Episodio 7: Nasár es Dios («Villa Laura (1986)»)

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Max Aguirre Rodríguez

 

Tungsteno (2066)

(Versión de 1985)

 

 

 

Mafesti hacia pueblo esclavo. En vigilia dendera. Zabazuta el sonido algrir, de somis liberato.

 

Me susurro. ¿Me susurran?

 

Yo soy el que murió ahogado y también quien habla y escucha. Soy el que sueña y el soñado. Pero también alguien mira mis pasos.

 

Los sarlos son pueblo esclavo. Ellos son como concierto de luces, vibran en distintas intensidades señalando una sinfonía. Lo hacen guiados por el sol. Su música es plegaria. Hay algo en ella que los conecta.

 

Y puedo verlos cuando el sol se esconde. Cuando la música enmudece. Con claridad.

 

Camino al pueblo, alumbrado por sus casas altas, sus puertas altas. Ventanales. Mi contacto es uno de los grandes músicos. Él habla interpreta a la tierra. Sus cabellos son de luz. Sus dedos son delgados y largos.

 

Me recibe. Ya no toco suelo rocoso pulcro, sino azulejos. La gran entrada se esconde a los lados. Y se cierra con violencia. Me extiende la mano el anfitrión. Yo la alejo y le pido perdón. Intentamos hablar en crotol hasta que desistimos. Arbas es su nombre. Su piel refleja las luces del cuarto principal y me dirige hacia el que guarda la música.

 

“Brun… ¿hijo de Laper?”

“Sí”

“¿Sigues vigilándonos? ¿El imperio nos teme ahora?”

“Nadie les teme. Ustedes dan alimento y sabiduría”

“¿Y entonces? No vienes a aprender. La última vez te conté muchas historias. No las escuchaste”

“Discúlpame, sarlo”

“Te disculpo, crotol. Pero te perdiste la historia de la pequeña Constanza. Ella vino a aprender. Ella sabe sanar. Ustedes no son simples soldados ante sus ojos”

“Yo no vengo a vigilarlos. Quiero que se rebelen”.

“Nuestra religión es de paz”

“Tendrán que pelear”

“Yo no peleo. Mis hermanos hacen música, cultivan frutos, bailan, cantan”.

“No pretendo insultar tu cultura ni tu religión…”

“Ustedes también creen en muchas vidas”

“Arbas, ¿quién es tu Dios?”

“Un ser más allá del tiempo. Un ser justo”

“Arbas, muéstrame a tu dios y dejaré de luchar”

“Puedes conocerlo, pero debes creer primero en él. Debes ir a la montaña. En el templo serás uno solo”

 

El templo sarlo queda en la montaña que toca el cielo. La tradición exige ir a pie. El trayecto sobre el piso rocoso pero liso demora medio día de este planeta. Son escalones no aptos para visitantes, reservados para pisadas más fuertes y en contacto con la tierra. Llegué al pueblo cuando el sol despertó y llegaré al templo cuando esté descansando. Quizás mal presagio.

 

“No te vayas aún, crotol”

“No te daré la mano. Conoces mi cultura”

“No es eso. ¿No quieres escuchar lo que he compuesto? Un himno”

“No vas a pelear”

“Tengo hermanos que pelean, que protegen”

 

Arbas se conecta a su instrumento y deja de mirarme. Presiona teclas delante de él, se forman ondas como cuando la voz toca las aguas. Empieza de forma ascendente y remata con 3 sonidos contundentes. La música parece conversar entre ella. Es reflexiva hasta que gana convicción y fuerza. Y vuelve pausada, triste, avasallada. Rendida. Quizás ante un Dios en el que no creo. Y remata con 3 sonidos contundentes. Arbas me ve. Sus ojos vuelven a ver. Y decide volver en trance y darme su himno, pero yo no me arrodillo ante ningún Dios. Mi creador es el sol, el caos es mi vida. Las decisiones son mías.

 

Intento despertarlo y la música toma discurso. En mi memoria.

