Episodio 8: One Shot («Villa Laura (1986)»)

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Max Aguirre Rodríguez

 

Villa Laura (1986)

 

 

Capítulo 11: Primer ingrediente: el autor

 

 

Ya no es verano. Lo anuncia el vaho. Constanza limpia la ventana y descubre a su padre gritándole a “cristianos de puerta” (misioneros, como la abuela).

 

Más tarde Elías le cuenta que Nasar primero argumentó, luego les gritó y finalmente casi les susurró: “Dios está muerto, él me pidió que lo matara”.

 

Constanza fue a hablar con su padre. Hoy también soñó con mamá. Y hoy también ella solo la miró. Y no le dijo nada.

 

“No te vi hoy en el desayuno”, dijo Nasar apoyando su cuerpo sobre su pierna izquierda. “Hoy me levanté tarde”. “No prendas la televisión, Constanza”, ya sentado leyendo uno de sus libros teológicos.

 

“Casi sales de la casa”, se sienta ella a su lado. “Casi”.

 

Aparece Regine molesta, murmurando cosas sobre la psicóloga que visitó. Molesta y, en su caso, gimoteando. “Sigues poniendo esa cara, hijita”. “Vayan a la sala, por favor. ¿Ya?, papito”. “Almita y Esmeralda están en la granja”. “Ve, Constanza. Están jugando con los animales”.

 

“¿Desayunaste?”, dice Nasar tapándose su ojo izquierdo. Y brevemente el derecho. “Mis hijas están bien”. “Tu esposo las va a cuidar bien. Los hombres amamos a nuestras princesas”.

 

“Tu hermana sigue viendo su novela”, dice él tocando sus dientes frontales, los pocos reales. “Estás viejo, papá. Papito”. “Mi Constanza”, dice él, mientras la abraza con cuidado. Luego va a la sala. Ahora tiene dos libros teológicos, un lápiz, tajador, borrador, unas hojas y tres llaves.

 

“Tu próximo libro. Pensé que escribirías sobre mamá”. “Espero no decepcionarte. No recuerdo mucho de los primeros años. Solo pequeños momentos. Nuestro primer beso, no nuestra primera cita. Sus sabores favoritos: la fresa y… . Las baladas que cantaba con esta voz tan horrenda. Mis composiciones. Escucharlas en la radio. En boca de mejores cantantes. ¿Tú qué recuerdas?”, dice él indagando.

 

“Recuerdo cuando competía con mi hermana”

 

“Nunca le pudiste ganar”. “Sí le gané, papá. ¿No recuerdas?”.  “Constanza, hija, me desvanezco”, dice él con su gesto de falsa sonrisa. “Papá, ánimos, debes terminar tu libro… al menos ese… si es que no vas a hacer el de mamá”. “El de mamá lo harás tú”, dice él con una sonrisa sincera. Con ojos muchas gracias. “Mi Boni”.

 

“Yo mataré a Dios”. “Eres agnóstico, papá. Eres famoso por ello”. “Y por mis libros, mis composiciones, mis obras de teatro y el juego de cartas que nos hizo millonarios. Por eso me agrada Dante. Es útil”. “No lo digas así, papá”. “Tu esposo me cae mejor que ese Ferdinand”. “Papá, lo de ese muchacho ya fue hace muchos años”. “Nadie le pega a mi hija. Nadie. Por eso no tuve hijos. Son violentos”.

 

 

 

Capítulo 12: Esa psicóloga

 

 

La terapeuta es anciana y quizás senil. Se la recomendó papá a Ferdinand. Pero la broma al final fue para Regine.

 

-¿Y cómo es tu relación actual con él?

-Creo que no le gusta que viajemos seguido. Pero yo necesito ver a mi papito

-Entiendo. Prefieres a tu papá sobre tu esposo

-No, no dije eso. Mi papito ya está anciano. Quiero verlo.

-¿Planeas quedarte con él o volver a Francia?”

-La verdad es que me quiero quedar, pero mis hijitas…

-Entiendo…

-Me debo quedar. ¿Cierto? Mejor me quedo. Ya lo decidí.

-¿No te parece que tomas decisiones sin pensarlo?

-Sí, pero siempre me sale bien. Mi esposo me pidió matrimonio a los 19 años y le dije que sí. Apenas lo conocía.

