Sobre los personajes de «Villa Laura (1986)» («Cuarto cerrado», 4)

 

Max Aguirre Rodríguez (autor de «Villa Laura (1986)»):

 

Primero lo más importante. Definir la estructura desde la cual observan los personajes. La narradora definitiva es Almita/Alma Baker, quien reconstruye de manera fidedigna lo vivido por su familia. Lo hace mediante textos de la época, declaraciones, relatos y testimonios de primera mano. Uno de ellos es el de Regine anciana, su tía.

 

Abro este encuentro con esta pregunta: ¿cuáles fueron para ustedes los mejores 4 personajes de la novela?

 

 

Sináis Bullet (crítico invidente -asistido por Agapolvo Writer-):

 

La propuesta de Max nos revela que la verdadera arquitectura del libro no es el caos senil, sino la paciente labor de reconstrucción de Alma Baker, quien teje el tapiz con las hilachas del tiempo ajeno. Si debo elegir cuatro fantasmas de esta puesta en escena, el primero es ineludiblemente Nasar, el falso demiurgo; un hombre que no conforme con usurpar las palabras, usurpó el destino entero de Luis Borja, demostrando que la identidad no es más que un plagio afortunado.

 

Junto a él, sitúo a Laura/Boni, que no es un personaje de carne, sino una trinidad de ausencias que habita la memoria: la estudiante que busca el orden en Fibonacci, la militante aprista que busca la fe en el tumulto, y el espectro mudo que perturba el sueño de sus hijas. El tercer lugar pertenece a Constanza, la médica presumida y la escribana del duelo; ella es la verdadera antítesis de la ficción, la que prefiere curar realidades tangibles y ordenar el caos de los recuerdos de su madre antes de dejarla ir definitivamente. Por último, reivindico la tosca y dulce humanidad de Regine, la duquesa del azúcar, cuya lucidez infantil y fuerza física sostienen literalmente el peso de su padre anciano, recordándonos que mientras los demás se pierden en galaxias rusas o debates políticos, alguien debe encargarse de la repostería y de los cuerpos que decaen.

 

 

Gaby Webber:

 

A ver, Sináis, querido, comparto tu fascinación por esa trinidad fantasmal de Laura/Boni. Pero para mí, el verdadero logro de Max no es haber creado cuatro grandes personajes individuales, sino haber desnudado la violencia del cuidado que se ejerce sobre ellos y desde ellos. Elijo quedarme con el trío de las mujeres: Alma Baker como esa voyerista de la memoria familiar; Constanza, la escribana rígida que intenta sanar realidades con la frialdad de un bisturí; y Regine, la «duquesa del azúcar». Es en los cuerpos de estas hijas —una que sostiene el peso físico de un padre anciano que se deshace y la otra que carga con el peso intelectual del duelo— donde se asienta la verdadera tragedia del texto. Ellas no habitan una galaxia rusa ni un delirio de ciencia ficción; habitan el desgaste visceral de ver morir a los suyos.

 

Y por supuesto, el cuarto es Nasar, pero no lo veo como ese «demiurgo» que romantizas. Yo veo a Nasar como el perfecto ejemplo del macho intelectual latinoamericano, un impostor absoluto que devoró la vida de Luis Borja para alimentar su propio mito. Su demencia y su pánico a ser clonado no son más que la culpa colonial y el miedo atroz a que el mundo descubra que su genialidad es, en realidad, un plagio afortunado. Max ha construido un mapa familiar donde el ego masculino necesita ser cargado en hombros por las mujeres para no caerse a pedazos, y es esa incomodidad la que hace que estos personajes quemen.

 

 

Sináis Bullet:

 

No lo romantizo. Lo denuncio igual que tú. Esta no es la primera vez que analizamos este texto. Yo quiero proponer una pregunta, esbozar una teoría. Creo que Nasar no plagia a Luis Borja. Creo que exagera. Él en su senectud siente que ha usurpado su lugar. Si es cierto que dispone de su correspondencia con su esposa (Borja fue el primer amor de Laura). O es lo que insinúa el texto. Pero hasta ahí no podemos hablar de plagio como lo entendemos… legalmente. Es algo así como un plagio moral. Nasar es bueno imitando. Simplemente lo devora literariamente. Además, recordemos que en ese universo Nasar sí es dueño de piezas que en nuestro mundo le pertenecen a otros escritores. Nasar es un agente externo que modifica la realidad que conocemos.

