Villa Laura (1986) -versión de 2025-

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Villa Laura (1986)

 

 

En memoria de mi madre.

 

 

 

-¿Le pegaste?

-Sí, papá. Odio cuando me dicen ¨gordita¨.

-¿Y no lo eres?

-Cállate

-Constanza, no molestes a tu hermana.

-Sí, mamá.

-Oh, como cuando eran niñas.

-Constanza ya está vieja, ya no puede tener hijos.

-¿Ya no soy una figura de autoridad?, Regine.

-Perdón.

-Ay, hijita…

-Papá, esta chica siempre habla sin pensar. Menos mal mi sobrina no es así.

-Mis nietas son hermosas. Ven, Laura, ¿qué falta?

-La sal. Olvidé la sal.

-¿Y la ayudante?

-Empleada, papá.

-Prefiero decirle ¨ayudante¨, hija. Es lo que es.

-Siempre elitista la Constanza.

-¡La señora Mercedes es también compañera! Me dice maravillas de nuestro candidato.

-Ya empiezas, mamá…

-¡La Constanza votaría por Leguía si pudiera!…

-Votaré por el PPC…

-¿Por el solcito?

-Mi Boni… siempre ocurrente mi esposa.

-No, porque se opusieron a Velasco.

 

-Volví. Aquí está la torta. Dejen la política. Eso envejece. Miren a la Constanza.

-¿Y a mí?

-A ti no, mamá. Tú estás bien.

-¿Este es el sabor que mostrarás mañana?

-Uno de los 3 sabores.

-Yo quiero. Morado. Encantador, hija.

-Laura, primero termina la milanesa. Debes comer, amor.

-¿Ya para qué? Igual me voy a morir.

-No digas eso, mamá, por favor.

-¿Les da miedo la muerte?

-Sabes que no, amor. Estamos preparados.

-Mamá, mañana verás a mis hijas. Son mejores que las de Constanza. Eso te va a animar.

-Esta niña… Mamá, mañana yo me ocuparé de atender a todos. No te esfuerces, ¿sí?

-Gracias, Constanza.

-Amor, aún te quedan muchos años. Vamos a viajar.

-No creo, Nasar. Pero a ver si se puede.

-¡Mamá!

-Chicha morada

-Sí, mamá.

-Bueno, me sirvo. Ya no quiero el pollo. Iré a mi cuarto. Puedes llevar a las niñas.

-¿Las mías?

-Las mías llegan a las 4 de la tarde. Dante las llevó de compras.

-Las mías quizás vengan hoy. Quizás mañana. Mi esposo las llevó a probar dulces al Centro.

-¿Comida de la calle?, hermanita.

-No tiene nada de malo. Lo local es súper. Me inspira a crear.

-Niñas, vayan a ver su madre. Yo iré a revisar unas cosas cerca a los lagos. Uno está seco. Regine, no olvides los picarones de menta.

 

 

 

-Papá

-¿Ya pudiste recordar?

-¿No vienes? Regine está con mamá

-Tienes sus ojos

-Papá, ella va a estar bien.

-No…

-Papá, que este mes sea el más bonito. Villa Laura fue una gran idea.

-A tu madre hay que agradecerle en vida.

-Sí, papá, ¿no quieres hablar con ella?

-A veces duele.

-Sí

-Quisiera que estuviéramos para siempre.

-Papá, no llores. Yo estaré contigo.

-Discúlpame, Constanza. Perdóname, por favor.

-¿Por qué? Papá, tranquilo

-No quiero volver a estar solo. Me aterra la soledad, hija. Sé que fui duro contigo.

-¿Conmigo? No, papá. Siempre fuiste amoroso.

-Tus hermanos…

-¿Hermanos? Papá, vamos a casa.

-Este lago está sediento, pero no es culpa del Sol. Nunca es su culpa. Este lago es la tumba de un amigo. En vigilia dendera. Este lago…

-Tranquilo, papá.

-Perdí a Luis hace 40 años. Le fallé. No pude ser un buen amigo.

-Convertiste sus cartas en arte, papá.

-Robé su historia. Le robé sus títulos. Le robé su vida.

-No le robaste nada, papá. Lo que hiciste te valió el Nobel.

-No, solo usé sus textos para que mi nombre retumbara un poco. Lo combiné con drogas. Destilé sus traumas y los traumas de su madre, y los convertí en mi vida.

-Nunca lo suplantaste. Papá, el personaje mantiene su nombre.

-¿Luis Borja? Un esclavo de mis palabras. Un títere que…

-Papá, ¿mamá sabe lo de este lago?

-No es el mismo lago. Pero se le parece.

-Papá, te espero en casa. Podemos conversar. Podemos escribir algo juntos.

-Papá, no huyas, ¿está bien? Tienes a tus hijas, aún a tu esposa. Y a tus nietitas.

-No he delirado en casi 3 años, linda.

-¿Y mis hermanos?

-Disculpa.

-¿Cuántas somos?

-2

-¿Y nos llamamos?

-Constanza y Laura Regine

-¿Tu edad?

-¿38?

-Papá…

-No estoy loco, Constanza. Ve a casa. Ve a casa, hijita. Es hora de escribir.

 

 

 

 

 

 

 

 

Las recetas de Regine

 

Regine se acerca a Nasar (su papito) con libros firmados. Le trae uno de Dumas y le dice que está firmado, pero por su hijo. Nasar se sorprende, le aclara que eso no cuenta. Que no son la misma persona, no son sus logros. Regine dice que es como ellos dos, que ella tiene su ADN, que ellos son igualitos. Nasar no discute. Luego ella le da un libro de Proust. Y Nasar cuestiona si ese viene firmado por el nieto. Regine le aclara que por la nieta. Nasar finge estar molesto, pero luego sonríe.

 

Con los años su padre ganó manías. No le gusta que lo tuteen, no da la mano y roba las cucharas de los restaurantes a los que va. O al menos lo hacía hasta que el periodista y escritor peruano Elías Monterroso lo expuso en una nota que primero llegó a España y luego a escándalo francés.

 

Regine lo ve en ese restaurante francés alguna vez liderado por una mujer campesina. Describe su cara. Ya no tiene la mirada fría, de loco, de ladrón y asesino. Tiene la mirada hundida por la edad. Y los ojos más chicos por el peso del tiempo. Aún da miedo mirarlo, porque parece molesto. Pero ahora sus mejillas están más hinchadas como el resto de su cara. Parece siempre estar sonriendo. Ahora siempre se ve molesto, pero de manera irónica.

 

-/Canárd du pupel/

-Papito, déjame pedir a mí.

 

Y él acepta el comando, porque viene siempre con una sonrisa de su princesa. El mozo, con acné vencido, mira al escritor que mantiene la mirada por 6 segundos y luego la cuchara. No el cuchillo ni el tenedor. Y luego lo vuelve a mirar nerviosamente. Y el escritor sigue mirando. Molesto y a la vez alegre. O extraño.

 

Luego el escritor se entretiene mirando a los otros, quienes voltean a ver, pero solo a su princesa. En las otras mesas la luz acaricia las ropas y peinados de gente refinada. Mujeres con aretes grandes y peinados trabajados. De esmero ajeno y de hombres elocuentes, que siempre están hablando cuando Nasar los mira. Excepto uno, que no voltea a ver. Y Nasar sospecha. Con la edad sentía que el mundo lo miraba y él no quería ser visto. Solo quería observar.

 

En esa Francia varios conocían sus textos, pero no todos amaban las versiones traducidas (las cuales Nasar consideraba espurias). Pero cada vez más gente creía conocerlo por esas versiones que las suyas (las escritas en español). Entonces la gente quizás lo imaginaba de otra manera, de otra edad, de otra cara.

 

Y esto pensaba, mientras los murmullos franceses, que él sentía como telegrafiados, cruzaban hasta cada barricada. Entre su hija y el mozo. Porque Regine intentaba pedir que se le sirviese de una manera. Quizás una manía incipiente que por suerte abandonó cuando se hizo abuela.

 

-Papito, ¿te vas a llevar esa cuchara?

-No quiero ser clonado

 

Y entonces el papá agarraba la gran tela que a veces ponía en sus muslos o que dejaba huérfana sobre la tercera silla inútil o la cuarta. Y explicaba uno de sus cuentos, sin antes mirar si alguien lo miraba, si alguien iba a escuchar su relato, si el hombre callado de la mesa derecha seguía callado.

 

Porque si no hablaba y no miraba, entonces escuchaba. Si no hablaba y no miraba, estaba escuchando.

 

Cuando la demencia se hizo evidente, unos meses después, cuando se supo la enfermedad de la abuelita Laura, unos años antes de ganar el Nobel, unos años antes de escuchar las voces y de mezclar el tiempo, unos días antes de olvidar su nombre, aquel minuto, en aquel juego, con mi abulito, el tiempo se detuvo. Y no importó nada más. Porque esa fue mi verdadera despedida.

 

-“El clon de Dios” o “Casi Dios”

-¿De qué trata?, papito.

 

Y explicó Nasar sobre ese doble mantel, carmesí y hueso, a escondidas, a volumen  bajo.

 

-¿No escribiste ya algo así?

-No, hija. O quizás sí, pero aún no lo publico.

 

Clonaban a un hombre, pero no a cualquiera, al más perfecto.

 

-¿Cómo al más perfecto? ¿Al más bonito?

 

No, con perfecto se refería al hombre que había dado su vida por la de otros. Aquel modelo que buscaba la Unión Soviética rechazando la eugenética. Porque ellos buscaban al hombre perfecto en un estado natural. Pero el hombre perfecto es el hombre muerto. Como en el cuento, el hombre perfecto solo se había revelado luego de ver en el tren los estados de la vida, de ver a la humanidad como un organismo vivo que debe defenderse. Y entonces eso hizo: hizo la diferencia. Cuando amenazaron a las personas de ese tren. Cuando los explosivos fueron anunciados, aquel hombre luchó con todos ellos y se los llevó fuera donde la luz fue la señal que los hombres vieron. La confirmación de que podían ser mejores. Entonces mucha gente grabó su sacrificio en los relatos orales. Y en los escritos.

 

Y él fue el molde. Rusos, americans, italianos y franceses quisieron su versión del hombre perfecto. Y así criaron a su hijo nuevo. Unos con la rigidez militar, otros intentaron darle valores cristianos, otros lo hicieron defensor de la pizza tradicional y los otros quisieron que él justificara lo superior de su historia y de su lengua.

 

-Papito, ¿y su familia? ¿Tiene familia o así no más es?

 

Nasar, concentrado en su hija, volteó y vio que el hombre de la derecha ya no estaba. Entonces pudo contar el final.

 

Explicó que lo otro estaba por terminar, pero que tenía los diálogos, esperanzado en que sea una película de 5 horas.

 

También dijo, como era evidente, que cada versión del hombre perfecto fue distinta por la cultura, por su gente, por los susurros y “vitóres”. Pero que el hombre perfecto volvió a ser el hombre muerto. Cada uno volvió a sacrificarse por los indefensos. Cada uno jamás llegó a la vejez.

 

-Y el texto anuncia que el relato es falso. “Esta historia es falsa”

-¿Por qué?

-Porque nunca debe suceder.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Balto and Alma song

 

 

 

The anonymous trees cry, because they know the end. I am just a girl who follow the music. The beats. Esmeralda, my sister, is singing. And the singing is goodbye. I walk to the house. See the dog, the ancient one. The Grass. The residuals of the cobbled road. And “Leonora”, the tree with name, points out the Sun. I push the door with my tiny strength and follow the music. Abulita. Abulita is there.

 

Mi voz puede volar,

puede atravesar

Cualquier herida,

cualquier tiempo,

cualquier soledad

Sin que la pueda controlar

toma forma de canción

Así es mi voz

que sale de

mi corazón

 

Y estos recuerdos ahora los sueño en el idioma de mi abuelo. Y mi hermana canta y mi mamá baila. Y la abuela Laura se une.

 

Mamá. Lucha. Mamá, debes seguir luchando. Quiero llevarte de viaje. Cuando crezca, te llevaré de viaje.

 

 

Y volará

sin yo querer

Por los caminos más lejanos,

por los sueños que soñé

Será el reflejo del amor de

lo que me tocó vivir

Será la música de fondo de

lo mucho que sentí

 

Y oye mi son

mi viejo son

Tiene la clave de

cualquier generación

En el alma de mi gente,

en el cuero del tambor

En las manos del conguero,

en los pies del bailador

Yo viviré, allí estaré

 

Yo viviré,

yo viviré

Yo viviré y

allí estaré

 

Cuando el sueño se esfuma, siento dolor en el pecho, pero recuerdo que viajé con mamá, que le di regalos. Que la lloré todo lo que pude llorarla. Y que busqué en sus recuerdos. Me encontré en ellos, de la forma más dulce, y me sentí amada.

 

Cuando era niña, el idioma hacia todo misterioso, como les pasa a ustedes ahora mismo. Solo me quedaba entender los sonidos, los gestos. Mum, I used your words. I used your voice.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El Clon de Dios / Casi Dios

 

 

[Este texto es falso]

 

Revisaba el periódico del atentado: 1961, en Vitry Le Francoise. Y la réplica: 1962, en Vitry Le Francoise.

 

Aquel primer tren tuvo gritos y sangre. Y el segundo tuvo un héroe.

 

Se preguntaba por el hombre que fue, el que se sacrificó. No tenía sus recuerdos, pero sí su rostro.

 

Los ojos profundos frente al espejo. Las cejas pobladas que dejaban algunos pelos hacerse individuos. Los tocaba con los dedos, acomodándolos. Era belfo, de labios gruesos. Era de piel morena, tosca, escamosa. Y, en la foto, usaba bigote. El de la foto tenía 55 y una cara ya algo deformada e hinchada por la edad. Tenía una expresión de loco, de asesino, de ladrón. No de héroe.

 

Él, alguna vez 57, tenía ahora 21. Era 1985. Él era la réplica de aquel héroe, del llamado “hombre perfecto”.

 

Mañana sería presentado, como los otros 3, para liderar misiones enfocadas en sus países. Él era la versión francesa. Su misión: resaltar su historia y su lengua. Dejar en claro su superioridad cultural. La versión militar (soviética) era científico. Dos años mayor. Se lo consideraba el primer clon perfecto. Si, lo de “dos años mayor” era propaganda. La versión de los americans salió rebelde. Un teólogo que se supone que esparciría la palabra del dios cristiano. Se hizo científico como Máximus, el soviet. La versión italiana, la más incomprensible, tenía la misión de resguardar la receta original de la pizza italiana.

 

El día de la presentación un periodista llevó un cuestionario preparado por el gobierno. Las respuestas fueron respondidas. Tal como en el ensayo.

Dejó París y llegó a Lyon 2 días después, donde se había reservado todas las mesas de un restaurante. Las ventanas eran inmensas. Los guardias se sentaron lejos de él. Y esperó que ella saliera a saludarlo.

 

Antes de dejarlo solo, le dijeron que Luigi (su “hermano”) quería reunirse con él en París. Y que mañana tocaba ir a un colegio y que pasado mañana a un museo.

 

Ella apareció. Le dio un abrazo efusivo cuando él apenas se estaba parando. Luego dejó de apretar. Era cómo verlo de nuevo. Pero más joven. Era el rostro de su papá.

 

Se sentaron uno al frente del otro, luego de que ella insistió en sentarse al lado.

 

[Hallado y traducido]

 

-He leído sobre usted, señora.

-Tienes sus ojos. Perdona que te abrace así. Disculpa, ¿ya?

-Trate de no hacerlo.

-No me trates de señora. Te llevo solo 12 años.

 

Él la conocía solo de los periódicos. Ella era una pastelera famosa que trabajaba con su esposo en su restaurante familiar. También ella era la hija de aquel hombre, a quien perdió a los 12 años.

 

-Tu hermana no vino. Ese hombre tenía dos hijas.

-Ella dice que tú no eres nuestro padre.

-Y tiene razón.

-Tienes… su carita.

-Tu amor hacia él es lo que lo define. Yo solo soy una versión de él, una ucronía.

 

Él la miró. Le llamó la atención los ojos de la mujer. Tan perfectos. Y vio que ella era realmente befla, sus labios también mostraban una actitud infantil. Sus gestos eran de niña. Y su mirada.

 

[Completado]

 

-Lamento lo de su esposa.

-Sí… Gracias.

 

La mujer intentó cambiar el tema, o profundizar en él. Otras preguntas se anticiparon en su boca.

 

-¿Sueñas?

 

La tomó desprevenida.

 

-¿Usted sueña?

-No me trates de usted. Dime Regine.

-Regine, yo sueño. Tengo conciencia.

-¿Cómo? ¿Cómo puedes soñar? Si no tienes alma.

-No creo en el alma.

 

En ese momento, Regine miró los ojos de su joven “papá”, buscando esa chispa que ella creía ver en las personas. Él la tenía.

 

-No crea en Dios. Creer en Dios es lo que evita que cierre la herida.

-Papito tampoco creía en Dios.

-Hacía bien.

-¿Entonces sueñas como los demás?

-Seño… Regine, sí, no se aferre. Debe enfrentar la verdad: sus padres ya no están. Y no hay nada de malo con eso.

-¿No?

 

Regine contiene las lágrimas y hace el gesto con la boca que hacía de niña. Hay silencio. Y anuncian que traerán los postres.

 

-Ellos fueron felices a tu lado.

-Sí.

-Es natural despedirse de los padres.

-Es que me gustaría decirles tantas cosas.

-¿No se las dijo?

-No. A mamá. Solo a mamá. A papá no.

 

Él meditó sobre la reunión. Miró el cabello oscuro de Regine, su complexión robusta, pero infantil.

 

-¿Me las quieres decir?

-Sí, por favor. Déjame decírtelas. Te… Él se perdió muchas cosas. Solo quiero decirlas.

 

Entonces la conversación se pierde entre dulce brisa, entre postres, entre la Flor de Jamaica y la menta. Entre los primeros años de Regine. Entre una madre ausente que aprendió a dejarse abrazar, entre una hermana que creció en amargura. Entre un esposo que la maltrataba hasta que ella devolvió el golpe, entre un hombre que creció y evolucionó a su lado, entre las hijas que poco supieron del abuelo.

 

-Solo tuviste 12 años para enseñarme todo. Me enseñaste poco, papá. Pero fuiste un buen padre. Estuviste en todas mis decisiones. Hoy, como dice tu alma, te dejo ir.

 

Él se conmovió y a la vez sintió que era imposible que aquel hombre haya sacrificado su vida. Era imposible cambiar la vida con sus hijas por unos extraños. Regine estaba más calmada cuando pronunció estas palabras:

 

-Sé por qué diste tu vida. Nos inculcaste que debíamos hacer algo por nuestros hermanos. Que llegaría el momento. Por eso eras tan dulce.

 

Él quiso hablarle de una realidad más feliz. Quiso contarle sus sueños. Ella estaba lista para irse.

 

-Regine, ¿y si te dijera que hay un mundo en el que te acompañó hasta el final?

-No cambiaría nada. No soy esa Regine. Sé que volveré a verlo. Y si no, está bien.

-Dices bien. Ya les dije todo lo que tenía que decirles.

-Sí…

-¿Te gustó? La menta.

-A él también, ¿no?

-Sí. Él nos contaba historias…

-Puedes contarme tu sueñito. Pero sé breve.

-Así será.

 

 

 

 

 

 

 

Villa Laura (1986)

 

 

-Regine

-Papá, mamá duerme, dime.

-¿Constanza?

-Habla más despacio

-¿Con-stan-za?

-Papá…

-Hi-ja

-Con menos intensidad. Sigues siendo bromista. Viejito y bromista.

-No me tutees

-No te hagas, papá. Ya hasta dejas que Ferdinand te tutee.

-Ese idiota…

-Es mi esposo, Monsieur

-Tu esposo es un idiota. Menos mal sabe cocinar… pero ese nombre…

-Ay, papá…

-Constanza es bonito nombre. También Ree-YÍN. Y Laura

-NaSAR…

-También. ¿Pero Fer-di-NAND?

-A veces lo dice como FERdinand.

-Igual. Es horrible. Como Ferdinand Sosur

-¿Quién?

-El lingüista que yo critico en mis ensayos

-Papá, mañana vienen tus nietas. No te van a entender…

-Les voy a hablar en castellano y me van a entender

-Papá, mamá…

-Ya voy, amor…

-Papá, está soñando.

-…¿ya dominan el castellano?

-Ya no practican su castellano…

-Por culpa de Ferdinand

 

 

 

-Otra vez solos

-Sí, amor. Disculpa

-¿Por despertarme? Te has vuelto un viejito renegón

-Últimamente duermes mucho, amor.

-¿Recuerdas al gato?

-¿El que se quedó en la puerta?

-Él vino a llevarme. Pero no me dejaste.

-Boni…

-Nasar, debes dejarme ir cuando llegue el momento

-Falta mucho para eso

 

-Le pregunté a Regine por mi respiración

-¿Qué te dijo nuestra hijita?

-Que respiro raro.

-Ella es así, amor.

-No me mientas. No te mientas.

-Laura, amor…

-No llores. Tenías razón.

-Sobre los olores. Sobre la química de nuestro amor.

-Tú me sigues gustando. Mi Boni.

-Ya estoy viejita

-Tienes 66 y yo 80. Estás joven.

-¿Me vas a cambiar cuando me muera?

-No, Laura. No.

-Yo sí

-¿Qué?

-Yo rehacería mi vida

-Reharía, amor.

-Seguiría. Debes seguir viviendo, Nasar. Te quedan libros por escribir.

-No, ya no.

-Sí. Puedes contar mi historia

-Aún no, amor.

 

 

 

 

 

Las recetas de Regine

 

 

 

 

 

 

 

 

Capítulo 10: Cumpleaños de papá (1969)

 

 

“En la mesa dulce réplicas de su amor. Un río de azúcar. Y briznas, rayaduras y astucia. Hay.

Es el chocolate, medero y prusto”

 

Escribe papá.

 

Sobre ese día, ese cumpleaños en el que sus dos hijas ya eran madres, hizo silencio.

 

Yo escribí sobre mamita. Con ayuda de Almita. Mi sobrina. La más chica de todas.

 

“Es un néctar. Saciante. La luz lo explora pidiendo permiso.

Es el amor de mamá y hoy sabe a chocolate”.

 

Y preparé ese postre con mamá. Horas antes de la fiesta. La abracé y ya no preguntaba la razón. Como cuando era más pequeña y ella era más fría. La sueño siempre a esa edad. 51.

 

Antes de la enfermedad.

 

Ahora soy mayor que ella. Ella jamás tuvo mi edad.

 

En mi sueño siempre hacemos postres distintos y están mis dos hijas. Algo imposible, porque una recién ha nacido. Y la otra está en insumos. No está ni en el horno. Ay, mamá. Qué bellos ojos me heredaste. Soy tu clon. No hay duda. Solo eres más delgada.

 

A papá lo sueño de viejito, cuando ya no era tan serio. Y a mi hermana la sueño justo en estos días, cuando empezamos a ser madres. Cuando teníamos más en común. Solo yo vivo. De los 4 solo quedo yo para recordarlos.