 

La psicóloga toma apuntes y Regine sigue intacta. Con esa sonrisa que parece contener una carcajada.

 

“¿Te ha pasado alguna situación en que tu impulsividad te ha salido cara?”

“Mmm… Creo que no. Y ahora menos. Mamita me protege”.

“¿Tu esposo y tu papá tienen algún parecido? Quizás físico, de personalidad, de ideas”.

“Ferdinand le tiene cariño a mi papito. Pero mi papá… lo odia un poquito”

“¿A qué se debe?”

 

“Larga historia…”

“Cuéntame”

 

Regine empieza a incomodarse y nota las arrugas de la psicóloga, el cuarto y los diplomas. Algunos boca abajo.

 

“Ferdinand era mi jefe en un restaurante. Yo estaba apoyando y me desconcentraba mucho. Él gritaba mucho. Yo tenía 18 años. Me lanzó una olla. Lo confronté. Con palabras. Luego me empujó. Y lo noqueé”

“¿Le pegaste?”

“Sí, en su carita”

“¿Y él te gusta porque puedes pegarle?”

“¿Qué? No. Luego de eso, él cambió. Ya no gritaba mucho. Y explicaba mejor las cosas en las reuniones. El equipo se hizo más fuerte. Él y yo nos fuimos conociendo. Fuimos enamorados por 6 meses. Y luego me pidió matrimonio. Yo dije: está guapo. Ya está. Será él”

 

La psicóloga apunta. Parece dibujar algo. Regine retoma su sonrisa.

 

“Sí… es mi historia de amor. Ojalá papá la escribiera, pero odia a mi esposito”

“¿Porque te agredió verbalmente? ¿Cómo arreglaron sus diferencias?”

“Papá fue a visitarme. Ferdinand lo quiso saludar y mi papito lo golpeó en el estómago. En el hígado. Fue un buen golpe. Mi esposito se retorció de dolor. Y luego papito lo alzó. Y le dio la bienvenida a la familia”

-¿Alguien más de tu familia le ha pegado a tu esposo?

-(Risas) No, nadie más.

-¿Te da risa que tu esposo haya perdido su virilidad?

-No entiendo

 

-No la ha perdido. Es un hombre hogareño, como mi papito.

-¿Entonces eso los une?

-Sí, pero no hablan mucho. Por el idioma. Mi papito le habla en francés, pero mi esposo no le entiende. Es que de verdad no se entiende.

-¿Y en inglés?

-Se entienden un poco más.

-¿Sientes que tu esposo ha sacrificado su carrera para dedicarse al hogar?

-Mmm… quizás un poco. Un tiempo estuvo mucho con las niñas.

-¿Y tú?

-Yo seguía en el restaurante. Haciendo los postres.

-¿Y tus hijas?

-Con mi esposito. Él me pidió que siga mi carrera.

-¿Y pasó algo parecido entre tu mamá y tu papá?

-Sí, papito nos crio. Solo se dedicaba a escribir sus libros. A veces daba clases particulares. Mamita trabajaba, incluso de madrugada. Era doctora. Papito siempre la respetó. Nunca le puso un dedo encima.

 

-¿Algo más?

-Bueno, tú pagaste estas sesiones (sonríe un poco).

-Mi esposo me registró.

-Interesante, ¿verdad? Como si no te pudiera decir algo directamente.

-¿Lo de su virilidad?

-Yo veo que te gusta un hombre que se deja dominar. Como tu padre. Lo cual es normal.

-¿Dominado?

-Es normal que una mujer busque a alguien parecido a su padre. En el fondo todas queremos casarnos con nuestro padre.

-¿Qué?

-Incluso yo quise. Pero no se pudo.

-¿Es broma, no? (ríe nerviosamente)

-Es broma, pero has capado a tu hombre

-¿Capado?

-Tu hombre ya no es hombre. Tu hombre es tu mujer

 

 

 

Capítulo 13: Dios pudo hacerlo mejor

 

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El último viaje de Enrique Minas

 

 

El ferry iba de Montevideo a Buenos Aires. 80 personas. No las contó. Su rostro tenía escritura, de la ciudad y de encierro. Solo algunos niños rubios se atrevían a mirarlo. Los mayores, como él, agachaban la cabeza. ¿Era admiración? ¿Miedo? ¿Repudio?

