
Novela completa (PDF): «La fuga disociativa de un hombre enamorado»
Alex, Luis y Charly intentan descubrir quién es el verdadero. Un relato de locura y excesos.
La historia se entrelaza con la de Boni, una joven escritora, y su universo (un 1985 imposible)
Max Aguirre Rodríguez es el autor de «La fuga disociativa de un hombre enamorado».
«Modifiqué la historia para que encaje con «Villa Laura (1986)», un relato familiar».
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La fuga disociativa de un hombre enamorado
Por Nasar
Despierta, Laura. Es tu cumpleaños. Cumples 18. Nos conocimos hace dos años en una novela. ¿Irás a visitarme?
¿Bajarás la mirada de manera nerviosa o asumirás que ya eres una mujer? ¿Tu madre aceptará dejar de ser tu guardiana, al menos por esta vez? ¿Aceptarás mi mirada llena de sorpresa y devoción? ¿La odiarás, como casi siempre? “Regine”, así te llamaré. Te conocí con un nombre nada parecido: “Boni”. ¿Me creerás cuando te diga que lo escuché en un sueño, en este sueño? Mírame a los ojos. Sabes que nos conocemos.
Quien aún te recuerda, en realidad y ficción
17 de marzo de 1986
Dejo estos 3 borradores. Constanza está escribiendo sobre ti. Todos seguimos pensando en ti. Te extrañamos.
Capítulo 1: ¿quién vigilará a los vigilantes?/fuga
Mi rostro no tiene ojos. En el espejo. En oscuridad.
¿Soy joven o viejo?
No sé si este mundo es una tregua o una prisión. Ante mí están las vivencias de otras personas y de otros yo. Mi mayor anhelo es conocer a la perfección cómo piensan los demás, en especial quienes son objetos de mis estudios. Pero a veces mi sentido de realidad se deteriora.
12 de octubre del 2014
Todos los que saben mi nombre, no me conocen realmente. Podría decir que soy Charly, autista funcional, putero y, desde el 2013, detective privado. Pero eso sería mentir. Y mi ideología liberal me impide hacerlo, al menos conmigo mismo. Tengo dos pasatiempos y los ejecuto con pasión: perseguir mujeres por las calles y preguntarles si cobran o no. Cuando mi interrogante es saciada positivamente, pacto una cita privada, tengo sexo bajo unos lineamientos precisos y publico un rating en la página “Hermanos de leche”. Soy “Mefistosinjebe” para toda la comunidad putañera de Lima. En “Perutops” soy “Kamikaze69”.
¿Entonces dónde estoy ahora?
En un mundo de ecos. De pasos y pisadas. Y voces.
La última persona que me contactó me pidió seguir a un tal Alex Aguilar. Estoy en una iglesia, cinco sillas lejos de él. Todos están orando con los ojos cerrados, con la cabeza sumisa, en la completa oscuridad. Yo no puedo cerrar los ojos. A mi lado derecho está una guapa señorita de 18 años, copa A, cabello rubio oscuro, senos pequeños y seguramente rosados. La señora de mi izquierda, con anillo de casada, cabello castaño claro, copa C, está con una camisa que pretende ser recatada. No tiene muchas arrugas cerca a la boca. Raro en una mujer de casi 40 años. Ha tenido una vida poco feliz y nunca ha chupado un pene.
No, no soy Charly. Yo soy Alex Aguilar. No es el 2014. Es el 24 de abril del 2020. Mis recuerdos siguen bloqueados. Llevo así 9 días. El 16 me escribió una chica, de la que recordaba muy poco. Hoy sé que yo la quería. Ella me impulsa a recobrar mi vida anterior, esos años perdidos que hacen que actualmente me sienta más joven de lo que realmente soy. En el espejo veo a alguien, pero no me reconozco. La otra clave para recuperar mi vida es un nombre: “Luis Borja”. Sé que estábamos escribiendo un libro sobre su adicción a las drogas. Siento que debo salvarlo, siento que esa es la clave para salvarme a mí mismo. Para eso debo viajar en el tiempo. Eso tengo que hacer.
Antes de hacerlo, quería dejarme a mí mismo algunas indicaciones sobre estos días. Lo he pensado mucho y creo que yo soy la personalidad verdadera. El otro es la persona que creé para lidiar con los traumas y el rechazo. Debemos retomar nuestra carrera periodística. Odiamos el periodismo actual, pero no hacemos nada para cambiarlo. Nos genera mucho estrés discutir con personas que consideramos inválidas mentales (como nuestros ex compañeros de la universidad). Pero todo eso es necesario. El odio y la violencia están bien. Las burlas están bien. Ese es el lenguaje de esa gente. Hay que aprenderlo. No hay que callar. Porque el público es idiota también. No le importa los argumentos, le importa el espectáculo, que grites y que humilles. Eso quiere. Debes intentar ser un poco así.
Como antes de pasar tiempo en la iglesia. O quizás no. Quizás el silencio (y una mueca de desaprobación) está bien. Pero no es la única opción. Quieres ser un buen hombre. Está bien. Pero no lo eres. No te recordaré por qué pasamos todo ese tiempo en la iglesia. No estás listo. Tus conocimientos son limitados, nunca podrías entenderlo en el estado actual. Debes volver a tener el hábito de lectura. Me recordarás en cada palabra que vuelvas a tener ante tus ojos. Entenderás muchas cosas, podrás anticiparte a mucho. Cuando eso suceda, estarás listo de nuevo para un verdadero caso. Además, volver a aprender todo lo que has olvidado te dará la confianza que necesitas. Cuando completes ese camino, seremos uno solo. Odio tener que desaparecer, pero de ti depende de que solo sea temporal. El periodismo es una labor social, tu compromiso es con la gente (sí, con la misma gente que desprecias). Nunca aceptes dinero por esa labor. Sí, ambos somos mártires.
Sobre Alexandra (o “Yei Mar”-como me gusta decirle de manera burlona-) solo queda decirte que hay 33 razones para no estar con ella, están bastante detalladas. Borraste el chat que tenías con ella, pero dejaste su nombre completo. Eso fue suficiente para saber quién es. Ella es una chica dulce, pese a lo que pueda aparentar. Si lees mis 33 razones en contra y aun así la quieres, debes tener mucha paciencia. Seguir su juego. Sí, sigue enamorada de su ex, eso está científicamente comprobado. Terminaron aparentemente a mediados de octubre del 2019. Y seguirá pensando en él un año después. Lo sigue buscando. Probablemente ha seguido hablando con él con más frecuencia de la que describí en la décima razón de mi informe. Insinúate sexualmente. Le hablas con un tono paternal muy incómodo. Por eso para ella no es fácil aceptarte. Bueno, hay muchas razones para eso. Lee bien mi informe. Y no eres bisexual. Nunca tuvimos nada con ningún hombre. Para que dejes de atormentarte: de niño besaste a otro niño, pero no sentiste nada. En la iglesia dormiste con muchos hombres y no pasó nada. Pasaste una noche con Anselmo en Cieneguilla y no pasó nada.
El vaso con el jugo de San Pedro espera. Sí, la mescalina hará el trabajo. Veo que se te aparece un fantasma señalando tus errores, siendo quisquilloso o arreglando tus palabras de manera burlona. No es uno de tus compañeros de la universidad. ¿No lo reconoces? Somos nosotros mismos. Nosotros somos ese idiota que señalaba el error de otros de manera intrusiva e hiriente. Aquel que tiene pocos amigos verdaderos. Aquel que aprendió a ser empático años después. Probablemente ese fantasma también tenga que ver con lo poco cariñoso que fue tu padre. No hubo mucho refuerzo positivo por parte de tu padre, ni por parte del padre de tu ex compañero. Le caes mal simplemente porque no lo alabas como los demás. Porque no lo felicitas lo suficiente. Pero se te ha olvidado que sí llegaste a felicitarlo alguna vez y cambió. Un puto marica. A mí me cae mal. No le hables si no es necesario. No eres su padre. Hasta pronto. Es hora de salvar a un amigo.
2 de noviembre del 2014
Son las 10 y 20 de la noche en este mundo. Me encuentro sobre una silla en un círculo mal hecho por 13 personas. Ninguna parece tener rostro. El cuarto no parece tener fin. A mi izquierda está nuestra guía espiritual: la apetecible Camila. Tiene cejas y brevemente ojos. Se supone que estaba siguiendo a un sospechoso, un asesino serial. O no lo sé. Soy consciente de que todo esto es un sueño. O quizás no lo es.
El asesino, me aventuro a decir que lo es, se encuentra frente a mí, a unos cuatro metros. “Miguel”. Así lo llaman. Así murmuran, las caras sin boca. Ambos estamos sentados y vistiendo ropa más o menos formal. Entonces recuerdo este lugar de otra manera: frecuentado por jugadores de ajedrez de entre 40 y 50 años, todos muy peruanos. Algunos meditabundos uno frente al otro. Con esa luz baja y tenue, de interrogatorio. Los del rincón moviéndose frenéticamente, luchando contra el reloj. Otros comiendo papa aplastada sobre una hoja ploma, de reciclaje. Un joven mirando por la ventana, con radio negra mediana en mano, a punto de ser echado. Y “Miguel” con rostro, juzgando vestimentas, siguiendo la tenue luz hasta la silla oponente, la que la hace mi enemigo.
La tal Camila se me hace una charlatana, pero su voz, su discurso (bueno, sus curvas), hacen que pagarle se sienta como algo normal. La mayoría de los clientes son feos. O eso es lo que siento. Ah, sí, olvidé decirlo: estamos en un supuesto grupo de autoayuda apodado “Máquina del tiempo”. Pero en realidad todo se reduce a contar nuestros problemas, distraernos con Camila y drogarnos.
La fealdad e incomodidad de los asistentes me sugiere la anterior profesión de Camila: dama de compañía. Me lo sugiere también las líneas de su boca, marcadas de un esfuerzo ajeno a una chica de 25 años. Lo mismo con la piel, tan descuidada, asfixiada por maquillaje. La mesa que está cercada por las 13 personas tiene 20 vasos llenos de mescalina en el centro. Es una mesa metálica que desde mi posición parece un reloj de arena plegable. El néctar oscuro fue extraído del cactus de San Pedro, el cual no es escaso en Lima (en los cerros pobres y viciosos). Nosotros 12, sin contar a la alta jovencita, tenemos que ser parte de su teatro místico. Los otros 8 posibles asistentes se ahorrarán eso y vendrán directamente a recrearse. Con placer y ficciones.
“¿Y tú por qué no tomas?”, le increpó el asesino. “Así no funciona. No te preocupes, hoy sentirás mejor los efectos, Miguel”, le respondió dulcemente Camila. Se supone que esta bebida haría posible una regresión. Si yo podía regresar y tirarme a Nathalia (ya retirada), los 100 soles estaban bien pagados. Nos pidió a todos que nos agarremos de las manos y nos concentráramos en lo que queríamos cambiar de nuestro pasado. Y nos preguntó si realmente seríamos capaces de aprovechar una oportunidad así. “¿Puede el hombre controlar su destino o es más fuerte el caos del universo? Hoy lo comprobaremos”, sentenció ella. La experiencia previa a ese viaje no era placentera. Te daban ganas de vomitar y de cagar. A mí nadie me avisó que no comiera nada. Me dieron temblores por todo el cuerpo y un fuerte dolor de cabeza y estómago. Los sonidos iban y venían, como si rebotaran en las paredes eternas. “Algriraban”. ¡Algriraban!, decía. Gritaba. Hasta que finalmente dejé de sentir y pude ver imágenes que se alternaban frenéticamente. Por momentos veía a un bebé gritando. Un hombre que se acercaba. El bebé la luz cenital el grito. Se acercaba a un hospital. Luz grito. Su sueño se había cumplido: el pequeño había sido estrangulado.
Yo corrí hasta el 2015, a las aulas de la UPC. Le grité a Luis tan alto como pude. Sentía que tenía poco tiempo. Le expliqué que estaba ahí para salvarlo de la adicción a las drogas, que había viajado en el tiempo. Pero Luis no quería ser salvado. Me explicaba que las drogas eran su salvación, la manera de alejarse de un mundo completamente putrefacto. “¿Quién chucha te pidió que viajes en el tiempo?, broder”, me increpó. Entonces desperté de esa pesadilla y me di cuenta de que la única manera de salvarlo era en el presente, en la realidad.
Capítulo 2: Luis Borja volvió… a desaparecer
Es 18 de agosto. He podido recuperar mis recuerdos bloqueados. Debo escribir. El arte es lo que me mantiene con vida. Nada está por encima del arte. Ni siquiera comer.
La última vez que vi a Alexandra fue el 13 de julio. Y la última vez que hablamos, por mensajes, fue el 22 de junio. Mi hermana fue la primera en alegrarse de que esa extraña amistad haya muerto. Ella, economista, siempre me decía horrorizada que yo le triplicaba la edad a la pobre chica. Y la tía de Ale me dejó claro que ella era una simple niña y yo, “un tipo” (un tipo muy viejo, supongo).
Así que por fin estaba libre de toda atadura emocional y mental hacia una jovencita de la que apenas tenía noticias (si es que las tenía). Mi mente estaba concentrada ahora en Luis Borja. Mi poderío intelectual, algo oxidado y lastimado por tanta vagancia, ahora apuntaba a terminar una novela sobre la adicción a las drogas de Luis Borja sin que él estuviera ya directamente involucrado.
Luis Borja vive alejado de sus padres, pero muy cerca. A unos 15 minutos (en sus palabras). No tiene contacto físico con muchas personas. Dice que no quiere que ninguna chica vea su gordura. Ve necesario bajar unos 15 kilos. Por eso solo buscó a una chica fea con la que tuvo sexo, “la única huevona que me aceptaría como estoy ahora”. No está trabajando. Sus padres le consiguieron un pequeño apartamento donde una señora limpia quizás todo el edificio. También tiene “su” chamo, un venezolano cuyo casi único trabajo es llevarle comida.