 

 

Hay golpes en la vida, tan fuertes… ¡Yo no sé!

Golpes como del odio de Dios; como si ante ellos,

la resaca de todo lo sufrido

se empozara en el alma… ¡Yo no sé!

 

Veo la guerra. Los gritos. Las aves grandes y oscuras. Todo es gris. El sonido cae sobre la gente.

 

Son pocos, pero son… Abren zanjas oscuras

en el rostro más fiero y en el lomo más fuerte.

Serán tal vez los potros de bárbaros atilas;

o los heraldos negros que nos manda la Muerte.

 

Las plegarias cesan. Los gritos acaban. Arbas me muestra sus ojos perdidos. En trance. En resignación.

 

 

Y el hombre… Pobre… ¡Pobre! Vuelve los ojos, como

cuando por sobre el hombro nos llama una palmada;

vuelve los ojos locos, ¡y todo lo vivido!

se empoza, como charco de culpa, en la mirada.

 

Hay golpes en la vida, tan fuertes… ¡Yo no sé!

 

 

Ahora mis pisadas son temblorosas. La luna acompaña mi viaje. Siento mi respiración. Aún. Puedo dar pasos sobre el suelo. Un. Suelo rocoso. Pero liso. Suelo que me señala. Un templo.

 

Este es el lugar en el que puedo recobrar mis recuerdos. En el que puedo ser al fin uno solo: el que sueña y el soñado.

 

“Bienvenido”, dicta un sacerdote en idioma esclavo, el mío: crotol. Pero yo lo he olvidado. “Eres hoy el otro Brun”, me dice en español.

 

“Hablas el idioma de tus captores”

“Debes venir conmigo”

“¿Quién habla? ¿Con cuál de los dos?”

“¿No reconoces mi voz? Tan distante a la dél”

“Quitánse las máscaras o muevan las manos”

 

“Brun, hijo de Val. Pero también hijo de Laper. Concéntrate. Deja de mirar las posibilidades. Toma mi mano. Mira los detalles. No hay otro monje. Solo nosotros dos”

“Tengo tu mano y te seguiré”

“Ya lo has hecho”

 

 

“¿Entonces pudiste recordar?”

“Estos recuerdos… ¿Por qué no puedo conservarlos?”

“Porque debes decidir”

“¿Por qué Él no puede salvar a su hija? ¿Él es tu dios?”

“Él está condenado a observar”

“Entonces tu dios no es dios, tu dios es hombre”

 

 

 

Un mensaje de otro tiempo

(primer sueño, 2064)

 

 

El disco dorado era recordatorio de la raza que vibraba con su planeta.

 

Las melodías eran manifiestas en nuestros cuerpos. Yo vivía en el fin del universo antiguo, como mis hermanos. Fuimos soñados por la criatura, cuando aún se podía soñar, cuando los sueños eran reales.

 

Viajamos en busca de esa raza, no encontramos rastros. Las imágenes del planeta azul eran solo estática en nuestros radares. Aquel hermoso planeta no existía jamás. Solo quedaba aquel disco dorado y su música.

 

Cuando me tocó ser el soñador, mi raza, la que en la realidad más palpable estaba extinta, los crotoles, viajamos hacia ese planeta. Lo buscamos. Sí lo encontramos.

 

Algunos sueños pudieron ser reescritos. Pero la criatura, el Dios antiguo, dejó en ese planeta su condenación. La sentencia de muerte. El mar estaba enfermo, pero el veneno aún no llegaba a la humanidad.

 

No sabía a cuántos salvar. No sabía si le podía dar nombre y rostro a todos. Entonces lo soñé a él. Y le di habilidades. Lo hice sufrir, tener aventuras. Lo hice olvidar. Lo encerré. Fue una de tantos. Hasta que decidí que fuera él quien me matara.

 

Nasár (la sensación de la arena), ese fue el nombre que le di.