 

Nadie lo miraba. Hasta que el pasajero de al lado empezó a mirarlo fijamente. Con ojos más blancos que castaño. Y la mujer de su derecha igual. Todos se miraban. Y él pudo sentirlo: el abandono a la madre. Pudo sentirlo: los golpes a la esposa. Y el arrepentimiento. Y sabía que ellos habían visto su congoja. Y trató de huir.

 

Aquella tarde, Dios estaba en ese ferry. Y Dios decidió mejorar al hombre, a todos ellos. Decidió hacerlos ver el peso de sus acciones. Y que todos las mirasen. Dios, este dios, miraba a Minas.

 

Y otro hombre se paró. Un detective de la lejana Colombia. Y todos vieron a su hija y a su esposa. Cadáveres de ojos entrecerrados, de cuerpos fríos, de ropa ancha. Y al perpetrador: Enrique Minas. Y empezó a llorar.

 

Minas, también de pie, vio todo y sintió el dolor en el cuello, los golpes en el cuerpo. Los gritos superaron los murmullos. Enrique Minas mostró sus malas noches, las vigilias eternas, sus gritos. Luego sintió el dolor de todos. Minas sacó un arma y nadie temió. Le ardían los ojos. Su dolor…

 

 

El mundo es un campo de batalla de víctimas y victimarios. Hay humanos que sufren cruentos destinos, a causa de un mal diseño biológico del hombre. Sí, si hay creador o diseñador, él es el culpable de que no haya un mecanismo de seguridad que haga que el violador colapse frente a su víctima o que el asesino serial sufra un paro cardíaco. Todo por un supuesto bien mayor que sería la libertad de elección, que no tienen los de libre albedrío débil.

 

Se suele culpar al hombre de la maldad, de las desgracias. Y eso tiene sentido en un mundo sin Dios. En un mundo con Dios, debemos culparlo del mal diseño humano o programación humana. Pudo sentar unas mejores bases antes de agregar el libre albedrío.

 

En el caso de un universo único en el que las decisiones siguen teniendo un factor moldeador del mundo (el libre albedrío), hay que notar que las culpas se reparten equitativamente. O así se declara. El libre albedrío del genocida parece tener más impacto que el insulto lanzado por un hombre marginado, sin difusión, aislado. Pero se declara a la humanidad como culpable de ambas cosas. Minimizando al individuo y haciéndolo víctima de libres albedríos de apariencias más fuertes. En el caso del universo único determinista, la maldad manifestada en el mundo es producto de la maldad posible e inevitable de sus habitantes. Un único camino, del único camino posible de la expansión del universo. En el caso del “universo de libre albedrío”, la maldad manifestada es producto de una guerra de libres albedríos de entes constituidos de una manera biológica por una mente supranatural, en un mundo entregado con ciertas leyes. En este caso, las leyes naturales y la composición biológica del hombre tendrían que estar determinadas, sería esto innegable. Y las decisiones humanas serían capaces de escapar de la composición biológica (deficiente), algo que para muchos es intuitivo, y de las leyes naturales, algo que no parece posible.

 

¿Es acaso la programación humana actual siquiera la más benévola imaginable? ¿Por qué el asesino en serie no es cegado ante su acto de crueldad? ¿Por qué el violador no es paralizado? Si se puede imaginar un mundo así en el océano de realidades, ¿no es acaso probable su materialización para “Dios”? Y si lo es, ¿no es ese el mejor mundo posible? Y si ese lo es y este no lo es, ¿podemos decir que Dios es amoroso? ¿Desde qué momento Dios introduce el libre albedrío en el diseño humano (la programación humana)? ¿No es evidente entonces las falencias o su no existencia?

 

¿Hay un plan mayor desconocido? También se puede decir que hay un sadismo permitido que se magnifica con momentos de paz y actos de bondad, solo para hacer lo momentos tristes más crueles y contundentes. O pensar en el universo como un espectáculo para un Dios que existe dentro de los límites de este lienzo (como guardián), “posibilidad” resultante de delimitarlo al invalidar el “argumento” de la causalidad.

 

No es viable creer en Dios, ni en su versión malvada ni en su versión contemplativa ni en su versión supuestamente bondadosa de plan deficiente o secreto. O en todo caso: no tiene sentido alabar a un ser así. Es mejor quedarnos con la parte naturalista del asunto: ciertos hombres poderosos son culpables del sufrimiento. Cuidemos a los débiles.