 

Horas antes de hacer los postres vi a mi hermana Constanza. Radiante como siempre. Papá decía que ambas éramos igual de bellas. Nunca dijo que Constanza era la más guapa y elegante. Ni que yo era la más linda y graciosa.

 

La luz naranja borraba su rostro. Solo se veía su saludo. Mi hermana mayor siempre tuvo ese brillo distante, parecido a mi madre de joven. Un brillo frío, pero imponente. Hoy era un día soleado, hijo de noviembre.

 

Papito cumple 65 años y nos mira preparar los postres. Algo cuchichean los esposos. En idioma ajeno. Inventado. Papito y mamita siempre me dieron paz.

 

 

-Barzi, barzi, Nasar.

-Andelum, mon xil

 

 

Mamá aprendió el idioma de papá. Lo hizo por amor. Por diversión. Por aventura.

 

Y papá aprendió a abrazarla, con la intensidad exacta. Aprendió a admirar sus ojos y su figura.

 

Esa mañana mamá preguntó por el peso de nuestras hijas, nuevecitas, por nuestros esposos. Por nuestras vidas en esos otros países. Papá solo quiso saber si esos hombres sabían callar y pedir disculpas.

 

La fiesta empezó en la tarde para evitar conflictos con el presidente. Los limeñitos debíamos estar en casa temprano. Cada uno en la suya. O el militar se ponía molesto y mandaba a sus secuaces. Sujetos que podían ser muy sumisos y no mirar a papá, o los que parecían enfrentar a algo que no era humano. Hubo rumores de que papá podía volar, estar en muchas partes a la vez, torcer las voluntades y cambiar los pensamientos. Rumores ensanchados por su mejor amigo, el escritor y periodista Elías Monterroso.

 

Rumores que no dejaban tranquila a Constanza, cuyo miedo se vería justificado años después cuando personas extrañas pasaban muy cerca de la casa. A mirar. A mirar mucho.

 

A mirar el pasto y especialmente los lagos. Decía el rumor que esos dos lagos eran sus ojos.

 

Mamá vestía recatada, igual que su clon, la hermana mayor. Yo iba con mi atuendo de chef. El más lindo y limpio de todos. Así di la mano de algunos invitados. Los poetas apristas amigos de mamá… y los otros. Uno de ellos: José María Arguedas.

 

Le pedí su autógrafo. Sabía la noticia. Sufría mucho y ya lo había intentado una vez.

 

Habló con Constanza y papá. Quería saber si el suicidio podía esperar.

 

La Constanza, doctorita y muy capaz. Sanadora, presumida y siempre bien vestida.

 

 

—Regine camina explorando con la mirada, parpadeando, como tomando instantáneas. Ve a Arguedas bajar la mirada, derrotado, y despedirse de Nasar. Ve a su madre. La ve con hombres con surcos en el rostro que no ve en su esposo francés. Hombres con vivencias más duras, más frías, más de la sierra. Y otros sobrevivientes de años de explotación (o herederos de ella). Así escucha a los poetas apristas, entre ellos Manuel Escorza. Y sus discursos para el pueblo. Y ve a papá conversar con un señor de lentes gruesos [Enrique Congrains]. Hablan de un futuro distante. ¡1000 palabras para el planeta Tierra! Apocalipsis.

 

Las paredes eran amarillas. Algunos decían que marrón claro. Eran amarillas, más vivaces que luego. Y ahí se paró Regine. Y tantos otros. Llegaba Chabuca Granda. Y papá se sentía honrado, pero amenazado. Ya no era protagonista.

 

No llegó sola. Los músicos bajaron los instrumentos y cercaron a la estrella. Uno muy joven traía la guitarra [Lucho González]. Nasar se acercó. Y movieron los labios. Hubo sonrisas. Una de ellas frustrada. Otra comprensiva. Habría un espacio digno para los fumadores. Uno alejado. Algunos gestos con los ojos hacían ver que Chabuca no lo aceptaba del todo. Nasar le respondió que los hombres también irían ahí.

 

-Mi hija, la chef repostera.

-Usted es la de.. la limeña.

-No, yo nací en los andes. En puna brava.

-Perdón. Sus canciones. Me gustan.

-Hoy vengo hablar de un amigo, con el permiso de otro.

-No, por supuesto.

-Quien merece varallo, quien tenía de fusil una rosa.

-El bastón de mando

-¡Monterroso! Me escribes una buena crítica

-Buenas tardes a todos. Buen postre, buena música, regular novela.

-Buenas tardes, señor. ¿De qué escritor hablan?

-Las generaciones de ahora…

-Ella solo preguntó, don Elías. ¿Dónde queda la cordialidad?

-Niña, de Javier Heraud.

-Mi hija se llama Regine, Elías.

-Regine, Javier fue un amigo. Se fue joven. Murió joven.

-Y por eso es mejor escritor que tu padre.

-¿Morir joven te hace buen escritor?

-¡No lo digas así, hija!

-Sí, niña. Mira a tu padre. Hoy cumple 65.

 

 

[Lo demás es nebuloso en la mente anciana de Regine. Recuerda hablar con Arguedas y escuchar el recital de Chabuca, pero no lo anterior. Para eso tenemos la columna espuria -sin permiso- que sacó Monterroso un día después y sus declaraciones a lo largo de su vida].

 

Se dijo que fue una reunión santa. Yo estuve ahí. No me lo contaron. Todos dejaron los disfraces, sus pieles humanas.

 

Todo era amarillo y lo que nunca lo fue ese día lo era. Algunos sacos, incluso las partes de metal de los lapiceros. Las líneas de los platos en los que pusieron los postres. Eran de sangre, pero por la luz parecían naranja. Amarillo. Sangre amarilla. Sangre naranja.

 

El rostro falso y humano de todos era amarillo. Y así se mostraron. Y luego se vio la carne viva, el color verdadero. Con carne azul, Nasar hace 10 años me mostró su rostro y confirmó mis sospechas.

 

Era un marisco, un cangrejo de ojos profundos y hundidos, y de seis tentáculos que casi eran brazos. Los demás brillaban y no tenían rostro. Cuando empezó el recital, gritaron en nombre de uno de ellos, quien se decía tenía el cuerpo menos intenso de todos. Su luz era tenue. Resignados, lo sentaron para escuchar el recital. Todos cerraron los ojos. Para sentir con el cuerpo.

 

 

[Bueno, ahora, volvamos a Regine y el momento del recital]

 

 

—Regine buscó un lugar para ella. Ya anochecía. La luz se hacía más amarilla. La apagaron. Un brillo blanco enmarcó a Chabuca. Y a sus músicos negros. Buscó un lugar con su hermana, pero no pudo. Buscó un lugar con su padre y su madre, y no pudo. Solo encontró una silla, en una mesa donde un postre seguía intacto. El escritor marchito, el gran Arguedas, fue su compañero. Ella volteó la silla, Arguedas solo quedó de lado. Mirando a la izquierda con ese rostro rendido y triunfante.

 

 

-¿Y usted escribe?

-No, la Constanza… Mi hermana escribe.

-¿Y escribe como tu padre?

-Ya no mucho. Ya es doctora.

-¿Y por qué eso es impedimento?

-¡No sé! Pero escribía de niña. Con papá.

-¿Y tú no?

-Yo leía

-Algo que tu padre no hace… según varias entrevistas

-Lee a medias

-Sí, y hace diálogos eternos… por lo largos…

-¿Y eso está mal?

-No… solo es diferente. La fantasía es lo suyo.

-La ciencia ficción

-La fantasía que juega ser ciencia

 

-¿Y qué leyó sobre mí?

-Pongoq mosqo…

-“El sueño del pongo”

-Sí, ese. Es muy divertido. Está bueno.

-¿Solo ese?

-Déjeme pensar. ¿No comerá mi postre?

-“El sueño del pongo” es muy crudo.

-Sí, habla del maltrato. Pero el final está gracioso.

 

-Sé que no está bien. ¿Hoy se siente bien?

-Ya va a cantar. Sí.

-Se están alistando. Señor, también leí “La agonía de Rasu Ñiti”

-¿Y también te pareció gracioso?

-No. Me pareció emotivo. Aunque sí lo sentí como algo mágico.

 

-El corazón está listo. El mundo avisa. Wamani está hablando. Tú no puedes oír.

-Sí puedo, señor. O quiero poder.

 

Regine mueve la silla. Ya no está mirando a Chabuca alistar sus palabras. Ahora está más alineada con el escritor mestizo.

 

-Dejé el postre para ver a la chiririnka posarse. Ella es la confirmación de mi muerte.

-¿Le da miedo?

-No, porque cuando llegue el momento, escucharé todo. Acá en este mundo caminé a tientas. Allá está la luz y la paz.

 

 

 

 

Chabuca Granda:

 

(Habla mirando al cielo, al lado derecho, como recordando) me preguntó tu hija si soy limeña. Y no lo soy. Y supe que no lo era a los 11 años. Cuando visité Lima y descubrí que los niños éramos de colores. Yo nací en los andes, a cuatro mil ochocientos metros de altura. Y a mí siempre me vistieron como a una niñita serrana. Quizás a mi hermano mayor lo vestían de niñito europeo y por eso… le dio frío.

 

Yo cabalgué los cerros de la quebrada, al lomo de la escoba. Nadie me pudo deformar.

 

Yo… ¿cómo será la palabra? Pude… mantener mi mirada campesina.

 

El único gran dolor de mi vida es la muerte de mi padre. Y hoy ustedes dos. ¿Dónde está la otra? Ahí. Hoy lo tienen vivo. Abrácenlo. Siempre. Sin motivo alguno, porque esos abrazos vuelven, en las horas más tristes.

 

Y también perdí amigos. Y hoy, con permiso de otro, quiero honrar a nuestro poeta. A nuestro Javier Heraud…

 

 

Mientras jugó

la guerra

de los niños

Con un

fusil

hecho de

Cualquier   cosa

Quizás de arroz

Quién sabe de

una rosa

 

¡Inmolada paloma!

Solitaria

 

Deja mirar

tu río

Cuando vuelve

Aquel que

me promete

Tus flores

de

poeta

 

Las sombras

Los silencios

Los dolores

¡Lloran!

aún más hondo

Al

Recordarte

haciendo guerra

Con

tus flores

buenas

 

-Y el ritmo se hace lento y grito-.

 

Ese día el fusil

Era una rosa

Rastrillada

En el aire

¡Peligrosa!

¡¡Ese día era el sol!!

Más sol al río

Más río el río

Y más

La guerra era…

 

Y más

La muerte

Desde la ribera

¡Y una granada!

El verso

Detonada

Javierta está

 

 

-Y sigue la voz, cigarrosa, y la música. Siguen las vocales, ahora más roncas y amargas, de victoria-.

-Regine mira a Chabuca y luego a Arguedas-

 

 

Quedó al rocío ¡qué!

Llovió de un río aquel

Hundido río

¡En su vena rota!

Javierta está

Alerta como entonces

Al hombro

Del     ¡poeta!

¡Va ganando

La guerra!

¡¡Con su rosa!!

 

 

 

 

 

 

 

 

Villa Laura (1986)

 

 

 

-¿Has leído todos estos libros?, papá.

-La mitad. Y no la mitad de todos. La mitad de cada uno.

-¿En serio? ¿Por qué harías eso?

-Para completar yo los libros.

-¿Pero lo de Cervantes sí lo leíste, no?

-Eso sí tuve que leerlo, pero no completo. Nunca he terminado el Quijote. Y no me hizo falta.

-Ya estás normal. Altanero, pero con coherencia… interna.

-Me pediste que te enseñara a escribir. Como cuando eras niña.

-Sí. A cambio, yo te enseñaré inglés. Para que hables con Almita.

-Sé inglés, hija. ¿Y Esmeralda?

-Ella sabe español

-Muy bien, Constanza.

-Sí, papá.

-No perdamos tiempo. El primer ejercicio es describir la fiesta de mañana.

-Espera. Traigo las hojas.

-No, hija. Ven. Cierra los ojos.

-¿Tú también?

-¿Ya los cerraste?, hija. Ven.

-Sí

 

-Comedor y sus comeles. Beztes, fisgues y vamtas. Gritos de júbilo, brazos al aire y zumos naranja.

-Gente de distintos tiempos…

-… de dos facciones, ríos izquierdo y diestro.

-Brume lo político. Uno, dos, tres.

-Envesto de postres. Silencio.

 

-Fébile. Fébile en lo etéreo. Esnife de frutos y cocoe efo.

 

-Está bonito

-Te toca.

-Me va a salir mal…

-Solo piensa en los sonidos

 

-Tábula longa. Sigue, hija.

-Pisadas: livianas, de jolgorio. No riñas ni gritos. Ni rojos ni de derecha.

-Olor, muchos. Maracuyá, lúcuma, chicha morada. Menta.

 

-Brazos a lo alto, ambaluzo de júbilo. Sigue.

 

-Nasar camún. Arriba

 

 

Cilindro en mano. Zumo de naranja. ¨Papito¨, susurra su hija.

 

Postres entregados. 40 de ellos. En la gran mesa. Tenedores y cucharas.

 

Constanza celosa, de su hermana: Laura segunda, o Laura Regine. Regenta del lugar, duquesa del azúcar. Manos amorosas e edulcoradas. Musculosa, de cara ancha. Y de corazón campesino.

 

¨Pequeña¨, le susurra Nasar a su heredera. Y aparece Laura, la de verdad, la de treinta y un años más.

 

Tiiin Chin. Vasos Laura Brindan. Regine y su celedura. Constanza y sus celos. Y Laura, la madre, mira a ambas. Agachan la cabeza. Y después promesa de abrazo. En la mirada.

 

Nasar, feliz, trata de grabar aquel momento. Mirando manos, líneas, pelos y cicatrices. Sintiendo las depresiones de su rostro, mentón y sonrisa.

 

¨Mi esposa, viva aún, mira a mis hijas. En euforia. Las mira como espejo de su juventud. Con envidia y convicción.

 

Comedor y la gran mesa. Muchos invitados. Algunos, a los extremos, luchando con el sol. Hombres sin facciones. Sin guerras del verbo.

 

Súbditos del azúcar y los cilindros zumos. De los aromas, del aire dulce…”

 

 

 

 

 

 

Capítulo 1: No te aferres

 

 

-¿De verdad te gusta “Carmín”?

-Y a Regine parece que también le gustó

-Sí, papito, está buena la novela. Está bien hecha. Han grabado en exteriores.

-Un hombre mayor que se enamora de su estudiante…

-Por ahora la chica es quien está enamorada… El profesor no la mira

-¿Pero pronto lo hará, no?

-Claro, papá. Como mi Ferdinand.

-El amor a esa edad es bonito

-Es pura ilusión, Boni

-Yo te conocí a los 17 también, Nasar.

-Pero yo soy un hombre muy correcto. ¿Recuerdas nuestra primera vez?

-Fue bonito. Yo tenía 20.

-No hablen de eso. Estoy acá. Aún soy chiquita.

-Chiquita eras cuando te casaste con tu esposo.

-Ay, papá. Mi esposo está hermoso.

-Sí, hija. Es guapo y bueno.

-Y es famoso, mamá.

-¿Qué mira tanto la Constanza?

-Pasé a despedirme.

-Buenas noches, hija hermosa. Ven, pequeña, abraza a mamá.

-Papá, vi la lista de invitados.

-Descansa, hija.

-¿Y esas miraditas?. Ya sé quién viene mañana.

-Ay, mamá. Es sorpresa.

-La Constanza ya arruinó la sorpresa.

-Nasar, gracias por invitarlo. Pero seguro no viene.

-¿Cómo no? Viene o le digo a Monterroso que le haga una columna.

-Mi amigo Monterroso. Ya está muy loco.

-¿Amigo?, mamá. Ese señor siempre habla mal de papá.

-Es mi mejor amigo, Constanza. Es el único con vida. No seas dura con él mañana.

-Monterroso fue mi tutor. También es mi amigo. Pero se ha vuelto un poco loco.

-Lo único que me molesta es que repita las cosas.

-¿Cómo así?

-Te cuenta algo y a los minutos te cuenta exactamente lo mismo. Ese viejito ya vive por inercia.

-No digas eso, papito. Siempre hay aventuras. Mañana será un día diferente con el político.

-¡Regine!

-Hija…

-No le hagas nada a mi Regine, amor. Igual yo ya sabía. 35 años tiene, como Regine.

-Hasta mañana, familia.

-Chau, tonta.

-Hasta mañana, hija.

-Duerme bonito.

-Duerme bonito, mamá.

 

 

Constanza y Regine ya están en los espacios que les corresponden. Con sus hijas y sus esposos. Laura y Nasar recuerdan su juventud. La luz es amarillenta y marca las ojeras de ambos, las arrugas. Y también engrosa las líneas de la cama.

 

 

-¿Solitos de nuevo?

-Ves mucha televisión ahora, amor.

-¿Qué más puedo hacer?

-Leer, amor. Tú también escribes bonito.

-Estoy cansadita

 

-¿Son bonitas, no?

-¿Nuestras hijas?

-Y nuestras nietitas. Son como Lauritas.

-Amor… los voy a extrañar

-Aún falta

-No mucho, Nasar.

-Tiene razón tu hija.

-¿Sí?

-Mi nombre es horrible.

-No cambies de tema

-No lo cambio si apagas la tele.

-Quiero ver qué dicen de los candidatos.

-Mejor una comedia. Hay cosas buenas.

-La única vez que te vi reír fue con Chuiman

-Cómo olvidar su baile de Don Diablo.

-Mi mamá me dijo que era algo satánico

-¿Y yo qué le dije?

-Que todo lo contrario. Que Satanás ve eso y piensa en matar a Miguel Bosé (risas).

-Tu madre…

-La extraño…

-Era una señora muy estricta… una dama.

-Amor, quiero que estés listo. Ahora puedo hablarles, pero luego no podré. Quizás luego solo tus palabras lleguen a mí. Quizás solo tus manos. Quizás solo te pueda ver en sueños.

-Amor…

-Nasar, yo conocí a muchas personas así. Yo tendré la suerte de morir junto a ustedes. Y no en una sala llena de ruido.

-Amor, tú siempre fuiste diferente.

-Yo siempre acompañé a esas familias. Era mi deber. Debes apoyar a esas familias. Tienes el dinero para hacerlo.

-Lo haré, amor.

-No extiendas mi vida, amor.

-Es mi deber hacer todo lo posible.

-No, esa es tu voluntad. No la mía. Yo ya viví. Ahora ustedes deben vivir. No quiero que me abran. No quiero que me mutilen.

-Boni…

-Prométemelo. Mírame a los ojos y prométemelo. Vas a dejarme ir. Vas a seguir con tu vida.

 

-Boni, tú eres el caos que el universo escondió de mí. Eres la incertidumbre. Y por eso eres belleza. Cásate conmigo, Boni. Olvida los prejuicios de la sociedad. Tu madre acepta nuestro amor. Ya no tienes que huir.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Capítulo 2: inicio de la novela

 

Los dulces del Capitalismo

 

Vivimos un verano democrático en Lima, mientras la helada indiferencia lo cubre todo en el alto Perú.

 

Ecos de balas son ignorados, mientras un candidato posa con un escritor, una pastelera y unos cuantos banqueros. El APRA huele a crossaint más que nunca. Y un tal Ferdinand le sonríe, mientras explica a la prensa su voto imposible.

 

¿Y el escritor? Nuestro Nobel 1984 parece perdido, como sus personajes en sus novelas. Autor de relatos en los que el lector “completa” la historia. Obras inacabadas premiadas por un jurado corrupto en el que abundan las felaciones académicas y las orgías de dar y recibir premios. El Nobel es desde 1984 un premio sin prestigio.

 

Alan también sonríe con los banqueros, los apapacha. Qué joven, qué pragmático. Alan García ya no es de izquierda. Este 14 de abril el único voto posible es Barrantes. Juventud limeña, con consciencia de clase, digámosles NO a escritores que huyen a otras realidades, a pasteleras que destruyen nuestras tradiciones, a extranjeros que roban nuestra herencia y a banqueros que profundizan la pobreza entre ellos y nosotros. ¡Viva Barrantes! ¡Viva el Perú!

 

Elías Monterroso mueve su pradera negra, ya escasa por los años. El cuarto lo empequeñece. Los pajaritos dicen su nombre. Y los perros ladran quizás a favor de Barrantes. Pero al menos lo hace el suyo. ¡Cállate, hijo de puta!, dice el suyo contra los perros apristas.

 

Ayer vi a Boni, mi pequeña amiga. Vestía de manera recatada. Con una blusa color fresa con leche, con pequeñas flores blancas bordadas. En los puños y alrededor del cuello. Usaba un pantalón holgado que cubría su figura. Era negro, un color que parecía caerle mejor que antes. Mi amiga aún se veía viva, pero casi siempre sentada. Me presentó a su hija, la que es doctora como ella. Y a dos de sus nietas: Esmeralda y Soul.

 

Una tarde soleada, pero ajena a la realidad del país. ¿Dónde están las pobres familias? Sé que también se las albergará, porque el corazón de mi amiga es holgado.

 

Un lugar hermoso. Una petición. “Quiero que mi madre siga viviendo”.

 

 

-Señorita -le dije mirando sus ojos ya algo cansados-. Siempre tan radiante.

-Amigo, buenas tardes. -Su sonrisa franca de niña-. ¿Ya probaste los picarones de mi hijita?

-No todos los sabores. Hicieron de menta… por tu esposo.

-¿Probaste el pastel de chicha morada? -Aprieta sus labios avergonzada, como hace 50 años-.

-A todos les dieron

-No a todos. Mi hijita se comió anoche varias cosas. Mis nietas también. Control de calidad…

-Entonces yo tuve la fortuna de tener una porción

-Me alegra, Elías. Es ahora mi postre favorito.

-¿Y Benji?

-Mi perrito murió hace años, amigo.

-Mi Balto ayer se puso a cantar. Un gato ha hecho su nido en mi árbol.

-Ay, amigo (risas)

-Me alegra verte, querida amiga. También te veré el próximo año.

-Ojalá, amigo. Constanza quiere hablar contigo. Ahora la traigo.

 

 

-Buenas tardes, señor Monterroso.

-¿Señor Monterroso? Soy de la familia

-No, no lo es. Y menos con sus columnas.

-Yo escribo lo que pienso. No puedo ni debo cambiar eso para quedar bien con mis amigos.

-Pero puede dar su opinión con delicadeza.

-Tengo 78 años. Ya no me importan las formas. Visto cómodo y hablo cómodo. El recato está bien para alguien de clase alta como tú que vive de las apariencias.

-Pensé que usted era un caballero. Mi madre le tiene mucha estima.

-Tu madre es una mujer irrepetible que cuidó y luchó por los pobres. La izquierda, la de verdad, tenemos en alta estima a tu madre.

-¿La izquierda de verdad? La que hundió al país y robó propiedades.

-Quizás ustedes todavía tienen un poco de decencia y comparten un poco con sus trabajadores, pero hace años el patrón era esencialmente un esclavista. La reforma agraria fue una buena iniciativa.