 

 

Sueño original

 

En 2050, las naves llegaron a la Tierra. Bueno, él no lo contará así. Lo soñé, pero no soñé a sus hijos. No soy culpable de su destino, solo de su cárcel. No decido lo que puede hacer, pero sí lo que no. Y de antemano. Y una oración extra, larga, como un final ajeno a sus deseos.

 

Nasar tuvo 6 hijos y entre ellos Constanza, la hija menor, la favorita. A ella no la hizo pelear. La llevó con la tercera raza del planeta, quienes le enseñaron a sanar. Le hablaron de las plantas, de las energías y las vibraciones del mundo.

 

Los sarlos le enseñaron todo a la princesa Constanza, la cual siempre los tuvo en gran estima. Como sus maestros.

 

Los soñé como los imaginé la primera vez, cuando yo era niño. Cuando supe de su idioma, de su música, de sus plantas y de sus animales.

 

Constanza pasó muchos años con ellos, a veces en días fugaces, en los que veía irisar las pieles de sus hermanos ante su dios que era el sol. Y veía a los músicos conectados a sus aparatos alcanzar las melodías que algriraban en todo el salón. Ella veía las ondas. La música era manifestación física y en su mente el relato cobraba vida. A veces no: no había historia, pero su cuerpo lloraba, se hundía en felicidad o en rabia.

 

Los maestros también le mostraron las toxinas y fue lo primero que aprendió a sanar. Recolectaba los venenos con sus manos y atraía todo el mal hasta que este se evaporaba en humos de distintos colores.

 

Eran seres de paz. Adoraban a un dios que veía a través de ellos. Ella quiso conocerlo, pero no dejaron que suceda.

 

En 2062, Constanza hizo su última visita. Llevó un aparato traductor, pero al final se conectó a la máquina musical y fue ella quien despejó la mente de sus hermanos. No surgieron palabras, pero sí su despedida y agradecimiento.

 

Pasó otros años estudiando la anatomía de seres visitantes, otras razas, de apariciones esporádicas, seres humanoides conquistados, heridos y saqueados.

 

En 2064, con 24 años, ella vio a su padre despedirse para la gran misión.

 

No pasaría su cumpleaños con él. Pero sí tendría noticias de sus hermanos: Agatha (34), el general Blue (32) e Ísabo (27), la más cercana a ella.

 

Aún pensaba en los otros dos, los que se quedaron en la Tierra, los que su padre mató.

 

Su madre, su padre y su hermano mayor irían a negociar la paz al lado del líder supremo. A mundo desértico, de escorpiones gigantes. Y a tantos otros.

 

Lo curó muchas veces, a quien creyó sería su amor de toda la vida. Pensó en él muchas veces. Otro niño “salvado”. Despojado de sus verdaderos padres, al servicio del imperio. Dante tenía 13 años, cuando llegaron las naves.

 

El día que anunciaron su muerte, ella sintió que algo andaba mal con su mundo. Comenzó a ver los remaches, mi voluntad, en su mundo. ¿Por qué había sido elegida? ¿Por qué tenía esos poderes? ¿Por qué su padre los tenía? ¿Por qué todos hablaban una lengua de la Tierra? E incluso los días se contaban como si el planeta fuese la Tierra.

 

Ella fue consciente de las costuras de su prisión. Y buscó respuestas. Dante murió junto a su amigo Kef, un crotol, pero otro amigo suyo vivió. Brun fue un niño que fue tomado a los 15 años. Ella habló con él, pero el hombre no hablaba. Su mente seguía perdida en la guerra.

 

Buscó algún movimiento, y vio esos grandes ojos separados mirarla brevemente, pero entendió que eran solo los espasmos de alguien herido de muerte. Brun vivía en las tantas vidas que los crotoles le prometieron y no despertaría jamás. Su padre, un ser sin expresión, sin boca, sin ojos, incluso con ellos, le pidió retirarse.

 

Buscó a Ísabo, su hermana dos años mayor, y le dio razón en todo, pero decidió no hacer nada. Era una mujer temerosa, dulce, pero temerosa.