 

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“Papá, es lo de siempre, pero mejor resumido. Me gustó el cuento que incluiste”

“Gracias”

“¿Y de la causalidad?”

“Es un error evidente. El enunciado real es “EN el mundo observable, desde la experiencia, en lo cotidiano…”. Están aplicando algo fuera de su campo de aplicación. No se necesita decir más. Solo señalarlo”

 

[“El “argumento” de la causalidad es una extrapolación tramposa basada en una observación mal delimitada” (“El circo del tomismo”)].

 

“Mamá creía en Dios…”

“Mi Boni… A veces ya no la recuerdo. Sí sus grandes ojos. Y sus palabras. Sus bromas”

“Tenemos muchas fotos, papá. Extraño a mamá. Sueño con ella, pero nunca me habla. A veces solo se aleja. A veces me sonríe”

“Laura creía en otras dimensiones”

“¿Y tú?”

“No, hija. Esta es toda la realidad”

“No lo sabes”

“Es cierto. Soy agnóstico. Prefiero vivir esta vida como si fuera la última. Ha sido una vida impecable, una vida feliz”

“No te despidas, papá. Por favor”

“Quiero refutar los fanatismos. Quiero que ese sea mi legado. Mira a Irán. Mira a Irak. Incluso Israel”

“Sigue haciéndolo, papá. Aún te queda tiempo. Poco, pero queda”

 

“Hija, sí he escrito sobre tu madre. Te daré esos textos. Quiero que los tengas. Úsalos, por favor. Aunque solo sean diálogos”

“Lo haré, papá”

 

 

 

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Capítulo 14: One Shot

 

 

Caminaba con una pisada decidida y con otra en hiato. Derecha militar e izquierda gimotera. Fuerte y un poco más calmado. Con pantalones de cielo nocturno, con pequeñas manchas, estrellas moribundas.

 

El cielo mostraba toda su vejez. Cielo de las 4, aún de sol.

 

“Elías, ¿entonces escribimos?”, dijo la mujer de ojos perfectos. “No”, dijo él, de camisa blanca.

 

“Bueno, sí”

 

Sentados entre la granja y la mansión, sobre césped algo seco, la mujer avizoró a una princesa.

 

“¡Mamá!”. Y luego a otra: “Mum!”. Venían con aquella que era su reflejo. Pero más pesada y más fuerte. Ella también llevaba a sus hijas. Eran 4 vestidas de Laura.

 

Miró a su hermana con autoridad, sin apartar la mirada. Regine dejó de cargar a Almita. La niña buscó de nuevo los brazos de su tía. Y esta la volvió a cargar. Regine, de corazón campesino, selló su victoria con una sonrisa exagerada, sin mostrar los dientes. Las francesas apuraron a la matriarca, a la señorita Esmeralda y a la pequeña Soul.

 

Mira Elías los apuntes de su alumna, guardando la distancia y evitando acoplar los hombros. Y las rodillas. Ella lo mira, con seriedad citadina, de Lima invernal. A los ojos por 2 segundos y… casi 3. Al reloj por un segundo. “Mis dos manos son inútiles”, explica Elías, diestro, pero muy zurdo. Son las 4 y 55. El segundero no lo ve.

 

Lee Elías directamente lo escrito en una libreta de cubierta de cuero negro. Con líneas horizontales en sus hojas (con dos oraciones por línea, con apuntes atravesándolas, con un dibujo de Regine y de Almita: la niña descansando en el hombro izquierdo de un cuerpo circense -de la mujer más fuerte del mundo-, garabatos a la izquierda, como maraña, para probar el lapicero, hojas aún pegadas, por falta de estreno, y luego lo anterior: el almuerzo, las palabras del político y más dibujos). Constanza, con lazo rosado en el cabello, rompe el silencio, tarareando una canción que aún no existe. Evoca a la muerte, pero también libertad. El último viaje.

 

Elías mira hacia arriba y deja la libreta entre los dos. Mira la sombra de su derecha, del árbol protector, y por un instante ve cómo la luz del sol brilla en los ojos de su alumna. Constanza deja el tarareo (o laleo). Se acomoda la blusa que casi le quita cuello. Mueve un poco su falda borgoña. Se recuesta en el árbol. “¿Qué le pareció?”, inquiera asegurando el largo de su falda cerca a sus canillas. Luego decide volver a ponerse de lado, en paralelo a su maestro. Y hablarle girando la cabeza, mientras coloca la mano cerca de la libreta.