-Creo que no tengo nada que hablar con usted.

-Yo te puedo hablar del Perú. Yo vivo acá. Cuando quieras.

 

 

 

Así es como comienza esta aventura: recordar a Boni para que su hija la conozca. Y no solo sus proezas, sino también sus errores. Como alejarse de la literatura. Debió seguir. Por fin tengo un objetivo. Por fin puedo dejar de hablar con mi perro.

 

-No, Elías. Debes seguir contándome tu vida.

-Ya no, Balto.

-Entonces háblame de Boni

-¿Qué quieres saber?

-¿A qué huele? ¿Saca a pasear? ¿Prepara la comida?

-¿Por qué yo sabría eso?

-Porque eres un perro como yo

-¡Guau!

-¡Guau! ¡Guau!

 

 

 

 

 

 

 

 

Capítulo 3: QN7Y

 

-Se lució tu amigo, mamá.

-Déjalo, hijita.

-A mí me da risa.

-A ti todo te da risa, hermanita.

-Pero es verdad. La preguntan a mi esposo por quién votaría. Es absurdo, hermana.

-Hijita, Elías me dijo que viene la próxima semana. Me da gusto que estén escribiendo algo juntos.

-¿Qué?

-Dice que te va a traer textos sobre mí. Incluso mis primeros textos. Es un buen maestro.

-Yo no le pedí nada a ese señor

-¿Segura? Se veía emocionado

-A mi hijita le dijo Laura. Está loquito, pero es gracioso. Lo voy a leer seguido ahora que estamos acá.

-No hablen así de mi amigo. En sus mejores tiempos fue un escritor de referencia.

-Te odia, papá.

-No me odia, hija.

-Papito, ¿siempre fue tan gracioso? Ay, ya me dio ganas de escribir. Que traiga los textos. Le digo que soy Constanza.

-Hijita, no está tan mal. A mí me reconoció. Fue muy amable. Te recomiendo hablar con él. Es un caballero.

-No lo pareció, mamá.

-No. Seguro le dijiste algo.

-Es lógico. Algo le dijo la Constanza.

-Me voy con mis hijas

-¿Qué? Vamos a comer

-Ese señor me cae mal. Me dijo que vivo de las apariencias, que soy de clase alta y que viva Velasco

-(Risas) ¿Y no es verdad?

-Ya vuelvo, gordita.

-¡Mamá!

-Constanza, tu hermanita es muy agresiva. No lo olvides. Es loquita.

-Dejen dormir.

-Yo también sé pelear, mamá. Y tu amigo es grosero. Habla con él.

-Está bien, hija. Cuando venga, hablaré con él.

-Papito, ya despierta. Mercedes ya tiene listo el desayuno.

 

 

-¡Abuelita!

-¡Abulita!

-Mira, amor, Almita y Esmeralda.

-Niñas hermosas, vengan. Abracen a su abuela.

-Señora, los separé en dos mesas. ¿En cuál se sentará?

-Yo me sentaré con Regine

-Mercedes, juntemos las mesas

-Ya puse la mesa, señora. Solo falta decidir qué abuelo se sienta en qué mesa.

-I want a spot near to my father in law, the…

-¿Sí?

-But…

-Sugró, hagamos sorteo

-Nadie pidió tu opinion, Ferdinand.

-Though love

-Papelitos acá

-Ya, está bien. Puedes… armar-los-grupos, hijito.

-No le digas hijito, amor.

 

 

Regine – Zakura (13) – Constanza – Esmeralda (15) – Nasar

 

 

-Me tocó con Constanza. Ay, no.

-Tante Constanza est trés jolie

-Merci beacoup, Zakura. Toi aussie. Basta, Regine.

-Spanish, please!

-Sí, en castellano. Mi mesa, mis reglas.

-Zakurita no habla español, papito.

-Mi Esmeralda lo habla.

-Yes! ¡Sí! Hablo inglés también

-Papito, hablemos en inglés

-Esmeralda, ¿qué tan bueno es tu castellano?

-Es very bueno, abuelito.

-“Very bueno”. Constanza no le enseña bien.

-Mon anglais n´est pas bon non plus, maman.

-/Parlez vus commé ubis vulé/

-Qu´est-ce que grand-peré a dit?

-¿Qué dijo Zakura?

-No entendió

 

 

Boni – Amanda (15) – Ferdinand – Dante – Soul/Almita (10)

 

 

-Welcome to the mesa bonita

-/Mon íngles n´st pas trés bon, abuelita/

-Alors regarde les gestes, ma fille.

-Oui, Papa.

-Our daughters look very alike, Ferdinand.

-Like little Bonis. Like Abulita.

-But they have their /uníque/ qualities.

-Your English is very good, Ferdinand.

-/Televiyón/ makes it obligatory, madame.

-People love your show. French cuisine is astonish.

-Péruvienne cuisine has more misteries, my friend.

-And you are a writer, Dante.

-Not as good as your husband.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Capítulo 4: una burguesa

 

 

Ayer llevé todo el material que tengo de Boni. Balto me dijo que le pregunte si lleva a pasear. Quiere conocerla. La hija alabó toda mi literatura. Y me pidió disculpas. No sé por qué. Luego almorcé con toda la familia. Mi aprendiz vestía de forma recatada. Tenía la cara redonda, los ojos de su madre y unos modales algo toscos.

 

-No eres la de la fiesta

-Sí soy. Usted es muy gracioso.

-¿Qué opinas de Velasco?

-Que es feo, pero… la reforma estuvo buena.

-Grita una viva a Velasco y te enseño a escribir.

-¡Viva Velasco!

-Con convicción

-¡¡Que viva Velasco!!

-Admitida

-Yei. Bien.

-Yo le enseñé a escribir a tu madre. Ella estaba perdida…

-¿Va a enseñarme?

-Debes esperar. No se interrumpe al maestro.

-Oqui

-¿Ese perro habla francés, no?

-¿Qué? Ah, sí. Y un poco de inglés.

-El primer ejercicio literario será un diálogo entre ese perro y tú.

-Mais il parle francais

-Lo traduces

-Ahmm… no sé. Se ve difícil. Ya vuelvo.

 

 

-Elías, ¿cómo estás?

-No jodas. ¿No ves cómo estoy? Calvo. Estoy calvo.

-¿Ya pudiste recordar?

-Recordar… ¿Recordar qué? No estoy senil. Pero dicen que tú sí.

-Tú dices eso desde hace años.

-Desde hace 20 años. Y no me equivoco.

-Estás algo alterado.

-Mi mujer se fue a visitar a mi hijo.

-¿Sí? Pensé que te había dejado.

-No jodas. Ella es mía y solo puede ser mía.

-¿Y cómo escapó?

-Dejé la jaula abierta.

-Si mi hija te escuchara…

-Dime una cosa, Nasar. ¿Boni está molesta conmigo? La otra vez creo que discutimos. Qué raro.

-Ella nunca se molesta.

-Ya volví

-Regine…

-¿No tenía otro nombre?

-Laura Regine… Constanza

-Bueno, Elías, ¿Mercedes te trajo galletas? ¿O limonada?

-¿No ves que no?

-No te pases, Elías.

-Yo le traigo la limonada. Sin azúcar.

-¿Por qué sin azúcar? Ponle mucha azúcar.

-Elías, ¿esos son los primeros textos de Boni?

-Sí, de cuando Luis estaba vivo.

-Luis…

-¿Te sigue persiguiendo, no?

-Aquí está la limonada, señorino.

-¿Y Mercedes?

-Yo puedo servir, papito.

-Eres muy elitista, carajo.

-Elías, acá no usamos esas palabras.

-Uy. Snob.

-Mira… hijita. Estos son los primeros textos de tu madre.

-Oh, mamita. Súper.

-Señor, ¿nos los va a regalar?

-¿Regalar? Si me pagan en dólares, se los dejo.

-No, no es bueno aferrarse. Boni no querría tenerlos.

-Papito, ¿y por qué decides por mamá?

-Es que tu papá no quiere recordar algunas cosas.

-¿Cuánto quiere?, señor.

-Son un regalo para tu madre.

-Yei

-¿Qué es lo que no quieres recordar?, papito.

-A Luis Borja.

 

 

 

 

 

Almuerzo:

Ferdinand (47) – Regine (35) – Almita (10) – Azucenita (13) – Amanda (15) – Esmeralda (15)

 

Monterroso (78) – Boni (66) – Nasar (80) – Constanza (40) – Dante (42)

 

-¿Por qué dos mesas?, querida amiga.

-Mi esposo… dice que es algo lúdico.

-Lo es. Es más fácil conversar así. Cada día tenemos grupos diferentes.

-Señor Monterroso, ¿cuál de las niñas se parece más a mi mamá?

-¿Eso le vas a preguntar?, amor. He is the author of “González”.

-No hablemos de literatura.

-¿No? Señorita, en la mesa todos somos escritores.

-Ya soy señora.

-Está joven. Permítame decirle señorita.

-Ya ves, hijita. Elías es un caballero.

-No hablemos de literatura entonces. Hablemos de la memoria. A nuestra edad realmente se va fragmentando.

-No jodas… Perdón. Hablar de eso es hablar de tus libros.

-Hablemos de Luis Borja, mi primer amor.

-¿Fue tu primer amor?, mamá.

-Elías me pasó mis primeros textos. Luis fue un gran amigo. Tenía mucha imaginación.

-Disculpen. En unos minutos traigo la comida. Les dejo dos jarras de limonada. Ya traigo los vasos.

-Cuando lo conocí, él era alguien muy pesimista. Me alegra saber que le traje algo de luz a su vida.

-Luis Borya

-Borja, amor.

-Borja es el protagonista de su primera novela, Nasar.

-“El día que olvidé el día”

-Un nombre estúpido. Perdón. No me gustó ese título nunca.

-¿Y “¡Gonzáles!” es buen título?

-Claro, le gritan al protagonista. Algo pasa. Siempre pasa algo en mis novelas. Y están en presente. Le gritan en presente.

-Hijo, ¿y cómo es la novela en la que estás trabajando?

-No le digas hijo…

-Papá…

-Me inspiré en uno de sus textos. Es un Dios que tiene secuestrados a todos, en un bucle temporal.

-Hijo, ¿y cómo eso se relaciona con la actualidad de tu país? Vivimos grandes cambios.

-No empieces, mamá.

-A los jóvenes eso ya no les importa. Son todos unos hedonistas. El capitalismo les ha comido el cerebro.

-No empiece, señor.

-Bueno, la literatura es entretenimiento.

-No te atrevas.

-Relájate, Elías. ¿Qué le vas a hacer al muchacho? ¿Una columna?

-Esas me las guardo para mis compatriotas.

-Bueno, hijo, ¿y este Dios que quiere?

-Su hija agoniza y él la lleva a un sueño en el que puede ser feliz. ¿Es esa felicidad mejor que la realidad, vale más que la mentira?

-¿Puede ese Dios ver a su hija en ese sueño?

-Sí puede.

-Entonces vale la pena.

-Hijo, ¿la alternativa es dejarla morir? Yo creo que la respuesta está clara. Aunque… ¿esa mujer está enferma?

-Está agonizando. Sí. Sí, señora.

-Quizás lo mejor es darle un gran último sueño, pero también una gran despedida.

-Amor, Boni, ¿pero no sería bonito vivir en un sueño para siempre?

-Esposo, yo creo lo mismo que mamá. Ese Dios debe despedirse. Su hija no dejaría que su papá se aferre. Y si ese es su deseo, su papá debe respetarlo.

-A ver, Nasar, ¿quién quiere vivir en un sueño? Que es lo mismo que vivir en una mentira. Solos los cobardes y los capitalistas. Claramente ese sueño son las drogas. Porque tu yerno es drogadicto.

-No digas disparates, amigo.

-Pero, Boni, se ponen a teorizar cosas que no importan. Los jóvenes le temen a la realidad. Le temen a la buena literatura.

 

 

El almuerzo tuvo postre. Una torta sabor a limón. Le llevé un poco a Balto. No le gustó mucho. Me dictó su crítica. Y la escribí, pero no sé dónde la dejé. Nasar conversó con el muchacho en privado. Parece que este es imprudente con su carro. Y parece que es drogadicto como asumí. Y parece que Nasar le quiere regalar la casa. Lo entiendo. Quedarse solo es lo peor. Él se acercó al muchacho, con esa mirada profunda que tiene. Esos lagos negros. Y esas cejas ya caídas, impotentes, invernales. Y él de selva negra, de ojos del café.

 

 

-Suegro

-Dante.

-Sí…

-¿Te gusta el lugar?

-Sí.

 

-Yo amo a su hija.

-No pudiste protegerla.

 

-Lo sé

-Eres débil. Quédense. Yo los puedo proteger. Tienen todo lo que soñaron acá. No tiene que exponerse a nada. Acá puede ser feliz.

-No puede decidir por ella

-Sí puedo. Yo puedo hacer lo que sea.

-Usted la ama.

-Sí, más que nadie. Más que tú.

-Deje que ella decida. Por favor.

-No pudiste protegerla

-Yo la salvé

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Las recetas de Regine

 

 

 

 

 

 

 

 

Capítulo 12: desayuno de menta (1969)

 

 

Papito dormía. No en su cama. Sobre su escritorio en el centro de la biblioteca. Ahí guardaba sus tesoros. Ese día empezó. Vi el piso empapado, como si él hubiera salido del mar.

 

En mi sueño, él dormía. Le grité. Le grité más fuerte. Hasta que le pegué en la cabeza y se tuvo que voltear. Me abrazó. Lo vi joven. Cachorrito. Bueno, como de 30. Se paró y no me dijo nada. Dejó 3 textos a medio escribir. Uno de ellos hablaba de Constanza, de Dante y de ese otro mundo, el que creó hace unos años para “Tungsteno”.

 

Yo me soñé en él. Me vi como la hermana mayor, en una nave. Era poderosa, pero me sentía sola. Mi nombre era Agatha.

 

En la novelita, Constanza nunca conocía el amor. Y muere en una guerra. Pero lo más bonito es su entrenamiento con los extraterrestos. Le enseñan a curar. La enseñan sobre su mundo, sobre su música. Y ella se despide de ellos.

 

Miré los apuntes de papá en la realidad. Con esa letra fea que tiene. Ahí decía que Constanza conoció el amor. Un soldado y tenía el nombre de su esposo: Dante.

 

Papá dormía.

 

Lo vi en su camita y decidí bajarlo para que tome desayuno. Lo puse sobre mi hombro derecho y sentí que se me abría el vientre. Pero seguí, con cuidado y con papito. Ay, pudo ser tragedia. Soy loquita. Loquita y viejita.

 

Lo senté en una de las 3 mesas. Constanza me miró fijamente y no dijo nada. Papito seguía con sueño. Revisé los platos que quedaban (los estaba lavando, pero me aburrí -por eso subí para ver a papito-).

 

En la mesa vi el pastel a medio comer. Y una mosca cerca. La chiririnka.

 

Mamá no me deja ayudarle con el desayuno. Es su cocina. También se molesta cuando me quedo pensativa y miro su comida. O cuando le hago comentarios. Por eso el desayuno siempre es suyo. Los huevos sancochados, la fruta picada y hoy puré con milanesa. A papá le encanta el puré. La textura no es perfecta. No se lo digo. No está vez. Otras veces se lo comentaba. Ella me preguntaba emocionada por su comida y yo siempre era sincera. Hoy me hubiera gustado decirle que era perfecta. Porque lo era. Ay, mamá, tu comida es recuerdo.

 

Lavé los utensilios, mientras Constanza barría y acomodaba a papito en la silla. No lo puse sobre la mesa. No me tomen de loca.

 

Le preguntaba a Constanza por mis postres y por los que hice con mamá. Me decía que los míos eran feos y que los de mamá eran mejor. Mamá se ponía seria y ya la Constanza no comentaba nada.

 

Benji mordía a papá. Era bebito. Constanza lo abrazaba, todo para no seguir barriendo. Yo la miré molesta.

 

Papito despertó y seguía con los ojos entreabiertos. Le dije que el desayuno ya casi estaba. No recordaba haber dormido en la sala.

 

Nunca supe los nombres de los escritores. Solo el del señor Arguedas y el colombiano. Constanza había pedido autógrafos para llevárselos a su esposo.

 

 

-Gracias, esposa. Nunca está de más un buen puré de espinacas.

-Tú y tu puré, papito -le dije recordando que soñé que le di un coscorrón-

-No me tutee, señorita, hijita.

-Está bien, papito. Lo soñé hoy.

-Quedó postre, Nasar. Ahora lo traigo.

-Mamá, extrañaba tanto este mango. No sabe igual que allá.

-No te escuchó.

-Calla, gordita.

-¡Mamá!

-¡Ya voy, hija! ¡¿Te pegó?! -grita mamá siempre que va a la sala por la otra refrigeradora-.

-¿Cómo fue tu sueño? -dice papá luego de masticar el último pedazo de milanesa-.

-Adivina.

-Adivine.

-Adivine

-Papá no quiere adivinar. Dile.

-No, adivine.

-A papá no le gustan los juegos.

-Papá es el rey de las cartas, ¿no? El jueguito.

-Bueno, sí… Papá, adivine. Hágale caso a esta loca.

-Acá está la torta. Miren, niñas. De menta.

-Por papá…

-No pongas esa cara -la imito-. Es su favorita.

-Soñaste…

-¿Qué? ¿Quién? ¿Cuál de mis hijitas?

-Yo

-Soñaste que yo era un extrate…rresto.

-Sí, ¿cómo sabes? Sabe. ¿Cómo sabe? ¿Quién le chismeó? ¿La Constanza?

-¿Cómo puedo saber tu sueño?, loca.

-Leíste mis notas, hijita. ¿no?

-Sí, papito.

-Hija, ¿y papá era bajito y gris?

-Solo le falta ser gris.

-No se pasen. Mamá, tú… no te rías -se ríe la niña seria también-.

-Amor, voy a reescribir la historia de Constanza. El personaje.

-Sí, mejor. Ya me hiciste caso. Ese final todo feo. Ese finalito nunca me gustó.

-Mamá, es solo ficción. Yo soy la de verdad.

-La de la ficción es mejor. Esa Constanza tiene sus amigos extraterrestos y hacen música. Y curan. Y todo.

-Yo también curo. De hecho, yo curo enfermedades reales, a persona reales.

-Al señor Arguedas le gustó “Tungsteno”. Dice que era el menos malo. Eso dijo. O sea, el mejor texto.

-Qué lástima lo del señor.

-Sí, mamá. Solo hay tratamientos experimentales. No le pude asegurar nada.

-La otra Constanza lo hubiera curado.

-Ya, niña.

-Hija, eso es injusto.

-Ya, mamá.

-La realidad es dura, hermana. A veces hay que aceptar que nada se puede hacer. No dejo que eso me consuma.

-Sí, Regine. Tu hermana y yo siempre sabemos de pacientes graves. A veces es mejor irse. El cuerpo sufre.

-No, mamita. Usted y papá van a vivir 50 años más.

-¿Más de 100 va a vivir tu papito?

-200. Igual tú, mamá. Vas a ver a tus nietas casarse. Les debes dar consejos cuando ya sean mayorcitas.

-Qué flojera vivir tanto, hijita. ¿Para qué?

-Para comer. La vida está hecha para comer.

-Solo en comer piensa la gordita.

-¡No me digas así!

-Niñas, lo importante es que hoy estamos juntos. Y les agradezco por venir. Su mamá y yo nos emocionamos al verlas. Nos llena de orgullo verlas madres.

-Sí, y son mejores madres que yo…

 

-No llores, mamá.

-No llores, mamita. Estás con nosotros.

-Gracias, hijas -Me acerco a abrazar a mamá y mi hermana hace lo mismo-.

 

 

 

 

 

 

Villa Laura (1986)

Capítulo 5: despedida

 

Boni deseó, en los últimos segundos, volver a enamorarse. Nunca pensó que sería la primera en partir. Su esposo, afectado parcialmente por la demencia, intentaba recordarla. Ya no veía el brillo en sus ojos. Ahora esa luz vivía en su hija, una mujer de 40 años, escritora como ellos dos.

 

En sus últimos minutos soñó que la enfermera era una de sus hermanas. Y luego soñó que era una condesa. Aquella noche fue la primera vez que habló con Erzsébet. Se le presentó como una mujer joven con unos ojos hermosos, como los de su juventud.

 

La alguna vez condesa tomó la mano derecha de Boni y la consoló. Le ofreció no morir solo si dejaba que sus existencias fueran atadas. Sus hermanos ya eran libres. Uno de ellos incluso conservó su vida. Boni aceptó y supo a qué día volvería.

 

Había leído ese encuentro fallido muchas veces. Despertó ese día y se paró a las 2 y 15 de la tarde en un pasadizo que por poco era asfixiante. Era un mercado estrecho. Y ella era casi una niña. Esperó, como antes, a que la señora encontrara los hilos que jamás encontraría. Esperó mirando a la izquierda hasta que vio venir a Luis Borja. Ella lo miró todo el tiempo. Fueron casi 3 segundos en los que solo ellos dos existían en ese mundo. Ella lo saludó antes de que él bajara la mirada. Luis pareció sonreír sorprendido. “¡Señorita!”.

 

 

-Boni, tienes canas.

-Tú también, Luis.

-¿Ha sido una buena vida?

-Me casé con Nasar. Él me cuidó, me respetó. Tengo hijas.

-Te veo feliz.

-Sí, pude tener amor. Lo siento por ti. No pudiste…

-No, sí pude, Boni.

-¿Sí?

-Boni, tú fuiste mi gran amor. Yo también te quise.

 

-Estos lagos me recuerdan a tus ojos.

-Yo también te quise.

-Lo sé.

 

-Perdóname

-Te lloré por mucho tiempo

-Ahora estoy acá

-Esa mujer…

-Es tu mamá. Ella me invitó.

-¡Mamá! ¡Mamita!

 

-Abrace a mamá. ¿Le van a hacer su misa, no?

-No lo sé, mamá. Estás joven, mamá.

-Tú también, hijita.

-¡Luis!

-Señorita, nunca pude verla así de joven

-Luis, tenemos la misma edad, míranos.

-Te dejo hablar con tu amigo. Te esperamos en la mesa. Están tus hermanas. Tu papá también. Pero ya quiere irse.

-¿Papá? Él es así.

 

-Luis, ¿vamos con mi familia? Quiero que veas a mis hijas.

-No puedo, Boni. Me quedaré aquí. Pero te veré luego.

-No

-¿No?

-Ven conmigo, Luis. Por favor. ¿Sí?

-Está bien, Boni. Vamos.

 

 

 

 

 

 

 

Capítulo 6:

 

Hay plantas inmortales como los árboles. Y otras que tardan mucho por florecer y luego mueren. Y otras que alcanzan el milagro de florecer dos veces. El milagro de ver a sus retoños a su lado y despedirse en la felicidad absoluta.

 

Este es mi hogar, un homenaje a mi madre. Villa Laura reúne en verano a sus hijas y a sus nietas. Hacemos postres, vestidas todas iguales, con cabellos oscuros, ojos profundos, narices bonitas y tímidas (de conejo, como Boni).