Su interés repentino por querer ser profesor claramente indica que necesita dinero e independencia. Quizás por eso escribir una novela esté lejos de ser una prioridad para él. Sería más bien un lujo. Aunque inicialmente él veía nuestro proyecto como un salvavidas. Comparto, aún sin su permiso, un extracto de lo que iba a ser su novela en solitario (o su primer capítulo dentro de nuestra novela compartida):
“Nota previa del autor, a propósito de lo que no te puedo negar antes de empezar.
No puedo negarte que estoy enamorado de los gin an’ tonics, unos porritos y unas líneas coquetas al paso en algún jubiloso water closet, para no decir baño. Qué delicioso. En mis buenas épocas, cada noche de juerga solía beber hasta dieciocho gin an’ tonics. Ahora, nalgas. Pero tampoco puedo negarte que hoy estas sustancias son un amor imposible, un amor doloroso, un amor que si me acerco no tiene cura, me acerca a la muerte. Tan imposible es este amor, que es como querer darle un beso a esa chica de la que perdidamente te enamoraste hace algún tiempo y que de pronto te la encuentras de fiesta en una discoteca de Lima con un guapo sujeto que la tiene tomada de la mano de una manera muy romántica. Y te lo digo porque he tratado de hacerlo, he tratado de darle un beso a esa chica y todo terminó en una surreal trompeada con el fémur partido en dos y un desgarro en el cuádriceps y después mucho perico, mucha coca, en las afueras de aquella discoteca para aliviar el dolor físico y sobretodo el de corazón. O sea que sí, mi relación con las drogas es totalmente imposible, platónico. Yo las amo y ellas ya dejaron de amarme. Y por más que yo quiera irlas a buscar y preparar un encuentro romanticón, con velas y dos copas llenas de rebosante vino, de ahora en adelante yo siempre voy a salir perdiendo, las drogas ya no me quieren. No puedo negárselo a usted, porque ya perdí. Las drogas me ganaron”.
Capítulo 3: susurros
(Por “Miguel”, Alex y Luis)
X de octubre del 2014
Los Helguera siempre hemos sido una familia ejemplar. Incluso cuando yo me aparté de la iglesia, nadie me veía como un rebelde. ¿Y cómo no? ¿Cómo podrían juzgarme si albergaron por 10 días a un asesino? ¿Cómo podrían señalarme si ellos mismos admiten sus pecados? De eso se trata ser cristiano: de aceptar que eres un hombre roto que necesita un mesías. Y de entender el perdón. Debes perdonar todo. Los insultos, los chismes, las humillaciones, los golpes y el desprecio. Somos mártires glorificados. Eres más cristiano, mientras seas más pisoteado por el mundo. Y está bien. Es el precio por todos los momentos felices. Cuando conoces la verdad y te señalan como mentiroso, solo queda reír al final. Porque de eso también se trata ser cristiano: todos los que te llamaron mentiroso lo pagarán. ¿Eso nos motiva? Es lo que siempre me repetía a mí mismo luego de sufrir una humillación. Me reía de ellos. Sabía que el tiempo me daría la razón.
“Huevón, me haces la semana con tu debate con el profe Fernández”
Julio, mi mejor amigo, señalando mi desempeño. Lo de “huevón” ya ni sabía si era algo cariñoso o con pretensiones de herirme. Fue mi turno de presentarme y decidí declarar que creer en Cristo no era una creencia infantil como minutos antes la había calificado Juan. El profesor Fernández había celebrado aquello, pero mi pacífica declaración la tomó casi como una afrenta. Su mirada soberbia me estremeció. Pero perseveré y agregué que eran los ateos quienes tenían creencias infantiles, que las evidencias sobre Dios estaban a la vista. Fernández no contuvo la risa. Luego se presentó mi amigo Julio, pero no me defendió. Ni si quiera le dio importancia al incidente. Luego siguieron los demás muchachos.
“Huevón, Miguel, me haces la semana con tu debate”
“Ya me lo han dicho, Juan”
“Huevonazo, ¿qué pasa? Respóndeme bien. ¿Ya compusiste tu nueva prédica? Jaja, huevonazo de mierda”
Pasé el receso en el baño sin querer tener contacto con nadie. No quería volver al salón. Me sentía tan solo ahí. ¿Por qué Julio no me había apoyado? ¿Acaso no creía en Dios como yo? ¿Por qué ningún otro compañero dijo nada sobre el asunto?
Regresé y fingí que nada pasaba. Como siempre. Recuerdo la primera vez que vi a mi padre completamente alcoholizado. Mi madre nunca ha querido enfrentar la realidad. Ella me encerró para que no viera el espectáculo que daba mi padre. Estuve solo en la oscuridad hasta el día siguiente. Yo decidí cerrar los ojos. Era una habitación iluminada, pero quería pensar que yo simplemente había decidido ir a dormir. Nada pasaba. Nadie me había obligado a nada. Nadie me había herido. Yo había decidido dormir.
“¿Qué pasa?, hermano, no es manera de hablarle a tu prójimo. Juan solo estaba preguntando amablemente. ¿Acaso no se predica con el amor?”
“Sí, Ítalo”
“Hermano, queremos que nos evangelices ahora mismo. A los 3. Carlos y Juan quieren escucharte. Tu argumento de hoy incluso ablandó el corazón de Juan”
El perdón no forma parte de la justicia. La amnistía es solo otra palabra para decir impunidad. ¿Era feliz perdonando? No, a mí no me daba paz. Me calmaban susurros, me decían que yo era fuerte.
“Vamos, hermano. No temas. Sigamos. Hombre de poca fe”
“Ítalo, ya hemos caminado mucho”
“¿Acaso no te gusta nuestro campus? Estamos en la mejor universidad del país. Hay que disfrutarla. Hermano, agradece a Dios”
“Juan, ¿en serio quieres acercarte a Dios?”
“Sí, y Carlos también. Pero queremos que nos prediques en un lugar apartado. Ya sabes… para escuchar a Dios directamente”
“Miguel, hermano, ves, todo es cierto. Sigue caminando. ¿A qué le temes? ¿Acaso Dios no cuida tus pasos?”
Ese día ellos me golpearon. Me pusieron boca abajo. Yo decidí cerrar los ojos, mientras ellos jugaban a bajarme los pantalones. Me mantuvieron ahí por unos minutos, mientras Juan supuestamente se masturbaba. Yo no quería ver nada. Estaba boca abajo. Solo cerré los ojos. Alguien los enfrentó. Alguien que me repetía que yo era fuerte.
Días después seguía encerrado en mi casa. Apenas leía los mensajes que me enviaban.
Ítalo me citaba para pedirme disculpas. Mariana me preguntaba inocentemente qué había sido de mí. Gabriela me recordaba algo sobre una reunión con nuestros ex compañeros del colegio. Ella, C, me había enviado un versículo (Juan 3:18-20 -El que cree no es condenado, pero los que no creen ya han sido condenados-) y Alex Aguilar me recordaba, ya por tercera o cuarta vez, de una forma enfermiza, que yo estaba tarde.
Nuestra reunión consistía en unos debates sobre Lógica y las falacias argumentativas. Él había estudiado en la misma universidad que yo y que casi todos mis amigos. Era un chico de baja estatura y con un alto grado de cinismo. No resaltaba de entre las personas excepto por sus violentas cejas y un ligero estrabismo en la mirada (no sé si en el ojo izquierdo o en el derecho). Pero lo que más disfrutaba hacer era desmontar los discursos de distintos colectivos ciudadanos. Repetía con bastante orgullo que se dedicaría a la propaganda, a desinformar (crear “información creativa”) y a la política. El mayor reto para él implicaba convertir un pequeño movimiento político en uno que unificara el país. El orden para él era más importante que la igualdad y la libertad. La justicia era el valor absoluto.
“Tienes que denunciar a esos imbéciles. Haremos que los expulsen”
“No llores. No pudieron doblegarte. Eres fuerte. Vamos”
“Puedes confiar en mí”
Capítulo 4: redo
Estoy enamorado de una mujer de 14 años. Una que no sabe que ante sus ojos está un hombre de 30. Ella solo ve a un chico de 25 al que tímidamente trata con distancia y respeto. Mi corazón se acelera al escuchar su voz. Desearía no ser un simple vendedor en un mercado, desearía no vestir un guardapolvo marrón que cubre quién soy. Es la segunda vez que hablamos. Se ve pequeña, incluso más que yo. Sus ojos son hermosos. Los míos luchan con el polvo del lugar en el que estoy recluido. Un velo de plástico rodea mi fortaleza de vitrinas. Allá afuera hay una nube de veneno que solo los ojos son capaces de soportar. Especialmente los suyos. No puedo verla sonreír a menos que lo haga con el alma. ¿Ella puede verme hacerlo? Entrecierra los ojos, baja un poco la mirada y vuelve a mirarme fijamente. Sé que no tengo lo que ella me pide, pero deseo seguir viendo sus ojos. Le muestro sustitutos que hago pasar por una abertura, la parte más debilitada del velo. Su mano lo cruza con mucha dificultad. Entonces decido levantar parte de este, decido ayudarla, y descubro la mirada de alguien que solo ha visto el lado bueno del mundo.
Su frente tiene un huésped común de las chicas de su edad. Parece sangre fresca sobre su piel clara. Su cabello negro es el marco ideal para la pureza de sus ojos. Hay un poco más de luz en los suyos que en los míos. Yo puedo ver el color de su mirada y ella solo puede reflejarse en la mía. Algún día lo sabrá. Algún día esa niña de uniforme escarlata sabrá que yo le juré amor eterno. La amaré. El nombre que otros le dieron saldrá de mi boca más veces que los días perdidos. Nunca más volveré a fallarle.
Alex Aguilar
Martes 10 de noviembre del 2020
Me siento solo. Luis Borja ha desaparecido, quizás para siempre. Ale tampoco está ya en mi vida. Nunca nos amistamos. Sueño mucho con la iglesia a la que asistí por casi 3 años en La Molina. Quizás sería buena idea ir de incógnito, con la boca tapada (como seguramente todos lo hacen). Creo que pocos reconocerán al hombre de 30 años cuyas cejas violentas empiezan a desaparecer. Quizás si miro a la izquierda notarán mi estrabismo y se acercarán a saludarme. Pero no será igual. No habrá abrazos de amigos ni besos por parte de chicas demasiado inocentes. Con suerte, alguien me invitará a unirme a algún grupo de jóvenes (o de viejos). Y yo rechazaré la propuesta, como en mis sueños (como en esa realidad alterna que añoro). Sé que Charly está 5 sillas lejos de mí. Está a mi derecha. No lleva mascarilla. Nadie lo hace.
Las sillas deben ser de una madera cara, pagada con los diezmos que jamás he dado. Las butacas están separadas en 3 partes. Yo me encuentro en la central, la más pequeña, observando al pastor más veterano de todos, el fundador de nuestra iglesia. Me encuentro en la tercera fila, la penúltima de todas. Estoy al extremo izquierdo. Charly está casi al otro extremo, flanqueado por una jovencita y una señora que está aprendiendo a ser humilde. Él las mira de manera lasciva.
La estatura de Charly es anormal, como todo en él. No es grande, pero largo. Al estar sentado, sus hombros parecen estar a punto de liberar un par adicional de brazos. Su camisa blanca ni siquiera tiene mangas largas que puedan contener su locura. Sus brazos, los humanos, terminan en unas manos inquietas que luchan por no tocar a la jovencita de su izquierda. Sus ojos tienen menos voluntad. Su pantalón negro tampoco es suficiente para contener su deseo. El pastor nos pide cerrar los ojos. Es un alivio.
Luis Borja nunca quiso decirme qué crimen realizó por culpa (o gracias) a las drogas. ¿Agredir a su ex enamorada? ¿O quizás a alguien de quien no se tiene ya noticias? Quizás alguien que jamás importó. Solo pude pelear una vez con él. Me gustaría saber si ahora yo podría ganarle. ¿Sería capaz de cegar su vida con mis propias manos? Últimamente esa es la manera en la que mido a las personas: la resistencia que pueden darme. Yo no puedo ir hasta Máncora para saber la razón de su posible destierro. Sería inútil. Pero Charly recientemente ha lidiado con un caso de homicidio en una playa uruguaya. Por eso lo contacté. Es el único detective que dio con la respuesta al asesinato de Lola Chomnalez.
Pero primero debo asegurarme de que ese hombre espantoso de cabello grasiento sea el verdadero detective. Debo medir su capacidad. Por eso le pedí que me investigara. No tiene fama de salir personalmente. Tiene muchos informantes y empleados, como el que recogió el dinero que dejé en un tacho de basura.
Domingo 9 de noviembre del 2014
¿Pero qué me hizo sospechar realmente de Alex? Me enteré por una amiga que me estuvo rastreando, él quería saber quién era “Mefistosinjebe”, el putañero que podía saber qué mujer era puta o no con solo verla (bueno, más o menos). Rating que subía, amiga a la que visitaba. Ellas trataban de sacarle toda la información posible. Él solo las miraba directamente a los ojos y pedía que lo masturben por 80 soles. Solo eso. Era todo lo que pedía. Y no preguntaba nada más. Ni pedía que hicieran nada más. Con las chicas que reseñaba como “Kamikaze69” en “Perutops” era distinto. Conversaba más con las chicas. Les preguntaba directamente por mí. Les preguntaba si yo era un tipo extraño. Algunas le daban información. Él dulcemente solo pedía que lo masturbaran. Por 90 soles.