 

“No me gusta que hagas los diálogos como tu padre”, dice el hombre girando a la izquierda, con los brazos extendidos para no caerse. Mira hacia adelante, en dirección a los trabajadores y las dos ovejitas. “¿Y si no usas diálogos? Tú papá los usa y abusa. Y luego la gente imagina cosas, cosas mejores seguramente. Y eso ser flojo. Carajo. El buen lector saca oro de todo. Donde hay pereza, se vuelve coautor”, dice él con voz alta, sobrepuesta al nerviosismo, al vértigo de soportar su peso con sus brazos huesudos, a la vergüenza de usar un pantalón reclamado por el mar, por su aliento: el salitre.

 

“¿Puede ser ese mi estilo? Pero yo necesito que mamá hable, que el político hable. ¿Qué es un político sin su discurso?”, dice ella cruzando las manos en su vientre, con el cuerpo un poco hacia adelante.

 

Elías explica las razones. Repliega los dedos, el índice señala al cielo, como pistola de carnaval, de salvas. La mano permanece así, temblorosa. Y luego choca contra la palma de su mano izquierda. Casi pierde el equilibrio. Constanza oye el golpe, Elías no. La aprendiz se pone en diagonal. Elías decide echarse en el césped, mientras explica en medio de lisuras, la literatura abrasiva de Nasar. Junta las manos, como urna, como libro. Y luego las mueve, como fuego o volcán. Su índice derecho se mueve rápido de izquierda a derecha, 4 veces. Luego se sienta y le señala a Constanza el paisaje con la palma extendida: señala su nariz. Le muestra el césped y la sangre verde. También apunta a los obreros y a las ovejas. Al sol sobre ellos y al árbol de su izquierda. 5:07 de la tarde.

 

Elías voltea todo su cuerpo. Mira de frente a la mujer. Y se toca el rostro. Ojeras pronunciadas, manchas en las mejillas caídas, frente quemada, canas en las cejas (una grande apuntando a la derecha). Cabello escaso y manchas marrones sobre ese suelo árido, de desierto. Ojos hundidos, pero aún humanos, aún bellos, de joven. Labios sedientos, pero llenos de convicción. Nariz grande, enterrada, pero precavida. Constanza ríe.

 

“No es feo, don Elías, es andrógino, se ve como una señora bien cuidada, excepto por la calvicie”. “Elías, dime Elías, señorita”. “Carajo, mierda. 5 y 13 y aún no brilla el cielo”. “Aún no oscurece, pero debemos volver… Elías…señor”. “Y no es tan calvo. Ese peinado, desde este ángulo, le esconde bien la calvicie”.

 

“Prométeme que no me harás hablar en esos diálogos enfermos que hace tu padre, diálogos que piden no nacer, que prefieren no existir”

“No le pondré diálogos”

“Mejor”

“Y espero cumplas. Ahora que los dos estamos de blanco. Si no, empieza una guerra santa. No, fea metáfora. No pongas eso. Carajo”

“Ayer hablé de papá sobre eso. Me dio textos, por cierto. Sobre mamá. Diálogos…”

“Lo imagino. Prefiere escribir sobre Dios. Bueno, en contra”

“¿Usted cree en Dios?”

“Creía. Tu padre me convenció de que la creencia en Dios es una en un mar de posibilidades, que no hay cimiento lógico. No lo hay”

“Ayer me habló de Irán. Me dijo que son fanáticos religiosos, pero lo mismo insinuó de Israel”

“Ahí se equivoca. Bueno, toda religión es proclive a cambiar el canto por las armas. Toda religión es peligrosa. Creo que tu padre alguna vez dijo que en una guerra santa no todos pierden: ganan los espectadores, los que ven dos enfermedades anularse”

“Esa declaración es triste. Sufren inocentes”

“Bueno, también lo dice, pero es que esa genta está muy loca. Y no se puede intervenir. Intervenir es entrar en guerra. A tu país le gusta intervenir”

“No es mi país”

“Es como si lo fuera. Con los perdones necesarios, yo no te considero peruana. Tu padre sí ha sufrido las revoluciones, tu madre las vivió. Tú estabas en el extranjero de vacaciones”