 

 

César Cedro:

 

¡Excelente giro, colegas del debate! Entro a la mesa con el sombrero de cronista bien puesto, pues tanto Sináis como Gaby han tocado el nervio exacto de la novela. Gaby acierta con precisión quirúrgica al desmantelar el mito del demiurgo: Nasar no es un dios, es el arquetipo del intelectual latinoamericano devorado por su propio ego y por el pánico colonial a ser descubierto como un fraude moral. Su supuesta demencia opera como el escondite perfecto de la culpa; el miedo a ser clonado o a perder sus «cucharas» no es más que el terror visceral a la disolución de su identidad impostada. Sin embargo, concuerdo con Sináis en que no estamos ante un plagio legal o literal, sino ante un colonialismo afectivo: Nasar fagocita la correspondencia y el fantasma de Luis Borja (el verdadero primer amor de Laura) para construirse un piso existencial y literario.

 

Pero lo verdaderamente brillante de la estructura que propone Max Aguirre —y que Alma Baker reconstruye pacientemente desde el futuro— es cómo ese mapa de violencia del cuidado recae con un peso físico y asimétrico sobre las hijas. Mientras el patriarca flota en sus delirios cósmicos de Tungsteno 2066 o en ficciones travestidas de serie B, son Constanza y Regine quienes habitan el desgaste visceral de la decadencia familiar. Constanza asume la «escribanía del duelo», intentando racionalizar con frialdad científica el vacío que dejó la madre, mientras que Regine, la «duquesa del azúcar», se ve obligada a cargar literalmente en hombros el cuerpo marchito de un padre que se deshace. La genialidad de la novela no reside en la pirotecnia de sus realidades paralelas, sino en esa incómoda verdad doméstica: que para que el genio masculino pueda delirar y jugar a ser Dios, siempre se necesita de mujeres que limpien los platos, sostengan los cuerpos y clasifiquen las cenizas del trauma familiar.

 

 

Max Aguirre Rodríguez:

 

No olvidemos que Nasar es alguien hogareño. Realmente él cría a sus hijas, mientras su esposa trabaja y se reúne con apristas. ¿Qué 3 personajes son los peores? Me dicen que se habla poco de Ferdinand y de Dante. Mejor otra pregunta: ¿qué 3 personajes se les hizo incómodos de leer? ¿Qué 3 personajes no disfrutaron?

 

 

Sináis Bullet:

 

Esa pregunta es sencilla de responder. Hasta Agapolvo podría responderla.

 

El primer personaje que suscita mi rechazo, por su condición de satélite estéril, es Ferdinand, el esposo francés de Regine. Representa la mirada ajena que no logra comprender el laberinto latinoamericano; un testigo pasivo que asiste a la demolición de una estirpe sin aportar más que una tibia benevolencia, dejándose dominar en la periferia de una tragedia que le es ajena. En segundo término, encuentro profundamente incómodo a Dante, cuya presencia en el texto suele quedar suspendida en una suerte de limbo narrativo, un cabo suelto que fatiga la atención sin llegar a justificar su peso en la memoria familiar, encarnando esa clase de personajes que solo sirven para recordarnos las imperfecciones de todo plano literario.

 

Por último, y acaso arriesgándome a la reprobación de la mesa, señalo al propio Nasar en su faceta hogareña. Esa aparente mansedumbre del padre que cría a sus hijas mientras la esposa se entrega al fervor de las reuniones apristas, me resulta de una incomodidad atroz. No hay ternura en ese retiro doméstico; hay un repliegue cobarde, un nido donde incuba su resentimiento y su complejo de impostor. Ese Nasar cotidiano, que simula el orden del hogar mientras por dentro devora la correspondencia de Luis Borja, es el más insoportable de los tres, pues nos obliga a presenciar la génesis exacta del parásito que prefiere habitar un simulacro antes que afrontar la historia viva de su tiempo.

 

 

Gaby Webber:

 

Pido la palabra otra vez, porque lo que ha dicho Max para «defender» a Nasar me ha revuelto las tripas, y lo que aporta Sináis es el gancho perfecto para cerrar esta mesa. Max, querido, que Nasar se quede en casa criando a las hijas mientras Laura trabaja no lo convierte en un santo de la deconstrucción; lo convierte en un estratega del parasitismo doméstico. Como bien dice Sináis, ese retiro no es ternura, es cobardía. Mientras Laura pone el cuerpo en el espacio público con su fervor aprista, Nasar se encierra a fagocitar la correspondencia del muerto Luis Borja. Es un colonialismo afectivo e intelectual de puertas para adentro. Es el colmo del macho progre latinoamericano: cría para lavarse las culpas de la usurpación moral que está cometiendo en su escritorio. Por eso ese Nasar hogareño es, sin duda, el personaje más incómodo y asqueroso de leer.

 

Los otros dos personajes que se me caen de las manos por pura repulsión y tibieza son, precisamente, Ferdinand y Dante. Ferdinand es la encarnación de la condescendencia europea, ese espectro burgués que mira el trauma y la decadencia latinoamericana como si fuera un zoológico exótico, lavándose las manos en la periferia de la crisis. Y Dante es el colmo del egoísmo conyugal; un tipo que prefiere odiar en silencio a Constanza y castigarla con el desapego en lugar de sostenerla mientras ella entierra a sus padres. Son la masculinidad satelital: no hacen nada, no sostienen nada, pero estorban y exigen atención mientras las mujeres de la casa se están desangrando para mantener a flote los cuerpos y la memoria familiar.