No, no soy Charly. No lo conozco y espero nunca hacerlo. Soy Luis Borja y necesito salvar a Alex como él me salvó a mí. El buen Alex fue la segunda persona a la que contacté luego de salir de ese infernal centro de rehabilitación para familias “de bien”. Y con eso me refiero a familias que se rodean con el poder. Por mucho tiempo yo fui parte de ese mundo y lo añoro; extraño, por ejemplo, a mis amigos de la infancia: a los doce apóstoles. Todos nos iniciamos a la misma edad en el alcohol, pero solo a mí me tomó como rehén. Alex me salvó de la manera más surrealista posible. Estoy seguro de que no me creerán, pero esta, querido lector, es mi confesión. Y la manera de pagarle a mi amigo por la oportunidad que me dio.
Luis Borja sentía que podía controlar a otras personas. Por eso invitó a Alex a su casa. Necesitaba una tercera oportunidad para arreglar su vida. Había regresado al año en el que inició su amor imposible con el alcohol y decidió que quería volver a amar. Era un hombre corpulento de 1.67 de estatura, minimizado por vivir en la alta sociedad. La única persona que realmente lo había amado veía en él a un hombre que solo ella podía salvar. Ariana, su redentora, volvió a enamorarse de él. Todo había estado calculado. O es lo que pensaba Luis. Su mente no podía luchar contra su instinto. Y tampoco contra el amor.
Si pudieras volver en el tiempo y dar pasos distintos, ¿realmente lo harías? Luis, luego de perderlo todo, se lo preguntaba incesantemente todas las noches antes de masturbarse. Necesitaba las dos manos para contener su adicción (su pene era alto para el promedio peruano y lo suficientemente grueso para que las chicas olviden las ofensas con las que solía acompañar sus embistes sexuales). Aunque solo 20 minutos en carro lo separaban de sus padres, jamás antes había estado tan lejos. Eran también 20 kilos los que deformaban su figura otrora atlética. Pero sonreía en ese humilde espacio. Alguna vez pudo ver su colchón desnudo al despojarlo de la sábana. Luis había logrado crear un charco de sudor. Lo veía con orgullo. El único ejercicio que hacía era ahora también un acto divino. Un dios hacedor como él era también el demiurgo que Alex había necesitado en su única novela exitosa (la cual no cambió su vida casi en nada -la de ninguno de los dos-). Así salvó, un poco, a Alex, pero necesitaba volver otra vez a enamorarse del alcohol y de Ariana. Necesitaba volver y repetir casi los mismos pasos. Solo planeaba escribir una novela distinta cada vez y dejar el resto de su vida de manera intacta. Esta vez no encarnaría a un detective, escribiría sobre el amor. Solo hacía falta la mescalina. Deseaba coquetear de nuevo con Camila y pagarle de nuevo los 100 soles. Quería volver con Alex, pero a quien tenía en su casa era un pusilánime que a las drogas solo las conocía por medio de la literatura.
A Alex, dos centímetros inferior, lo veía como un asistente. Era alguien de cejas violentas y un estrabismo apenas perceptible en el ojo izquierdo. No era la misma persona que le había dado el boleto a su nueva vida, específicamente necesitaba recordar. Mientras fumaba un cigarro bajo el cielo frío y gris de su terraza, sabía lo que le esperaba: un promedio de tres horas de sueño al día por las próximas semanas. La noche anterior las voces revolventes de su mente le repetían al unísono: “el trabajo duro está por comenzar”. Le daría a Alex la historia que necesitaba (que ambos necesitaban contar) y luego volvería a reiniciar su vida.
“¿Sabes? Quiero saber qué sienten mis padres cuando me ven en esta situación”, le dijo a un descolocado Alex Aguilar. Usualmente, su madre que no duerme bien sube para fumar un cigarro a altas horas de la noche. Ella lo mira escribir, como ahora, y Luis también le devuelve la mirada. No hablan, solo se miran. Ella desde la mampara y él desde la sala de luz tenue; él no sabe si ella lo arropa con ojos de piedad o más bien lo abraza con ojos orgullosos.
Ese domingo no era diferente, ella lo miraba. “¿Qué siento, cuando me mira?” se preguntaba Luis a sí mismo. “¿Esta vez está orgullosa de mí?”, pensaba. “De alguna manera renuncié a llenar ese vacío -ya es muy tarde para cambiar el curso de la historia, de mi historia, no quiero hacerlo-”. Cuando su madre abandona la terraza, cierra la computadora, mira el reloj y sabe nuevamente que va a dormir muy poco esa semana. Se conduce hasta su cama e intenta ser abrazado. Duerme con una detestable ansiedad eléctrica, característica de un domingo paralizante. Desearía que este Alex lo supiera, le gustaría que él bebiera del mismo elixir. Desearía viajar con él, al menos esta vez.
—¡Mamá, ¿puedo salir?! –aventó un grito desde el primer piso al segundo. Cada vez que debía pedirle a su mamá algún tipo de permiso, gritaba escondiendo la cara y la mirada: resguardándose en sus gritos agudos. Luis tenía dieciséis años.
—Sube —le dijo su madre sin gritar. En tan solo una palabra que lo llamaba, ya podía oler una respuesta negativa a su permiso. Pero siempre guardaba un as bajo la manga y bien que lo había preparado con cautela.
Corrió por las escaleras hacia el cuarto de su mamá. Había practicado —como de costumbre—su “speech” en la movilidad del colegio en el camino de regreso a casa. Su compañero de práctica era siempre su mejor amigo: Ignacio, el primer apóstol. Él ya había tenido la oportunidad de presenciarlo en la movilidad del colegio un sinfín de veces; en efecto, escucharlo siempre era entretenido. Eran cómplices de un plan maestro.
Entonces Luis saludó a su mamá con un beso, disimulando la ansiedad que se le desbordaba por los poros.
—Ma, nos han invitado a la casa de los Gallese, hay una fiesta —dijo con una voz engreída.
Después de una pausa prolongada, continuó:
—Me gustaría ir —sostuvo. No era la primera vez que él salía, ya había empezado con esas andanzas desde el semestre pasado y su madre aún no se olía lo que se podía tener entre manos.
—Hijo, sabes que no me encanta la idea de que salgas, todavía no estás en edad— afirmó resignada.
Anticipando la respuesta rápidamente, respondió tratando de calmar la preocupación: —¡tranqui, ma! Nos han invitado a Ignacio y a mí.
Cuando Luis conoció a su mejor amigo, su mamá se hizo amiga de la mamá de Ignacio y con esa premisa, pues empezó su precioso “floro”; un “floro” que la convencería innumerables veces de dejar ir a su hijo con su mejor amigo; un “floro” que llevaría a Luis desde la comodidad absoluta de su casa al mundo de las drogas. —Gracias, mamá—.
Capítulo 5: reescribiendo “Memoria fragmentada”
Desde que ella rechazó avanzar en esa relación que para mí era incipiente (el 18 de marzo), pensaba todos los días en mi novela del 2015, texto que para mí es autobiográfico. Me convencí a mí mismo de que casi todo lo que he escrito es real. Hasta que desperté (recién en el 2019, al descubrir que yo no era un detective privado –que todo eso era un delirio-). Pero ahora, en mis sueños y en la soledad, todo volvía a sentirse real.
Prólogo: “mis” ojos
Por Alex Aguilar y Luis Borja
Me habló recién luego de una semana de aparente reclusión. Era una versión apagada de Jack. Estaba ante el mismo hombre de casi metro ochenta pero sus expresiones eran recatadas… temerosas. Cierta paranoia parecía invadirlo por momentos. Y soltaba unos relatos que me asustaban. ¿Por qué nadie podía recordarlo? ¿Unos meses fueron suficientes para borrar todo rastro de él? Me sentía extraño hablando con ese hombre sobre sus sentimientos. No quería conocerlos.
¿Y quién querría? La indiferencia era el veneno preciso. Debía ser administrada en dosis correctas. Si se hacía de esta manera, podía ser una cura milagrosa; convertir a un moribundo en alguien hambriento de vida. Podía redimir al amigo que primero requiere una necesaria muerte —una visita al purgatorio o el descenso a un infierno no tan eterno—.
A: el desencuentro con el ser amado
El día anterior Jack había logrado acercarse a Aníbal Castaños pese a la aparente amnesia del último. O quizás gracias a que Aníbal la fingía. Se encontrarían en la fiesta de Luis Borja (el no tan nuevo pero ahora recurrente pretendiente de Cecilia). Aníbal era una de esas amistades a las que no se le puede confiar nada. Ni secretos ni miedos. Y menos dinero. Aquel sujeto alto, que era como una versión más marginal del propio Frankenstein, conoció a Jack en el sexto ciclo de la universidad y ahora “Frankie”, un año después, seguía en el mismo.
Por ese entonces poco se sabía de la leve, pero incesante, adicción de Aníbal. Tampoco se sabía de su relación con una niña de 16 años. Ni lo obsesivo y celoso que podía llegar a ser.
¿Cuál es la única respuesta posible para un hombre inculto que ha sufrido? La violencia… la violencia extrema. Ella hermana al rico y al pobre, al culto y al tonto, y a Jack y a Aníbal. Ambos golpeados por la salud ajena y la enfermedad propia. Ambos deseando, de tanto en tanto, a veces la vida y a veces la muerte.
Pero Aníbal era un parásito. El chupasangre de Los Castaños. Un pobre diablo. Un delincuente. Aunque algunos le veían nobleza en el rostro.
Jack, ya para ese entonces, había tomado la conciencia de un personaje sacado de una funesta novela tremendista. Un personaje a punto de explotar ante la menor provocación. Aníbal, en cambio, había aprendido de los fugaces encierros causados por su resaca.
Se dirigieron a la fiesta sin siquiera notar a sus semejanzas. Había cierto cariño y respeto por parte del bobo pero el culto, quizás el verdadero estúpido, no podía verlo.
El lugar de la fiesta emulaba un castillo. Jack pasó muy rápido. Entró como si llegara tarde (como si a alguien le importara). Aníbal sí se detuvo a mirar un poco los exteriores (como una persona normal) y a la gente que era atraída por el carisma y dinero de Luis. Pudo notar que eran invasores en la tierra de la gente “de bien”, individuos que se rodean del poder como víctimas y victimarios.
Era una casa lo suficientemente grande para contener el ego de todos los asistentes. La había alquilado la mamá de Luis como recordatorio de los beneficios que trae ser un buen hijo. La Molina había sido el lugar elegido. Para llegar se debía pasar por un camino de perdición en el que se apagaban los vibrantes (y molestos) cantos llenos de valores cristianos de una iglesia llamada “Nueva vida”. El último paradero de la ruta era una gran cochera de 1000 metros cuadrados cuya habitual oscuridad la podía convertir en un cementerio improvisado. Pero no esa noche. Luego bastaban unos cuantos pasos para llegar a una fiesta donde el alcohol, y no Luis, era el verdadero rey.
La mayoría había asistido a la fiesta a felicitar a Luis por el éxito de su nueva novela. Nosotros no. Y muchos tampoco. Sus textos eran totalmente prescindibles. No eran reflexivos ni novedosos. Ni entretenidos ni impactantes. Había sucumbido a la literatura comercial.
Jack se acercaba poco a poco a la escena con una navaja en el bolsillo. Luis, el anfitrión, ni siquiera había notado su presencia. Y tampoco Cecilia. ¿Lo estaban ignorando? Pronto lo sabría.
Aníbal interrumpió la caminata. Se interpuso. Miró fijamente a Jack y lo dirigió hacía un grupo de amigos. “¿Todo bien?, Jack. Espero que esta vez no cometas una locura”, le advirtió Aníbal. “¿Esta vez? ¿Acaso ya recuerdas las anteriores?”, lanzó Jack. Solo hubo silencio. Aníbal bajaba la tensión con algunas bromas. Aníbal se refería a Luis como un aristócrata que podría camuflarse entre el pueblo llano (por su color de piel). Lo cierto es que Luis era un hombre bastante inteligente que había aprendido a no responder a blasfemias de ese tipo. Se encontraba en un plano en el que un cuestionamiento sobre su legitimidad era una canallada bastarda o donde la calumnia de ser adoptado solo le podía producir una mueca. No había forma de provocarlo. O, en todo caso, las había pero él siempre analizaba la situación y al rival.
Obviamente Luis le podía sacar la concha de su madre fácilmente.
Cuando vio que Cecilia se alejó a buscar algo distante a Luis, le pareció natural ir a reconquistarla. Ella lo miró directamente a los ojos mientras se acercaba aún más. Era una mirada que Jack no podía relacionar con algún momento anterior. ¿Era la mirada de sorpresa que causa un extraño o la contemplación de alegría que despierta el ser amado? ¿Qué eran esas cejas levantadas y esa ausencia de sonrisa? ¿Qué decía el cuerpo de Ariana cuando parecía no querer revelar nada? ¿Recordaba o no a Jack? ¿O al menos lo hacían su cuerpo y su respiración?
Jack se sentó por una hora como si el tiempo se hubiera detenido para él. Así pasó una hora mientras Aníbal maldecía haberlo traído. “Ese huevón”.
Jack entonces se paró. Caminó decididamente hacia Ariana y la tomó de la mano. Pero la soltó casi al instante. Estaba maldito.
Las respuestas de Ariana siguieron siendo introvertidas. Ella no podía ni mirarlo. Jack, que era un hombre inestable, hizo cada vez más iracundo su cuestionario. Estaba como poseído. Violentaba a Ariana con más preguntas. Eran como golpes. No eran certeros y quizás no pretendían lesionarla. Pero eran como amenazas de lo que estaba a punto de venir. A veces ni esperaba una respuesta. A veces le bastaba con media palabra para lanzar otro puñal. Porque eso comenzaba a ser: un hombre resentido intentado un homicidio. Un hombre que amagaba a matarla. Y sus manos empezaban a ser como puñales. Y luego hasta se podía escuchar cómo no daban en el blanco pese a desearlo.