 

Ya ha pasado un año. Entiendo la muerte, como el capítulo final. Pero mi cuerpo la extraña. Mi cuerpo pide abrazarla. La veo, como imagen feliz, en la sala, junto a la tele. Con mi papá sintiéndose jovencita. La veo cuando Regine hace bromas. Cuando yo beso a mis hijas.

 

La veo cuando las niñas juegan a las escondidas y las chapadas, y no está ella para esconderse. Ni mis hijas para fingir que no la ven. Almita tiene sus gestos, su timidez.

 

Este árbol, Leonora, abraza a las otras, las anónimas. Y hoy me siento acá, como cuando mamá venía a meditar. Lejos de casa. O cuando no quería ver a papá.

 

Hoy vine a visitar a mi padre. Se niega a salir de casa. Es triste este lugar sin tanta gente. Sin ella.

 

Vi sus lágrimas recorrer sus lunares. Desde el ojo derecho, el más cansado, hasta confundirse con el sudor de su nariz y luego con sus labios.

 

“¿Crees que todos queremos vivir para siempre?, yo no. Quiero la imagen de la que siempre hablaste. Morir viendo a mis hijas, a mis nietos, a mi esposo. Mi madre tuvo eso”, le dije ya más calmada.

 

“Papá, déjame hacerla inmortal, a mi manera. Deja que ella viva en mis relatos”. Mi papá volteó y se sentó junto a sus libros. Y yo me acerqué a él, como cuando era una niña. “Papá, deja que el mundo sepa de Boni”. “El mundo ya conoce a Laura”. “Sí, papá, pero no conocen a la chica de la que te enamoraste”. Él no dijo nada. Solo sonrió. “Ella va a existir para siempre, papá. Incluso con sus defectos. Incluso con su frialdad y con la curiosidad que la apartaba de nosotras. Al final, ella va a estar ahí, para abrazarnos y conversar con nosotros. Para hacer postres que nos unan. Para aconsejarme. Para convertirse en Laura”.

 

“Entonces que sea a tu manera, mi Constanza”. Eso me dijo. Sigue encerrado, escribiendo sobre realidades más felices. Sigue imaginando a Laura.

 

 

 

 

 

 

 

Capítulo 7: cuidar a papá

 

 

Dante no está de acuerdo. Dice que sí, pero no está de acuerdo. Mira el horizonte, pensando en lo que acaba de leer. “Zuckerman Unbound”. Se sienta en el sofá descuidando su postura de militar rebelde. Me mira por ratos, a su izquierda. Se muerde la parte derecha de los labios.

 

-Tú puedes quedarte, Constanza.

-Pienso quedarme, amor.

-Y está bien. Es tu padre.

 

-¿Vas a poder con las niñas?

-Yes. La nana está siempre disponible.

 

-¿Cuántos meses tú planeas quedarte?

-Todos los que pueda. Es mi padre, Dante.

-Bien.

 

 

Se va. El hombre que me ama me odia ahora mismo. Lo dejo por un tiempo. Para volver con mi padre. Mis hijas lo van a entender. Lloraron mucho a mi madre, la querían mucho. Ellas van a entender. Quiero estar con papá. No quiero que muera solo.

 

Camino hacia los jardines. Mi mamá les puso nombre a algunos árboles. Ese de ahí, el más grande, se llama Leonora. Se agita, como ahora, cuando hay viento. Está a 30 pasos. 60 de mi versión de niña. Tiene flores amarillas y crece a los lados abrazando a las anónimas. Ya por fin tiene ramas gruesas. Regine siempre ganaba las carreras. Mi hermana era gordita y veloz. Papá la alentaba. Y mamá gritaba por mí. Me abrazaba. Me abrazó cuando gané. Sonrió. Qué ojos bonitos. Era muy bonita.

 

Papá no pudo celebrar su cumpleaños 70 acá. Pero sí el 65. Vinieron algunos escritores de renombre. Poetas y novelistas de varios países. Muchos de los últimos. Al día siguiente papá no quería bajar a desayunar. Regine lo cargó. Tenía 20 años y ya podía cargarlo. Esa niña. Las dos ya éramos madres.

 

Mamá no dejaba que la ayudaran con la cocina. Regine era muy mandona. Mamá se volvía loca. La señora Mercedes aún no estaba con nosotros.

 

“¡Hermana! ¡Constanza! ¡Constanza!”

 

Vuelvo a la casa. Las niñas están en guerra. Quiero intervenir. Dos a cada lado. Y una frontera pintada a mano por papá. Con ríos amorfos y césped imposible. Y encima cartas, el batallón. Los comandos vienen en varios idiomas. Las alianzas están formadas. Usan el lenguaje de la guerra.

 

Mi hija voltea y me sonríe. La mayor sabe que ha tomado las cartas de papá. Mis sobrinas se ven altivas y mueven sus figuras de arcilla, ídolos de barro. Son diosas, en guerra.

 

 

Almita/Soul (11) – Esmeralda (16) vs Azucena/Zakura (14) – Amanda (16)

Inglés – Español/inglés vs francés – francés/inglés

 

Las niñas vociferan los hechizos con gestos grandes, de magos. Mueven las figuras, caballeros y animales. Colocan las trampas y los señuelos. Un lado coordina en español e inglés y el otro complota en francés.

 

-Master card! Sir Brun, Gods Slayer!

-Sí. ¡La carta del campeón!

-Go forward 5 spaces!

-Est-ce autorisé? Cheater!

-You have master card Sunflower

-Yes, you have that!, Amandita.

– C’est la carte préférée de Zakura… I /allEw/ your card.

-Zakura, be ready. I attack Sunflower.

-Mon tournesol! No!

-Le tournesol peut survivre une fois!

-But Sir Brun will die, sister. Oh. He can return.

-Retour du Tournesol! Tu as perdu, Esmeralda. 1000 points.

-Sir Brun stop all the mortal effects. We must wait the resolution.

-Quoi? Qu’a-t-elle dit?, Amanda.

-Sir Brun retarde les effets mortels

-I special summon Onura from deck and Sunflower now is in attack mode. Onura, with 1700 ATK, destroy Sunflower. You lost.

-Quoi? Mais tu perds 1000 points.

-We both are eliminated. Soul, is all on you. Todo depende de ti.

-Mon tournesol…

-J’invoque spécialement Panda Dual. Il avance de 5 cases.

-Almita, debes defenderte en tu turno.

-Je déplace le Canon Médusa de deux espaces vers la droite.

-Petrificó tu Caballo, Almita. Your Horse can´t move now.

-My Horse!

– J’ai tendu un piège derrière mon Canon Médusa.

-C’est ton tour, Alma.

 

Mi Almita mira el tablero. Cuentas los espacios. Predice las trampas y los señuelos.

 

-I just need one card. Draw!

-Defiéndete de esa francesa.

-I use Reinforcement and special summon 5 pawns from my deck

-Tu vas perdre.

-I use New Tower and special summon a Tower from my deck. I sacrifice 3 pawns.

-¿Vas a invocar a la carta rara Caballero Capablanca?

-I no need a Master card. No Master card Capablanca.

-¿No la tienes?

-I sacrfice 2 pawns and my Horse. I normal summon Elephant, a basic card. I summon it behind my tower.

-Muy bien, hermana. Pero tu torre no va a llegar. Bien jugado igual, hermanita.

-I use No Limits. Now my Tower can reach you, Amanda.

-Amanda, dis quelque chose. Tu as un piège.

-My Tower move to your Medusa Cannon and both are equally destroyed.

-Tu as un piège, Amanda.

-Now Elephant move to Amanda and attack.

-¿Qué trampa es?, Amanda. ¿Amanda?

-Piège à gauche

-Trap to The Left! Is invalid! Soul, you won. We won. Great play. Wow.

-Superb, cousine. Bien Joué.

 

 

Las niñas abandonan el campo de batalla recordando que son de una misma tribu. Una matriarca grita. Y las protegidas vuelven para resguardar las cartas y figuras del abuelo. Almita guarda la figura de su elefantito en el bolsillo, es suyo.

 

 

 

 

 

Las recetas de Regine

 

 

Capítulo 16: Elías Monterroso

 

 

Era gracioso. Recuerdo cómo se llevaban con la Constanza. Mal se llevaban. Hasta que vino la entrevista y los insultos en el velorio de mamá. ¿Quién busca enemigos en un velorio? El viejito Monterroso.

 

Cuando tuvo la entrevista, el viejito ya sabía que mamá empezaba a dormir. Eso lo afectó. Dijo cosas muy absurdas. Y otras con bastante sentido. Dijo por ejemplo que las mujeres no deberíamos pagar impuestos y tampoco votar. Eso me gustó. Eso me pareció bueno.

 

Luego hizo chistes sobre el político del bigote. No reproduzco esas palabras, porque acá en Francia es un tema sensible. Luego se metió con los apristas. Dijo cosas muy duras. Pero siempre destacó que mamá era diferente, que él la respetaba mucho.

 

Luego de esa entrevista, le dijeron que lo mejor sería que se aleje un tiempo del periódico. Elías lo tomó mal. Le dijeron que se tome 1 semana. Por la entrevista y por mamá. Él renunció, se jubiló. Al día siguiente, mamá murió en la tarde. Y un día después se hizo el velatorio, en privado. Pese a la insistencia de algunas personas. Sin medios, sin cámaras, solo amigos y familia. Ahí Monterroso tomó la palabra y dijo cosas feas. Creo que dijo que el aprismo había matado a mamá.

 

Creo que fue la única vez que no me reí. Constanza estaba roja de la cólera. Los apristas amigos de mamá se acercaron y uno lo golpeó. Uno grande. Le decían búfalo. Elías no se dejó, pero poco pudo hacer. El viejito ya era decrépito, pero había decisión en su mirada. Los separaron y Constanza les ordenó que se fueran. No le hicieron caso, pero ya no hubo otro incidente.

 

Constanza le pidió al viejito que se sentara con nosotras. Para vigilarlo. Ahí estuvo calmado. Lloraba. Se quebró. No quedaba nada del hombre fuerte que podía decir siempre lo que quisiera. Ya no tenía fuerza ni columna ni voz. Ahora estaba solo. Porque su esposa y su hijo lo invitaron al extranjero a vivir con ellos, pero él les dijo que prefería morir en Perú. Luchando.

 

Recuerdo que habló mucho con Constanza esa tarde. Algunos apristas esperaban que estuviera solo para desaparecerlo. Yo me di cuenta. Ellos no me aguantaron la mirada. Quizás yo también tenía la mirada de loco de papá.

 

Papito apenas dio un discurso y se la pasó explicando cómo había muerto exactamente mamá. Como al final la habíamos llevado a un sueño placentero para que su cuerpito no sufra. Ni papá ni Constanza lloraron ese día. Lo hicieron el día después. Y tuvimos que calmarlos. A papá lo dejamos sentadito frente a los lagos varias horas. Y a Constanza le tuvimos que dar sedantes.

 

Mucho era el dolor. Yo aún pienso en mamá, en volverla a ver. Pero también en sus abrazos.

 

El viejito Monterroso visitó a Constanza días después. Y así fue como pactaron que el próximo año empezarían a escribir. “Si sigo con vida. Bueno, si tú sigues con vida, muchacha”. “No me diga muchacha”.

 

El viejito siguió con sus columnas. En periódicos cada vez más pequeños. Luego decidió que lo mejor era escribir sobre mamá. Era otra lucha. Una contra el tiempo.

 

 

 

 

 

 

Villa Laura (1986)

Capítulo 8: Biblioteca

 

El sol susurra por la ventana rectangular, de forma libro. Constanza lee, en voz alta, aquellas páginas teñidas por el tiempo. Son como otoño de canto, de plegaria. Con la abuela, la mamita de Laura. Ella recita los libros de un dios. Haciendo pausas. Sin pensar en lo leído. Sin ninguna imagen mental. Sintiendo. “El lenguaje es una herramienta para expresar amor”. Declama Papá en su memoria. “La literatura hay que sentirla: en el cuello, en los hombros, en el pecho, en el aliento, en respiración”. Constanza nada en mar negro, en lienzo negro. Hasta que siente las olas, el sonido del mar, el revoloteo de animales. La calidez y el frío.

 

Constanza viste de blanco, de pausa. Con un vestido que lo cubre todo. Con 4 botones dorados, grandes y frontales. De tela pesada y liviana. El cuello es una v minúscula que evita la asfixia. Lee en plegaria, a su padre. Los años redondos sujetan su rosto ovalado. Almohadas de mejillas. La falda es azul de mar, nocturno. Pliegues, verticales. Cabellos, sin ondas. Cabellos, oscuros. Mente, fraterna. Mente, mar.

 

Elías, cabello canas blanco y beige (dorado y cenizo). De saco azul golpeado por el salitre. Con manchas como cielo de verano. Despierta a su aprendiz.

 

“¿Es usted?, señor Elías”

“Sí… señora, señorita”

“Tenía cabello largo”

“Decían que parecía una lesbiana, carajo”

“No”

“Sí”

“Se ve masculino”

“Ah, gracias. ¿Y lo que escribe ahora? ¿Qué tal?”

“Mi papá quizás ha perdido el rumbo. Quiere olvidar”

“Ya no le importa la literatura. Ese detective es un maricón”

“¿Y eso está mal?”

“¿Ser maricón?”

“Sí…”

“No quiero pelear contigo, muchacha”

“¿Muchacha?”

“No peleemos, carajo”

 

Las lisuras apenas llegan al taciturno Nasar, sentado, postrado, en tristeza. Música de remembranza. En su voz rasgada, senil. Repetición. En su voz rasgada, senil. “Si me dejas ahora no seré capaz de volver a sentir Si me dejas ahora mi espíritu se irá tras de ti Cabalgará día y noche Sintiéndose soñador y Quijote Porque ataste mi piel a tu piel Y tu boca a mi boca Clavaste tu mente en la mía como una espada en la roca”.

 

Me duele más… dejarte a ti

Que dejar… de vivir

Me duele más tu adiós

Que el peor castigo que me imponga Dios

 

No puedo ni te quiero olvidar

Ni a nadie me pienso entregar

Sería inútil tratar de huir

¡Porque adonde voy te llevo dentro de mí!

 

Y la música sigue y a destiempo con pasos cada vez más certeros. En su canto. Con voz grave, de anciano. Hasta que duerme y la ve en su juventud y se ve él en su juventud. Con voz joven, decidida, de promesa cumplida.

 

El amor de mi vida has sido tú

Mi mundo era ciego hasta encontrar tu luz

Hice míos tus gestos, tu risa y tu voz

Tus palabras, tu vida y tu corazón

 

El amor de mi vida has sido tú

El amor de mi vida sigues siendo tú

Por lo que más quieras, no me arranques de ti

¡De rodillas te ruego, no me dejes así!

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El libro secreto de los peluqueros

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

A Laura, mi esposa, quien luchó contra la pobreza, sin armas y sin chaleco antibalas.

 

 

 

La pradera negra cubre un suelo graso y herido. El planeta ruge. “Me cortaste, maricón”. El peluquero calma sus manos. El político lo mira a través del espejo, con el desprecio contenido con el que mira al Pueblo. El peluquero sonríe brevemente. Ataca el ojo con la navaja, pero falla. Ataca sin ver. El político, con cortes en la cara, logra pararse, pero olvida las tijeras. Un maricón lo ha matado.

 

Antónidas reconstruye la escena en su cabeza. Las uñas descuidadas, de ambos. Las canas en las uñas del maricón. El asiento de plástico hinchado igual que las caderas homosexuales. Rojo, como el labial del ultimador. Y un corte temeroso, descuidado. Un intento por desmentir sus 10 años de experiencia. Un asesino improvisado, nervioso, chantajeado. Charly, su joven aprendiz, volverá a la escena del crimen. Disfrazado de una colegiala de cabello largo.

 

Capítulo 1: cómplice

 

Lily acarició la cara de Charly, donde los pelos empiezan a insinuar una barba. Las patillas eran largas, pero no se juntaban aún. El joven travesti temblaba. Lo hacían sus dos piernas y su mano izquierda, tímida debajo de una capa negra. Su mirada contaba los pelos dejados por Lily. Y su mano derecha acariciaba su calzón. Y luego los pelos que caían cerca de su pecho. “¿Y desde cuándo te vistes así?, corazón”. “Desde hace muy poco”. “Ya desde chiquito eres maricón. Está bien. A mí me costó. Allá en mi pueblo me costó mucho. Acá en Lima me insultan, me meten la mano esos cholos. Ay, hijo, cuesta mucho ser maricón. A veces quisiera ser macho. Pero no puedo. Tienes bonito cabello. ¿O no prefieres que te rape? Así te queda mejor la peluca. Corazón, te espera un camino muy doloroso. Pero a veces el dolor se siente rico. ¿Ya has tenido novio? ¿Cuántos años tienes? ¿16? Te ves de 16. ¿O 15? Agacha un poco más la cabeza. ¿Ya has tenido novio?”. “No”. “Ya llegará. Te va a gustar. O quizás prefieres que yo te inicie en el amor. Soy muy delicada, corazón. Trato bien a mis hombres”. “¿En esta silla murió, no?”. “Ay, no pienses en eso. La limpié con agua bendita. Ese político se quiso propasar con la Marilyn. Es que la Marilyn era puta. Y a ese viejo le gustan las mujeres, pero también las pichulas. Ay, corazón. Yo no estoy de acuerdo con eso. Dios nos dio nuestros cuerpos. Son un templo”.

 

Charly se dio cuenta de que era inútil sacar información directamente. Se pudo mirar al espejo. Su rostro reflejaba incomodidad. “Dios nos ama”. “Sí, corazón, Dios nos ama. La gente dice que no, pero él nos ama. Yo le rezo todos los días”. “¿Ya? ¿Va a demolal mucho?”, interrumpió un chino algo harto. “Dios los odia. Dios odia a todos los malicones”. “Vulgar, vete, qué asco ese chino. ¿Viste? No, no llores, corazón. No llores. Esta sociedad nos odia”. “Nos odia”. “Pero eso puede cambiar, debe cambiar, va a cambiar, corazón”. “Nunca va a cambiar”. “Cambiará corazón, va a cambiar pronto”.

 

 

-¿Alguna novedad?, Charly.

-Tío, lo siento. No mucho. Pero en algún momento ese peluquero de mierda dijo algo sobre que la sociedad va a cambiar. Y enfatizó: pronto va a cambiar.

-Bien, está bajo vigilancia. Sus amigas putas me dieron más información. Ya puedes irte.

-Está bien. Antes me voy a cambiar.

-Sobrino, ¿eran necesarias la falda y la peluca?

-Sí, es parte del personaje.

-¿No se veía nervioso?

-Espere. ¿Dijo algo sobre putas? ¿Y la tía?

-Charly, no hay infidelidad. No es una mujer, es una puta.

-Tío, ¿cómo sabes que el peluquero fue chantajeado?

-Los maricones no tienen ni la fuerza ni la voluntad. Alguien lo chantajeó.

-Tiene sentido.

-Sí, cachorro.

 

 

 

Capítulo 2: el Francés

 

Nudos en la cabeza, entrelazados. Oro cenizo, gris. Cejas más oscuras, todavía rubias. Ojos mediterráneos, españoles. Nariz recta, inquisidora. Y acento en el paladar. Al frente un súbdito, un maricón, perdido en su mirada.

 

Y un beso, un beso francés. Para acceder a su mente y doblegar su espíritu.

 

Aquel hombre no se deja domar. Lucha con su lengua, con sus dientes corroídos. Con sus ojos delirantes. Se apoya de los muslos del francés con cada vez más fuerza. El rubio se defiende hundiendo sus manos en los hombros del maricón. Hunde los pulgares en las clavículas. El europeo gime y penetra con las manos. Hasta que se sujetan del cuello y sus mentes se conectan.

 

Shadows and Brights. Sky guardians. And lots of sand. That is the image than recurrently appears in my dream, in this other reality. I am the girl. Threats rub my skin. I fight. Always fight. With my thin hands, with my tiny strength.

 

‘Humberto’, says the girl. ‘Humberto’, sobs the girl.

 

2015

 

‘I can rape men’, a friendly voice emerged.

 

In that moment, I saw the faces of all my comrades. One by one. De derecha a izquierda. [Yes, look at them]. But first their crotch, the innuendoes of everybody force. [What?!]. Aracno clearly was the strongest. But there was another man. When He talked, everybody listened. I can´t remember his words but his orders, his sounds. [The French man?] I followed the ass of the mysterious man. [Yes, now his mind].

 

 

El maricón es el primero en disparar. Lo hace 3 veces, con furia. Siente la sangre en sus labios. Las heridas frescas palpitan. El sabor a dientes extraños no lo perturban. Tampoco la saliva. Debe huir, pero ya ha ganado. No sabe cómo, pero resolvió el único caso que le quedaba. Mató a quien pudo derrotarlo.

 

43 años tuvo que regresar en el tiempo nuestro detective ilustre: Charly. Su mundo ya no existe, este ahora es su mundo. El demonio tiene distintos cuerpos y debe matarlos a todos.

 

 

Capítulo 3: La Catedral

 

Las puertas son altas, imponentes. Como la mezcla del ruido. De los vendedores ambulantes, de los orates, de niños allá y bebedores acá. Borrachos sin redención que conversan y ríen a destiempo. La bebida es Dios.

 

Un cholo atiende las mesas, de un lado a otro. Limpia las mesas de madera oscura, como su piel. Se deja mandonear y tocar los hombros, la espalda. Su camisa abierta muestra bordes de sudor. La radio se apaga, pero nadie protesta. Nadie lo nota. Solo Charly.

 

“Recuerdo esa canción”

“Te convertiste en todo un hombre, cachorro”

“Sí”

“Pensé que serías maricón”

“No”

“¿Por qué tuviste que besar al terrorista antes de matarlo?”

“Quería besarlo”

“No me jodas”

“Es broma, maldita sea”

“¿Pero entonces?”

“Quería que leyera mi mente”

“¿No vas a tomar lo que ordenaste?”

“Todo es para ti, tío. Me enseñaste todo”

“Gracias. El futuro debe tener de todo. ¿Mujeres robot? ¿Mujeres que duran 10 horas?”

“En el futuro me dura dura por 10 horas”

“Carajo. Vaya futuro”

“Por tu culpa me volví adicto a las prostitutas. Fue a los 16 años que conseguí a la primera”

“De nada, cachorro”

“No te estoy dando las gracias, viejo de mierda”

“¿Qué pasa?, sobrino”

“Desapareciste. Nunca capturamos al terrorista. A ninguno”

“Ya lo mataste. Ya está. A celebrar”

“Tarde mucho, pero lo comprendí. Tú estuviste con ellos. Tú les soplabas todo. Incluso la pichula”

“No seas sonso, chibolo hijo de puta”

“Soy un señor. Tardé, pero ahora te tengo. Mira debajo de la mesa”

“Te equivocas, sobrino. Pero mátame, no me importa esta vida de mierda”

“¿Palabras finales?”

