-¿Me vas a cambiar cuando me muera?
-No, Laura. No.
-Yo sí
-¿Qué?
-Yo rehacería mi vida
-Reharía, amor.
-Seguiría. Debes seguir viviendo, Nasar. Te quedan libros por escribir.
-No, ya no.
-Sí. Puedes contar mi historia
-Aún no, amor.
Las recetas de Regine
Capítulo 10: Cumpleaños de papá (1969)
“En la mesa dulce réplicas de su amor. Un río de azúcar. Y briznas, rayaduras y astucia. Hay.
Es el chocolate, medero y prusto”
Escribe papá.
Sobre ese día, ese cumpleaños en el que sus dos hijas ya eran madres, hizo silencio.
Yo escribí sobre mamita. Con ayuda de Almita. Mi sobrina. La más chica de todas.
“Es un néctar. Saciante. La luz lo explora pidiendo permiso.
Es el amor de mamá y hoy sabe a chocolate”.
Y preparé ese postre con mamá. Horas antes de la fiesta. La abracé y ya no preguntaba la razón. Como cuando era más pequeña y ella era más fría. La sueño siempre a esa edad. 51.
Antes de la enfermedad.
Ahora soy mayor que ella. Ella jamás tuvo mi edad.
En mi sueño siempre hacemos postres distintos y están mis dos hijas. Algo imposible, porque una recién ha nacido. Y la otra está en insumos. No está ni en el horno. Ay, mamá. Qué bellos ojos me heredaste. Soy tu clon. No hay duda. Solo eres más delgada.
A papá lo sueño de viejito, cuando ya no era tan serio. Y a mi hermana la sueño justo en estos días, cuando empezamos a ser madres. Cuando teníamos más en común. Solo yo vivo. De los 4 solo quedo yo para recordarlos.
Horas antes de hacer los postres vi a mi hermana Constanza. Radiante como siempre. Papá decía que ambas éramos igual de bellas. Nunca dijo que Constanza era la más guapa y elegante. Ni que yo era la más linda y graciosa.
La luz naranja borraba su rostro. Solo se veía su saludo. Mi hermana mayor siempre tuvo ese brillo distante, parecido a mi madre de joven. Un brillo frío, pero imponente. Hoy era un día soleado, hijo de noviembre.
Papito cumple 65 años y nos mira preparar los postres. Algo cuchichean los esposos. En idioma ajeno. Inventado. Papito y mamita siempre me dieron paz.
-Barzi, barzi, Nasar.
-Andelum, mon xil
Mamá aprendió el idioma de papá. Lo hizo por amor. Por diversión. Por aventura.
Y papá aprendió a abrazarla, con la intensidad exacta. Aprendió a admirar sus ojos y su figura.
Esa mañana mamá preguntó por el peso de nuestras hijas, nuevecitas, por nuestros esposos. Por nuestras vidas en esos otros países. Papá solo quiso saber si esos hombres sabían callar y pedir disculpas.
La fiesta empezó en la tarde para evitar conflictos con el presidente. Los limeñitos debíamos estar en casa temprano. Cada uno en la suya. O el militar se ponía molesto y mandaba a sus secuaces. Sujetos que podían ser muy sumisos y no mirar a papá, o los que parecían enfrentar a algo que no era humano. Hubo rumores de que papá podía volar, estar en muchas partes a la vez, torcer las voluntades y cambiar los pensamientos. Rumores ensanchados por su mejor amigo, el escritor y periodista Elías Monterroso.
Rumores que no dejaban tranquila a Constanza, cuyo miedo se vería justificado años después cuando personas extrañas pasaban muy cerca de la casa. A mirar. A mirar mucho.
A mirar el pasto y especialmente los lagos. Decía el rumor que esos dos lagos eran sus ojos.
Mamá vestía recatada, igual que su clon, la hermana mayor. Yo iba con mi atuendo de chef. El más lindo y limpio de todos. Así di la mano de algunos invitados. Los poetas apristas amigos de mamá… y los otros. Uno de ellos: José María Arguedas.
Le pedí su autógrafo. Sabía la noticia. Sufría mucho y ya lo había intentado una vez.
Habló con Constanza y papá. Quería saber si el suicidio podía esperar.
La Constanza, doctorita y muy capaz. Sanadora, presumida y siempre bien vestida.
