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“La conjura de los necios” vs. “Villa Laura (1986)”: representación, parodia y sacrificio
Por Max Aguirre Rodríguez
Mis textos nunca hacen parodia. No hay victoria en volver irracional una posición. El triunfo es mostrar al enemigo con todos sus matices. Y no es porque me importe el pacto con el lector. A mí no me importa el lector. Por eso mi novela empieza con 6 páginas de diálogos
No haré el chiste fácil. No hablaré del elefante en la habitación. ¿Qué elefante? Cierto, no hay elefante, el elefante se mató.
John Kennedy Toole falleció a los 31 años. Su obra es póstuma. Dejó a una madre convencida de su genio y a un editor con una pregunta sin respuesta. ¿De qué trata esta novela? Y la verdad es que de muy poco. Y yo también la hubiera rechazado.
Pero la novela es tan popular que nos permite hoy hablar de arraigo y desarraigo, de diálogo intergeneracional y de cómo se puede encajar en él incluso cuando uno tiene una voz que genera fricción. Ya que la fricción, la novedad, es parte de la gran conversación. Pero hay que saber cómo pedir la palabra o cómo gritar.
Y algo importante: la novela pareció encajar mejor en el contexto del 1980 estadounidense y en el vocabulario de esas personas.
Peaje:
Creación, crítica y representación
Cuando critico a Rorty, no lo muestro necesariamente como es. Y lo mismo hace Rorty con Putnam. El que quiera leer a Putnam, que vaya a leerlo directamente.
Representar algo es justamente volver a presentarlo. Es casi traducirlo. Anclar un discurso en un nuevo vocabulario. Uno que puede mantener mucho de ese cuerpo discursivo original, o uno que puede desfigurarlo o embellecerlo.
Cada persona refleja la luz (la realidad) de distinta manera. Y lo hacen por dos motivos: porque su materialidad es ligeramente distinta y porque ocupan un tiempo y espacio únicos.
Nuestra perspectiva del mundo madura desde nuestra niñez. Y está condicionada por cosas triviales como los sabores que disfrutamos más o los olores que aborrecemos. Pero también por qué tan rápido somos en los juegos grupales de cacería (como “chapadas” o “encantados”) o qué tan inclinados a la convivencia estemos (para aceptar la derrota cuando sea justa o injusta). La pobreza puede explicar lo segundo en términos de falta de nutrientes (y estatura) o irritabilidad (o sumisión), pero no lo hace al 100% y no explica las cosas que dependen de nuestra constitución biológica “de fábrica”.
La naturaleza humana existe. Y no es homogénea. Los cuerpos tienen pequeñas variaciones. Parece trivial decirlo, pero hay ciertas personas que niegan algo así y ahogan el tema con oscurantismo. Primero: no existe el alma. Segundo: no hay en el hombre una esencia más allá de la materialidad humana. Bien. Yo lo creo. Y dicho esto: puedo seguir admitiendo que hay naturaleza humana. Hay coincidencias biológicas transversales, mayoritarias o totales. Y por eso hay coincidencia humana. Y por eso la verdad se sostiene como coincidencia humana (que corresponde con el hecho).
Cuando Nasar, este filósofo y escritor de “Villa Laura (1986)”, está con su hija en un restaurante francés, le recuerda que él odia las traducciones que hacen de sus textos. Siente que lo están poseyendo, que lo están distorsionando. Pero él mismo no hace el esfuerzo para poseer su propia representación en ese idioma. No habla francés. Y si lo habla, lo habla de una manera horrible que nunca puede entenderse. Lo vemos en muchos momentos de la novela.
Nasar es un intelectual con un yerno francés, una hija que vive en Lyon y dos nietas. Pero no le interesa. Por eso en casa demanda que sea su lengua la que domine las conversaciones. ¿No es lo que hacemos todos? No nos interesa leer un libro original si podemos hacerlo en el nuestro, aunque sepamos que no es exactamente lo mismo. Y no nos interesa aprender neologismos filosóficos o palabras acuñadas por filósofos antiguos que suenan a palabras que conocemos, pero que no son eso. No nos interesa y está bien.
A veces los vocabularios son elitistas, pero necesarios. Otras veces solo son una barrera de ingreso, una aduana, para personas que sí quieren ser parte de esas conversaciones. Y hay vocabularios y autores que están obsoletos.