 

Pensó en visitar a las sarlos. Y lo hizo. La dejaron llamar a Dios, pero ella no pudo verlo. No pudo sentirlo en los ojos de ninguno de sus hermanos.

 

Dos años después, Constanza murió. Sin conocer el amor. Sin salir de ese planeta. A manos de su hermano mayor. Él le dio muerte.

 

Y su padre revivió la historia. Revivió la historia hasta que ganó consciencia. Hasta que yo lo hice Dios.

 

Y visitó mi sueño e intentó susurrarse y no pudo. Entonces le susurró a alguien más.

 

El nuevo Dios, yo, reescribí a Brun. Hice que salvara a Dante. Y que Dante cuidara de mi hija. Cuando ella fue herida de muerte, Dante la llevó al lago de las mil vidas.

 

Pude darle un nuevo comienzo, un mundo lejos de mi control, donde ella tuviera el final que siempre fue suyo.

 

 

 

Villa Laura (1986)

 

 

Capítulo 9: Biblioteca II

 

¿Está dormido? Se preguntan el maestro y la aprendiz. Nasar duerme. Parece la cabeza de un pajarito muerto. Apagan la radio. Y vuelven al laberinto.

 

Los libros de papá son de todos los colores y de varios tamaños. La madera es mayoritariamente clara, excepto por los muebles centrales donde Nasar guarda sus borradores en unos cajones. Con llaves, tres.

 

Tu padre dejó un borrador. No lo mire. Está bien, niña. Constanza. Dígame Constanza.

 

“¿Qué te pareció?” “¿Qué opinas de ambos libros?”, inquisa él. “Recuerdo haber leído “Tungsteno (2066)”, lo recuerdo por mi nombre. Me gusta la nueva versión”, responde ella. ¿Él te puso el nombre de ese personaje? Sí, por eso ese libro siempre me interesó. ¿Y tu hermana? ¿Regine? Sí, como mamá. Le puso ese nombre por mamá. Se llaman igual.

 

“¿Pero qué opinas del detective?”, insistió preocupado. “Nunca me gustó ese detective. Ni siquiera le gusta a Regine y ella tiene gustos… grotescos…”. Lo que más me gusta de papá es la sonoridad. Sí, pero la literatura es esencialmente historia. Y no es escritura automática. Hay una planificación previa. Constanza, debes saber ya qué quieres contar sobre tu madre. Es necesaria una estructura. Comprendo.

 

“Creo que tu padre esconde su dolor en esa comedia estrafalaria. Está jodido”

“¿Y lo de César Vallejo?”

“Fue un joven poeta. Murió en la cárcel. Tu padre lo admiraba”

“Mi papá también hacía poesía, ¿no?”

“Le sirvió para que lo publiquen en un periódico. Luego siguieron unas buenas novelas y luego todo lo demás”

“¿Por qué siempre lo critica?”

“Él me lo pidió”

“¿Y el texto sobre que lo vio volar?”

“Una broma entre amigos”

“Hay gente que se creyó eso… gente muy loca y peligrosa”

“Discúlpame, Constanza. Eso quieres, ¿no? Que me disculpe. Me disculpo, mucha… hija”

“Bueno, señor Elías, ¿cómo se planifica una novela?”

“Debes entender que la historia refleja la realidad, pero enaltece su esencia”

“Entiendo. Debo exagerar algunos aspectos de la historia”

“Ellos hablaban del futuro, en conexión con su tiempo”

“¿Debo hacer eso? Suena a algo que haría papá”

“Todavía no. No huyamos de la esencia”

“¿Pero sí un poco de la realidad, no?”

“Así es. Estos son los textos de tu madre. Luis Borja la guio. La relación descrita por tu madre no es la de una alumna con su tutor”

“Entiendo. Sería muy típico…”

“En lugar de eso, la relación se da como si fueran dos desconocidos. Hay un asunto moral ahí que también enfatiza la problemática de un posible romance”

“¿Debo incluir eso?”