“¿Qué mierda haces?”, increpó Aníbal a un descontrolado Jack. Algunos habían escuchado los gritos. Jack decidió que era hora de sacar la navaja. Aníbal trató de contenerlo. Jack lo empujó y este cayó sobre una mesa de vidrio. Aníbal se repuso y golpeó a Jack fuertemente en la cara las veces necesarias para noquearlo.
Interludio
Un día antes / un día después
Yacía Jack en el sofá de Aníbal. Sus padres habían perdido la paciencia con este último. Tenían ganas de que sea un bastardo. Aníbal, culpable, se sentía cada vez más parásito. ¿Qué había hecho ahora? Traía a un hombre ensangrentado a casa sin ningún tipo de pudor. Les dijo a sus padres que no lo jodieran. Que él no era como su hermano fallecido; que dejaran de compararlos. Que no pasaba nada malo. Que se vayan a la mierda y se queden dormidos.
A sus padres les importó poco Jack. Solo les importó no encubrir a un asesino. Y no cuestionaron más a su hijo. Su padre le advirtió que no haría nada para sacarlo de la cárcel. Su madre solo miró a Aníbal con cierta tristeza. Era un departamento pequeño donde lo más grande era la sala en la que apenas cabía una discusión familiar.
Aníbal esperó que Jack despertara mientras devolvía el dinero a los bolsillos de ese desconocido que le inspiraba algo de cercanía. Billete por billete. De a pocos y no como lo obtuvo. Mientras esperaba que abriera los ojos o moviera algo, recordó el encuentro de hace dos días. Jack se le había presentado como si se tratara de un viejo amigo pero Aníbal no podía recordarlo. Sin embargo, lo que relató Jack encajaba. El callejón asfixiante, sus jergas, las chicas, las bromas, su hermano. Era posible… era posible que se hubieran conocido. ¿Pero cómo podría haberlo olvidado? Jack incluso le había mencionado cómo era su departamento. Aníbal se había asustado. Luego este desconocido le había narrado cómo había sido maldito. Aníbal, que no era escéptico a esos asuntos, escuchó con atención. Y fue por eso que decidió ayudarlo. Era la solidaridad de alguien que vivía de ella. Fue el amor al misterio y el respeto a otro ser humano. Pero, pensaba a veces Aníbal, quizás Jack era un fraude o por lo menos un enfermo mental.
Era todo muy confuso. O eso decía su rostro. O no quería recordar aquella posible amistad. Jack se había portado muy mal con todos las últimas semanas del año pasado. Tal vez merecía el olvido.
“¿Quién es este huevón?”. “¿Realmente te conozco?, mierda”. “¡¿Quién chucha eres?!”. No había respuesta. El rostro de Aníbal indicaba que ya estaba harto. Lo de hace unas horas parecía hacerle suponer que estaba ante un hombre peligroso.
Aníbal se acercó a Jack. Parecía estar muerto. Y luego recordó la navaja. Jack se la clavó en el abdomen. La retiró y lo empujó. Todo le pareció muy silencioso. Luego fue hacia la puerta y abandonó la escena. Bajó por las escaleras y atravesó el callejón asfixiante. Era el 1 de noviembre del 2012.
Se aseguró inconscientemente de que no sea una herida mortal ni nada que dejara mucho rastro. Solo lo hirió. Pero esto solo lo supo después. Y solo le importó hasta entonces. Ya no había otro enlace con la realidad. Apenas pudo alejarse de ese departamento aquella mañana. Su visión le parecía deteriorada aunque podía moverse con bastante normalidad. El tráfico que evadió estaba enmudecido. La gente… él no podía reconocer expresión en ellos… en esos.
Segundo acto
Capítulo 1: el hombre sin rostro
9 de noviembre del 2014
Soy conocido como el agente Esmeraldo en la ex SIDE. He servido en varios bandos y he defendido siempre distintos ideales. Soy un sobreviviente. Inicié mi investigación en solitario luego de descubrir quién era realmente Héctor, el gángster, y qué es exactamente lo que hacía con las mujeres y niños en Argentina. Pero no pude seguir. Pero debí hacerlo. Temía por la vida de mi pequeña hermana. Me exilié en mi país, Perú, donde colaboré en casos muy pequeños. No. Hasta que lo conocí a él: Charly, el hombre con las capacidades intelectuales más arrolladoras que he conocido en mi vida. No.
¿Dónde estoy ahora?
Charly nos observa a todos, cree conocernos. No, nunca podrá hacerlo. Solo somos una imagen estática. Somos solo lo que queremos que él vea de nosotros. Nunca pudo verme. Para él jamás tuve rostro. Yo era solo un informante cuyo andar tenía marcialidad y obediencia. Y cuyas manos ociosas, en sus palabras, jamás podrían cegar la vida de otra persona.
Son las 10 de la noche y estamos en el segundo piso de una casona en el Centro de Lima, donde parece que en las mañanas juegan ajedrez. No, yo estoy en Argentina, jamás vine a Perú. Estoy buscándote. La anfitriona del evento es una señorita joven y alta. Este grupo de autoayuda se denomina “Máquina del tiempo”. ¿Lo recuerdas? Hay gente muy variada. Está Miguel Helguera, el demonio que nos hizo esto. Somos 13 personas haciendo un círculo mal hecho (en el medio hay 20 vasos sobre una mesa). Camila está a un extremo. ¿Ella es su cómplice?, Boni. Al otro extremo se encuentran dos personas: un hombre negro y alto, y Miguel. Camila nos ofrece vidas distintas. Intenta seducirnos con la idea de ser Dios, de poder controlar nuestros destinos. Pero todos van a fracasar, como yo.
Diciembre del 2020
Arrancó su propia existencia, rompió el ciclo de la manera menos esperada. Mi hermano ahora era libre, libre de salvarme en ese otro universo, libre de enfrentar a esos monstruos, libre de las manos de un demiurgo, de un dios hacedor. Podía esconderse de ese creador, uno que no lo veía todo.
Mi último sueño con mi hermano Esmeraldo no tuvo una despedida de verdad y no hizo falta. Amanecí llorando ese día cediendo a mis impulsos de niña. Era la primera vez que sentía una pérdida. La muerte es el estado verdadero; la vida, los recuerdos. La Razón no bastaba. Las aventuras habían terminado.
Mi familia, la verdadera, es de este y de otro mundo. Uno en el que el virus no existe, en el que los abrazos son una constante. Me siento privilegiada. Jamás tuve el deseo de crecer como otras chicas. Mi infancia es muy feliz (solitaria y, pese a eso, feliz).
Muchos suelen confundir a mis padres, casi siempre creen que son mis abuelos. Solo últimamente me importa. No me hallo en los ojos de mi madre. Me pregunto si los suyos eran tan grandes como los míos cuando tenía mi edad. ¿Los chicos también la miraban como si estuvieran hechizados? Gracias al virus y a las mascarillas es todo lo que los chicos pueden ver: mis grandes ojos y mis largas pestañas. Quizás se decepcionarían al ver mi cara. Quizás no.
25 de febrero del 2021
Hace unos días lo empecé a ver con atención, pese al enojo de mi madre. Una vez lo vi por fin afuera de su tienda. Vestía bien, como una persona decente, como mi madre siempre dice que deben vestir los chicos. Su polo azul oscuro mostraba un poco más de su cuello (creía que casi no tenía, que su cuerpo era como algo indescifrable, que solo era cabeza o cara -bueno, ojos, unos ojos que parecían tocar a las personas-). Sus brazos eran fuertes. Sus zapatillas (o zapatos) marrones se veían modernos. Pero su cuerpo era el de un señor, estaba algo gordo. Y últimamente se veía feliz. Como si estuviera sonriendo todo el tiempo, como si estuviera a punto de saludarte, de hacerte algún comentario gracioso. Quizás a mí me diría señorita y un apodo extraño. O un comentario sobre mis ojos. Eso parecía. Pero cuando estuvimos cerca, por fin, nada fue así.
Nos miramos por dos segundos en un pasadizo estrecho de ese mercado. No era un camino asfixiante, solo existíamos los dos y el mundo era nuestro. Hasta que bajó la mirada. Se veía sorprendido. Esperé que volviera a mirar y no lo hizo. Quizás no era el momento para empezar nuestra aventura, pero al menos sabíamos que este era el mundo en el que pasaría.
Capítulo 3: Charly
Por Luis Borja
Five years of sobriety, thirty years of madness. No. Nalgas. No. You can’t always get what you want. Soy esclavo y a mi dios llaman Diazepam. Pero no hoy. No en este momento exacto. Mi alma vio hoy atisbos de aquellos recuerdos y los trató de abrazar. Ariana, release me from guilt. Today I saw you. Should I blush?
Cuando me leas, descubrirás una imagen ideal de los dos. ¿Podré deslumbrarte? Me escribo a mí mismo entre mundos. Quiero llegar nuevamente hacia ti. Esta es una noche mancillada, quizás la última de todas. Duele estar aquí, caminar solo para dar pasos y virar de nuevo hacia ellos. Debo edificar un camino lejos de ti en un mundo donde Dios sí me otorgue libre albedrío.
Quiero ser habitante en un pandemonio. Pero no de este. ¿Por qué Alex no pudo acompañarme?
La verdad es, querido lector, que la enfermedad no está en la droga y sí en el cuerpo maldito de unos cuantos. Haga la prueba, confrónteme. Como Alex nunca pudo, en ninguna realidad. Compre coca, de cualquier calidad, y snífela. Descubrirá, quizás con decepción, que no le hace nada, que le aburre, que usted no está en el selecto grupo de los marginados. Que consumir para usted es como tomarse una Coca Cola.
Ahora soy tutor de una señorita. Ella es mi autora. Ella ve solo las mejores partes de mí. No me conoce realmente. No debe. No conoce lo podrido que está el mundo. Me coloca como vendedor en un mercado. En una tienda, rodeado de “una fortaleza de vitrinas”. Una tienda, o un claustro o una tumba. Muchos ven sus textos con diligente interés. Le he escrito cartas a Elías Monterroso y al famoso Nasar. No pude hacerlo con Alex Aguilar. Quizás soy yo mismo. No lo sé. Quizás no importa.
Solo importa el partido. Hay un asesino suelto y debo detenerlo. Debo salvar este país de las personas viciosas. Debo salvar a Boni, a Ariana, a Elías. Debe analizar cada jugada. Cada palabra de los narradores. Debe ver a las personas que la cámara enfoca. Una de ellas es el asesino.
Kike: Los jugadores salen del acordeón
Ramón: los jugadores salen del cordón umbilical. El partido va a dar a luz. Las luces me enceguecen, Kike. Y el ruido lo estremece todo. ¡Terremoto! ¡Terremoto! ¡Es el partido del fin del mundo!
Kike: Así es, Ramón, acá se deciden a los salvos y a los pecadores. Acá Dios elige su 11 titular. Haz obras y Dios te tomará.
Román: hoy Dios quiere fichar
Kike: sale Paolo “Burbujita” Rodríguez
Román: sale el rey Midas del fútbol peruano. ¡Rey Arturo! Esta es tu mesa, yo soy tu caballero. Eres macizo, eres mi rey. El Dios del Callao.
Kike: Hoy hay humedad y 25 grados, Ramón. Más tarde habrá lluvias. El dólar está a 3.88.
Ramón: el imperialismo nos golpea, nos quiere derrumbar. ¡Pitazo inicial! Pitazo. Pitazo inicial.
Kike: ¿cómo?, Ramón.
Ramón: Paolo Burbujita se saca a todos. Eleva la pelota con la mente. Usa telepatía. Es trampa. Pero una trampa hermosa. Es nuestro mago peruano. Intentan golpearlo y se eleva. Veo sus alas, Kike. Es un ángel de mil ojos. Dios lo levanta con su mano. Paolo Rodríguez patea el balón. Y este brilla como el sol. Es deslumbrante ante mi mirada. Pero aguanto. ¡Yo aguanto! Yo, Ramón Ortega, aguanto, como ayer. Mira, Kike, es el poder… del balonazo… el portero. El portero es una estrella, un firmamento. Es Marte y Paolo es Venus. Chocan los dos. Es una colisión galáctica. ¡Es el big bang!
Kike: la pelota salió fuera
Ramón: ¿Fue un espejismo?
Kike: Ramón…
Ramón: la pelota vuelve. Vuelve el tiempo, Kike.
Kike: lateral para Sport Boys
Ramón: se la pasan a Paolo. La recibe en su pecho. Su pecho es como montaña. Y la pelota sigue el camino. Desciende, Kike. Y llega a sus pies. Dios protege el arco de la U. Paolo grita en favor del ateísmo. Refuta a Tomás de Aquino. Baja a Cristo del crucifijo. ¡Entierra su cuerpo! ¡Es gol!
Kike: ¡Golazo! ¡Golazo!, Ramón. Al ángulo. ¡Paolo Rodríguez aún tiene chocolate!
Román: Paolo lo celebra creando una nueva Constitución. Es del 2019. Ya no es la de Fujimori. Sus compañeros firman el documento. Paolo eleva el puño de hierro.
Kike: polémico gesto. Amarilla para el ariete. Al árbitro no le gustó la celebración, Ramón.