¿Y la parodia? Una representación falsa. O una provocación. Creo que la mejor representación falsa de Toole es Ignatius. Y la segunda es el dueño de Levy Pants (tan despreocupado y nada grotesco). Ignatius identifica los problemas del mundo, pero no sabe cómo encajar en él. Es muy distinto a Toole, al incomprendido real, quien era profesor de una universidad y tenía amigos, según la biografía más reciente.
En “Villa Laura (1986)” lo más paródico es Nasar en su vejez, cuando escribe sobre clonación. Habla de clonar al hombre perfecto. Y curiosamente el hombre resulta ser él. Yo no uso mi novela como un panfleto. En ese texto puedo experimentar el roce de mis ideas y los marcos teóricos personales de esos personajes. Yo he dicho abiertamente que el duelo teísta es patológico, pero el lector no se lleva esa sensación de Regine (quien es descrita con ternura y comedia). Mi novela confronta mis ideas y las amplía.
Yo estoy a favor del aborto eugenésico y tengo la intuición de que la clonación puede hacer mucho por la humanidad. Pero no tengo aún los argumentos para demostrarlo. Y siento que es un tema que aún no es relevante. Mi novela no defiende esa posición, incluso diría que la parodia.
Arraigo y desarraigo del “hombre ideal”
¿Es Ignatius un héroe? Alguien que sabe que actúa y escribe en favor de su tribu. No. Solo un desadaptado social. Hay valor en su resistencia, pero cuando este roce con la sociedad se vuelve físico, él claudica. Y no significa necesariamente que debemos volver todas nuestras certezas de justicia en imposición de nuestra voluntad. Esto requiere una calibración de territorialidad y amabilidad que permita que los hechos dialoguen con las reglas de nuestra sociedad, con nuestras capacidades discursivas y con nuestra fuerza. Y con el autosacrificio.
Y esta configuración es lo que Nasar busca en su “hombre perfecto”. Del quien dice “el hombre perfecto es el hombre muerto”. No porque el hombre ideal sea un suicida. Y entiendo que hay dolor en soportar un mundo en el que no encajamos, como le pasó al autor de Ignatius, Toole. Pero esta salida es mala para la tribu. Y mala para el individuo. Cuando una voz genera fricción y esa voz es nuestra propia voz, no hay que ahogarla. Hay que cultivarla y adecuarla a las jergas de la tribu. El progreso de nuestra gran tribu requiere una ruptura controlada. El cambio de paradigma y el progreso son posibles en parte por variaciones de nuestros discursos, nuestros “vocabularios primarios”, nuestro marco referencial compartido. Bastan unas pocas ideas propias aceptadas o discutidas como bálsamo para nuestra soledad y vejez. Si las circunstancias no permiten la deseable descendencia biológica, siempre queda la paternidad intelectual.
Nasar entonces no busca un hombre suicida. Y tampoco un hombre que simplemente se incline al autosacrificio. Este es un impulso deseable, pero no aparece en todos los hombres. Y es normal.
Pongamos un ejemplo. Eres un pasajero esperando un taxi. Lo has contratado mediante tu teléfono, mediante una aplicación moderna. Pero ves que el taxista te espera con su carro en el medio de la pista. Obstaculizando el tráfico de otros conductores que hacen explícito su malestar mediante los claxons. El conductor, tu conductor, apenas corrige su postura. Se mueve un poco a la derecha y espera que abordes. Tú puedes rechazar ese servicio, pero entonces ves a tu familiar acercarse. Hay premura. Buscar otro servicio va a costar tiempo. De tu familiar. Pero en el fondo también tienes miedo. De generar un conflicto. Y sabes que abordar el taxi resuelve otro conflicto: la espera de los otros conductores. Entonces abordas con la esperanza dejar clara tu posición, de regañar al conductor y de que este acepte la realidad material: ha cometido una infracción a las normas de tránsito. Él lo sabe, tú lo sabes. Pero él no lo admite. Y tu familiar luego de unos segundos entra y pregunta qué sucede. Tú tratas de ser contundente y hacer respetar la correspondencia con los hechos: “nada, solo estaba mal estacionado”, pero añades un diplomático “según yo”. Has rechazado la correspondencia con la realidad para permitir la convivencia. Has convertido un hecho en una opinión.