—Regine camina explorando con la mirada, parpadeando, como tomando instantáneas. Ve a Arguedas bajar la mirada, derrotado, y despedirse de Nasar. Ve a su madre. La ve con hombres con surcos en el rostro que no ve en su esposo francés. Hombres con vivencias más duras, más frías, más de la sierra. Y otros sobrevivientes de años de explotación (o herederos de ella). Así escucha a los poetas apristas, entre ellos Manuel Escorza. Y sus discursos para el pueblo. Y ve a papá conversar con un señor de lentes gruesos [Enrique Congrains]. Hablan de un futuro distante. ¡1000 palabras para el planeta Tierra! Apocalipsis.
Las paredes eran amarillas. Algunos decían que marrón claro. Eran amarillas, más vivaces que luego. Y ahí se paró Regine. Y tantos otros. Llegaba Chabuca Granda. Y papá se sentía honrado, pero amenazado. Ya no era protagonista.
No llegó sola. Los músicos bajaron los instrumentos y cercaron a la estrella. Uno muy joven traía la guitarra [Lucho González]. Nasar se acercó. Y movieron los labios. Hubo sonrisas. Una de ellas frustrada. Otra comprensiva. Habría un espacio digno para los fumadores. Uno alejado. Algunos gestos con los ojos hacían ver que Chabuca no lo aceptaba del todo. Nasar le respondió que los hombres también irían ahí.
-Mi hija, la chef repostera.
-Usted es la de.. la limeña.
-No, yo nací en los andes. En puna brava.
-Perdón. Sus canciones. Me gustan.
-Hoy vengo hablar de un amigo, con el permiso de otro.
-No, por supuesto.
-Quien merece varallo, quien tenía de fusil una rosa.
-El bastón de mando
-¡Monterroso! Me escribes una buena crítica
-Buenas tardes a todos. Buen postre, buena música, regular novela.
-Buenas tardes, señor. ¿De qué escritor hablan?
-Las generaciones de ahora…
-Ella solo preguntó, don Elías. ¿Dónde queda la cordialidad?
-Niña, de Javier Heraud.
-Mi hija se llama Regine, Elías.
-Regine, Javier fue un amigo. Se fue joven. Murió joven.
-Y por eso es mejor escritor que tu padre.
-¿Morir joven te hace buen escritor?
-¡No lo digas así, hija!
-Sí, niña. Mira a tu padre. Hoy cumple 65.
[Lo demás es nebuloso en la mente anciana de Regine. Recuerda hablar con Arguedas y escuchar el recital de Chabuca, pero no lo anterior. Para eso tenemos la columna espuria -sin permiso- que sacó Monterroso un día después y sus declaraciones a lo largo de su vida].
Se dijo que fue una reunión santa. Yo estuve ahí. No me lo contaron. Todos dejaron los disfraces, sus pieles humanas.
Todo era amarillo y lo que nunca lo fue ese día lo era. Algunos sacos, incluso las partes de metal de los lapiceros. Las líneas de los platos en los que pusieron los postres. Eran de sangre, pero por la luz parecían naranja. Amarillo. Sangre amarilla. Sangre naranja.
El rostro falso y humano de todos era amarillo. Y así se mostraron. Y luego se vio la carne viva, el color verdadero. Con carne azul, Nasar hace 10 años me mostró su rostro y confirmó mis sospechas.
Era un marisco, un cangrejo de ojos profundos y hundidos, y de seis tentáculos que casi eran brazos. Los demás brillaban y no tenían rostro. Cuando empezó el recital, gritaron en nombre de uno de ellos, quien se decía tenía el cuerpo menos intenso de todos. Su luz era tenue. Resignados, lo sentaron para escuchar el recital. Todos cerraron los ojos. Para sentir con el cuerpo.
[Bueno, ahora, volvamos a Regine y el momento del recital]
—Regine buscó un lugar para ella. Ya anochecía. La luz se hacía más amarilla. La apagaron. Un brillo blanco enmarcó a Chabuca. Y a sus músicos negros. Buscó un lugar con su hermana, pero no pudo. Buscó un lugar con su padre y su madre, y no pudo. Solo encontró una silla, en una mesa donde un postre seguía intacto. El escritor marchito, el gran Arguedas, fue su compañero. Ella volteó la silla, Arguedas solo quedó de lado. Mirando a la izquierda con ese rostro rendido y triunfante.