“Eres un maricón de mierda, igual que tu padre”

 

 

 

 

Capítulo 4:

 

1982

 

Este mundo no es real. Hay lugares imposibles de visitar y otros donde los verdaderos recuerdos predominan. La respuesta es obvia: este es un sueño compartido. Probablemente morir aquí me libere. Pero no es un riesgo que quiero tomar. Antes voy a probar unas putas de los 80´s. O buscaré a alguien muy joven sentada en la Plaza de Armas. La miraré a los ojos y le haré saber su verdadera vocación: diosa. Las de 18 son las que más dura me la ponen.

 

Mi instinto me hizo pensar en mis padres. Ellos podrían darme dinero. Deserté. Recordé que mi padre era un abusivo insoportable y mi madre alguien que nos daba almuerzo según cómo se alineaban los astros. Ya estaba loca en 1986. Además, verme en el pasado le daría la razón. Y no estaba dispuesto a eso. Así que me metí a casa cuando ninguno de los dos estuviera y les robé todos sus ahorros.

 

Luego me paré en un parque a esperar a las “rufianas”, muchas de ellas gordas y muy mal vestidas. Muy andinas algunas, muy viejas otras. Hacía calor, pero mi pene parecía un témpano de hielo.

 

Por eso ahora estoy buscando a una mujer joven, una que parezca oficinista, que complazca bien a su jefe. Una que se vea feliz pese a su trabajo de mierda. Esas son obviamente mujeres muy activas. O quizás una estudiante temerosa que no sabe si está estudiando lo que le conviene. Hoy sabrá que no.

 

Elijo a una, que sé que es puta. Sé quién lo es y quien no con una sola mirada. Pero un hombre viejo se me adelanta. Voltea a verme. Qué año es. Me pregunta. Viejo de mierda. Es puta, pero no loca. No es 1986, Charly. ¿Cómo sabe mi nombre este viejo? Despierta. Despierta, Charly. ¿Despertar? Viejo de mierda. Alguien ha creado este mundo, Charly. Lo sé, porque yo ya viví este viaje tuyo. Pero fallaste, por 4 años. Has llegado 4 años antes, Charly. Le compré este libro a la señorita. No es puta. A veces fallas. A veces fallamos. Mira la portada. No se lo compraste. Te lo tiró en la cara. La quisiste besar, viejo de mierda. Viejo loco. Siempre se debe pagar. Mira la portada, maldito estúpido. “Trilce”. De César Vallejo. ¿Qué tiene? Mira bien. Mira bien. No dice César Vallejo. ¿Nasar? ¿Quién es Nasar?

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Tungsteno (2066)

 

 

 

 

 

 

(Versión de 1985)

 

Mafesti hacia pueblo esclavo. En vigilia dendera. Zabazuta el sonido algrir, de somis liberato.

 

Me susurro. ¿Me susurran?

 

Yo soy el que murió ahogado y también quien habla y escucha. Soy el que sueña y el soñado. Pero también alguien mira mis pasos.

 

Los sarlos son pueblo esclavo. Ellos son como concierto de luces, vibran en distintas intensidades señalando una sinfonía. Lo hacen guiados por el sol. Su música es plegaria. Hay algo en ella que los conecta.

 

Y puedo verlos cuando el sol se esconde. Cuando la música enmudece. Con claridad.

 

Camino al pueblo, alumbrado por sus casas altas, sus puertas altas. Ventanales. Mi contacto es uno de los grandes músicos. Él habla interpreta a la tierra. Sus cabellos son de luz. Sus dedos son delgados y largos.

 

Me recibe. Ya no toco suelo rocoso pulcro, sino azulejos. La gran entrada se esconde a los lados. Y se cierra con violencia. Me extiende la mano el anfitrión. Yo la alejo y le pido perdón. Intentamos hablar en crotol hasta que desistimos. Arbas es su nombre. Su piel refleja las luces del cuarto principal y me dirige hacia el que guarda la música.

 

“Brun… ¿hijo de Laper?”

“Sí”

“¿Sigues vigilándonos? ¿El imperio nos teme ahora?”

“Nadie les teme. Ustedes dan alimento y sabiduría”

“¿Y entonces? No vienes a aprender. La última vez te conté muchas historias. No las escuchaste”

“Discúlpame, sarlo”

“Te disculpo, crotol. Pero te perdiste la historia de la pequeña Constanza. Ella vino a aprender. Ella sabe sanar. Ustedes no son simples soldados ante sus ojos”

“Yo no vengo a vigilarlos. Quiero que se rebelen”.

“Nuestra religión es de paz”

“Tendrán que pelear”

“Yo no peleo. Mis hermanos hacen música, cultivan frutos, bailan, cantan”.

“No pretendo insultar tu cultura ni tu religión…”

“Ustedes también creen en muchas vidas”

“Arbas, ¿quién es tu Dios?”

“Un ser más allá del tiempo. Un ser justo”

“Arbas, muéstrame a tu dios y dejaré de luchar”

“Puedes conocerlo, pero debes creer primero en él. Debes ir a la montaña. En el templo serás uno solo”

 

El templo sarlo queda en la montaña que toca el cielo. La tradición exige ir a pie. El trayecto sobre el piso rocoso pero liso demora medio día de este planeta. Son escalones no aptos para visitantes, reservados para pisadas más fuertes y en contacto con la tierra. Llegué al pueblo cuando el sol despertó y llegaré al templo cuando esté descansando. Quizás mal presagio.

 

“No te vayas aún, crotol”

“No te daré la mano. Conoces mi cultura”

“No es eso. ¿No quieres escuchar lo que he compuesto? Un himno”

“No vas a pelear”

“Tengo hermanos que pelean, que protegen”

 

Arbas se conecta a su instrumento y deja de mirarme. Presiona teclas delante de él, se forman ondas como cuando la voz toca las aguas. Empieza de forma ascendente y remata con 3 sonidos contundentes. La música parece conversar entre ella. Es reflexiva hasta que gana convicción y fuerza. Y vuelve pausada, triste, avasallada. Rendida. Quizás ante un Dios en el que no creo. Y remata con 3 sonidos contundentes. Arbas me ve. Sus ojos vuelven a ver. Y decide volver en trance y darme su himno, pero yo no me arrodillo ante ningún Dios. Mi creador es el sol, el caos es mi vida. Las decisiones son mías.

 

Intento despertarlo y la música toma discurso. En mi memoria.

 

 

Hay golpes en la vida, tan fuertes… ¡Yo no sé!

Golpes como del odio de Dios; como si ante ellos,

la resaca de todo lo sufrido

se empozara en el alma… ¡Yo no sé!

 

Veo la guerra. Los gritos. Las aves grandes y oscuras. Todo es gris. El sonido cae sobre la gente.

 

Son pocos, pero son… Abren zanjas oscuras

en el rostro más fiero y en el lomo más fuerte.

Serán tal vez los potros de bárbaros atilas;

o los heraldos negros que nos manda la Muerte.

 

Las plegarias cesan. Los gritos acaban. Arbas me muestra sus ojos perdidos. En trance. En resignación.

 

 

Y el hombre… Pobre… ¡Pobre! Vuelve los ojos, como

cuando por sobre el hombro nos llama una palmada;

vuelve los ojos locos, ¡y todo lo vivido!

se empoza, como charco de culpa, en la mirada.

 

Hay golpes en la vida, tan fuertes… ¡Yo no sé!

 

 

Ahora mis pisadas son temblorosas. La luna acompaña mi viaje. Siento mi respiración. Aún. Puedo dar pasos sobre el suelo. Un. Suelo rocoso. Pero liso. Suelo que me señala. Un templo.

 

Este es el lugar en el que puedo recobrar mis recuerdos. En el que puedo ser al fin uno solo: el que sueña y el soñado.

 

“Bienvenido”, dicta un sacerdote en idioma esclavo, el mío: crotol. Pero yo lo he olvidado. “Eres hoy el otro Brun”, me dice en español.

 

“Hablas el idioma de tus captores”

“Debes venir conmigo”

“¿Quién habla? ¿Con cuál de los dos?”

“¿No reconoces mi voz? Tan distante a la dél”

“Quitánse las máscaras o muevan las manos”

 

“Brun, hijo de Val. Pero también hijo de Laper. Concéntrate. Deja de mirar las posibilidades. Toma mi mano. Mira los detalles. No hay otro monje. Solo nosotros dos”

“Tengo tu mano y te seguiré”

“Ya lo has hecho”

 

 

“¿Entonces pudiste recordar?”

“Estos recuerdos… ¿Por qué no puedo conservarlos?”

“Porque debes decidir”

“¿Por qué Él no puede salvar a su hija? ¿Él es tu dios?”

“Él está condenado a observar”

“Entonces tu dios no es dios, tu dios es hombre”

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Un mensaje de otro tiempo

(primer sueño, 2064)

 

El disco dorado era recordatorio de la raza que vibraba con su planeta.

 

Las melodías eran manifiestas en nuestros cuerpos. Yo vivía en el fin del universo antiguo, como mis hermanos. Fuimos soñados por la criatura, cuando aún se podía soñar, cuando los sueños eran reales.

 

Viajamos en busca de esa raza, no encontramos rastros. Las imágenes del planeta azul eran solo estática en nuestros radares. Aquel hermoso planeta no existía jamás. Solo quedaba aquel disco dorado y su música.

 

Cuando me tocó ser el soñador, mi raza, la que en la realidad más palpable estaba extinta, los crotoles, viajamos hacia ese planeta. Lo buscamos. Sí lo encontramos.

 

Algunos sueños pudieron ser reescritos. Pero la criatura, el Dios antiguo, dejó en ese planeta su condenación. La sentencia de muerte. El mar estaba enfermo, pero el veneno aún no llegaba a la humanidad.

 

No sabía a cuántos salvar. No sabía si le podía dar nombre y rostro a todos. Entonces lo soñé a él. Y le di habilidades. Lo hice sufrir, tener aventuras. Lo hice olvidar. Lo encerré. Fue una de tantos. Hasta que decidí que fuera él quien me matara.

 

Nasár (la sensación de la arena), ese fue el nombre que le di.

 

 

Sueño original

 

En 2050, las naves llegaron a la Tierra. Bueno, él no lo contará así. Lo soñé, pero no soñé a sus hijos. No soy culpable de su destino, solo de su cárcel. No decido lo que puede hacer, pero sí lo que no. Y de antemano. Y una oración extra, larga, como un final ajeno a sus deseos.

 

Nasar tuvo 6 hijos y entre ellos Constanza, la hija menor, la favorita. A ella no la hizo pelear. La llevó con la tercera raza del planeta, quienes le enseñaron a sanar. Le hablaron de las plantas, de las energías y las vibraciones del mundo.

 

Los sarlos le enseñaron todo a la princesa Constanza, la cual siempre los tuvo en gran estima. Como sus maestros.

 

Los soñé como los imaginé la primera vez, cuando yo era niño. Cuando supe de su idioma, de su música, de sus plantas y de sus animales.

 

Constanza pasó muchos años con ellos, a veces en días fugaces, en los que veía irisar las pieles de sus hermanos ante su dios que era el sol. Y veía a los músicos conectados a sus aparatos alcanzar las melodías que algriraban en todo el salón. Ella veía las ondas. La música era manifestación física y en su mente el relato cobraba vida. A veces no: no había historia, pero su cuerpo lloraba, se hundía en felicidad o en rabia.

 

Los maestros también le mostraron las toxinas y fue lo primero que aprendió a sanar. Recolectaba los venenos con sus manos y atraía todo el mal hasta que este se evaporaba en humos de distintos colores.

 

Eran seres de paz. Adoraban a un dios que veía a través de ellos. Ella quiso conocerlo, pero no dejaron que suceda.

 

En 2062, Constanza hizo su última visita. Llevó un aparato traductor, pero al final se conectó a la máquina musical y fue ella quien despejó la mente de sus hermanos. No surgieron palabras, pero sí su despedida y agradecimiento.

 

Pasó otros años estudiando la anatomía de seres visitantes, otras razas, de apariciones esporádicas, seres humanoides conquistados, heridos y saqueados.

 

En 2064, con 24 años, ella vio a su padre despedirse para la gran misión.

 

No pasaría su cumpleaños con él. Pero sí tendría noticias de sus hermanos: Agatha (34), el general Blue (32) e Ísabo (27), la más cercana a ella.

 

Aún pensaba en los otros dos, los que se quedaron en la Tierra, los que su padre mató.

 

Su madre, su padre y su hermano mayor irían a negociar la paz al lado del líder supremo. A mundo desértico, de escorpiones gigantes. Y a tantos otros.

 

Lo curó muchas veces, a quien creyó sería su amor de toda la vida. Pensó en él muchas veces. Otro niño “salvado”. Despojado de sus verdaderos padres, al servicio del imperio. Dante tenía 13 años, cuando llegaron las naves.

 

El día que anunciaron su muerte, ella sintió que algo andaba mal con su mundo. Comenzó a ver los remaches, mi voluntad, en su mundo. ¿Por qué había sido elegida? ¿Por qué tenía esos poderes? ¿Por qué su padre los tenía? ¿Por qué todos hablaban una lengua de la Tierra? E incluso los días se contaban como si el planeta fuese la Tierra.

 

Ella fue consciente de las costuras de su prisión. Y buscó respuestas. Dante murió junto a su amigo Kef, un crotol, pero otro amigo suyo vivió. Brun fue un niño que fue tomado a los 15 años. Ella habló con él, pero el hombre no hablaba. Su mente seguía perdida en la guerra.

 

Buscó algún movimiento, y vio esos grandes ojos separados mirarla brevemente, pero entendió que eran solo los espasmos de alguien herido de muerte. Brun vivía en las tantas vidas que los crotoles le prometieron y no despertaría jamás. Su padre, un ser sin expresión, sin boca, sin ojos, incluso con ellos, le pidió retirarse.

 

Buscó a Ísabo, su hermana dos años mayor, y le dio razón en todo, pero decidió no hacer nada. Era una mujer temerosa, dulce, pero temerosa.

 

Pensó en visitar a las sarlos. Y lo hizo. La dejaron llamar a Dios, pero ella no pudo verlo. No pudo sentirlo en los ojos de ninguno de sus hermanos.

 

Dos años después, Constanza murió. Sin conocer el amor. Sin salir de ese planeta. A manos de su hermano mayor. Él le dio muerte.

 

Y su padre revivió la historia. Revivió la historia hasta que ganó consciencia. Hasta que yo lo hice Dios.

 

Y visitó mi sueño e intentó susurrarse y no pudo. Entonces le susurró a alguien más.

 

El nuevo Dios, yo, reescribí a Brun. Hice que salvara a Dante. Y que Dante cuidara de mi hija. Cuando ella fue herida de muerte, Dante la llevó al lago de las mil vidas.

 

Pude darle un nuevo comienzo, un mundo lejos de mi control, donde ella tuviera el final que siempre fue suyo.

 

 

 

 

 

 

 

 

Villa Laura (1986)

Capítulo 9: Biblioteca II

 

¿Está dormido? Se preguntan el maestro y la aprendiz. Nasar duerme. Parece la cabeza de un pajarito muerto. Apagan la radio. Y vuelven al laberinto.

 

Los libros de papá son de todos los colores y de varios tamaños. La madera es mayoritariamente clara, excepto por los muebles centrales donde Nasar guarda sus borradores en unos cajones. Con llaves, tres.

 

Tu padre dejó un borrador. No lo mire. Está bien, niña. Constanza. Dígame Constanza.

 

“¿Qué te pareció?” “¿Qué opinas de ambos libros?”, inquisa él. “Recuerdo haber leído “Tungsteno (2066)”, lo recuerdo por mi nombre. Me gusta la nueva versión”, responde ella. ¿Él te puso el nombre de ese personaje? Sí, por eso ese libro siempre me interesó. ¿Y tu hermana? ¿Regine? Sí, como mamá. Le puso ese nombre por mamá. Se llaman igual.

 

“¿Pero qué opinas del detective?”, insistió preocupado. “Nunca me gustó ese detective. Ni siquiera le gusta a Regine y ella tiene gustos… grotescos…”. Lo que más me gusta de papá es la sonoridad. Sí, pero la literatura es esencialmente historia. Y no es escritura automática. Hay una planificación previa. Constanza, debes saber ya qué quieres contar sobre tu madre. Es necesaria una estructura. Comprendo.

 

“Creo que tu padre esconde su dolor en esa comedia estrafalaria. Está jodido”

“¿Y lo de César Vallejo?”

“Fue un joven poeta. Murió en la cárcel. Tu padre lo admiraba”

“Mi papá también hacía poesía, ¿no?”

“Le sirvió para que lo publiquen en un periódico. Luego siguieron unas buenas novelas y luego todo lo demás”

“¿Por qué siempre lo critica?”

“Él me lo pidió”

“¿Y el texto sobre que lo vio volar?”

“Una broma entre amigos”

“Hay gente que se creyó eso… gente muy loca y peligrosa”

“Discúlpame, Constanza. Eso quieres, ¿no? Que me disculpe. Me disculpo, mucha… hija”

“Bueno, señor Elías, ¿cómo se planifica una novela?”

“Debes entender que la historia refleja la realidad, pero enaltece su esencia”

“Entiendo. Debo exagerar algunos aspectos de la historia”

“Ellos hablaban del futuro, en conexión con su tiempo”

“¿Debo hacer eso? Suena a algo que haría papá”

“Todavía no. No huyamos de la esencia”

“¿Pero sí un poco de la realidad, no?”

“Así es. Estos son los textos de tu madre. Luis Borja la guio. La relación descrita por tu madre no es la de una alumna con su tutor”

“Entiendo. Sería muy típico…”

“En lugar de eso, la relación se da como si fueran dos desconocidos. Hay un asunto moral ahí que también enfatiza la problemática de un posible romance”

“¿Debo incluir eso?”

“Tu madre estaba enamorada de ese hombre”

“Es su tutor, alguien cercano. Fue algo platónico. Creo que tranquilamente podemos dejar la historia como es en realidad”

“Bueno, lo debes decidir. Otro aspecto de la historia es la soledad de Boni. En su historia no aparece su padre. Y su madre es alguien también distante. Y no tiene hermanas”

“¿No aparecen mis tías?”

“¿Las has visto muchas veces?”

“La verdad no”

 

 

 

 

Capítulo 10: Abulita

 

Las niñas recordaban a su abuelita. La veían en fotos grises, ligeramente movidas, como cuando ella las agitaba. Sonriendo. Ya con arrugas y cabello blanco. Ahora era joven. Ponían las fotos cerca a ellas para ver el parecido. Todas tenían sus ojos. Esmeralda y Amanda (ambas de 16 años) eran las intérpretes de un diálogo sin palabras ni idioma. Solo bastaban sonrisas o señalar cabellos o la forma de la cara. Almita, la más joven, señalaba su cabello. Y sonreía ante la negación de Azucena. Antes habría llorado. Esmeralda la abrazaba y luego todas se unían. Almita recordaba a su abulita y el día que le dijo que ella no tenía su cabello oscuro, pero no importaba. “Doesn´t matter. You are a Laura too. And better than that: You are an Alma”.

 

¿Cómo su cabello apenas más claro podía hacerla diferente? En su país era “hispana”. O mexicana. O puertorriqueña. Pero nunca peruana. Acá era una descendiente de negros con sangre indígena. Niña alegre. Ayudando a empacar los pasteles. Mirando a otros niños, con ternura.

 

Almita también veía los títulos de los libros de su abuelo, el escritor. “Tungsteno (2066)”, “Hermanos Colacho o presidente mata a presidente” o “Quijote (1937)”. Los intentaba leer, incluso las palabras inventadas. Los abría e identificaba grafías similares a su idioma. Esmeralda la ayudaba. Les gustaba las partes que no eran en español ni de este mundo, porque Esmeralda las leía de una manera y Almita de otra, más engolada. Azucena omitía vocales y se inventaba sonidos. Almita reía. Y Amanda juzgaba cuál era la mejor versión.

 

 

Si oyes mi canción

Alupo soriró

Si oyes mi canción

Lenasti matinó

Si oyes

Mi canción

¡Fenami soriró!

 

Vaho

niebla

Los roces

De

tu amor

 

Voy

Voy a vencerte,

¡muerte!

Voy a gritarte,

¡silencio!

Como niño, como hombre, ¡como dios!

Voy a

quererte,

hambre y soledad

Voy a

rendirme, ¡amor y corazón!

Como niño, como hombre, ¡y papá!

 

Barzi, xil

Barzi, amada

Barzi, amor

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Apuntes

Por Boni Solís

 

 

Un pequeño mercado capitalista, por Boni

[Capitalistas muertos de hambre, por Boni y Luis Borja]

 

 

Me acoge el mercado y su gente. El olor no es muy agradable pero el incienso lo disimula mucho. Este agradable olor proviene de unas vendedoras que se recuestan en el piso. Ella me sonríe. La música

 

[Desperté, de nuevo, en aquel mercado. El olor, mezcla de pardusco y carmesí, agita mi cabeza: los murmullos me recuerdan su presencia. Silencio. Grito hacia a mí, apenas me escucho. Los alaridos zarandean mi cuerpo de niña y la música estridente mi cabeza.

 

La gente no adorna el entorno y sí lo manchan de los colores de la guerra. Son moscas. Revolotean. El espacio. Y todo se confunde. Van y vienen. A. Velocidades asquerosas].

 

Recorro el piso hasta avizorar a José, un hombre casi sexagenario que no ha perdido las ganas de trabajar. Él recibe a sus clientes con bromas mientras unos perros tristemente olvidados sacan la lengua y agitan sus colas. José se apiada de estos y les ofrece una parte de lo que ha cocinado para sus comensales. Los clientes parecen aprobar el noble acto. Él es casi como un activista.

 

[Entonces veo, tras el zumbido de las moscas, a José. Su apellido es lo de menos porque es nadie. Él destaca en el lugar porque es el rey de la informalidad y lo insalubre. Sus clientes y él se regodean en la inmundicia. Los perros merodean la escena. Son perros sucios y enfermos. Uno de ellos tiene un tumor purulento cerca de la cola. Es como una doliente cosa roja con bubón. José se apiada de la cosa y le tira unos trozos de pescado frito: lo hace frente a todos. El mismo animal vuelve casi todos los días. Es casi como un cupo].

 

Los clientes, sus amigos, se sientan sobre bancas. Estas tambalean. Todos ríen.

 

[Los clientes mantienen el equilibrio sobre unas escuálidas bancas. Jamás, según José, y no lo creo, nadie ha caído].

 

A la 1 y media de la tarde, José ya ha cocinado y vendido mucho de su comida. Agita los brazos para relajarse. Ha sido un buen día aunque ha quedado un poco.

 

[Es la 1 de la tarde y José ya ha freído el pescado. Espanta a las moscas y a los delincuentes. Algunos le roban la comida sin culpa: los alimentos parecen abandonados (casi como sobras).

 

Los clientes rondan la comida, pagan 3 monedas y se van. Otros se arriesgan y se sientan. El olor empieza a hacerse insoportable. Es como grasa quemada. Los pescados apenas pueden percibirse.