Paolo Rodríguez observa su redebut en el fútbol peruano. Atrás quedaron la noche española y las mujeres marroquíes. Le baja el volumen a la tele. “Ese conchasumare”, dice en su castellano mal pronunciado, su única lengua. Va a la cocina por una gaseosa Pepsi (la que vibra contigo). Luego piensa en sus sartenes Renaware, las que duran generaciones. En freírse un huevo (Granja verde). En su televisión con cable Movistar: CMD, su canal deportivo favorito. En Schick, la marca que mejor lo marca. Barba lista al primer ras. Piensa en Panchita, comida criolla elevada. Baja la mirada. La Pepsi emanó y roció sus zapatillas Adidas, las que siempre ha preferido. Hasta las usa para estar en casa. Así de cómodas son. Con pijamas azules hambrientas de auspiciador, Paolo grita como enfermo mental: ¿en qué momento se jodió el Perú? ¿En qué momento me ganó la coca? Por la Sarita, maldita sea todo. ¡Hijos de puta!
Se pone y saca sus lentes Ray Ban, en su casa adquirida gracias a la empresa inmobiliaria REMAX (buenos hogares a buenos precios). Por la sarita, no sirvo. ¡Hijos de puta! Paolo Guerrero, tú tienes la culpa. Recuerda que iba a ir al Mundial 2018 hasta que Paolo volvió de su sanción. Me sacaron de la lista por ese drogadicto. Maldita seas, doña Prieta. Maldita sea tu hijo.
Ahora Paolo mira el periódico El Comercio (el más veraz para estar informado). El asesino volvió a atacar. El Chorri Palacios está muerto.
Trata de recordar los consejos de su psicólogo: “las putas no son mujeres, son la salvación”, “puedes usar la coca cuando te retires”, “Pepsi es mejor que Coca Cola”.
Alguien toca la puerta de su casi mansión. Está en la zona del Callao donde abunda gente blanca y cocaína. En la ubicación perfecta para visitar a su familia y evitar las mafias. O para evitar a su familia y visitar a las mafias.
Paolo sale y encuentra una granada.
La patea. Y hace su mejor gol.
Ramón Ortega deambula por la calle. Extraña a Kike. Evade saludos, pero no las miradas de los empleados del minimarket Mass, donde compra a los mejores precios una gaseosa Pepsi y unas galletas Soda V. También acaricia un periódico legendario, milenario de aroma a verdad: El Comercio, con esa línea amarilla enmarcando la bolsa que lo contiene. Debe estar protegido. De las mentiras y de las traiciones. Paga 3 soles y 50 céntimos. Más allá solo hay casas grises, como salidas de la época del terrorismo en las que Ramón fantasea haber luchado. En helicóptero y disparando al mismísimo Abimael Guzmán.
La noticia del día es otra muerte: la de Burbujita Rodríguez. También en una página anónima lee sobre su despido. Lo acusaron de barroquismo. De recargar la narración deportiva de construcciones espurias y falsas. Kike no lo defendió. Ramón grita y lo oye una señora. “Calambre”, dice él.
Se dirige a buscar trabajo. Le recomendaron ir al Callao, donde la ley teme darse una vuelta. La fachada es de taller mecánico. Hay un auto eternamente en reparación, porque al fondo está el verdadero negocio: pelea de gallos. Su amigo del colegio es el cerrojo de la guarida. Puerta marrón sobre fachada menta sucia. “Marcos, amigo, me hablaron de ti”, dice Ramón jadeando. “No nos gusta los sapos, ¿periodista, no?”, se defiende Marcos. “Ex periodista. Dicen que acá pelean los gallos más bravos, los de estirpe intergaláctica, los elegidos por Dios”. “Ramón, sé lo que pasó, compare. No entiendo”. “Quiero narrar las peleas, quiero que se sienta el Coliseo romano, que la gente respire sangre y suspiros”. “Ramón, esto es pelea para gallos. Solo anuncio los ganadores o el momento para apostar. Te estás equivocando, compare”. “Si hay un micrófono, hay un altavoz para las musas. Y con ellas, hay Ramón Ortega. Déjame narrar estas guerras mundiales”. “Ya, compare. Igual la gente te conoce. Entiende tu humor”. “¿Qué humor?”.
“¡Y esto va a empezar! ¿Tenemos auspiciadores? ¿Tenemos? Los tendremos. Veo luz cerca al techo. En esos rectángulos desde… Dios nos mira. Hay oscuridad, pero pronto habrá luz. Cuando aparezcan los campeones. Seres maldecidos, conquistadores en sus antiguas vidas. Khan contra Napoleón. Ahora ellos no ordenan, ahora ellos son mandados al frente. Pero la estrategia persiste, en sus mentes de gallo. Quizás pequeñas, pero el universo alguna vez fue pequeño. O no lo sé. O no importa. Ya salen.
El árbitro se coloca en el medio y la luz lo penetra. Hoy es Dios.
¡Hoy el Ajiseco y Carmelo!
¡Potrillo contra veterano!
¡Escucho las apuestas!
¡Empieza el partido!
¡Aparecen los marcianos! Sale el valiente José Carmelo Miranda. Media luna atada a su pata, la espada del guerrero. Lleva 8 muertos, 2 picotazos decisivos y muchos hat tricks. Sale Ajiseco, con 4 muertos, 5 picotazos decisivos y dos balones de oro, listo para herir al ya curtido Carmelo. Se le ven los años y se le ve el orgullo y juventud a Fernando Ajiseco de las Casas. Se retiran los dueños, por órdenes de sus gallos.
Kike: Así es, Ramón. ¡Esta es una lucha de clases! ¡Marx contra PPK!
Se rompe el silencio, como velo del multiverso, como cuando naces y ves a tu madre, en la clínica Ricardo Palma, como vidrios en el espacio, como cuando tu pelota Walon rompe la ventana, pero la pelota no se mancha, porque usa pinturas Tekno (más colores, más bonito), eunuco, Carmelo agita las alas como el Pegasus y canta ensordecedoramente La Internacional. Fernando Ajiseco se aleja de él y mira con desprecio a Carmelo. Como un obrero rogando por su plusvalía. Se cree el dueño de la cancha, de la empresa. Va a esperar a que el veterano dé el primer picotazo. Para poder despedirlo sin pagarle liquidación. Se calientan los ánimos. ¡Le han faltado el respeto a Carmelo! Se acercan. Ya en el centro. Alargan sus erizados cuellos. Empiezan los picotazos. Son como cañones, Kike, como cuando Perú exilió a España. Como en la defensa del Real Felipe. Yo estuve ahí. A los 10 años. Con mi mamá.
El Ajiseco embiste, inicia. La gente calla. ¡Es como ver caer el muro de Berlín! El viejo paladín tiene todos los aires de un experto luchador… acostumbrado a las artes azarosas de la guerra. Ya lo dije. Es Genghis Khan. Es el Huno. ¡Es Carlo Magno! Usa su espada como esgrima, evitando la cabeza del joven retador. Pero el muchacho agita las alas como bravucón necio. Pegando con pico, incluso insultando el linaje de Carmelo.
Kike: algo pasa. ¿Fue falta?
Un hilo de sangre recorre la pierna del Carmelo. Está herido, pero este gallo es de otra dimensión. No lo siente. El rojo adorna su espíritu, es kétchup para su bravura. Es néctar para su furia.
¡El Carmelo canta! Y embiste al Ajiseco. Son golpes tan fuertes. ¡Yo no sé! El joven se levanta y la lucha es cruel e indecisa. Los aletazos cubren la acción, la enmascaran, el Carmelo se ve pequeño, sus alas se ven marchitas.
¡El Carmelo es herido! Está jadeando. Quizás es el fin.
–¡Bravo! ¡Bravo el Ajiseco! –gritan sus partidarios, los que apostaron por el juvenil, por el menor de edad.
Kike: va el juez.
Huevos La Calera (pruébalos por docena)
Se acerca el juez, va a decidir algo. Atento a todos los detalles de la lucha y con acuerdo de cánones, declara:
¡Todavía no ha enterrado el pico, señores!
¡Aún hay lucha!
¡El Carmelo se reincorpora! ¡Está erecto! Ajiseco lo rodea y lo humilla solo con la mirada, como si ya fuera cadáver. Lo huele, como si fuera muerto sin arma. Como si el espíritu de guerrero se hubiera extinguido. ¡Carmelo sorprende!
¡En el dolor de la caída! ¡Todo el coraje de los gallos del Caucato! Le dieron su poder. Sus padres, sus abuelos, inclusos sus hijos de universo alterno. Incluso sus mil y un hermanos.
¡Ajiseco enterró el pico! ¡Gana el Carmelo!
Kike: ¡era hoy, Ramón! ¡Era hoy!
Pero ahora se deja caer y su dueño va a revisarlo. Y no ve un arma, sino a un caballero. Carmelo estaba retirado. Hace 3 años que no peleaba, pero quiso estar hoy. ¡Quiso tener esta última batalla! La sangre no para. Es el dolor de la vida que se aleja del Carmelo. Es el néctar de su juventud que cubre sus sollozos.
Hay silencio. Los espectadores ya no celebran. Entierran la cabeza, meditabundos”.
Bonus (opcional)
Al consultorio privado llega un hombre con mirada hundida, de enfermo sexual. La secretaria le pide que pase. Él se toma 10 segundos para ver sus senos y su vagina. Debajo de la ropa. No es puta, pero lo fue en el 2015. Dos divorcios. El primero era maltratador. El segundo infiel. Arruga en la frente. Piensa mucho antes de tomar una decisión. Es temerosa.
Psicólogo: Que pase el siguiente.
Charly:
Psicólogo: Sobrino
Charly: Mataste a esos futbolistas, ¿no?
Psicólogo: ¿Pruebas?
Charly: Huiste de nuestro primer caso.
Antónidas: Nunca fue tu caso, sobrino. Solo estabas jugando. Solo querías vestirte de mujer.
Charly: Yo tenía 16 años. Creía ayudarte.
Antónidas: Hice mi vida. No pude con los terroristas. Seguí en inteligencia. El caso duró años. Luego cambié de identidad. Estuve en varias provincias.
Charly: ¿Por qué ellos?
Antónidas: Estuve en provincia viendo varios partidos. Los seguía de noche. Orinaban en las calles. Atropellaban gente. Y muchos de ellos son homosexuales. ¡Ellos son los terroristas ahora!
Charly: Tienes razón
Antónidas: Bueno, el Chorri no era homosexual.
Charly: Debo detenerte
Antónidas: ¿Cómo lo supiste?
Charly: La granada que dejaste en casa de Paolo Rodríguez
Antónidas: Sabía que no saldría por la ventana. Es un estúpido. Y era homosexual.
Charly: Me cansé de los retos intelectuales. Esto es personal. Hoy muere el Asesino de jugadorazos.
Antónidas: Haz lo que quieras, detective Charly.
Charly: Esto se acabó. Esto termina acá.
Antónidas: Te equivocas, cachorro.
Antónidas: Esto termina en la novela del 2025
Charly: ¿Qué?
Antónidas: Despierta, cachorro.
-A mí me enseñan el lenguaje inclusivo y lo veo bien- interrumpió Boni.
-¿Boni?- la interrumpí, encontrándome frente a una tienda en la que colgaban bolsitas con snacks: papas, chifles, trigo dulce. Y bebidas en el escaparate. Bebidas de vidrio como Inka Cola o su favorita: Seven Up.
-¿Volvió a pasar? Hablábamos del lenguaje inclusivo- me dijo ella indagando en mi mirada.
-Yo no hablo la jerga de un grupo político o religioso. No en contra de mi voluntad. Decimos las palabras que decimos más o menos porque queremos. Buenas tardes. Un chifle de 3 soles, por favor. El uso es algo, creo, espontáneo, de buena gana. No debe ser una imposición política- dije, algo molesto (no con ella, obviamente) y confundido.
-Amigo, está es la realidad. Luis…- cuestionó visiblemente preocupada.
-¿Lo es? ¿O son solo tus recuerdos? Aún me recuerdas, Boni- le dije mientras se volteaba para ver qué pedía en ese puesto del mercado. Pidió otros chifles.
-No importa si es un sueño. Mejor si es un sueño. Hay que aprovechar que es un sueño. Recuerdo sus clases. Mi mamá le tenía mucho aprecio- dijo como declarándome muerto. Y luego sonriendo, debajo de la mascarilla.
-¿A dónde vamos?- le pregunté para darle algo de control. Acercó su mano derecha a la mascarilla que ocultaba su mentón, levantando el dedo índice y un poco el pulgar, pensando en una respuesta de manera juguetona.
-A tu tienda más grande, avancé mucho estos días, mi historia está quedando muy bien. He pensado en darle un hermano a Cecilia- expresó emocionada, orgullosa y empoderada.
-Vamos- le dije sonriendo con el alma.
Su texto, ella, era lo más impredecible hasta ahora. Mi otro amigo, el hombre extinto (el personaje no nacido), alguna vez denigró la envidia literaria. “Ningún escritor, sobre todo joven, debe sentir envidia de otro, porque la verdadera literatura nace del alma. Lo que otros escribieron es algo que yo nunca podré hacer. Y son cosas que realmente solo quiero leer. No contar, mi alma no me pide a gritos contar esas cosas”, dijo. ¿Y por qué entonces uno de nuestros textos encontraba ecos en un alma tan joven?
Capítulo 4: Alex
Intenté dormir aquella noche, una de las últimas. Pensé en los mundos que visité. Pensé en la realidad, en los ojos de Boni y en las charlas que ella iniciaba. Jamás le hablé de mi pasado con las drogas, no vívidamente. No era justo. Yo era incapaz de sugerir que las drogas tenían algo que ver con mi condena, la enfermedad estaba en mi cuerpo. Decidí visitar a la psicóloga a la que ella acudía. Le hablaba de su soledad, de lo poco integrada que se sentía a un mundo ruidoso que avanzaba muy lentamente. Le hablaba de mí, lo sé. Ella había pedido conocerme.