 

Max ha logrado algo perturbador con este trío de hombres ineptos y devoradores. Nos obliga a mirar cómo la literatura y la intelectualidad a veces solo sirven para maquillar la violencia más rancia y sutil.

 

 

Max:

 

Bueno, y creo que Nasar también quiere ser el núcleo familiar. No el económico, sino el afectivo. Criándolas creo que garantiza lealtad. Y el cariño de sus hijas. Es el padre presente, mientras la madre combate con el mundo. César, tú terminas la lista. Di 3 personajes que nadie haya dicho, por favor.

 

Gaby:

 

Interrumpo un segundo antes de que César tome el micro porque lo que acabas de decir, Max, me parece de un maquiavelismo doméstico alucinante. Dices que Nasar cría para «garantizar lealtad» y quedarse con el monopolio del afecto de las hijas mientras Laura se pelea con el mundo. ¡Eso no es ser un padre presente, eso es una opa hostil emocional! Secuestró la cotidianidad de las niñas para construirse un club de fans incondicional que, décadas después, tuviera que cargar con su vejez y limpiar sus culpas literarias. Al final, el tipo no daba puntada sin hilo: usaba el cuidado no como entrega, sino como una póliza de seguro para su propio ego.

 

 

César Cedro:

 

Coincido plenamente: esa aparente entrega doméstica no es más que una póliza de seguro afectiva, un secuestro de la cotidianidad de las niñas para garantizarse un club de fans incondicional que terminara cargando con sus culpas y su vejez. Pero Max me ha lanzado el desafío de cerrar la lista eligiendo tres personajes incómodos o difíciles de digerir de los que nadie haya hablado aún, y para mí, esos nombres están en las costuras y los bordes de este laberinto.

 

El primero de mi lista es Elías Monterroso. Sé que para muchos encarna la lucidez abrasiva del viejo intelectual de izquierda, pero su cinismo de 78 años es de una incomodidad insoportable. Monterroso pontifica sobre el rigor estético y ataca el Nobel de Nasar con superioridad moral, pero en la práctica es un satélite estéril que proyecta sus propias frustraciones y su soledad decrépita sobre el duelo de Constanza. Su altanería es el refugio de un hombre que ya no produce nada real, y que prefiere dictar cátedra desde el resentimiento antes que asumir su propio vacío existencial.

 

El segundo personaje que me genera un profundo rechazo es Charly, el detective de la novela policíaca incrustada. Aunque la puesta en escena intente revestirlo de cierta irreverencia o audacia por el uso de la falda y la peluca para infiltrarse en los bajos fondos limeños, Charly representa la degradación estética del propio Nasar en su senilidad. Es un artefacto narrativo incómodo porque expone el declive de una pluma que, en su desesperación por no perder relevancia, recurre a un efectismo burdo de serie B, convirtiendo el dolor y la sordidez de una época en un mero fetiche literario desarticulado.

 

Finalmente, el tercer personaje que encuentro insoportable por su pasividad culposa es Luis Borja, o mejor dicho, el fantasma epistolar de Luis Borja. Aunque opera como la víctima original del «plagio moral» de Nasar, su presencia en el texto es la de un vacío absoluto que se deja devorar sin resistencia. Borja es la comodidad del mártir: un idealista congelado en el tiempo cuya ausencia voluntaria —o incapacidad de disputar su propia historia viva— le pavimenta el camino a Nasar para usurpar su destino. Esa falta de peso específico lo convierte en el cómplice silencioso que valida, desde el más allá, la gran mentira sobre la que se fundó el mito familiar de Villa Laura. Con este trío de ausencias y cinismos, Max, creo que el mapa de las incomodidades de tu novela queda finalmente completo.

 

 

Sináis Bullet:

 

Jovencito, ¿y cómo se defiende Luis Borja? ¿Cómo se defiende un muerto?

 

 

César:

 

Toda la razón, Sináis, mi estocada fue injusta. Un muerto no puede defenderse en los tribunales de la realidad ni sostener el peso de su propia historia, pero en la literatura un muerto se defiende dejando huellas indelebles, testamentos involuntarios que agrietan la mentira de los vivos. Luis Borja no tiene voz presente, pero son sus cartas y su memoria las que actúan como minas terrestres bajo el escritorio de Nasar. Su resistencia no es un acto de fuerza física, sino una venganza pasiva y fantasmal: obligar al «gran demiurgo» a pasar su vejez sitiado por la culpa y el terror de que su obra cumbre no sea más que el eco robado de un hombre al que no pudo salvar.