“Tu madre estaba enamorada de ese hombre”

“Es su tutor, alguien cercano. Fue algo platónico. Creo que tranquilamente podemos dejar la historia como es en realidad”

“Bueno, lo debes decidir. Otro aspecto de la historia es la soledad de Boni. En su historia no aparece su padre. Y su madre es alguien también distante. Y no tiene hermanas”

“¿No aparecen mis tías?”

“¿Las has visto muchas veces?”

“La verdad no”

 

 

 

Capítulo 10: Abulita

 

Las niñas recordaban a su abuelita. La veían en fotos grises, ligeramente movidas, como cuando ella las agitaba. Sonriendo. Ya con arrugas y cabello blanco. Ahora era joven. Ponían las fotos cerca a ellas para ver el parecido. Todas tenían sus ojos. Esmeralda y Amanda (ambas de 16 años) eran las intérpretes de un diálogo sin palabras ni idioma. Solo bastaban sonrisas o señalar cabellos o la forma de la cara. Almita, la más joven, señalaba su cabello. Y sonreía ante la negación de Azucena. Antes habría llorado. Esmeralda la abrazaba y luego todas se unían. Almita recordaba a su abulita y el día que le dijo que ella no tenía su cabello oscuro, pero no importaba. “Doesn´t matter. You are a Laura too. And better than that: You are an Alma”.

 

¿Cómo su cabello apenas más claro podía hacerla diferente? En su país era “hispana”. O mexicana. O puertorriqueña. Pero nunca peruana. Acá era una descendiente de negros con sangre indígena. Niña alegre. Ayudando a empacar los pasteles. Mirando a otros niños, con ternura.

 

Almita también veía los títulos de los libros de su abuelo, el escritor. “Tungsteno (2066)”, “Hermanos Colacho o presidente mata a presidente” o “Quijote (1937)”. Los intentaba leer, incluso las palabras inventadas. Los abría e identificaba grafías similares a su idioma. Esmeralda la ayudaba. Les gustaba las partes que no eran en español ni de este mundo, porque Esmeralda las leía de una manera y Almita de otra, más engolada. Azucena omitía vocales y se inventaba sonidos. Almita reía. Y Amanda juzgaba cuál era la mejor versión.

 

 

Si oyes mi canción

Alupo soriró

Si oyes mi canción

Lenasti matinó

Si oyes

Mi canción

¡Fenami soriró!

 

Vaho

niebla

Los roces

De

tu amor

 

Voy

Voy a vencerte,

¡muerte!

Voy a gritarte,

¡silencio!

Como niño, como hombre, ¡como dios!

Voy a

quererte,

hambre y soledad

Voy a

rendirme, ¡amor y corazón!

Como niño, como hombre, ¡y papá!

 

Barzi, xil

Barzi, amada

Barzi, amor

 

 

 

Apuntes

Por Boni Solís

 

 

Un pequeño mercado capitalista, por Boni

[Capitalistas muertos de hambre, por Boni y Luis Borja]

 

 

Me acoge el mercado y su gente. El olor no es muy agradable pero el incienso lo disimula mucho. Este agradable olor proviene de unas vendedoras que se recuestan en el piso. Ella me sonríe. La música

 

[Desperté, de nuevo, en aquel mercado. El olor, mezcla de pardusco y carmesí, agita mi cabeza: los murmullos me recuerdan su presencia. Silencio. Grito hacia a mí, apenas me escucho. Los alaridos zarandean mi cuerpo de niña y la música estridente mi cabeza.

 

La gente no adorna el entorno y sí lo manchan de los colores de la guerra. Son moscas. Revolotean. El espacio. Y todo se confunde. Van y vienen. A. Velocidades asquerosas].

 

Recorro el piso hasta avizorar a José, un hombre casi sexagenario que no ha perdido las ganas de trabajar. Él recibe a sus clientes con bromas mientras unos perros tristemente olvidados sacan la lengua y agitan sus colas. José se apiada de estos y les ofrece una parte de lo que ha cocinado para sus comensales. Los clientes parecen aprobar el noble acto. Él es casi como un activista.