El 18 de marzo la visité. Era la misma Camila que yo había visto en sueños. O quizás el nombré resonó tanto cuando me saludó. Por un momento me pareció la misma y quise recordarle su pasado de puta. Me pedía alejarme de mi pequeña amiga. No la interrumpí. Eran las palabras de la peor psicóloga (o psiquiatra) con la que alguna vez traté. Decía haber leído mi texto, hablado con mi padre. Cosa imposible. Me llamó esquizofrénico y me ofreció unas pastillas para atarme a esta realidad. Quise luego advertirle a Boni, pero ese mismo día mi cuerpo enfermó para siempre.
Esa misma noche no supe si este mundo era una tregua o una prisión. Ante mí se intercalaron las vivencias de otras personas y de otros yo. Era ficticio, a veces real. Yo era todos ellos. Incluso a veces una mujer.
Tercer acto
¿Cordura?
Capítulo 1: corrección de estilo
Elías despertó.
Cuando el sábado 20 de marzo del 2021 Luis Borja fue hospitalizado, la tutela literaria de Boni quedó en sus manos. Ella ante sus oídos era pretenciosa, insoportable. Odiaba todas sus muletillas, las omisiones de palabras (era una nazi literaria, una snob de 14 años).
Tomó el cuarto de Luis para estar cerca al mercado y cerca a su aprendiz. Solo planeaba estar 11 días para cerrar los dos textos. Dormía en un colchón con manchas oscuras, de humedad. La ducha tenía cables heridos y no era muy alta. Decidió bañarse en el lavabo, como un anciano (imagen que lo perseguía al verse en el espejo). El olor del cuarto lo trastornaba al punto de soñar con un perro y un hijo que aún no tenía. Pensó que era algo normal. Era el cuarto de un drogadicto.
Sí, eran dos textos. Uno mezclaba la ficción, la soledad del escritor fracasado “Alex Aguilar”, con la no ficción, el vínculo paternal entre un veterano de las letras y su estudiante. El otro era mentira pura, ilusión adolescente. Aparecía “Alex Aguilar”, pero reciclado en una versión más joven, más idiota. Y el mismo Luis Borja era el rival del amor platónico de Boni (bueno, “Cecilia”). Ya no tuvo fuerza para darle sentido a la última historia. Elías tuvo paz por casi dos horas.
En aquel sueño vio a Boni sin mascarilla. Su boca era árida, solo con expresión en sus ojos. Como en los de aquel hombre que la abrazaba como si fuera su padre. De él solo pudo destacar las cejas violentas y una mirada que lo exploraba.
También soñó con el primer ejercicio literario con la niña. Ella se mostró más capaz que él. Aquel hombre sonreía satisfecho. Luego estuvo a punto de imaginarse en el cuerpo de Luis Borja e hizo todo lo posible por despertar.
Recordó esos ojos. Justo antes de morir.
77 años tenía su cuerpo, pero no sus ojos. Era el futuro. Era 1985.
Asistió a la fiesta. Los vio a todos en aquel gran jardín, sobre la gran mesa. Vasos a lo alto y zumos de naranja. Tenedores y cucharas. Postres y palabras. El Sol tocó su mano. La vio tostada, con manchas como de Luna. Se tocó el cabello y lo encontró escaso. Veía a Boni a lo lejos, sentada, anciana y marchita. Y luego la veía rodeada de otra Bonis más chicas, algunas más altas. La más pequeña la abrazaba y su amiga, su aprendiz, respondía con ternura.
Un político se acercaba a hablar con su amiga, pero es lo último que Elías vio de ese momento.
Era evidente. Él era solo un hombre viejo recordando. Incluso quizás ya era un hombre muerto y él era solo un recuerdo perdido. Quizás el recuerdo de otra persona.
Y entonces la otra vida, la del joven en 2022, no era real. La del viejo lo era.
Se encontró frente a una taza con limonada. Tenía los diseños de un limón partido y de una pera. Era transparente, pero sepia. Quizás el de sus ojos. Era otro día soleado. Y otra Boni le hacía una broma. Su amigo, otro escritor, estaba frente a él. También era anciano.
Su amigo aún pensaba en ella, sin tregua. Boni, la de verdad, estaba muerta. Lo encontró sentado sin querer ver a través de otras personas. Apenas dejó que su hija lo abrazara. No era humano. Ese día Monterroso recordó que su amigo no era humano.
También recordó el odio. Las cejas pobladas. El estrabismo en el izquierdo. La cicatriz. En la zona más negra del ojo.
Nasar miró fijamente a Elías y luego los manuscritos que traía. Sí, eran los primeros textos de Boni. Los que ella había escrito a los 16 (y no a los 14). La hija de Boni ofreció dinero, pero Elías dio la resolución: “son un regalo”.
Monterroso tenía una nueva alumna, otra Boni. La hija mayor. No la de la limonada y los modales bruscos, pero en su mente todas las Bonis eran la misma. Incluso la pequeña, la robusta, la alta y las que hablaban francés.
Él se fue a ver a Constanza, la hija mayor de Boni, pero antes sintió ganas de preguntar por Luis Borja. Tenía a Nasar al frente. “Ambos mundos son reales”. Lo miró fijamente y Monterroso entonces vio todos los mundos, las versiones susurradas y descartadas.
Su amigo, el escritor, le mostró todo. Incluso lo que pudo haber pasado. Solo así Elías no se acercó a preguntar. Elías descubrió que era soñado.
Gritó. Luchó contra su cuerpo. Contra el zumbido. Contra los llamados en su cabeza. ¡Elías! Decía alguien. Quizás su padre. Quizás su hijo.
Supo que era un sueño y preguntó por su hijo y por su esposa. Él había rechazado mudarse al extranjero, quería morir en su país. Luchando. Pero este Elías, nuestro Elías, el joven, decidió que sería un abuelo feliz.
21 de marzo del 2021
Media hora al día de charla con la heredera configurarían esa relación. Elías había conversado casi nada con Luciana, su novia, sobre tener hijos. Esta pequeña “tutoría” (Elías exigía que se etiquete el asunto de esta manera) fue la excusa perfecta para Luciana. “Amor, ¿y si nuestra hija nos sale igual de insoportable?”, le escribía. Elías puso una letra cerca a otra, lentamente. Y envió el mensaje: “Que sea insoportable. Quizás sea un hijo. No importa. Que sea lo que sea. Yo estaré con ustedes siempre. Iré a donde ustedes vayan”. Luciana respondió que no se apresure y cambió de tema.
Elías se internó en la noche y abrazó su cama, pensando en Luciana. Alumbró el cuarto por casi una hora, 58 minutos y 14 segundos. David Bowie no lo dejaba dormir, morir. Recordó que él creía, como Luis Borja, que la literatura es música también. Pensó en ese otro mundo. Fue evidente. En aquel lugar Luis Borja llevaba muchos años muerto. Había sido amigo de Boni, cuando esta aún no ingresaba a la universidad. Y seguro había lidiado con la madre de Boni, la que seguramente en los… ¿treintas? ¿1900 3 algo? era más religiosa que ahora.
La madre de Boni no había leído prácticamente nada de los dos relatos. Elías estaba casi seguro de esto. Solo le bastó con saber que Monterroso sí había publicado ya algo, que sí era un corrector de estilo con actividad intermitente en una editorial, que tenía novia hace 8 años y que creía en Dios (a su manera, pero creía). Monterroso no llevó esa conversación a aguas más profundas. No sabía cómo cargar el cuerpo agonizante de su Dios no binario y tampoco quería dejarlo ahogarse. “Dios es el universo”, intentó recordar su respuesta. “Le dije eso a tu madre”. Boni no le respondió lo que creía. Le insinuó que él no entendería su respuesta. El corrector hizo una pausa.
Un día antes pactaron el modelo de trabajo. El protocolo debía ser cumplido a cabalidad. Estuvieron los 3: La madre, Boni y Elías. Visitaron el mercado. Monterroso le pasó en físico lo que respiraban por ahora ambos relatos. Eran partituras muy distintas, una más compleja que la otra. En ese momento el también autor sintió una mezcla de orgullo y miedo.
Esperaba que el primer relato fuera lo suficientemente reprimido y frígido para ella. Concertaron que Boni y Elías se juntarían media hora al día de 5:00 pm a 5:30 pm, aprovechando que ella iba al mercado a hacer unas compras. Quizás una golosina, un esmalte o hilos para tejer (quizás un texto -un textus-, pensó Monterroso). Hasta las 9 pm, Boni tenía plazo para mandar un avance con las correcciones conversadas en la tarde. No lo haría ella directamente. Boni y Elías tenían prohibido escribirse por redes sociales. La intermediaria sería La madre. Ella le mandaría el texto de Boni. Se entendía que la pluma de ella no tenía presencia directa en el primer relato, en el de Luis y Elías. Esa noche, antes de hablar con Luciana, leyó otro avance de la niña.
Capítulo 3 de “Memoria fragmentaria”: cita con el destino
Por Boni Solís y Luis Borja
Jack regresó de su viaje y algunos parecen no recordarlo. ¿Lo ignoran o realmente está maldito? Se acercó a Aníbal, asistió a la fiesta de Luis y se reencontró con Cecilia. Todo salió mal. El día anterior a lo que viene, él apuñaló a Aníbal.
Parte 2B -narrada por Alex Aguilar-
(Corrección a cargo de Elías Monterroso)
Pasaron dos días hasta que Jack se sintió seguro de volver a mostrarse. Su amigo, el único, le había informado que Luis presentaría su nuevo libro en una feria. Sería de ingreso libre y estaría Cecilia. Quizás más accesible o quizás como aquella noche.
Había algo que atraía a Jack hacia esa chica. Sospechaba que no era amor. Era un impulso que lo hacía distanciarse del resto y planificarlo todo de manera enfermiza.
Aquella mañana, medio día antes del evento, Jack decidió que iría con una nueva personalidad y apariencia. Debía hacer de sí mismo un personaje que Cecilia pudiera amar. La tarea, sencilla, le costó poco al aspirante a escritor. Preparó una decena de guiones previendo distintos escenarios. Apuntó algunos chistes. Memorizó todo. Preparó el carro y compró ropa nueva. Además, eliminó todo modismo que le recordara a la gente (si fuera posible) quién era.
“Hola”
“Hola”, repitió.
Cecilia volteó y lo miró. Le devolvió el saludo. Luego reconoció a Jack. Fue entonces que Jack vio a través de esa mujer. No era Cecilia de quien estaba enamorado. Pero él apenas pudo entenderlo. Por un instante pudo ver momentos de una vida que no le parecieron ajenos. Pero sí esa vida. No había venido para divagar de esa manera.
“¿Pasa algo?”, dijo ella con más fortaleza que aquella noche mientras miraba a un Jack demasiado perdido en sus ojos.
“Tienes unos ojos hermosos. Eres extraordinaria…”
“Sí…”
“Disculpa. Jack Agüero”
“Sí, sé quién eres”
“Sí… yo he venido a lo mío. Ese libro. Ayer lo leí un poco. El capítulo primero es algo interesante. Ah, pero yo he leído casi todo jaja. ¿Tú lo terminaste?”
“No lo he leído”
“Ah… deberías. ¿Es el libro de tu novio después de todo, no?”
“¿Qué quieres de mí?”
“Disculpa… no. Yo solo quería que hablemos”
“Ya, ya lo hicimos”
Jack se sentó y soportó la presentación de Luis ante un público bastante fácil conformado por sus amigos. No hubo mucho que apuntar. Solo hacía falta fingir atención. Esperó casi 1 hora, en la que evitó mirar a Cecilia, la cual estaba unos asientos a la izquierda. Tarea fácil, ya que una luz venía de esa dirección. Apuntando a los 3 expositores que en edad parecían representar el pasado, el presente y el futuro. Jack entendió o quiso entender que Luis representaba el pasado.
Jack se acercó respetuosamente a Luis luego de que la gente abandonó la pequeña sala improvisada de la también improvisada Feria del Libro. Lo abordó como si se tratara de algún gran maestro de la literatura. Esta vez no hacía falta armas. Sí una libreta y un lapicero.
Jack lo felicitó por su libro pero tuvo que confesar que solo leyó el primer capítulo por culpa del pequeño interrogatorio al que Luis lo enfrentó. “Pero seguro es el mejor capítulo. La manera en la que describes a Andrea es excepcional. Esa forma en la que pareces estar a punto de caer en metáforas pomposas… pero luego creas un contraste con ese objetivismo”.
Luis confesó que también era eso lo que más le gustaba de su nuevo relato. Y admitió que varios pasajes eran muy edulcorados. “Una maldita edición”, se excusó. “¿Ustedes ya se conocen?”. Los modales de Luis se lo obligaron. Cecilia se presentó como si Jack fuera un extraño y él hizo lo mismo. “Tu introducción me recuerda a la segunda parte de Antagonía… de alguna manera”, soltó Jack. “Sí, tiene de eso. ¿Tú acabaste la trilogía?”, se entusiasmó Luis. “¿Tú?”, se protegió Jack. “Solo algunas partes que estudié con unos amigos”. “Bueno, yo sí leí casi todo jaja. Las podemos discutir uno de estos días”. “Hoy es un buen día”, sonrió Luis.
“Espera, ¿tú no eres el que se desmayó en mi mesa de vidrio?”. “¿Lo soy? Estaba muy borracho ciertamente”. “Lo supuse, hermano jaja. Tu amigo me quiso pagar los gastos. No pasa nada. Muchas cosas se rompieron ese día. Pero fuiste el primer… y el único que se emborrachó. Dicen que tu amigo te tuvo que llevar a tu casa”. “Jaja eso dicen”. “¿Vamos a comer algo y conversamos sobre esos libros?”, ofreció Luis. “No quiero interrumpirlos”. “No interrumpes nada… ella prefiere no quedarse a solas conmigo jaja. Ya se le pasará”. Cecilia sonrió de una manera resignada. “Vamos al frente. Unas pizzas. ¿Ninguno de los 4 es exquisito, no?”, bromeó Luis.