 

José tapa algunos alimentos con plástico. Otros no corren la misma suerte].

 

Son las 2 y media de la tarde, José regaló lo que le quedaba. La comida que tanto esfuerzo le costó hacer fue recibida por unos muchachos hambrientos y agradecidos: jóvenes vendedores ambulantes, gente trabajadora.

 

[Son las 2 de la tarde y hoy no vino el perro. A José le quedan sobras que recuerdan a las de hace dos horas. La textura del arroz sigue siendo chiclosa: sigue pegada a la suciedad. El pescado frito, en cambio, se ve más muerto.

 

José llama a unos muchachos: se trata de vendedores ambulantes. Regala la comida. Parece que lo ha entendido: su comida no vale nada].

 

 

Capítulo 1: el hombre sin rostro

 

 

Diciembre del 2020

 

Arrancó su propia existencia, rompió el ciclo de la manera menos esperada. Mi hermano ahora era libre, libre de salvarme en ese otro universo, libre de enfrentar a esos monstruos, libre de las manos de un demiurgo, de un dios hacedor. Podía esconderse de ese creador, uno que no lo veía todo.

 

Mi último sueño con mi hermano Esmeraldo no tuvo una despedida de verdad y no hizo falta. Amanecí llorando ese día cediendo a mis impulsos de niña. Era la primera vez que sentía una pérdida. La muerte es el estado verdadero; la vida, los recuerdos. La Razón no bastaba. Las aventuras habían terminado.

 

Mi familia, la verdadera, es de este y de otro mundo. Uno en el que el virus no existe, en el que los abrazos son una constante. Me siento privilegiada. Jamás tuve el deseo de crecer como otras chicas. Mi infancia es muy feliz (solitaria y, pese a eso, feliz).

 

Casi nunca me dicen señorita y casi nunca importa. Solo me importó cuando un señor joven me lanzó una mirada que pretendía descifrarme. No sabía que un hombre de su edad podía mirarme de esa manera. “Señorita”, me dijo. Fue la primera vez que sentí el peso de esa palabra. Sé que muchas de ustedes me entienden. Dejamos de ser niñas y entonces algunas queremos ocultarlo. No queremos que nos miren o que intenten hablarnos. A algunas quizás sí les guste esa atención. A muchas de nosotras no, quizás no somos de este mundo.

 

En el mundo real solo recibía la atención de un chico. Bueno, del señor joven. Era muy incómodo. Siempre se me quedaba viendo. Mi mamá me había prohibido ir a comprarle algo. No me quiso decir lo que temía, yo lo adiviné. Ella se equivocaba, jamás me ilusionaría con un chico así. Su atractivo era un misterio. Sus ojos solo conocían la sorpresa. Mi cuerpo vibraba, quizás de miedo. La naturaleza se hacía presente y la sociedad también. “Cabeza abajo, Boni, haz que revisas lo que acabas de comprar”. Por suerte, para él, yo era una mujer madura y responsable, ajena al deseo básico de los animales. Mi intelecto siempre se interponía. Él no parecía ser como los otros señores, los otros chicos (los que ni me veían). Le iba bien en su negocio. No era pobre, no le iba mal. Y pese a eso, su vida parecía haber terminado. Esa fortaleza de vitrinas era un claustro, una tumba. Para mí llevaba muerto varios meses. A veces lo recordaba con cierto cariño. Me imaginaba que él era alguien distinto, alguien de verdad interesante.

 

«Esa chica de nuevo. Es casi una niña. No debería, pero me parece guapa. Sé que eso es ceder a mi lado animal. No. Yo soy un señor. Bueno, un señor joven. ¿Quién será su autor favorito? ¿Machado? ¿Quizás Góngora? Tiene 14 años, eso es evidente. Supe de su existencia el día que el Gobierno dejó que los chicos mayores de esa edad vayan a jugar a los mercados y a los centros comerciales. La miré por varios segundos. Descubrí su mirada y su buen gusto. Ella no viene a jugar, parece tener una rutina disciplinada. Y siempre viste de una manera recatada. Es una señorita. Quizás no es una chica como las demás. Hoy su nerviosismo esconde el grano cerca a sus labios. Esta vez nada mancha su frente. ¿Le gustará escribir y soñar despierta? Me gustaría leer algo escrito por ella. La literatura te transporta a otros mundos y me gustaría vivir en uno creado por ella».

 

 

 

 

Es 1936, tengo 17 años. Quiero unirme al grupo de mujeres que van a la universidad. También es 2023. Estoy frente al puesto de verduras en el que guardo mis recuerdos sobre biología (sistema inmunitario, principalmente). Cada verdura o legumbre me alude a una pregunta. Así puedo recordar todo. Cada puesto del mercado está vinculado a un área del conocimiento. En mi casa hago lo mismo. Para recordar solo debo venir y pasear un poco.

 

Hoy es diferente. Nasar me pidió que me enfoque en lo que veo, más allá de la evocación. Es de noche. Veo la luz reflejarse en la baranda que casi toca el techo. Y entonces veo papas diminutas colgando en bolsas. En mallas rojas, como de pescar. Y al lado izquierdo un choclo algo moribundo, como sonrisa de abuelito. Y más a la izquierda una sábila seca, que parece abrazarse a sí misma. Suerte y abundancia. El choclo es cornucopia.

 

Abajo hay sacos que enmarcan el puesto. A la izquierda unas manzanas minúsculas y ácidas. Al lado cebollas. Otro saco, este lleno de oca, tubérculo largo, como gusano amarillento y rígido. A la derecha están todas las papas. Algunas más pálidas que otras. Unas más oscuras. Todas llenas de tierra. También en el medio hay un saco de choclos. Juego con las líneas que protegen el fruto. Imagino que toco un harpa. Al fondo veo muchas lechugas. Pienso en Fibonnaci. No debería hacerlo. A su lado está la lechuga blanca. Y por ahí cebolla china. Nasar coge unos camotes, mezclados cerca a las papas y las yucas. Y doy un último vistazo. A la televisión antigua del rincón izquierdo. A la luz tenue y blanca. Y al zapallo que parece la carne de un animal. Con cuchillo en medio.

 

Nasar se interesó en mi literatura gracias a Elías Monterroso. Pude publicar y mi texto fue ligeramente exitoso. Está de moda el romance.

 

Pienso que la literatura es importante, pero me inclino más por la repostería y la medicina. Nasar es un escritor muy famoso. Me recuerda un poco a Luis. Pienso mucho en él y en sus cartas. En sus correcciones.

 

 

 

 

 

 

 

Villa Laura (1986)

 

 

Capítulo 11: Primer ingrediente: el autor

 

Ya no es verano. Lo anuncia el vaho. Constanza limpia la ventana y descubre a su padre gritándole a “cristianos de puerta” (misioneros, como la abuela).

 

Más tarde Elías le cuenta que Nasar primero argumentó, luego les gritó y finalmente casi les susurró: “Dios está muerto, él me pidió que lo matara”.

 

Constanza fue a hablar con su padre. Hoy también soñó con mamá. Y hoy también ella solo la miró. Y no le dijo nada.

 

“No te vi hoy en el desayuno”, dijo Nasar apoyando su cuerpo sobre su pierna izquierda. “Hoy me levanté tarde”. “No prendas la televisión, Constanza”, ya sentado leyendo uno de sus libros teológicos.

 

“Casi sales de la casa”, se sienta ella a su lado. “Casi”.

 

Aparece Regine molesta, murmurando cosas sobre la psicóloga que visitó. Molesta y, en su caso, gimoteando. “Sigues poniendo esa cara, hijita”. “Vayan a la sala, por favor. ¿Ya?, papito”. “Almita y Esmeralda están en la granja”. “Ve, Constanza. Están jugando con los animales”.

 

“¿Desayunaste?”, dice Nasar tapándose su ojo izquierdo. Y brevemente el derecho. “Mis hijas están bien”. “Tu esposo las va a cuidar bien. Los hombres amamos a nuestras princesas”.

 

“Tu hermana sigue viendo su novela”, dice él tocando sus dientes frontales, los pocos reales. “Estás viejo, papá. Papito”. “Mi Constanza”, dice él, mientras la abraza con cuidado. Luego va a la sala. Ahora tiene dos libros teológicos, un lápiz, tajador, borrador, unas hojas y tres llaves.

 

“Tu próximo libro. Pensé que escribirías sobre mamá”. “Espero no decepcionarte. No recuerdo mucho de los primeros años. Solo pequeños momentos. Nuestro primer beso, no nuestra primera cita. Sus sabores favoritos: la fresa y… . Las baladas que cantaba con esta voz tan horrenda. Mis composiciones. Escucharlas en la radio. En boca de mejores cantantes. ¿Tú qué recuerdas?”, dice él indagando.

 

“Recuerdo cuando competía con mi hermana”

 

“Nunca le pudiste ganar”. “Sí le gané, papá. ¿No recuerdas?”.  “Constanza, hija, me desvanezco”, dice él con su gesto de falsa sonrisa. “Papá, ánimos, debes terminar tu libro… al menos ese… si es que no vas a hacer el de mamá”. “El de mamá lo harás tú”, dice él con una sonrisa sincera. Con ojos muchas gracias. “Mi Boni”.

 

“Yo mataré a Dios”. “Eres agnóstico, papá. Eres famoso por ello”. “Y por mis libros, mis composiciones, mis obras de teatro y el juego de cartas que nos hizo millonarios. Por eso me agrada Dante. Es útil”. “No lo digas así, papá”. “Tu esposo me cae mejor que ese Ferdinand”. “Papá, lo de ese muchacho ya fue hace muchos años”. “Nadie le pega a mi hija. Nadie. Por eso no tuve hijos. Son violentos”.

 

 

Capítulo 12: Esa psicóloga

 

La terapeuta es anciana y quizás senil. Se la recomendó papá a Ferdinand. Pero la broma al final fue para Regine.

 

-¿Y cómo es tu relación actual con él?

-Creo que no le gusta que viajemos seguido. Pero yo necesito ver a mi papito

-Entiendo. Prefieres a tu papá sobre tu esposo

-No, no dije eso. Mi papito ya está anciano. Quiero verlo.

-¿Planeas quedarte con él o volver a Francia?”

-La verdad es que me quiero quedar, pero mis hijitas…

-Entiendo…

-Me debo quedar. ¿Cierto? Mejor me quedo. Ya lo decidí.

-¿No te parece que tomas decisiones sin pensarlo?

-Sí, pero siempre me sale bien. Mi esposo me pidió matrimonio a los 19 años y le dije que sí. Apenas lo conocía.

 

La psicóloga toma apuntes y Regine sigue intacta. Con esa sonrisa que parece contener una carcajada.

 

“¿Te ha pasado alguna situación en que tu impulsividad te ha salido cara?”

“Mmm… Creo que no. Y ahora menos. Mamita me protege”.

“¿Tu esposo y tu papá tienen algún parecido? Quizás físico, de personalidad, de ideas”.

“Ferdinand le tiene cariño a mi papito. Pero mi papá… lo odia un poquito”

“¿A qué se debe?”

 

“Larga historia…”

“Cuéntame”

 

Regine empieza a incomodarse y nota las arrugas de la psicóloga, el cuarto y los diplomas. Algunos boca abajo.

 

“Ferdinand era mi jefe en un restaurante. Yo estaba apoyando y me desconcentraba mucho. Él gritaba mucho. Yo tenía 18 años. Me lanzó una olla. Lo confronté. Con palabras. Luego me empujó. Y lo noqueé”

“¿Le pegaste?”

“Sí, en su carita”

“¿Y él te gusta porque puedes pegarle?”

“¿Qué? No. Luego de eso, él cambió. Ya no gritaba mucho. Y explicaba mejor las cosas en las reuniones. El equipo se hizo más fuerte. Él y yo nos fuimos conociendo. Fuimos enamorados por 6 meses. Y luego me pidió matrimonio. Yo dije: está guapo. Ya está. Será él”

 

La psicóloga apunta. Parece dibujar algo. Regine retoma su sonrisa.

 

“Sí… es mi historia de amor. Ojalá papá la escribiera, pero odia a mi esposito”

“¿Porque te agredió verbalmente? ¿Cómo arreglaron sus diferencias?”

“Papá fue a visitarme. Ferdinand lo quiso saludar y mi papito lo golpeó en el estómago. En el hígado. Fue un buen golpe. Mi esposito se retorció de dolor. Y luego papito lo alzó. Y le dio la bienvenida a la familia”

-¿Alguien más de tu familia le ha pegado a tu esposo?

-(Risas) No, nadie más.

-¿Te da risa que tu esposo haya perdido su virilidad?

-No entiendo

 

-No la ha perdido. Es un hombre hogareño, como mi papito.

-¿Entonces eso los une?

-Sí, pero no hablan mucho. Por el idioma. Mi papito le habla en francés, pero mi esposo no le entiende. Es que de verdad no se entiende.

-¿Y en inglés?

-Se entienden un poco más.

-¿Sientes que tu esposo ha sacrificado su carrera para dedicarse al hogar?

-Mmm… quizás un poco. Un tiempo estuvo mucho con las niñas.

-¿Y tú?

-Yo seguía en el restaurante. Haciendo los postres.

-¿Y tus hijas?

-Con mi esposito. Él me pidió que siga mi carrera.

-¿Y pasó algo parecido entre tu mamá y tu papá?

-Sí, papito nos crio. Solo se dedicaba a escribir sus libros. A veces daba clases particulares. Mamita trabajaba, incluso de madrugada. Era doctora. Papito siempre la respetó. Nunca le puso un dedo encima.

 

-¿Algo más?

-Bueno, tú pagaste estas sesiones (sonríe un poco).

-Mi esposo me registró.

-Interesante, ¿verdad? Como si no te pudiera decir algo directamente.

-¿Lo de su virilidad?

-Yo veo que te gusta un hombre que se deja dominar. Como tu padre. Lo cual es normal.

-¿Dominado?

-Es normal que una mujer busque a alguien parecido a su padre. En el fondo todas queremos casarnos con nuestro padre.

-¿Qué?

-Incluso yo quise. Pero no se pudo.

-¿Es broma, no? (ríe nerviosamente)

-Es broma, pero has capado a tu hombre

-¿Capado?

-Tu hombre ya no es hombre. Tu hombre es tu mujer

 

 

Capítulo 13: Dios pudo hacerlo mejor

 

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El último viaje de Enrique Minas

 

 

El ferry iba de Montevideo a Buenos Aires. 80 personas. No las contó. Su rostro tenía escritura, de la ciudad y de encierro. Solo algunos niños rubios se atrevían a mirarlo. Los mayores, como él, agachaban la cabeza. ¿Era admiración? ¿Miedo? ¿Repudio?

 

Nadie lo miraba. Hasta que el pasajero de al lado empezó a mirarlo fijamente. Con ojos más blancos que castaño. Y la mujer de su derecha igual. Todos se miraban. Y él pudo sentirlo: el abandono a la madre. Pudo sentirlo: los golpes a la esposa. Y el arrepentimiento. Y sabía que ellos habían visto su congoja. Y trató de huir.

 

Aquella tarde, Dios estaba en ese ferry. Y Dios decidió mejorar al hombre, a todos ellos. Decidió hacerlos ver el peso de sus acciones. Y que todos las mirasen. Dios, este dios, miraba a Minas.

 

Y otro hombre se paró. Un detective de la lejana Colombia. Y todos vieron a su hija y a su esposa. Cadáveres de ojos entrecerrados, de cuerpos fríos, de ropa ancha. Y al perpetrador: Enrique Minas. Y empezó a llorar.

 

Minas, también de pie, vio todo y sintió el dolor en el cuello, los golpes en el cuerpo. Los gritos superaron los murmullos. Enrique Minas mostró sus malas noches, las vigilias eternas, sus gritos. Luego sintió el dolor de todos. Minas sacó un arma y nadie temió. Le ardían los ojos. Su dolor…

 

 

El mundo es un campo de batalla de víctimas y victimarios. Hay humanos que sufren cruentos destinos, a causa de un mal diseño biológico del hombre. Sí, si hay creador o diseñador, él es el culpable de que no haya un mecanismo de seguridad que haga que el violador colapse frente a su víctima o que el asesino serial sufra un paro cardíaco. Todo por un supuesto bien mayor que sería la libertad de elección, que no tienen los de libre albedrío débil.

 

Se suele culpar al hombre de la maldad, de las desgracias. Y eso tiene sentido en un mundo sin Dios. En un mundo con Dios, debemos culparlo del mal diseño humano o programación humana. Pudo sentar unas mejores bases antes de agregar el libre albedrío.

 

En el caso de un universo único en el que las decisiones siguen teniendo un factor moldeador del mundo (el libre albedrío), hay que notar que las culpas se reparten equitativamente. O así se declara. El libre albedrío del genocida parece tener más impacto que el insulto lanzado por un hombre marginado, sin difusión, aislado. Pero se declara a la humanidad como culpable de ambas cosas. Minimizando al individuo y haciéndolo víctima de libres albedríos de apariencias más fuertes. En el caso del universo único determinista, la maldad manifestada en el mundo es producto de la maldad posible e inevitable de sus habitantes. Un único camino, del único camino posible de la expansión del universo. En el caso del “universo de libre albedrío”, la maldad manifestada es producto de una guerra de libres albedríos de entes constituidos de una manera biológica por una mente supranatural, en un mundo entregado con ciertas leyes. En este caso, las leyes naturales y la composición biológica del hombre tendrían que estar determinadas, sería esto innegable. Y las decisiones humanas serían capaces de escapar de la composición biológica (deficiente), algo que para muchos es intuitivo, y de las leyes naturales, algo que no parece posible.

 

¿Es acaso la programación humana actual siquiera la más benévola imaginable? ¿Por qué el asesino en serie no es cegado ante su acto de crueldad? ¿Por qué el violador no es paralizado? Si se puede imaginar un mundo así en el océano de realidades, ¿no es acaso probable su materialización para “Dios”? Y si lo es, ¿no es ese el mejor mundo posible? Y si ese lo es y este no lo es, ¿podemos decir que Dios es amoroso? ¿Desde qué momento Dios introduce el libre albedrío en el diseño humano (la programación humana)? ¿No es evidente entonces las falencias o su no existencia?

 

¿Hay un plan mayor desconocido? También se puede decir que hay un sadismo permitido que se magnifica con momentos de paz y actos de bondad, solo para hacer lo momentos tristes más crueles y contundentes. O pensar en el universo como un espectáculo para un Dios que existe dentro de los límites de este lienzo (como guardián), “posibilidad” resultante de delimitarlo al invalidar el “argumento” de la causalidad.

 

No es viable creer en Dios, ni en su versión malvada ni en su versión contemplativa ni en su versión supuestamente bondadosa de plan deficiente o secreto. O en todo caso: no tiene sentido alabar a un ser así. Es mejor quedarnos con la parte naturalista del asunto: ciertos hombres poderosos son culpables del sufrimiento. Cuidemos a los débiles.

 

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“Papá, es lo de siempre, pero mejor resumido. Me gustó el cuento que incluiste”

“Gracias”

“¿Y de la causalidad?”

“Es un error evidente. El enunciado real es “EN el mundo observable, desde la experiencia, en lo cotidiano…”. Están aplicando algo fuera de su campo de aplicación. No se necesita decir más. Solo señalarlo”

 

[“El “argumento” de la causalidad es una extrapolación tramposa basada en una observación mal delimitada” (“El circo del tomismo”)].

 

“Mamá creía en Dios…”

“Mi Boni… A veces ya no la recuerdo. Sí sus grandes ojos. Y sus palabras. Sus bromas”

“Tenemos muchas fotos, papá. Extraño a mamá. Sueño con ella, pero nunca me habla. A veces solo se aleja. A veces me sonríe”

“Laura creía en otras dimensiones”

“¿Y tú?”

“No, hija. Esta es toda la realidad”

“No lo sabes”

“Es cierto. Soy agnóstico. Prefiero vivir esta vida como si fuera la última. Ha sido una vida impecable, una vida feliz”

“No te despidas, papá. Por favor”

“Quiero refutar los fanatismos. Quiero que ese sea mi legado. Mira a Irán. Mira a Irak. Incluso Israel”

“Sigue haciéndolo, papá. Aún te queda tiempo. Poco, pero queda”

 

“Hija, sí he escrito sobre tu madre. Te daré esos textos. Quiero que los tengas. Úsalos, por favor. Aunque solo sean diálogos”

“Lo haré, papá”

 

 

 

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Capítulo 14: One Shot

 

Caminaba con una pisada decidida y con otra en hiato. Derecha militar e izquierda gimotera. Fuerte y un poco más calmado. Con pantalones de cielo nocturno, con pequeñas manchas, estrellas moribundas.

 

El cielo mostraba toda su vejez. Cielo de las 4, aún de sol.

 

“Elías, ¿entonces escribimos?”, dijo la mujer de ojos perfectos. “No”, dijo él, de camisa blanca.

 

“Bueno, sí”

 

Sentados entre la granja y la mansión, sobre césped algo seco, la mujer avizoró a una princesa.

 

“¡Mamá!”. Y luego a otra: “Mum!”. Venían con aquella que era su reflejo. Pero más pesada y más fuerte. Ella también llevaba a sus hijas. Eran 4 vestidas de Laura.

 

Miró a su hermana con autoridad, sin apartar la mirada. Regine dejó de cargar a Almita. La niña buscó de nuevo los brazos de su tía. Y esta la volvió a cargar. Regine, de corazón campesino, selló su victoria con una sonrisa exagerada, sin mostrar los dientes. Las francesas apuraron a la matriarca, a la señorita Esmeralda y a la pequeña Soul.

 

Mira Elías los apuntes de su alumna, guardando la distancia y evitando acoplar los hombros. Y las rodillas. Ella lo mira, con seriedad citadina, de Lima invernal. A los ojos por 2 segundos y… casi 3. Al reloj por un segundo. “Mis dos manos son inútiles”, explica Elías, diestro, pero muy zurdo. Son las 4 y 55. El segundero no lo ve.

 

Lee Elías directamente lo escrito en una libreta de cubierta de cuero negro. Con líneas horizontales en sus hojas (con dos oraciones por línea, con apuntes atravesándolas, con un dibujo de Regine y de Almita: la niña descansando en el hombro izquierdo de un cuerpo circense -de la mujer más fuerte del mundo-, garabatos a la izquierda, como maraña, para probar el lapicero, hojas aún pegadas, por falta de estreno, y luego lo anterior: el almuerzo, las palabras del político y más dibujos). Constanza, con lazo rosado en el cabello, rompe el silencio, tarareando una canción que aún no existe. Evoca a la muerte, pero también libertad. El último viaje.

 

Elías mira hacia arriba y deja la libreta entre los dos. Mira la sombra de su derecha, del árbol protector, y por un instante ve cómo la luz del sol brilla en los ojos de su alumna. Constanza deja el tarareo (o laleo). Se acomoda la blusa que casi le quita cuello. Mueve un poco su falda borgoña. Se recuesta en el árbol. “¿Qué le pareció?”, inquiera asegurando el largo de su falda cerca a sus canillas. Luego decide volver a ponerse de lado, en paralelo a su maestro. Y hablarle girando la cabeza, mientras coloca la mano cerca de la libreta.