 

[Entonces veo, tras el zumbido de las moscas, a José. Su apellido es lo de menos porque es nadie. Él destaca en el lugar porque es el rey de la informalidad y lo insalubre. Sus clientes y él se regodean en la inmundicia. Los perros merodean la escena. Son perros sucios y enfermos. Uno de ellos tiene un tumor purulento cerca de la cola. Es como una doliente cosa roja con bubón. José se apiada de la cosa y le tira unos trozos de pescado frito: lo hace frente a todos. El mismo animal vuelve casi todos los días. Es casi como un cupo].

 

Los clientes, sus amigos, se sientan sobre bancas. Estas tambalean. Todos ríen.

 

[Los clientes mantienen el equilibrio sobre unas escuálidas bancas. Jamás, según José, y no lo creo, nadie ha caído].

 

A la 1 y media de la tarde, José ya ha cocinado y vendido mucho de su comida. Agita los brazos para relajarse. Ha sido un buen día aunque ha quedado un poco.

 

[Es la 1 de la tarde y José ya ha freído el pescado. Espanta a las moscas y a los delincuentes. Algunos le roban la comida sin culpa: los alimentos parecen abandonados (casi como sobras).

 

Los clientes rondan la comida, pagan 3 monedas y se van. Otros se arriesgan y se sientan. El olor empieza a hacerse insoportable. Es como grasa quemada. Los pescados apenas pueden percibirse.

 

José tapa algunos alimentos con plástico. Otros no corren la misma suerte].

 

Son las 2 y media de la tarde, José regaló lo que le quedaba. La comida que tanto esfuerzo le costó hacer fue recibida por unos muchachos hambrientos y agradecidos: jóvenes vendedores ambulantes, gente trabajadora.

 

[Son las 2 de la tarde y hoy no vino el perro. A José le quedan sobras que recuerdan a las de hace dos horas. La textura del arroz sigue siendo chiclosa: sigue pegada a la suciedad. El pescado frito, en cambio, se ve más muerto.

 

José llama a unos muchachos: se trata de vendedores ambulantes. Regala la comida. Parece que lo ha entendido: su comida no vale nada].

 

 

 

Capítulo 1: el hombre sin rostro

 

 

Diciembre del 2020

 

Arrancó su propia existencia, rompió el ciclo de la manera menos esperada. Mi hermano ahora era libre, libre de salvarme en ese otro universo, libre de enfrentar a esos monstruos, libre de las manos de un demiurgo, de un dios hacedor. Podía esconderse de ese creador, uno que no lo veía todo.

 

Mi último sueño con mi hermano Esmeraldo no tuvo una despedida de verdad y no hizo falta. Amanecí llorando ese día cediendo a mis impulsos de niña. Era la primera vez que sentía una pérdida. La muerte es el estado verdadero; la vida, los recuerdos. La Razón no bastaba. Las aventuras habían terminado.

 

Mi familia, la verdadera, es de este y de otro mundo. Uno en el que el virus no existe, en el que los abrazos son una constante. Me siento privilegiada. Jamás tuve el deseo de crecer como otras chicas. Mi infancia es muy feliz (solitaria y, pese a eso, feliz).

 

Casi nunca me dicen señorita y casi nunca importa. Solo me importó cuando un señor joven me lanzó una mirada que pretendía descifrarme. No sabía que un hombre de su edad podía mirarme de esa manera. “Señorita”, me dijo. Fue la primera vez que sentí el peso de esa palabra. Sé que muchas de ustedes me entienden. Dejamos de ser niñas y entonces algunas queremos ocultarlo. No queremos que nos miren o que intenten hablarnos. A algunas quizás sí les guste esa atención. A muchas de nosotras no, quizás no somos de este mundo.