Fue extraño. Ahí estaban sentados el anterior y el actual pretendiente de Cecilia, y Cecilia. Y casi todos decían no conocerse. ¿Entonces era cierto que lo habían olvidado? ¿O era una especie de trampa montada por Luis? La conversación era espeluznantemente amena. Incluso Cecilia se empezó a ver cómoda mientras discutían de literatura y pintura. Luis y Jack eran como dos hombres que se admiraban mutuamente. Y Cecilia se limitaba a agregar algunas opiniones aunque su papel secundario comenzaba a no molestarle. No dejaban de hablar. La madre de Cecilia. La literatura española. Goya. Caravaggio. Rorty. El Tremendismo. Goytisolo. El realismo social. Gabo. No, García Márquez. No, Vargas Llosa. El romanticismo. “La feria del libro hasta las huevas”. La literatura peruana de mierda. Cortázar. No, Cortázar no. Sí, Cortázar. No. ¡Basta!
“¿Siempre eres tan callado?”, me cuestionó Luis. “¿No quieres decir nada?”, agregó. Y sí tuve mucho que decir y lo dije: “¡Esto es surreal! Ustedes 3 se conocen y hacen como si nunca se hubieran visto. Cecilia, Jack fue tu enamorado hace unos meses… ¿es que ya no lo recuerdas? Luis, conociste a Jack en un taller de escritores también hace meses. ¿A qué juegan? ¿A qué juegas?, Luis”.
La conversación cambió mucho luego de eso…
Capítulo 2: divisa el final
22 de marzo del 2021
—No creo que Cecilia estuviera feliz con un papel subalterno, eh.
—¿Por qué? ¿Por qué no? Ella es así.
—Pensé que ella te representaba… de alguna manera.
—¿En serio? Jamás. Ella es todo lo contrario a mí. Ya ves.
—¿Qué? ¿Qué veo?, Boni.
—Tú no me entiendes. No eres como Luis.
—Bueno, yo no estoy entubado en una cama.
—Oquei
—Perdón.
—Mira, tu texto es interesante, es bonito. Se lee bien. Es solo que yo prefiero otro tipo de narrador —dijo Monterroso como disculpándose—. Me gustó lo que leí ayer.
—Hoy no podré darte un avance —dijo ella mirando al piso—.
—Luis es un buen amigo —afirmó Elías intentando calmar a la niña—. Él me motivó a escribir “Gonzalo” y otros cuentos. Quizás no lo conoces. Es sobre un escritor gigante… de ego titánico. Yo no quería publicarlo. Sentí que le faltaban escenas, descripciones. Que no estaba acabado.
—Eres un tonto —dijo ella un poco recobrada divisando algo a lejos—.
—Quizás lo sea.
—Un texto nunca está acabado, eso no existe. Una historia, una buena historia, no puede estar acabada. Solo hay textos que están listos y textos que no lo están.
—Entiendo.
—Tu texto estaba listo.
Esa tarde la charla duró 23 minutos y 16 segundos. Él no quiso contradecirla, herirla. Habían socavado la memoria de su aún viviente héroe. Él jamás imaginó que ella veía a Luis de esa manera. La había creído una niña enamorada, obsesionada con el lado soñador, infantil, de un hombre. Ella prometió que pensaría en qué escribir, en ir perfilando un final. Que mañana en la noche le daría ese avance. No se verían en la tarde. Mañana sería un día libre para Monterroso. Pero solo del encanto o desencanto juvenil. Tenía que avanzar la novela compleja, la novela adulta. Tenía que tomar la posta de Luis como el mentor en ese relato. Quizás ahora sí podría.
Eran las 9 y 15 pm. Sobre el final del relato juvenil tuvo dudas y un interés inusitado y violento. Boni quería un final sin muchos adornos, que Cecilia sea feliz. Luis, en cambio, quería unir ese universo con el del detective Charly, obra inacabada. “Bueno, okay, una obra que no está lista, pero cuyos personajes siguen existiendo, repitiendo sus vidas al infinito, proyectando sus almas, hasta que la mano del narrador rompe el ciclo”, se dijo. Satisfecho.
La madre le escribió más o menos a esa hora interrumpiendo su cena improvisada de frituras y arroz grumoso. Tuvo que disculparse. Ella le decía que Boni había tenido una pequeña crisis y que mañana hablaría con su psicóloga, pero como parte de una rutina que iba a cumplir casi un año. No le recordó a ella el envío que debía hacer Boni mañana en la noche. No lo vio pertinente.
¡¿Qué es esta mierda?! Exclamó el también autor. Había repasado los finales posibles que Luis le mandó. Lo consideró un sinvergüenza, un hijo de puta. Frente a él, en su laptop, veía con repudio, con las manos en los lentes, la completa mierda que eran esos cierres que ni pretendían serlo. Uno de ellos incluso se llamaba “Agregado” sin más. Esa noche le costó dormir. Había solo parte de “III” que podía servir y un texto extrañísimo (una meditación religiosa) que se podía reutilizar. Pero con mis palabras. Dijo. Hizo una pausa. Pensó en Boni como su estudiante, como una posible hija. Ella merece ese final. Es el momento para que ella deje de usar las rueditas de la bicicleta. Pensó y se arrepintió de esa frase, de ese tono. La falta de creatividad, de ritmo, y la carencia de un oído crítico… todo era una mierda. Y tenía sueño.
En unos de sus sueños, en el mercado, imaginó que el hombre que atendía los baños leía a Vargas Llosa. Otro día lo vio leyendo “Rayuela” de Cortázar, mientras comía ceviche justo afuera del baño. Elías le daba 50 céntimos y no dejaba que ese lector tocara su papel higiénico. Se instalaba en un cubículo y luchaba por estar vacío. No lo lograba. Salía y estaba el mismísimo Julio Cortázar. Otras veces era Borges y le daba solo 10 céntimos. ¿Cómo haría ese hombre para limpiar este lugar? Se preguntaba.
Algunas veces él era el encargado del baño. Almorzaba cerca a la puerta tratando de pensar en otras cosas. Quizás en una gaseosa helada que mañana sí podría disfrutar. Una Pepsi, su favorita. Veía sus manos sucias tomando ese tenedor de plástico. Pensaba en su hijo. Lo veía yendo a la universidad, cumpliendo sus sueños.
8 de octubre del 2014
– “Alex, compare. ¿Estás bien? ¿Te quedaste en shock? ¿Me estabas escuchando?”
Llegué y él me recibió con los brazos extendidos. Con un gesto que se ubica entre el recibimiento y el reclamo. Pero eso había acontecido hace 10 minutos. No recuerdo lo que relató desde su celular. Mi mente está desapareciendo. Algo me lleva de regreso al otro lado. O a algún otro lugar.
Me disculpo con él. No puedo mentir. Él cierra un poco los ojos y no dice más. Hace un gesto para que pase al lugar de la ceremonia. Recuerdo entonces que tengo una pequeña pistola en mi casaca. No encuentro razón.
– “Alex, hoy debo decirte algo. He esperado unos días. Ahora entiendo esos textos que hacías hace unos años. Ese otro mundo y esas cosas. Pasa. Ya te enterarás”.
Luis se adelanta para darme unos minutos. Saco el arma sin que mi voluntad se vea implicada. Estoy desapareciendo. Alex vuelve a emerger. Veo a un hombre. Él me llama de un grito. Cuando volteo, él ya ha disparado.
23 de marzo del 2021
A las 11 de la mañana con ningún minuto y con todos los segundos, Elías Monterroso cruzó una de las 4 entradas del mercado. El guardia era también el protagonista de una de sus pesadillas. Era guardia y lo otro. Detrás de él lo esperaba alguien que ya había hecho suyo un trozo de papel. Le roció alcohol en las manos más veces de las que pudo considerar normal, se sintió ofendido, no valorado. Sintió que el posible lector, quizás lector de “Gonzalo” o de “La fuga” (el libro que llevaba en su mente), veía en un inocente saludo un roce de clases, una guerra fría social. Pasó confundido sin mirar a nadie más. Pensando en si mirar a la derecha o no. Se preguntó si alguien lo podría confundir, al salir del baño, con el guardia.
Elías pensó en si alguien le daría el pago correspondiente y tomaría el papel higiénico. Y en cómo lo tomaría él. Quizás con burla o como una burla hacia él. ¿Qué lo separaba de aquel hombre alto vestido de negro cuya espalda no decía “Limpieza” y sí gritaba “Seguridad”? Elías sabía que su apariencia no iba con la de ese oficio. ¿Los demás lo podían saber? ¿Era blanco? ¿Emanaba estatus social? Su cabello largo y bien cuidado lo separaban del resto. Parecía una lesbiana de piel clara. Estaba a salvo.
La apariencia andrógina puede ser una ventaja. Pensó. Muchas personas lo habían visto hablar con la niña con la convicción de que se trataba de una compañera de colegio o de una prima. Boni medía 1.58. Elías, 1.67. Usaba lentes y mascarilla. Casi no tenía rostro.
Pasó por el camino asfixiante en el que Boni y Luis se miraron. Quiso recrear la situación en su mente. Algunas personas se le quedaban viendo. ¿Qué hacía ese hombre parado observando? ¿Qué hacía esa mujer? ¿Quería comprar hilos?
A unos metros se encontraba la intersección de las dos entradas: la principal y por la que Elías se había escabullido. Justo ahí estaba uno de los 3 puestos en los que Borja trabajó y escribió. A veces solo, a veces con su ayudante.
El puesto daba a la entrada más grande, pero se extendía un poco más a la derecha, en un pasadizo estrecho, pero bastante limpio. Era el puesto más pequeño. El pasadizo contiguo estaba vacío. Como si todos tuvieran la misma enfermedad. La fachada del puesto era azul y metálica. Encima de la puerta había un papel que indicaba el número de Borja y el de su ayudante. Lápidas solitarias. Pensó Monterroso. Hizo una pausa. Lo recordó lo mejor que pudo. “Le gustó mi cuento, todos ellos”, dijo en voz muy baja.
Capítulo 3: despierta
La pregunta la estremeció, era miedo (no había dudas). Esa tarde, como todas, Boni despertó y lo primero que hizo fue adivinar el ángulo que la luz de la ventana formaba con su cuerpo. Las clases ya habían terminado y su siesta podía durar siempre lo necesario. No quiso responder. Se paraba siempre e iba al baño. Frente al lavabo, al bajar la cabeza, podía ver flema o sangre. Nunca bilis, de ningún color. Era su manera de recordar un apunte sobre la Teoría de los 4 humores, que a su vez era un apunte en un libro de criminología. Boni necesitaba conocerlo todo. Cuando bajaba a la sala, daba pasos sintiéndose primero orgullosa y luego ridícula. Ni el fuego ni las escaleras necesitaron de un genio. Pensó ella. Quizás tampoco su pequeña novela. Ella sabía lo que estaba creando: era inevitable.
Cuando detuvo su discurso, lo hizo para verificar las ausencias de “no”, “peros” y “sin embargos”. No lo hizo por las 12 interrupciones de su psicóloga. Boni trataba de contarle que su sueño, el de la tarde, había sido más que eso. Manuel Barrantes había tomado en 1985, en su discurso presidencial de apertura, las palabras de su héroe, Borges. Barrantes había sido uno de esos lectores que devoró la única novela del argentino en menos de cuatro días. Las palabras resonaron su campaña. “El nombre” era la novela definitiva, la novela infinita. Y nadie la podía recordar.
“Alan García ganó esas elecciones y destruyó el país, seguro lo sabes, también sabes lo corrupto que fue su segundo gobierno, y conoces su muerte, dicen que su suicidio fue cobarde, pero ya te dije que uno hace con su vida lo que quiera, niña, incluso darle fin”, dijo ella, la psicóloga. “¿Sabes que lo que viste fue solo un sueño, verdad?”, agregó. Boni no quiso responder. No lo había hecho cuando pensó en todos los recuerdos tristes que veía en esa pequeña oficina.
“Alan Ludwig García fue un justiciero y lo sigue siendo”. No. “Él es como mi hermano, nos protege, a todas nosotras, nos protege de los hombres malos”. No, Boni. “Es… como Dios, como mi señor Jesucristo”.
Boni no creía en el dios de su madre y, pese a eso, Él era su salvador, su cobijo. Convenció a su madre de cambiar las pastillas por las oraciones. Su madre, incrédula en la ciencia, cedió por completo cuando la vio cantar en el coro con los ojos cerrados y una expresión de agradecimiento. Se rodeó con chicos de su edad que le terminaron de aburrir al mes. Los niños eran demasiado bromistas y no parecían interesados en las buenas costumbres. Y las niñas eran demasiado vanidosas y sus mejores consejeras. Apuntó los consejos de noviembre en los esmaltes que empezó a comprar a la edad de 14 años, unos días después de cumplirlos el 23 de setiembre. Podía aún ver las voces de esas niñas, sentir el frío agonizando en primavera.
“Sí, es ficción”, admitió Boni luego de 14 minutos. Camila, su psicóloga, quiso saber sobre Elías Monterroso. Esta vez nadie le había consultado si era un vínculo adecuado para la niña. “Luis era un peligro, me alegra que nunca más vuelva a estar cerca, ¿te dejaron ver la porquería que está, estaba, escribiendo?, tu mamá me pasó dos textos, asumo que el lindo es tuyo, Boni, espero que no hayas leído el otro”, le advirtió Camila. “Usted no conoce a Luis, señorita”. “Y no quiero hacerlo, es un pedófilo, sabes lo que eso significa, y el señor Monterroso también lo es, tu madre aún no lo sabe, por cierto, sé muchas cosas, Boni, sé que quieres terminar tu novela y publicarla, y también sé que dejaste de tomar tus pastillas, necesito que las tomes”.