 

“No me gusta que hagas los diálogos como tu padre”, dice el hombre girando a la izquierda, con los brazos extendidos para no caerse. Mira hacia adelante, en dirección a los trabajadores y las dos ovejitas. “¿Y si no usas diálogos? Tú papá los usa y abusa. Y luego la gente imagina cosas, cosas mejores seguramente. Y eso ser flojo. Carajo. El buen lector saca oro de todo. Donde hay pereza, se vuelve coautor”, dice él con voz alta, sobrepuesta al nerviosismo, al vértigo de soportar su peso con sus brazos huesudos, a la vergüenza de usar un pantalón reclamado por el mar, por su aliento: el salitre.

 

“¿Puede ser ese mi estilo? Pero yo necesito que mamá hable, que el político hable. ¿Qué es un político sin su discurso?”, dice ella cruzando las manos en su vientre, con el cuerpo un poco hacia adelante.

 

Elías explica las razones. Repliega los dedos, el índice señala al cielo, como pistola de carnaval, de salvas. La mano permanece así, temblorosa. Y luego choca contra la palma de su mano izquierda. Casi pierde el equilibrio. Constanza oye el golpe, Elías no. La aprendiz se pone en diagonal. Elías decide echarse en el césped, mientras explica en medio de lisuras, la literatura abrasiva de Nasar. Junta las manos, como urna, como libro. Y luego las mueve, como fuego o volcán. Su índice derecho se mueve rápido de izquierda a derecha, 4 veces. Luego se sienta y le señala a Constanza el paisaje con la palma extendida: señala su nariz. Le muestra el césped y la sangre verde. También apunta a los obreros y a las ovejas. Al sol sobre ellos y al árbol de su izquierda. 5:07 de la tarde.

 

Elías voltea todo su cuerpo. Mira de frente a la mujer. Y se toca el rostro. Ojeras pronunciadas, manchas en las mejillas caídas, frente quemada, canas en las cejas (una grande apuntando a la derecha). Cabello escaso y manchas marrones sobre ese suelo árido, de desierto. Ojos hundidos, pero aún humanos, aún bellos, de joven. Labios sedientos, pero llenos de convicción. Nariz grande, enterrada, pero precavida. Constanza ríe.

 

“No es feo, don Elías, es andrógino, se ve como una señora bien cuidada, excepto por la calvicie”. “Elías, dime Elías, señorita”. “Carajo, mierda. 5 y 13 y aún no brilla el cielo”. “Aún no oscurece, pero debemos volver… Elías…señor”. “Y no es tan calvo. Ese peinado, desde este ángulo, le esconde bien la calvicie”.

 

“Prométeme que no me harás hablar en esos diálogos enfermos que hace tu padre, diálogos que piden no nacer, que prefieren no existir”

“No le pondré diálogos”

“Mejor”

“Y espero cumplas. Ahora que los dos estamos de blanco. Si no, empieza una guerra santa. No, fea metáfora. No pongas eso. Carajo”

“Ayer hablé de papá sobre eso. Me dio textos, por cierto. Sobre mamá. Diálogos…”

“Lo imagino. Prefiere escribir sobre Dios. Bueno, en contra”

“¿Usted cree en Dios?”

“Creía. Tu padre me convenció de que la creencia en Dios es una en un mar de posibilidades, que no hay cimiento lógico. No lo hay”

“Ayer me habló de Irán. Me dijo que son fanáticos religiosos, pero lo mismo insinuó de Israel”

“Ahí se equivoca. Bueno, toda religión es proclive a cambiar el canto por las armas. Toda religión es peligrosa. Creo que tu padre alguna vez dijo que en una guerra santa no todos pierden: ganan los espectadores, los que ven dos enfermedades anularse”

“Esa declaración es triste. Sufren inocentes”

“Bueno, también lo dice, pero es que esa genta está muy loca. Y no se puede intervenir. Intervenir es entrar en guerra. A tu país le gusta intervenir”

“No es mi país”

“Es como si lo fuera. Con los perdones necesarios, yo no te considero peruana. Tu padre sí ha sufrido las revoluciones, tu madre las vivió. Tú estabas en el extranjero de vacaciones”

“Trabajando”

“Bueno…”

“O estudiando”

“Hay muchos inocentes. Incluso niños”

“Y no hay Dios. No existe Dios. Solo el hombre empuñando la fuerza en su propio nombre, llamándole Dios a sus deseos homicidas”

“Mi mamá creía en Dios”

“No creía. Bueno, quizás en sus últimos años. No, no creía”

“¿Qué cree mi papá? Dice que hay un mar de posibilidades, pero no dice su favorita. Siempre cambia su respuesta”

“Creo que cree que podemos volver a vivir nuestras vidas. Que justo antes de morir, nuestra consciencia se hace eterna. Que esos pocos segundos se vuelven mil vidas. Vidas casi iguales, con algunos cambios”

“¿Y sobre Dios?”

“No lo ve realmente posible, no al menos uno ajeno al lienzo que es la existencia de todo, del universo. Alguna vez dijo que el universo eterno creó a Dios para experimentar el mundo de una manera más individual. No existe Dios. Carajo. Dijo que hay un ser celestial y en sus ojos está el universo. Un ser contemplativo, mirón. Demente, a veces cruel. Curioso. Atento a lo bueno y a lo malo”

“¿El universo creó a Dios, porque realmente quería crear humanos?”

“Dios, según tu papá, es simplemente el humano por el que el universo decide ver el mundo”

“¿Entonces todos los humanos?”

“Sí, pero toma el cuerpo de uno solo”

“¿Y dónde estaría?”

“El universo lo aparta cuando muere. Lo lleva a un rincón del universo. Carajo. Todo eso lo dice, porque le parece más imaginativo que las religiones. Sí cree lo de la consciencia infinita. Lo otro lo dice como para decir “mi historia está mejor””.

“Entiendo”

“Niña… señorita, mira, por fin brilla el cielo. 5 y 27. Ya empieza el brillo dorado”

“Debemos volver”

“Es temprano. En media hora anochecerá. Balto se puede quedar con ustedes, ¿no?”

“Sí, se veía feliz con las niñas. La señora Mercedes también lo estaba engriendo. Usted también se puede quedar”

“Lo agradezco. Ese perro me habla mucho. Bueno, imagino que me habla…”

“No se preocupe. Todos queremos que hablen”

 

“¿Cómo era mamá de joven? A veces sueño con ella, pero no me habla. Solo me mira”

“Eso es culpa”

“¿Sí?”

“Yo también soñaba con mi padre así, hasta que lo hice hablar a la fuerza”

“Usted es tan… usted”

“Tu madre era una chica muy dulce. Muy inteligente. Muy curiosa. Y muy obediente, quizás demasiado obediente”

“La abuela…”

“Le comenzó a interesar el opio”

“¿Qué?”

“Sí”

“¿A quién?”

“A ella”

“¿A mi madre?”

“Tu madre era muy curiosa y la muerte de Luis le cayó muy mal. Yo la conocí en su peor momento. Era difícil tratar con ella. Preguntaba cosas…”

“Entiendo, don Elías”

“Pero luego empezó sus estudios y conoció a Nasar como su nuevo tutor. Eran clases más libres. Yo le enseñé toda la teoría. Yo le enseñé la literatura de verdad”

“Papá no anda bien. Ayer lo escuché…”

“Nunca anda bien. Es senil”

“Mi papá conserva sus facultades, señor. Solo a veces desvaría. Pocas veces”

“¿Qué pasó ayer?”

“Mire la luz. Lo tiñe todo. Es como un sueño”

“Lo es, señorita”

 

“Creo que soñé con mamá así. Con esa luz. Cerca a un árbol”

“Hazla hablar”

“(risas) No importa si no habla, quiero abrazarla”

“Dile que la extraño”

“Se lo diré… maestro”

 

“El único defecto de tu madre fue ser aprista”

“(risa contenida) Volvamos a casa”

“Espere. Espere a las 6:05. Hoy es 6 de junio. El brillo nos dejará a esa hora”

“¿Cómo sabe?”

“Tengo una novela sobre eso. Era una referencia. ¿Has leído mis novelas, no?”

 

“Mañana empiezas”

 

“Ayer mi papá gritaba en su cuarto. Decía que no tenía miedo, que él era Dios. Que nada estaba por encima de él. “¡Yo soy Dios, yo soy el Diablo!””

“Mmm… ¿Y no está senil?”

“Pensé que podría ser algo de un personaje. A veces… los interpreta”

“¿Y no está senil?”

“No lo está. Él no habla con su perro…”

“Pero tiene dos ovejas con nombres poco sensatos”

“Regine propuso los nombres”

“Ah, ella es la loca entonces”

 

“Se fue el brillo, muchacha”

“Constanza”

“Seguro ya preparan la cena. No entiendo lo de las dos mesas. Mejor dicho: me parece una estupidez”

“Mi papá es un hombre creativo”

“Sí, todo muestra su creatividad y su senectud”

“Basta con eso, por favor”

 

“¿Ya?”

“Mira el cielo. Ese azul. Pronto será rojizo”

“Vamos, don Elías. Le ayudo a levantarse”

“Vamos. Son 20 minutos hasta la casa. Estoy seguro”

“Son 15, pero usted está rengo”

“Un poco de respeto”

“Disculpe. Pensé que le gustaba bromear. Y eso funciona en dos direcciones”

“Piomaro y Sócrates, ¿no?”

“No, Crossaint y Pionono. Así se llaman las ovejitas”

“Tu padre está loco”

“Mi hermana…”

“Tu hermana está loca”

 

Elías camina, poco a poco. Moviendo su cuerpo entumecido. Constanza le da su brazo derecho como apoyo y el viejo escritor toca con recato. Se mantiene callado, por la vergüenza, por la dependencia. Por eso al sentirse fuerte se aparta de la aprendiz e intenta caminar más rápido que ella.

 

“¡¿Cómo conoció a su esposo?! Se me hace familiar”

“No tiene que gritar. Ya, ya estoy a su lado. No se vaya a caer”

“Respete”

“Es socio de mi papá”

“Eso ya lo sé. Me refiero a que hay algo en él… Algo familiar. ¿Cómo lo conociste?”

 

Se acercan Regine y Almita. La matriarca hace el gesto de querer cargar al viejo escritor, pero este se adelanta con la mirada seria, de resistencia. Almita va a decir algo, pero calla. Los adultos conversan. En ese idioma que aún no es el suyo: el español. Mueven la boca. El viejo ríe. La tía intenta otra vez poner su brazo en la cintura del autor de los cuentos mágicos. Almita sabe que aún escribe. Ella sabe que las historias continúan en su mente. Sin tregua.

 

Se promete leer una historia suya cuando pueda descifrar los sonidos y las grafías. La niña juega con sus pies, meciéndose hacia atrás y hacia adelante. Un sonido francés la alerta. Una vocecita más madura y recatada. Almita se eleva con los pies para proyectar su voz. Constanza la contiene. Regine la mira como diciéndole aburrida. Y ella suelta el estruendo. Preparen el banquete.

 

Almita corre a la casa a ver a sus hermanas. Están viendo la televisión. Hay bombardeos y niños empolvados. Es la guerra. No hace falta entender el idioma.

 

El viejo Nasar apaga la tele y les pide que jueguen, mientras Mercedes alista las dos mesas.

 

Elías y Constanza conversan con Dante y Ferdinand. Lo hacen en inglés, el idioma favorito del viejo maestro. En el que nunca se atrevió a escribir

 

Mercedes les pide a las niñas que no hagan mucho ruido, que solo conversen. Llama al perro visitante, porque el otro está durmiendo. Algo pasa.

 

Elías ve a Balto con las niñas. Cerca a Almita. Y parece que hablan de la guerra, de los niños inocentes. Balto percibe el buen corazón de la futura escritora. Y Balto entonces pide que canten los niños, que alcen la voz, que hagan al mundo escuchar, que unan sus voces y lleguen al sol, porque en ellos está la verdad. Que canten los niños que viven en paz, y aquellos que sufren dolor, que canten por ellos que no cantarán, porque han apagado su voz. Luego ve a Regine unirse. Y cada niña dice una oración, una petición al mundo. En español, en inglés y francés.

 

I sing because them let me live

Yo canto para que no me apaguen el sol

Je chante pour qu’ils ne polluent pas la mer

Je chante pour que ma voix résonne

Yo canto por el que no sabe escribir

/Yo cant-o por el que scribe versos amor/

Yo canto porque el mundo sea feliz

Yo canto para no escuchar el cañón

 

Luego se unen en coro. O así lo ve Elías. Balto, Regine, Almita y las niñas.

 

Let the children sing

Let them shout

and make the world

hear.

Let them sing

for those

Who won´t sing,

because they now

have!

no voice!

 

Luego Elías recuerda que los perros no cantan, al menos no el suyo.

 

Constanza busca a papá. No lo encuentra. Mercedes le indica que está afuera, junto a Leonora, junto a las anónimas, junto al cielo.

 

Las niñas ríen, pero los murmullos se alejan.

 

Ve la oscuridad y el cielo rojizo. Como si fueran de otro mundo. Escucha los murmurios hasta que entiende el idioma. Su padre le canta a Ella. Su hija se acerca para abrazarlo. No lo detiene. Solo lo escucha.

 

 

…No sé

si el mundo es el de siempre

Pero yo

lo encuentro diferente

Cuando tú no estás

Cuando tú no estás

 

No sé

si brillan las estrellas

Pero yo

me encuentro entre tinieblas

Cuando tú no estás

Cuando tú no estás

 

¡Cuando tú no estás

no tengo nada!

No me queda más

que mi dolor

¡Por eso envidio al mar!

que tiene agua

¡Y al amanecer!

¡que tiene sol!

 

Nada soy

sin Laura

¡Solo estoy sin,

sin su amor!

Nada soy

sin Laura

Sin Laura, sin Laura

Sin

Laura

Sin Laura…

Capítulo 15: el político

 

1985

Alan Ludwig García:

 

Me enfrento a la muerte, sin chaleco antibalas. Como mis compatriotas. Ellos se enfrentan a la incertidumbre, el hambre y el miedo. Hoy verán mi cuerpo triunfante sobre el de ese demonio. Lucharé sin excusas, con mi intelecto, en el nombre de Dios.

 

Hoy daré muerte al usurpador. El que nos impone esta realidad dramática. El Norte industrial, imperialista y financiero. Hoy daré fin a la crisis histórica; a la injusticia, la explotación y la miseria.

 

Y así será, compañeros. Así será, compañera. Este 28 de julio. No pudo ser Haya. No pudo ser por el 79, ¡pero el APRA nunca muere!

 

Y aprovecho esos aplausos para dirigirlos a todos ustedes. Yo los aplaudo. Y aplaudo a nuestra compañera. Laura Regine. Trabajó con Haya. ¡Siempre al servicio de los pobres!, encarnando nuestro espíritu revolucionario. No con armas, pero sí en acciones y discurso. Dicen que era tímida, ¡pero aprista y feroz!

 

Estas imágenes se alternan, no de manera metódica, y sí como el reflejo de un todo: la metamemoria.

 

Yo no elijo las imágenes que acompañan esas palabras en mi mente. A veces Haya, a veces incluso nuestro himno. O Laura, compañera. Ese día es para mí como pintura impresionista, con destellos que incluso a veces no son imágenes, pero sí sensaciones o cosquilleos. Como la pesadez en mis piernas, ante la prensa que buscaba mi error. Como el sudor que vencí e ignoré. Como la imagen de dos ancianos que quizás ya no se aman, no se soportan. Espejismos de sus mejores versiones. Imágenes residuales de sus versiones más naturalistas y exactas. Hasta que el viejo habla. O lee lo escrito.

 

Y es un poema en lengua antigua, quizás la más antigua de Europa: el euskera. Y lo habla mal y lo traduce peor. Pero nadie lo sabe en ese momento. Es 1985 y el genio suele ser incuestionable, infalible y divino.

 

Nasar le dedica entonces esas palabras a su compañera. “Mariposa, mariposas, mariposas y mutación // Susurro de llovizna son tu voz y dulzura // Tu agua moja el volcán y desierto”. Y 20 años después se preguntaron por lo último: porque la ambigüedad era lo suyo. ¿Laura da vida o la apaga?

 

Otra imagen de aquel día, de luz ámbar y dos grandes mesas, es la de las nietas. Todas pequeñas, curiosas. Y entre ellas, Alma, la joven escritora, atónita y feliz, ante la historia de nuestro Perú.

 

Y otra más curiosa la de un periodista, lisonjero e inoportuno, con la pareja celebrada. Busca al detective, ese ser grotesco, pero jocoso, tan odiado como aceptado. Laura firma el periódico. En sus últimos días, aceptó finalmente a ese personaje tan exótico. Y lo hizo suyo en una serie trascendental, pero chicha. Fue el último gran gesto de amor hacia su esposo. Quien se fue al año siguiente por pena y por gloria.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

¡Mjeres mortu!

[1984]

 

Nasar y Boni Solís

 

 

(Versión de 2016)

Alma Baker

¡Muere, puta de mierda!

 

Anónima, 57.

¡¡Ffff aa!! Toca la correa mi cuerpo lacerando la piel que abrazan mis hijos.

Siento sus nudillos, sus huesos, como estigmas. Como marcas ardientes.

Y mi cuerpo palpita, mientras su voz llueve bilis y odio, mientras yo me mantengo a oscuras derrotada cara al piso, mientras mis manos buscan mantenerse firmes, mientras él aplasta mi cuerpo. No. Me obliga a verlo. Él lo disfruta. Y sus manos aprietan mis huesos. Los de los hombros, los de mi cuello. «Muere, puta de mierda». No. Grito. Lo empujo con la fuerza de madre y voy hacia la puerta de madera. Me agarra del brazo. Y le pido disculpas.

Los ataques se repiten cuando su comida está fría, cuando llega en la noche a las 10 y no a las 9. Cuando me ve hablar con quien me vende la leche para los niños, el pan para todos y los caramelos redondos.

Y siempre pienso en mi infancia. Y no grito. Por respeto a mis hijos.

Juego con ellos y a veces me ven triste. Les digo que jueguen, que coman los caramelos, que suban a sus triciclos, que lancen sus trompos y usen las piedras como canicas.

Les pido que me abracen. Cuando solo quieren jugar.

Los vecinos empiezan a preguntar. Porque mi cara lo delata. Las mujeres me dan consejos del hogar y algún hombre se ofrece a hacerle frente.
Un día vuelvo a casa y encuentro a mi hermano. Se despide. Me dice que jamás volveré a ser molestada.

Verónica, 25 años.

Estaba segura de verlo cada vez que iba de compras. A lo lejos. En su carro o en algún taxi. Era él. Quien nunca me había golpeado, pero quien más daño me había hecho.

Me controlaba dulcemente. Era mayor que yo. Me decía que estaba mal exponerme tanto, que no era buena idea salir a fiestas, con mis amigos. Que me quería por lo recatada que soy. Y juro que lo quería, amaba que se preocupara por mí. Aún pienso en él y me odio por eso.

Un día lo dejé. Tenía miedo. Sentía que no podía vivir, que no podía… hacer las cosas que hacen las chicas de mi edad. Y… y terminé con él. Aceptó eso. O eso dijo. Me mintió.

No paraba de seguirme. Me escribía y lo bloqueaba de todo sitio, de todos lados. Entonces empecé a verlo cerca donde frecuentaba. Incluso una vez lo vi en el trabajo, pidiendo un café y un pan. Un pan con jamón. Jamonada.

Lo miré mal y dejó de ir. Y luego lo vi en el supermercado. Revisando yogurts. Y hacía como que no me veía. Y aún lo hace. Porque lo sigo viendo. Y pienso que quizás es casualidad. Pero no. Él está ahí. No habla, ya no me escribe, pero espera que lo mire, que le hable.

No, no le aclaré la situación. Pero luego de dos años todo está claro. ¿No? Todo está claro para mí.

Sí.

Sí.

Gracias. Y entiendo que lo mío. Entiendo que no he vivido lo de. Entiendo que hay casos más fuertes.
Sí. Yo la invito a hablar. A… decir su nombre.

Charlize, 42

Maia. Ese es su nombre, ¿cierto? Ha tenido 4 parejas sexuales en toda su vida. Verónica solo tuvo una relación y media. Recomiendo hablar con ese muchacho. Puede ser mediante un abogado. O quizás no.

Sí, pero que cierre eso, ¿no?, doctora.

Sí, cada uno procesa todo. De una forma.

Está bien.

Sí. Hablaré de mi caso. Soy abogada.

Soy abogada y detective. Confié en un hombre. Me llamo. Me llamo Charlize. Sí. Tengo 42 años. Sí, me gusta vestirme así (risa). (Risas).

 

Mmm…

Mmm… Sé que ustedes lo sienten también. Cuando sentimos que alguien más capturó nuestro nombre. Cuando lo repite por tantas veces, en tantas formas. Con poco o mucho volumen. Con gestos o sin ellos.

Sé que ustedes entienden. Y lo sienten también. Dejar de ser Maia. O Beatriz. Dejar de ser Carla. Dejar de ser Luz.

¡Sé que ustedes lo lloran! Y lo sienten. Y lo sufren. Y lo lloran. ¡Se qué ustedes lo entienden! Cuando los destellos de la infancia se mezclan con los hijos futuros. O presentes. Cuando el abrazo de madre es ahora abrazo de hija.

Y cuando todo eso se rompe.

¡Sé que ustedes olvidan! Por amor. Por odio al odio. Como caricia cesa. Como sentirse a gusto. En sus brazos. Como manos con ramo. Como mano de flores. Como halago estoico y medido, de contención calculada, como poema de Bequer. De Mayer. Como sonrisa de niño, de brazos bruñidos, de PC antigua, de XP.

¡Él los estafooó! Pero me mintió solo a mí. En su com. Putadora. De todo color. De calcomanías. De todo mi amor.

Vació toda cuenta. Y mi corazón. ¡Él los estafooó! Y yo lo perdoné.

Sí, doctora, yo lo perdoné.

(¿Y lo perdonaste?)

Sí, mi doctora. Sí, así es. ¡Yo lo perdoneeé!

((¿Lo perdonaste?))

 

Sí, hermanas. ¡Yo lo perdoneeé!

(Es lo mejor)

((Sí/Yo no/Sí, hay que perdonar/Bueno))

¡Lo perdoneeé! Pero murió para mí. Marcha su cadáver a la cárcel de ruido. A la sentencia de olvido. A la guillotina social. De sus brazos bruñidos. Al escupitajo maestro. De nuestra Justicia.

(¡Lo perdonaaastee!)

((Lo perdonó/Lo perdonó/Sí/Bueno))

Y esa es mi historia. Soy la ex pareja del estafador. El del banco. Él se llevó el dinero. De pobres y ricos. Y lo quemó.

Salón, casi 50 años.

Es 2002. Soy pastiche de muros relamidos. De crayolas antiguas, de sudor comunista y de gritos consignos.