-¿Y usted escribe?
-No, la Constanza… Mi hermana escribe.
-¿Y escribe como tu padre?
-Ya no mucho. Ya es doctora.
-¿Y por qué eso es impedimento?
-¡No sé! Pero escribía de niña. Con papá.
-¿Y tú no?
-Yo leía
-Algo que tu padre no hace… según varias entrevistas
-Lee a medias
-Sí, y hace diálogos eternos… por lo largos…
-¿Y eso está mal?
-No… solo es diferente. La fantasía es lo suyo.
-La ciencia ficción
-La fantasía que juega ser ciencia
-¿Y qué leyó sobre mí?
-Pongoq mosqo…
-“El sueño del pongo”
-Sí, ese. Es muy divertido. Está bueno.
-¿Solo ese?
-Déjeme pensar. ¿No comerá mi postre?
-“El sueño del pongo” es muy crudo.
-Sí, habla del maltrato. Pero el final está gracioso.
-Sé que no está bien. ¿Hoy se siente bien?
-Ya va a cantar. Sí.
-Se están alistando. Señor, también leí “La agonía de Rasu Ñiti”
-¿Y también te pareció gracioso?
-No. Me pareció emotivo. Aunque sí lo sentí como algo mágico.
-El corazón está listo. El mundo avisa. Wamani está hablando. Tú no puedes oír.
-Sí puedo, señor. O quiero poder.
Regine mueve la silla. Ya no está mirando a Chabuca alistar sus palabras. Ahora está más alineada con el escritor mestizo.
-Dejé el postre para ver a la chiririnka posarse. Ella es la confirmación de mi muerte.
-¿Le da miedo?
-No, porque cuando llegue el momento, escucharé todo. Acá en este mundo caminé a tientas. Allá está la luz y la paz.
Chabuca Granda:
(Habla mirando al cielo, al lado derecho, como recordando) me preguntó tu hija si soy limeña. Y no lo soy. Y supe que no lo era a los 11 años. Cuando visité Lima y descubrí que los niños éramos de colores. Yo nací en los andes, a cuatro mil ochocientos metros de altura. Y a mí siempre me vistieron como a una niñita serrana. Quizás a mi hermano mayor lo vestían de niñito europeo y por eso… le dio frío.
Yo cabalgué los cerros de la quebrada, al lomo de la escoba. Nadie me pudo deformar.
Yo… ¿cómo será la palabra? Pude… mantener mi mirada campesina.
El único gran dolor de mi vida es la muerte de mi padre. Y hoy ustedes dos. ¿Dónde está la otra? Ahí. Hoy lo tienen vivo. Abrácenlo. Siempre. Sin motivo alguno, porque esos abrazos vuelven, en las horas más tristes.
Y también perdí amigos. Y hoy, con permiso de otro, quiero honrar a nuestro poeta. A nuestro Javier Heraud…
Mientras jugó
la guerra
de los niños
Con un
fusil
hecho de
Cualquier cosa
Quizás de arroz
Quién sabe de
una rosa
¡Inmolada paloma!
Solitaria
Deja mirar
tu río
Cuando vuelve
Aquel que
me promete
Tus flores
de
poeta
Las sombras
Los silencios
Los dolores
¡Lloran!
aún más hondo
Al
Recordarte
haciendo guerra
Con
tus flores
buenas
-Y el ritmo se hace lento y grito-.
Ese día el fusil
Era una rosa
Rastrillada
En el aire
¡Peligrosa!
¡¡Ese día era el sol!!
Más sol al río
Más río el río
Y más
La guerra era…
Y más
La muerte
Desde la ribera
¡Y una granada!
El verso
Detonada
Javierta está
-Y sigue la voz, cigarrosa, y la música. Siguen las vocales, ahora más roncas y amargas, de victoria-.
-Regine mira a Chabuca y luego a Arguedas-
Quedó al rocío ¡qué!
Llovió de un río aquel
Hundido río
¡En su vena rota!
Javierta está
Alerta como entonces
Al hombro
Del ¡poeta!
¡Va ganando
La guerra!
¡¡Con su rosa!!
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