“Yo sí leí lo de Luis”. “Y no se lo contaste a tu madre, eso está mal, tú le gustas a ese señor, y ese tal Elías es su cómplice, pero puedo no decir nada, puedes contarme todo, no te voy a juzgar, este es el momento para que te abras conmigo”. “Niña, si necesitas calmarte, toma estas pastillas, pensemos en cosas lindas, piensa en cosas lindas”. “Toma las pastillas, no le contaré nada a tu mamá, ¿él te tocó? ¿Lo amas?”.
“Usted es una mala persona”. “No, te estoy ayudando, tú no conoces a ese señor como yo sí lo hago, ustedes dos, tu madre y tú, no ven lo peligroso que es todo eso, me vas a decir que eres como una hija para él, ¿es eso?, dime qué pasará en dos años, ¿te seguirá viendo así?, eres una mujer racional, eres una chica muy madura, responde eso, ¿te seguirá viendo como una hija en dos años?, ¿de verdad te ve como una hija ahora?”.
“Usted no lo conoce como yo”. “Niña, yo también fui abusada, tenía 16, confié en un chico, él me sedujo, me tocó, me dijo que estaba enamorado, que se casaría conmigo, que me amaba, él me violó”. Boni no pudo soportar más y tomó las pastillas. Fueron dos píldoras. El mismo número que Camila le dio a Luis Borja minutos antes de su muerte. La psicóloga dejó de hablar. Vio el llanto de Boni y sonrió. Lo hizo de manera orgullosa y luego el amor se hizo presente en sus ojos.
“Gracias, hija”. Boni levantó la mirada y Camila había desaparecido. Su tía golpeaba la puerta cada vez con más violencia. Rompió las partes de vidrio y abrazó a su sobrina como siempre lo hacía, como su segunda mamá.
Capítulo 4: realidad
Boni deseó, en los últimos segundos, volver a enamorarse. Nunca pensó que sería la primera en partir. Su esposo, afectado parcialmente por la demencia, intentaba recordarla. Ya no veía el brillo en sus ojos. Ahora esa luz vivía en su hija, una mujer de 40 años, escritora como ellos dos. Aquella noche fue la primera vez que habló con Erzsébet. Se le presentó como una mujer joven con unos ojos hermosos, como los de su juventud. Le explicó que este mundo era una prisión, un espejismo en el que ella estaba “condenada a existir”.
La alguna vez condesa tomó la mano derecha de Boni y la consoló. Le ofreció no morir solo si dejaba que sus existencias fueran atadas. Sus hermanos ya eran libres. Uno de ellos incluso conservó su vida. Boni aceptó y supo a qué día volvería. Había leído ese encuentro fallido muchas veces. Despertó ese día y se paró a las 2 y 15 de la tarde en un pasadizo que por poco era asfixiante. Espero, como antes, a que la señora encontrara los hilos que jamás encontraría. Esperó mirando a la izquierda hasta que vio venir a Luis Borja. Ella lo miró todo el tiempo. Fueron casi 3 segundos en los que solo ellos dos existían en ese mundo. Ella lo saludó antes de que él bajara la mirada. Luis pareció sonreír sorprendido. “¡Señorita!”.
23 de marzo del 2021
Boni disipó sus dudas, esa tarde, en casa de su tía, donde su psicóloga ya no la veía desde que su madre no tomó su consejo de alejarla de su maestro, su único amigo verdadero. Boni se lo hizo saber a su tía, su confidente: si Luis sentía algo incorrecto, debían alejarse. Su tía asintió y la abrazó. Le confesó con pesar que ese escenario era imposible. Luis Borja había muerto a las 4 de la tarde con 23 minutos.
Boni fue al mercado a recordarlo. Lo vio comprándole chifles y gaseosas 7-up que no comían hasta que cada uno estuviera en su casa. Lo vio felicitándola por su pequeña novela. Las palabras de Luis siempre fueron sinceras. Lo vio en dos puestos. No pasó por el tercero, el más grande, donde Luis usaba un lapicero rojo para hacer anotaciones, mientras era interrumpido por algunas clientes. Estuvo frente a la caja azul de metal que ahora era su mausoleo. Vio su nombre y su teléfono. Su lápida. “Descansa en lo infinito”. Quiso escribir y no pudo.
Capítulo y: memoria
20 de marzo del 2021
Monterroso sabía cómo cargar el cuerpo agonizante de su Dios no binario. “Dios es el universo”, le dijo a La madre. Ella lo miró con decepción por casi 1 segundo. Elías apenas pudo notarlo. Parpadeó para ocultar su sentencia. Algunas personas no escuchaban. Él no miraba. A veces se acomodaba los lentes. A veces miraba a la derecha. O hacía una pausa.
Este día pactaron el modelo de trabajo. El protocolo debía ser cumplido a cabalidad. Estuvieron los 3: La madre, Boni y Elías. Me visitaron. Monterroso le pasó en físico el señuelo literario.
18 de marzo del 2021
Quizás fue el día que compartieron más tiempo. Sí, lo fue. La charla entre Luis Borja y Boni duró casi una hora. La niña aquella vez recogió su cabello con un listón plateado muy delgado. Su cabello oscuro se asfixiaba detrás de su espalda. Él miraba aquella polera gruesa de la señorita contrastar con los pantalones cortos que llevaba. Ambos blancos. Ella quería conocer el relato que Borja le había ocultado siempre. Luis cambiaba de tema.
—¿Pensaste ya en algún punto de vista vanguardista?
—Sí. En algunos.
—Luis
—Dime, ¿qué pasa?
—¿Me puedes… …podrías contarme algo muy personal?
—¿De qué se trata? Hay temas de los que no podemos hablar. Ya sabes.
—Lo sé
—¿Es acaso sobre mi adicción?
—Sí
—Entiendo
—Es un tema sin importancia. Un pasado que no vale la pena. Hablemos del futuro.
—Oquei
—¿Eso es lo que te preocupa? No tienes que preocuparte por mí. No hagas eso, por favor. Ya es suficiente con mis padres y mi hermana.
—Perdón. Está bien.
—Tranquila, Boni. Es solo que ese tema es, digamos, un tabú. No importa por ahora, ¿okay? Algún día te lo explicaré. Es complejo. La realidad es compleja.
—¿Y si no le queda tiempo?
—¿A qué te refieres?
—Luis, quiero saber.
—Ya te dije que no hablaremos de eso.
Luis se paró llenó de frustración y estuvo a punto de fumar frente a la niña. Estaba fuera de sí. Había pasado casi una hora desde que se sonrieron con los ojos. Desde que caminaron juntos. Desde que se sentaron sin que importe el resto.
—No te vayas, Luis. No esta vez. Quédate a mi lado. Esta vez no te vayas. Es nuestro último día juntos. Es la última vez que puedes enseñarme algo.
Luis esta vez no se despidió con un abrazo efímero. La miró. La miró fijamente a los ojos.
—Perdóname. Debí quedarme. Debí contarte lo que me pasó. Debí advertirte. Puedo hacerlo ahora.
—Ven. No importa que nos miren.
Se sentó cerca a Boni, en un mundo donde solo los dos existían.
—Fue hace unos años. Recuerdo una puerta baja, extremadamente baja. Inversamente proporcional a mi ego. Tuve que agachar la cabeza y ponerme de rodillas. Solo así pude ingresar. Adentro había más alcohólicos como yo, de todas las edades. Gente de toda Lima, incluso “gente de bien”. El que me levantó tenía ojos de náufrago y niebla en sus ojos. Pero podía sonreír. ¿Cómo era posible eso? Me pregunté.
Ambos encontraron alegría en ese pequeño momento.
—Pasé meses ahí siendo rescatado muchas veces. A veces yo mismo levantaba a otras personas. ¿Puedes creerlo? Pero sabía que todo eso era momentáneo. Que sin ese grupo no podría sostenerme allá afuera. La enfermedad no está en la droga, está en el cuerpo del adicto. No existe escapatoria, Boni. Es una sentencia de muerte.
—¿Sabes por qué me alejé de todo? No es justo que otros sufran por mí. Ningún adicto quiere la lástima de otros. Ningún adicto quiere que otros se preocupen. Odio que mis padres se preocupen por mí. Odiaría que te preocupes por lo que me pase. No lo hagas. Nada es tu culpa, Boni.
La niña sintió el frío en sus piernas. Se acercó a Luis. Quiso saber más sobre el texto que habían leído juntos. Otro de los tantos que ella había escabullido en secreto. Él le recordó que ya no le competía opinar. Ya le había dicho mucho. Había reído. Había señalado tiempos muertos. Había disfrutado la despedida. Ya no había nadie más en aquel mercado. Ya el sol apenas brillaba. La niña vio un ataúd y luego otro. Vio muchos y no supo dónde ni cómo. Él la tomó de la mano. Ella lo miró y por fin pudo ver las arrugas en sus ojos, una pequeña línea en su frente. Ojos cansados, pero anhelantes. Vio su piel gruesa quizás doliente. Vio el rostro que el sol siempre admiraba. Rostro misterioso y una sonrisa. Cabellos negros brillantes por el sol. Y pudo escuchar las otras voces. Los reencuentros, los chismes, los chistes de los vendedores. Las demás personas estaban ahí. Los ataúdes seguían ahí. Esperando.
Sábado 3 de abril del 2021
El último sueño con su maestro tuvo por fin una despedida de verdad. Amaneció llorando como tantas veces, cediendo a sus impulsos de niña. Era la primera vez que sentía una pérdida. La muerte es el estado verdadero; la vida, los recuerdos. La Razón bastaba. Las aventuras habían terminado. Las de ellos dos. Pero Boni aún estaba ante muchos recuerdos, los que podría ver antes de sus últimos sollozos y los que olvidaría. Era un camino lleno de sorpresas, de hedonismo, culpa, de búsqueda. El primer amor, trágicamente fallido, no le generó un duelo eterno, un temor acechante. Pudo tener enamorados. Pudo descubrir lo que buscaba en los hombres. A veces un compañero, más tarde un amante. Un hombre que pudiera ver más allá de su belleza. Pero jamás uno que despreciara la manera en la que ella veía el mundo.
Escribo desde un tiempo indeterminado. Veo los sucesos como paralelos. Veo a Boni como niña y como mujer. Veo a Luis corrigiendo un papel apenas arrugado. Veo el mismo papel en su departamento siendo hallado por Elías. Lo veo despreciando ese texto literario, minimizando a la autora. Lo veo también lleno de orgullo por su pequeña amiga.
Solo puedo ver estos sucesos. Esa es mi vida, mi existencia, limitada. Distinta a la de Dios.
Cuarto acto
¿Realidad?
Es 1929, tengo 17 años. Quiero unirme al grupo de mujeres que van a la universidad. También es 2023. Estoy frente al puesto de verduras en el que guardo mis recuerdos sobre biología (sistema inmunitario, principalmente). Cada verdura o legumbre me alude a una pregunta. Así puedo recordar todo. Cada puesto del mercado está vinculado a un área del conocimiento. En mi casa hago lo mismo. Para recordar solo debo venir y pasear un poco.
Hoy es diferente. Nasar me pidió que me enfoque en lo que veo, más allá de la evocación. Es de noche. Veo la luz reflejarse en la baranda que casi toca el techo. Y entonces veo papas diminutas colgando en bolsas. En mallas rojas, como de pescar. Y al lado izquierdo un choclo algo moribundo, como sonrisa de abuelito. Y más a la izquierda una sábila seca, que parece abrazarse a sí misma. Suerte y abundancia. El choclo es cornucopia.
Abajo hay sacos que enmarcan el puesto. A la izquierda unas manzanas minúsculas y ácidas. Al lado cebollas. Otro saco, este lleno de oca, tubérculo largo, como gusano amarillento y rígido. A la derecha están todas las papas. Algunas más pálidas que otras. Unas más oscuras. Todas llenas de tierra. También en el medio hay un saco de choclos. Juego con las líneas que protegen el fruto. Imagino que toco un harpa. Al fondo veo muchas lechugas. Pienso en Fibonnaci. No debería hacerlo. A su lado está la lechuga blanca. Y por ahí cebolla china. Nasar coge unos camotes, mezclados cerca a las papas y las yucas. Y doy un último vistazo. A la televisión antigua del rincón izquierdo. A la luz tenue y blanca. Y al zapallo que parece la carne de un animal. Con cuchillo en medio.
Nasar se interesó en mi literatura gracias a Elías Monterroso. Pude publicar y mi texto fue ligeramente exitoso. Está de moda el romance.
Pienso que la literatura es importante, pero me inclino más por la repostería y la medicina. Nasar es un escritor muy famoso. Me recuerda un poco a Luis. Pienso mucho en él y en sus cartas. En sus correcciones.
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Agradecimientos
Quiero agradecer primero a Dios e inmediatamente después a Leonidas Zegarra. Y quizás luego a mis padres.
A Fernando Barba por dejarme usar ese texto suyo que había tomado sin permiso. Y por los tantos otros. El momento íntimo con su madre es pieza central de mi relato. He escrito el 90% de todo, pero sus textos, su vida, le dieron sentido. Eran las páginas que necesitaba.
A Edwin Montesinos por dejarme usar personajes y escenarios de “González” para un texto que aparecerá en una versión extendida.
A Mauricio Lombardi por inspirar literariamente el inicio del tercer acto con “Las trampas de la noche” de su libro de cuentos “Jardín interior”.
A Anne Carson por escribir “La belleza del marido”. La introducción con inglés de Luis Borja toma sus palabras (originales y traducidas).
A los autores de la Biblia.
A Abraham Valdelomar por “El caballero Carmelo”
A Boni
A mi madre
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