Soy también resguardo de mujeres. Rotas y recompuestas, remachadas con confesiones, cafés y miradas. De caminadas pesadas o como en puente colgante.

Todas ellas atraviesan esa puerta. Como velo hacia a sultán. Y ella, mi hija, las recibe. Su nombre es Cecilia. Le dicen doctora. ¡Le dicen doctoooooraa!

Perdón. Cecilia es psicóloga. Y nunca envejece. No es de este mundo.

Yo era moho y cucarachas. Polvo y suciedad. Porquería y mugre.

Basura y mugre era yo. Atención. Guarden silencio.

Empieza la escena.

 

Escena

Chaarly. Charly59 está aquí. Lo delatan los dientes carmesí. Las encías ferales. Los ojos de lo negro. El cabello grasiento. Y la cara de sombra.

De sombra y rubor. De maquillaje y peluca.

“No eres una buena detective. Debiste saber lo de tu es. Tu pareja”. Charly toma café y remoja su galleta ante el asco de Charlize. Y luego chupa la baba de sodio. Y parece dar un beso al terminar.

“Eres un farsante. Y no lo digo por la peluca. Te gusta usarla. ¿No? Sí. No eres de acá. No eres. Espera”. Charlize indaga y dice su veredicto: “Eres con quien sueño”. “No, preciosa, tú eres mi sueño. Y sabes a qué vengo”.

“No conozco su paradero”. “Ella sí”. “¿Cecilia?”. “Bien, si eres una Charly”. Maia espera su turno para hablar.

Las miradas lo confirman y esa mirada amalgama mira la mirada de Maia. Y es fusión. La ayuda vendrá. Con pistola del macho y papeles justicieros de la hembra.

Cecilia está ante ellos.

Charly conoce su otro nombre, de quien lo envió. Él la conoce.

-Te conozco, I Isabel

–*¿Me conoces en n verdad?*

-¿Qué pasa? ¿Por qué alaaargo la vocal? ¿Qué paaasaa? ¿Por qué me pongo a caaantaar? ¡¿Es un hechizo universal?! ¡¿Es un maldito musical?!

 

Isabel/Cecilia: ¿Quién es?

-Charly59: Soy yo

¿Qué vienes a buscar?

-A él

Ya es tarde

-¿Por qué?

Cecilia: Porque ahora es él…

…el que puede estar sin ti

Por eso vete,

olvida su nombre,

su cara,

su casa

Y pega la vuelta

-Charly59: ¡Jamás lo pude comprender!

Cecilia: Vete,

olvida sus ojos,

sus manos,

sus labios

Que no te desean

-Charly59: Estás mintiendo ya lo sé

Cecilia: Vete, olvida que existe,

que me conociste,

Y no te sorprendas,

olvida de todo

que tú

para eso

Tienes experiencia

 

 

Y siguieron cantando en ese mundo.

 

 

 

 

 

 

Villa Laura (1986)

 

 

Capítulo X: Agilidad

 

 

En la casa se escuchan las protestas de Nasar, mientras Regine sonríe al cargarlo y ponerlo cerca a la mesa para que pueda tomar su desayuno. El Nobel está molesto, humillado. Lo sientan e intenta dormir. Regine le dice que espere y va a la cocina.

 

No me nota. Cruza sus brazos y coloca encima la cabeza.

 

“Papito, acá está”

“Hijita, ¿mi desayuno es un pastel?”

“Sí, una tajadita. Es chajá. ¿Te acuerdas? Cuando fuimos a Uruguay. Tu favorito”

“No es mi favorito”

“Es tu favorito, papito. Abre boquita”

“Ya, hijita. Lo comeré. Déjame desayunar tranquilo, por favor. Si me dan las fuerzas, iré a ver a mis nietas. Mercedes me va a cuidar”

“Ya, papá”

“Oh, muy buen durazno”

“Lo mejor es que no necesitas dientes. Es bien suave, papá. Te dejo desayunar”

 

“¿Tú ya comiste? ¿Qué haces acá tan temprano? Deben ser las 9”

“Son las 11… y 25… 26… quizás 26”

“Ya no ves el segundero”

“Da lo mismo. ¿O… no?, Nasar”

“¿Qué insinúas?”

“Tu hija me contó que has retomado tus textos sobre Dios”

“Sí”

“¿No tenías el asunto resuelto? Carajo. ¿Qué más tienes que decir?”

“No uses esas palabras. ¡Y menos en la mesa!”

“Ya, ya, está bien”

 

“Todo se puede decir de mejor manera. Ya hice que Dios bajara un peldaño, que el cristianismo sea una creencia en un mar de creencias”

“Me gustaría que hubiera un argumento absoluto contra Dios”

“No es necesario algo así”

“Para algunos sí…”

 

“Perdón”

“Aquí está la mantequilla. Con mucho cuidado, señor. Su café y leche para que agregue al gusto”

“¿El azúcar?”

“Tiene el pastel”

“Mercedes, creo que aún puedo decidir por mí. ¿No crees?”

“Su hija Constanza me pidió que cuide el azúcar”

“Mercedes, yo… Yo te pago. Por favor”

“¡Quiero el azúcar!”

“¡Constanza, ven ahora mismo!”

 

“No te vayas, Mercedes, por favor”

“Ya, Nasar, el pastel tiene azúcar. Tu hija salió”

“Me retiro, señor”

 

“No he dormido bien, Elías”

“Se nota. Estás desatado. Se ve bueno ese pastel. Voy a servirme una tajada. ¿Está bien?, buen amigo”

“Me traes el queso… Por favor”

“¿No te hace daño? …Es una broma, carajo”.

 

 

¿Y de qué hablaba con papá?

Recordábamos una obra de teatro. ¿Viste “Jesucristo Superstar”?

La vi en Estados Unidos. Mi papá la vio con mamá en España. Y con Regine.

Nuestra próxima lección será la recontextualización

Entiendo. Como papá y el Quijote.

Sí, así, pero mejor.

Busca una historia, de preferencia que no tenga derechos libres…

Derechos de autor vencidos… dominio público

Sí, eso… Que se puedan usar. Y vamos a ver cómo reconstruirlas para darle un sentido en nuestra historia.

A mamá le gusta Góngora. Bueno, le gustaba. En el último año leyó mucho a Borges. Con Almita. Antes de deprimirse.

No podemos usar a Borges. Quizás a Antonio Machado. Pero lo ideal es que sea un novelista.

¿Kierkegaard?

Si hablamos de la fe. ¿La fe es importante en la historia? Podría ser para darle… más profundidad al personaje de su madre.

Sí, la abuela era muy cristiana. Mi mamá no tanto.

Pero creía en Dios. A diferencia de Nasar.

 

Pero, señorita, Kierkegaard no hacía literatura… No me lo parece. No, no lo hacía.

Pero mamá lo mencionaba… Quizás ella veía algo en él. Papá también hablaba de él. “La angustia de lo absurdo”, así lo definía papá.

¿Qué opinas de los ensayos de Nasar?

Tienen sentido. Pero también lo que él mismo afirma en… “La imposibilidad de matar a Dios”.

¿Ves todos estos libros? En este… laberinto.

Niña, ¿qué hacen que esos libros tengan vida? ¿Los autores o los lectores? Según tu papá, eso no se puede saber.

¿El principio antrópico? Papá también dice que toda extrapolación o ejemplo es un engaño, una trampa…

Yo creía en Dios. Luego ya no. Tu papá me convenció de que no hay nada racional que nos lleve a él. Nada lógico. Pero ahora, con 79 años, podré saberlo.

Si no hay nada, no sabrá nada.

Y si lo hay, podré saberlo.

¿Cree que el día está cerca?

Lo está, Constanza. Quiero morir en paz. En mi casa.

Morir no es malo. Si no hay mucho arrepentimiento.

Siempre hay arrepentimiento

No siempre. Mamá se fue en paz.

Laura tuvo mucha suerte al tenerte. La pequeña Boni.

Gracias. Gracias, Elías.

 

“Dios, de existir, pudo crear una mejor programación humana. Quizás nublando la visión del asesino en serie. O paralizando a los violadores.”

 

Lee Elías Monterroso. O recuerda Elías Monterroso. Ya en cama.

 

Elías Monterroso había perdido la batalla. No, se había dejado ganar. Una y otra vez. El campo de batalla había sido su propio cuerpo. Dos zumbidos conspiraron contra él. Uno era dictatorial, omnipresente, y el otro era un escolta dubitativo, pero igual de mortal. A este último Elías le dio fin. Satisfecho. Como si el verdadero dolor no estuviera en su cuerpo sino en el aire.

 

Los sonidos huyeron. Emanan los recuerdos. Los otros y los falsos.

 

“Trilce amarto” en sus manos. “El último suspiro de Vallejo”. La extraña muerte de Luis Borja. Los presagios de Nasar. Las adivinaciones en sus cuentos, en sus mentiras. Nasar flotando casi dos metros y con los ojos en blanco. En idioma espurio.

 

Las palabras de un presidente. De voz elegante, desafiante. Pero humilde ante Boni. Ella de blusa fresa con leche. O rosada. O rojo apagado. Con botones centrales, como estrellas. Aretes como bolitas doradas. Cabello con un poco de vida. El poco negro en sus antes frondosas pestañas. Su ojo derecho un poco más bonito que el izquierdo. Y Balto ladrando. Quizás no solo en mi sueño. No puedo levantarme.

 

Dios, permíteme levantarme. Por favor. Y la lluvia. Y la obra de teatro que jamás pude ver en vivo. Las canciones. Alguna potente, otras lejanas. Mi hijo y mi esposa felices. Yo ingrato, sin querer viajar. Yo los abandoné. Por mis miedos. Mi temor a este mundo. Tan distante al mío. Tan estridente. Tan falso.

 

Mi voz anciana en mi mente. Mis últimos suspiros.

 

Yo tenía fe… cuando comencé

Ahora estoy triste y cansado

Mi camino… de tres años

Me parece… que son treinta

Y, ¿qué más… puede un hombre hacer?

 

Y mi voz menos anciana. Ya no siente el cansancio. Al menos no en este trance.

 

Si he… de… morir

Que se cumpla todo… lo que tú quieres… de mí

¡Deja que me odien!, ¡que me claven en su cruz!

 

Yo quiero ver, yo quiero ver, mi Dios.

Yo quiero ver, yo quiero ver, mi Dios

Quiero saber, quiero saber, Señor.

Quiero saber, quiero saber, Señor.

 

¡Si

He

De

Morir!

Dime si es porque he de ser mejor de lo que fui

¡Dime si mi vida con la muerte he de cumplir!

 

Yo quiero ver, yo quiero ver, mi Dios.

Yo quiero ver, yo quiero ver, mi Dios

Quiero saber, quiero saber, Señor.

Quiero saber, quiero saber, Señor.

 

Con morir, ¡¿Qué voy a conseguir?!

Al morir, ¡¿Qué voy a conseguir?!

¡Quiero saber, quiero saber, Señor!

¡Quiero saber, quiero saber, Señor!

 

¡¡Ah!!, ¡¿por qué

he de morir?!

¡¿Por qué?!

 

¡¡Dime: ¿por qué quieres que me claven en su cruz?!!

¡Muéstrame el motivo, dame un poco de tu luz!!

¡Di que no es inútil tu deseo! ¡¡Y moriré!!

¡Me enseñaste el cómo, el cuándo, pero no el por qué!

 

¡¡Ah!!, ¡muy bien!, ¡yo moriré!

Pero, ¡por favor!, cuando muera, ¡cuando muera!, ¡¡mírame!!

¡Por favor!, ¡¡mira mi!! ¡muerte!

 

Y la voz vuelve a decaer, porque recuerda que aún es cuerpo. Al menos por unos últimos suspiros.

 

Yo tenía fe… cuando comencé

Ahora estoy triste…

Y cansado

Mis tres años

ya son miles

¿Por qué entonces,

tengo miedo

de que ya

todo termine?

 

Dios,

yo no empecé,

fue tu voluntad

Dame el cáliz

de amargura

Clava, azota,

¡Rompe, mata!

Pero pronto, ¡hazlo pronto!

¡O yo!

me

¡voy

a arrepentir!

 

 

 

 

 

El agua parece terrosa y el cielo es dorado. Como si el tiempo fuera a terminar: en un atardecer.

 

“No perdamos tiempo”

“Balto, amigo”

“No perdamos tiempo, Elías”

“Ahora tengo todo el tiempo”

“No estás muerto aún. Yo debo ayudarte”

“No hay nada allá, Balto”

“Sí hay. Debemos cruzar el río”

“¿Río? Pero esto no tiene fin. Es el mar”

“Sí tiene”

 

“Balto, llévame, llévame, estoy cansado”

“Lo ves. Ven, acércate. Sube a mi lomo”

“Balto, eres inmenso”

 

 

“¿Aún no llegamos?”

“Falta poco, Elías”

“¿Por qué estás acá?”

“Me quise despedir, Elías”

“¿Ladraste? Perdóname”

“No, ya no te preocupes. Fuiste bueno”

“Tengo sed, Balto. Ve tú. Llega tú”

“No, tú debes llegar”

“¿Puedo tomar de esta agua?”

“No. Pon tus manos bajo mi oreja. Junta tus manos”

“Gracias, Balto, gracias”

 

“Falta mucho, pero ya veo tu hogar”

“¿Es un lugar hermoso?”

“Lo es”

 

 

 

 

 

 

 

Capítulo Y: las últimas palabras de mamá

 

Amaneció llorando. Sintiendo las lágrimas en el rostro. Su madre no la había hablado. Solo estaba ahí. A veces sonriendo, pero no hablaba. Desde que murió, su madre no hablaba. Le había dicho que estaba bien, días antes de que algo fallara en su mente. Antes de que la enfermedad deformara un lado de su cara. Antes de arrancarle el derecho de abrazar y de mirar con ternura.

 

Constanza, como otras veces, se levantaba más temprano que todos. Iba al baño para verse en el espejo. Ensayaba sonrisas, miradas felices. Sintió que alguien más estaba despierto. Y bajó para verlo. Quizás su papá. La urna estaba prendida. Las velas radiaban como fuego. Y delante de esta, se encontraba su hermana. Pero no una que hubiera conocido. No una de su mundo. Se veía más joven que ella, 10 años más joven. Esa chica miró a Constanza y luego cerró los ojos frente al fuego.

 

Y en la puerta que da a los árboles estaba una silueta. Volteó a verla. Le dijo a Constanza que se acerque. Que debían hablar de su amigo. Elías había fallecido.

 

Constanza supo esa voz. Supo el abrazo y el beso en la mejilla. Era Laura. Le pidió caminar hasta el árbol de flores amarillas. Constanza no pudo evitarlo y empezó a trotar. Boni le siguió el juego con una sonrisa. Y ambas corrieron a un ritmo sin competencia. “Todavía me canso, hijita”. Constanza temió y la sujetó. Boni se apoyó en el árbol jadeando, recordando que aún era cuerpo. Luego supo.

 

El cabello de mamá era blanco. Y su piel una mujer de 70 años. Constanza quiso imaginarla así, junto a sus hijas ya bordeando los veinte. Porque a esa edad, la engreída Boni se convirtió en Laura. A esa edad y quizás años antes, Laura guio a su hija, la guio en su camino hacia mujer. Almita y Esmeralda no tendrán sus consejos, su calor.

 

“Vi tu texto, hija. Elías fue un buen maestro”

“Sí, mamá. Lástima que ya no esté. Al final pude apreciarlo. Tuviste un gran maestro”

“Hija, ¿por qué aún no me dejas ir? Me sigues llorando”

“Porque te extraño, mamá”

“No te aferres, hija. Este lugar ya no es tu hogar. Es un grandioso recuerdo, pero tu hogar está con tus hijas”

“Mamá, debo estar con papá”

“Por ahora sí. Cuida bien al viejito. Juega con él. Abrázalo de mi parte”

“Te extraña”

“Lo sé, pero debe dejarme ir”

“¿Por qué?”

“Porque este mundo no es tu mundo. Es un instante congelado en el tiempo”

“Un sueño… Pero abrázame, por favor”

“Este mundo no es menos real que el tuyo. Todos a sus maneras son reales. Yo de verdad estoy acá, Constanza”

“Te soñaré siempre, mamá”

“No, hija. Tú vives allá afuera. Debes envejecer y estar con tus hijas”

“Mamá…”

“Hija, no pudiste dejarme ir. Ahora es el momento”

“Mamá, no es tan fácil”

“Yo estoy bien, hija. Hasta tengo una Regine. ¿La viste?”

“La vi, pero seguro esa es menos loca”

“Es menos loca, hija. Déjame acá”

“Mamá, ¿entonces eso tratabas de decirme?”

“Sí”

“Debes hacer tu vida. Tu vida está con tus hijas. Con tu esposo”

“Papá…”

“Tu vida ya no está con mi Nasar”

 

“No has sido una mala hija, Constanza. El amor de una madre no tiene adversario. Siempre los voy a querer más que ustedes a mí. Es lo normal. Yo te pido perdón por no estar cuando eras una niña. No jugamos como lo hacías con Nasar. O con mi Regine. Cuida a mi Regine, Constanza. Mi gordita. Cuida a Esmeralda. Cuida a Almita. Dile que pudiste hablar conmigo. Dile que siga leyendo. Cuida a mi Nasar. Cuida a Regine. Te quiero. Te quiero. Te quiero”.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Capítulo Z: adiós

 

 

¿Dónde está papá? Grita Constanza, como nunca. No está papá. No está Regine. No está Mercedes.

 

La casa se ve desolada y ella piensa lo peor. Busca la llave del carro. Piensa en hospitales. En clínicas. Hasta que encuentra una nota.

 

Llega al corazón de Lima. Donde los escaparates muestran vestidos. Donde alguna vez hubo un tranvía. Donde Laura aprendió a conocer a Nasar. Hay mucha gente. Ya no es la Lima de sus padres.

 

La niña recordó cuando en 1982 le llegaron noticias, mediante carta, del descubrimiento de un cañón debajo de una de estas calles. Los limeños se atiborraron. Recordatorio: quizás de la ocupación chilena. O de la española. O de la guerra interna que vendrá.

 

Las tiendas estaban en casas coloniales de 2, 3 o 4 pisos. Todas de fachadas de amarillo limón, el que conocía de sus viajes. El limón agrio, distinto al peruano, tan vívido y verde.

 

Las calles eran amplias, porque ahí antes pasaban carros. Tantos cambios. Y Regine comiendo picarones. A las 11 de la mañana.

 

“Con las manitos en la masa”

“No compres comida en la calle, hermana”

“Prueba. Abre boquita”

“¡No! ¿Dónde está papá?, loca”

“Se me perdió”

“Quiero ver a papá, Regine”

“Está con Mercedes”

“¿Papá está bien?”

“No sé”

“¡Regine!”

“Papá está bien. Vino a despedirse de mamá”

“  ”

“Ellos paseaban mucho por acá. Cuando ella era jovencita”

“Ahí está papá”

“¿Y ese vestido?, papito”

“Para la que pueda usarlo. Fui a comprar un vestido donde mi Boni los compraba”

“Pero no es a medida”

“Ay, la Constanza”

“Los vestidos deben ser a medida”

“Hija, ¿y cómo medimos a tu madre ahora?”

“  ”

“Constanza, quizás el vestido lo puede usar su hija mayor”

“Quizás, Mercedes. ¿Tan delgada era mamá?”

“Era delgadita. Luego ya se puso como Regine”

“¡Papá!”

“O sea, más bonita. Más fuerte”

“Mamita era fuerte. Tengo sus brazos”

“Bueno, ¿y ahora cómo nos volvemos? Hay dos carros”

“Di un número, Constanza”

“No, papá”

“Tú, Regine, di un número”

“El 2, papito”

“Te vas con Mercedes. Yo iré con Constanza”

“Ay, no. Yo quería ir contigo”

“Nos vemos en la casita”

 

 

Desayunan papá y sus dos hijas. Un domingo. Como cuando Boni estaba con ellos. Papá “decide” comer pastel y un café, y Regine trae las empanadas. Constanza atiza la mermelada. Ella prefiere un té.

 

No hay confusión de voces en mesa. Solo son 3. Recuerdan a Boni, a Elías (“ese señor era loquito”). A Balto.

 

A la abuela y sus rezos. A las niñas. A los novios.

 

El velorio, los velorios, las despedidas.

 

En tal momento, Reeyín confiesa ser la hija menos amada. Costanza la hiere: eres pesada, pero querida te amamos Mamá te amaba hija Te amaba loca Mamá me amaba Le caía mal pero me amaba Me dio un abracito La volveré a ver Los veré a todos

 

Hoy la gordita se va Vuelve a Francia A sus hijas A su vida Lejos de papá Yo voy al cuarto de papá Recuerdo A despedirme

 

 

“Ya no estoy triste, hija”

“  ”

“Recordé lo enamorado que estoy de tu madre. La sigo pensando, pero ya no con tristeza”

“Eso es bueno, papá”

“Te voy a extrañar”

“Papá…”

 

“Leí tus textos”

“ ”

“Aún les falta sorpresa. Improvisa un poco. Ya Elías te enseñó lo necesario. Haz tu camino ahora”

“Algunas cosas me cuestan”

“No incluiste los últimos días de tu madre”

“Prefiero no narrar eso. Mi mamá apenas me miraba. Apenas respiraba. Me agarraba la mano. Trataba de hablarme. Y yo le entendía, papá. Le entendía poco. Le entendía”

 

“Sus ojitos no estaban bien…”

“Debes narrarlo, hija. Sé valiente”

 

Él miraba al cielo y yo buscaba su mirada.

 

Y la mente se fue apagando, confundiendo el tiempo. Olvidando el lenguaje. Pero no aquella canción. No aquella melodía en la radio. Con vestido en mano para su amor de toda la vida. Aquella que era niña y mujer. Aquella mujer delgada y ancha. Vivaz y cansada. Con ojos fulgurantes y sellados. Con cabello negro y platino. Con juventud en la cara y depresiones. Con la dulzura de siempre.

 

El escritor murió. Pero no durmió como los demás. Él despertó.

 

 

 

 

“Hoy me siento mejor, hija”

“Papá”

“¿Eso es malo, no?”

“No, porque podemos hablar”

“Hablemos antes de que venga Regine”

“Papito…”

 

“Dante es un buen compañero”

“Lo es, papá”

“Te va a cuidar muy bien”

 

“Desde mi perspectiva, muere el mundo, mueren ustedes. Mueres tú, querida hija”

“Entonces no te preocupes. Tuve una buena vida”

“¿Te dejo ir?”

“Sí, papá, es hora de dejarme ir. Vas a vivir con mi recuerdo. Vas a ser feliz. Me vas a llorar de vez en cuando, pero vas a ser feliz”

“Perdóname”

“Te perdono”

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Agradecimientos

 

 

 

 

 

 

 

 

A todos los futuros lectores

 

A autores y compositores por los préstamos y mis adaptaciones
[Revelaré la lista mediante videos].

 

Este texto no necesitó IA. Los escritores siempre hemos referenciados los textos precedentes.

-.-.-.