Y ese desprendimiento no te ha generado paz. Ahora eres un animal enjaulado. Esperando otro roce para reavivar el conflicto. Para darle un cierre discursivo o físico. Y hay una oportunidad casi inmediata: pedir que baje el volumen de la música. Pero no está tan alta y en el fondo piensas en tu integridad física. Y en la persona que te acompaña. Has hecho un cálculo inconsciente en el que sabes que una pelea es una posible merma en tus capacidades físicas, sociales y reproductivas futuras. Un hombre con cicatrices reduce sus posibilidades reproductivas. Un hombre lesionado no puede trabajar a todo su potencial. Y un hombre demandado puede ser percibido como provocador de violencia, aunque no lo sea.
El carro ya está muy cerca. Hay un vehículo policial muy cerca al punto de destino. El taxista se adelanta. Parece que no va a encallar cerca a tu casa, como el pacto moderno (y la aplicación) lo dictamina. Entonces por fin marcas territorialidad. “¿Qué? ¿Acaso no se puede doblar?”. Tu cuerpo está listo. Como debe ser. Porque la violencia es el último recurso, pero debe ser uno de tus recursos. Debes tener fuerza suficiente para imponer la justicia y la correspondencia. “No, no, es que por allá no se puede salir, sí voy a entrar” dice casi amablemente, muy distinto a su actitud inicial. Casi sumiso. Y entra en reversa y llega a tu casa en reversa. Y hasta dice “gracias” al despedirse. ¿Pero esto lo causaste tú con tu voz firme? Te carcome las dudas. ¿Este fue por ti? ¿Un hombre cobarde, o pragmático e ingenuo, que subió al carro de un infractor? ¿O por el gran carro de los policías de al lado? Tú mismo sabes que el conflicto ya no va a poder escalar. Ahora si te acercas a regañarlo o aleccionarlo, esto puede ser visto como una provocación. Pero debes hacerlo, deberías poder hacerlo. ¿Pero qué importa vaciar esas palabras en un hombre que no quiere escucharlas? Importa para ti, para tu bienestar, para dejar algún tipo de constancia en su cerebro de que ha hecho las cosas mal. Pero no lo haces. Y te arrepientes.
Luego usas un mecanismo seudoanónimo para reportarlo. Él sabrá muy posiblemente que fuiste tú. Te da algo de paz. Pero no es lo mismo.
¿Entonces cómo habría actuado el “hombre ideal” de Nasar? El hombre ideal sería el que ponga los riesgos biológicos en segundo plano. El hombre ideal entiende las consecuencias del conflicto, pero sabe que no se puede negociar sobre los hechos. Por eso va y alza la voz, aunque el contexto sea hostil. Aunque su acto pueda ser malinterpretado. Y primero alecciona y luego se impone. Y si la lección es rechazada, quizás puede darse por satisfecho, pero si el cínico pierde control, el hombre ideal tiene la fuerza para dominarlo, calmarlo y dormirlo. Y si un conflicto es mayor, el hombre ideal sale a defender a quien deba defender. Y sobre todo la justicia y la correspondencia con los hechos. Y si muere, no ha sido en vano. El autosacrificio ha sido su única salida lógica. La preservación de la justicia y la correspondencia es su regalo para la gran tribu, pero es también su paz individual y es lo que le da sentido a su existencia. No es un acto irracional, es un acto lógico y coherente con su biología individual.
Este individuo es el hombre ideal que Nasar quiere replicar. Un hombre fuerte y amable. Uno que no vive por el rencor, sino por la justicia. Y debe ser uno imbuido en los argumentos discursivos más precisos producibles. Así la fuerza es antecedida por el discurso, por el diálogo.
Pero la sociedad también debe estar preparada para que los hombres cínicos sean una anomalía. Recuerdo que en el 2024 reclamé con otros 30 autores nuestros derechos editoriales. La editorial Caja Negra no era transparente. Y entonces hicimos un video mostrando nuestros rostros. Pero muchos no quisieron aparecer. La excusa: sus empleadores iban a ver con malos ojos que estuvieran en este caso (que tuvo algo de prensa). ¿Cómo? ¿Qué clase de empleador ve como algo negativo que alguien se incline a la justicia? ¿Qué sociedad estamos construyendo?
El hombre ideal ya debe existir. Debemos encontrarlo. Si hay alguien que mezcla de forma perfecta fuerza y amabilidad, yo lo quiero como protector. Y si hay maneras de replicarlo (clonarlo), debemos hacerlo. No se trata de cercenar la individualidad de un individuo. Se trata de multiplicar su voluntad. De proteger a nuestra gran tribu.
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