Perspectiva secular sobre el duelo: mente racional y dolor biológico (14/mayo/2026)

Perspectiva secular sobre el duelo: mente racional y dolor biológico

Por Max Aguirre Rodríguez

 

 

El teísta es el que sufre hasta el último momento, el que inventa paraísos y encuentros absurdos. El “racionalista” acepta la muerte, acepta la no existencia. Y agradece.

 

Mi madre murió, dejó de existir. Y hace minutos temblé. Vino a mí el duelo temprano, el que golpeó mi cuerpo por 6 meses. Ella murió en paz, en sueño de morfina, quizás recordando a su propio padre.

 

No está mal enfrentar así a la muerte. Es el descanso que nos regala nuestro cuerpo (porque la mente es nuestro cuerpo). Cuando yo muera, seguro la veré. Aunque sea un espejismo, un anhelo, en ese instante infinito será realidad. Será realidad para mi cuerpo. Y no habrá tiempo para descubrir que es ilusión.

 

El duelo no resuelto es el opio del pueblo. La autopsia intelectual es el verdadero bálsamo. Es la victoria. Las religiones mantienen un duelo no resuelto que se hereda doctrinalmente, tiene individuos a las que no dejan recomponerse. Los necesitan rotos para que los parches de su doctrina finjan curar el cuerpo. Pero no lo hacen. Y el trauma se transmite. Y una sociedad enferma no puede aspirar a romper ese estado primitivo.

 

 

 

La narrativa (religiosa y “científica”) sobre el duelo no resuelto

 

Incluso el DSM-5-TR habla del duelo prolongado, como es lógico. Su existencia es evidente y es un mecanismo de control religioso. Pero arropado en nuestra sociedad aún religiosa pasa como dolor normal. ¿Es un problema adaptativo e interpersonal? ¿Reunirse con otros dolientes para gritar a altas horas de las noches es normal? Se llama “adoración”. Hay una marcada incredulidad sobre la muerte (check), Sentir que la vida no tiene sentido luego de la muerte (check). Justo aquí llega la “salvación” supuesta. La religión que finge dar sentido. Bueno, al final el DSM-5-TR claudica e indica que todo depende del contexto cultural y las normas culturales (o la expectativa cultural). O sea, en un país religioso, puede no existir el duelo prolongado bajo esta narrativa (la religiosa).

 

Mantengo lo que digo. Soy escritor. Y he podido tocar estos temas. He podido hacer dialogar el duelo teísta y el duelo materialista, y creo que este último es más sano. Por supuesto, el primero es “más literario”. Hablar de la nada y el olvido o la frialdad de una hija no da para mucho. En mi novela hay un homenaje. A mi madre real. Y a la madre/abuela ficticia, Laura. Pero no es un homenaje teísta, es una autopsia posible desde la distancia de la hija (Constanza) y la nieta (Alma). Y es sobre todo la última que no eleva este homenaje a algo simplemente bonito. Alma ama a su abuela, pero no tiene una devoción absoluta. Su biología no se lo exige. A diferencia de la necesidad de proteger (o al menos eso dice el prejuicio extendido) de la madre/abuela Laura. “El amor de una madre no tiene adversario. Siempre los voy a querer más que ustedes a mí. Es lo normal”, con estas palabras se despide en sueño Laura de su hija materialista, y doctora, Constanza. Y le pide dejar de estar en el pasado, y concentrarse en su vida y sus propias hijas.

 

Cuando perdí a mi madre, lo acepté. Fue el fin de su historia. Y fue una historia bonita, pero yo no la recuerdo con devoción absoluta. Fue un ser humana cuyas ideas eran supersticiosas. He tenido que corregir este párrafo 4 veces. No he completado las palabras, he cortado a la mitad algunas.

 

Mi mente acepta su muerte como un proceso natural; mi cuerpo, mi instinto, quiere de vez en cuando su abrazo. Y no hay debilidad en admitirlo. Significa que soy mente y cuerpo. Una unidad.

 

 

 

El desamor, otro duelo prolongado

 

Cuando escribía, pensaba en mi padre. Él vio la historia de su amada. No la perdió, porque su vida simplemente culminó. Él logró todo lo que dicta nuestra biología: tuvo su pareja, amplió su tribu y transmitió sus valores culturales.

 

Hay un dolor más fuerte que el duelo, porque consume la razón, la mente. Cuando murió mi madre, el sufrimiento terminó. Cuando la persona que yo quería amar (más joven que yo, y a la que nunca pude conocer del todo), se fue, cuando la que no pudo ser mi esposa futura se fue, se convirtió en una herida abierta que me tomó más tiempo cerrar. La muerte es un bálsamo. La distancia, la ucronía y la posibilidad lejana son recordatorios diarios.

 

¡Y hablar de esto es sumamente extraño en este texto! Pero así mismo es mi literatura. Mi novela sobre el duelo es también una novela sobre la distancia. La muerte de mi madre pasa a segundo plano, porque es un duelo resuelto.

 

Y queda la distancia y la ficción de un ser que sigue vivo y que no será ese ser que imaginaste. Y por eso el abuelo/padre ama de esa manera, porque no conoce otra forma, no conoce la manera real. Todos lo quieren, casi nadie lo cuestiona. Hasta que a la distancia es la nieta quien lo muestra como es: un hombre que aprisionó a todos. Y Luis Borja, la víctima, no es mi víctima. Yo soy Luis Borja, el primer amor jamás consolidado. Quien muere joven y nunca ve los logros de su amada. Nasar es el otro, el farsante, que vive en un mundo esbozado por él mismo con una familia ficticia y con una esposa ficticia, porque la verdadera es la que Borja conoció.