 

En el mundo real solo recibía la atención de un chico. Bueno, del señor joven. Era muy incómodo. Siempre se me quedaba viendo. Mi mamá me había prohibido ir a comprarle algo. No me quiso decir lo que temía, yo lo adiviné. Ella se equivocaba, jamás me ilusionaría con un chico así. Su atractivo era un misterio. Sus ojos solo conocían la sorpresa. Mi cuerpo vibraba, quizás de miedo. La naturaleza se hacía presente y la sociedad también. “Cabeza abajo, Boni, haz que revisas lo que acabas de comprar”. Por suerte, para él, yo era una mujer madura y responsable, ajena al deseo básico de los animales. Mi intelecto siempre se interponía. Él no parecía ser como los otros señores, los otros chicos (los que ni me veían). Le iba bien en su negocio. No era pobre, no le iba mal. Y pese a eso, su vida parecía haber terminado. Esa fortaleza de vitrinas era un claustro, una tumba. Para mí llevaba muerto varios meses. A veces lo recordaba con cierto cariño. Me imaginaba que él era alguien distinto, alguien de verdad interesante.

 

«Esa chica de nuevo. Es casi una niña. No debería, pero me parece guapa. Sé que eso es ceder a mi lado animal. No. Yo soy un señor. Bueno, un señor joven. ¿Quién será su autor favorito? ¿Machado? ¿Quizás Góngora? Tiene 14 años, eso es evidente. Supe de su existencia el día que el Gobierno dejó que los chicos mayores de esa edad vayan a jugar a los mercados y a los centros comerciales. La miré por varios segundos. Descubrí su mirada y su buen gusto. Ella no viene a jugar, parece tener una rutina disciplinada. Y siempre viste de una manera recatada. Es una señorita. Quizás no es una chica como las demás. Hoy su nerviosismo esconde el grano cerca a sus labios. Esta vez nada mancha su frente. ¿Le gustará escribir y soñar despierta? Me gustaría leer algo escrito por ella. La literatura te transporta a otros mundos y me gustaría vivir en uno creado por ella».

 

 

 

 

 

Es 1936, tengo 17 años. Quiero unirme al grupo de mujeres que van a la universidad. También es 2023. Estoy frente al puesto de verduras en el que guardo mis recuerdos sobre biología (sistema inmunitario, principalmente). Cada verdura o legumbre me alude a una pregunta. Así puedo recordar todo. Cada puesto del mercado está vinculado a un área del conocimiento. En mi casa hago lo mismo. Para recordar solo debo venir y pasear un poco.

 

Hoy es diferente. Nasar me pidió que me enfoque en lo que veo, más allá de la evocación. Es de noche. Veo la luz reflejarse en la baranda que casi toca el techo. Y entonces veo papas diminutas colgando en bolsas. En mallas rojas, como de pescar. Y al lado izquierdo un choclo algo moribundo, como sonrisa de abuelito. Y más a la izquierda una sábila seca, que parece abrazarse a sí misma. Suerte y abundancia. El choclo es cornucopia.

 

Abajo hay sacos que enmarcan el puesto. A la izquierda unas manzanas minúsculas y ácidas. Al lado cebollas. Otro saco, este lleno de oca, tubérculo largo, como gusano amarillento y rígido. A la derecha están todas las papas. Algunas más pálidas que otras. Unas más oscuras. Todas llenas de tierra. También en el medio hay un saco de choclos. Juego con las líneas que protegen el fruto. Imagino que toco un harpa. Al fondo veo muchas lechugas. Pienso en Fibonnaci. No debería hacerlo. A su lado está la lechuga blanca. Y por ahí cebolla china. Nasar coge unos camotes, mezclados cerca a las papas y las yucas. Y doy un último vistazo. A la televisión antigua del rincón izquierdo. A la luz tenue y blanca. Y al zapallo que parece la carne de un animal. Con cuchillo en medio.

 

Nasar se interesó en mi literatura gracias a Elías Monterroso. Pude publicar y mi texto fue ligeramente exitoso. Está de moda el romance.

 

Pienso que la literatura es importante, pero me inclino más por la repostería y la medicina. Nasar es un escritor muy famoso. Me recuerda un poco a Luis. Pienso mucho en él y en sus cartas. En sus correcciones.