“Trabajando”

“Bueno…”

“O estudiando”

“Hay muchos inocentes. Incluso niños”

“Y no hay Dios. No existe Dios. Solo el hombre empuñando la fuerza en su propio nombre, llamándole Dios a sus deseos homicidas”

“Mi mamá creía en Dios”

“No creía. Bueno, quizás en sus últimos años. No, no creía”

“¿Qué cree mi papá? Dice que hay un mar de posibilidades, pero no dice su favorita. Siempre cambia su respuesta”

“Creo que cree que podemos volver a vivir nuestras vidas. Que justo antes de morir, nuestra consciencia se hace eterna. Que esos pocos segundos se vuelven mil vidas. Vidas casi iguales, con algunos cambios”

“¿Y sobre Dios?”

“No lo ve realmente posible, no al menos uno ajeno al lienzo que es la existencia de todo, del universo. Alguna vez dijo que el universo eterno creó a Dios para experimentar el mundo de una manera más individual. No existe Dios. Carajo. Dijo que hay un ser celestial y en sus ojos está el universo. Un ser contemplativo, mirón. Demente, a veces cruel. Curioso. Atento a lo bueno y a lo malo”

“¿El universo creó a Dios, porque realmente quería crear humanos?”

“Dios, según tu papá, es simplemente el humano por el que el universo decide ver el mundo”

“¿Entonces todos los humanos?”

“Sí, pero toma el cuerpo de uno solo”

“¿Y dónde estaría?”

“El universo lo aparta cuando muere. Lo lleva a un rincón del universo. Carajo. Todo eso lo dice, porque le parece más imaginativo que las religiones. Sí cree lo de la consciencia infinita. Lo otro lo dice como para decir “mi historia está mejor””.

“Entiendo”

“Niña… señorita, mira, por fin brilla el cielo. 5 y 27. Ya empieza el brillo dorado”

“Debemos volver”

“Es temprano. En media hora anochecerá. Balto se puede quedar con ustedes, ¿no?”

“Sí, se veía feliz con las niñas. La señora Mercedes también lo estaba engriendo. Usted también se puede quedar”

“Lo agradezco. Ese perro me habla mucho. Bueno, imagino que me habla…”

“No se preocupe. Todos queremos que hablen”

 

“¿Cómo era mamá de joven? A veces sueño con ella, pero no me habla. Solo me mira”

“Eso es culpa”

“¿Sí?”

“Yo también soñaba con mi padre así, hasta que lo hice hablar a la fuerza”

“Usted es tan… usted”

“Tu madre era una chica muy dulce. Muy inteligente. Muy curiosa. Y muy obediente, quizás demasiado obediente”

“La abuela…”

“Le comenzó a interesar el opio”

“¿Qué?”

“Sí”

“¿A quién?”

“A ella”

“¿A mi madre?”

“Tu madre era muy curiosa y la muerte de Luis le cayó muy mal. Yo la conocí en su peor momento. Era difícil tratar con ella. Preguntaba cosas…”

“Entiendo, don Elías”

“Pero luego empezó sus estudios y conoció a Nasar como su nuevo tutor. Eran clases más libres. Yo le enseñé toda la teoría. Yo le enseñé la literatura de verdad”

“Papá no anda bien. Ayer lo escuché…”

“Nunca anda bien. Es senil”

“Mi papá conserva sus facultades, señor. Solo a veces desvaría. Pocas veces”

“¿Qué pasó ayer?”

“Mire la luz. Lo tiñe todo. Es como un sueño”

“Lo es, señorita”

 

“Creo que soñé con mamá así. Con esa luz. Cerca a un árbol”

“Hazla hablar”

“(risas) No importa si no habla, quiero abrazarla”

“Dile que la extraño”

“Se lo diré… maestro”

 

“El único defecto de tu madre fue ser aprista”

“(risa contenida) Volvamos a casa”

“Espere. Espere a las 6:05. Hoy es 6 de junio. El brillo nos dejará a esa hora”

“¿Cómo sabe?”

“Tengo una novela sobre eso. Era una referencia. ¿Has leído mis novelas, no?”

 

“Mañana empiezas”

 

“Ayer mi papá gritaba en su cuarto. Decía que no tenía miedo, que él era Dios. Que nada estaba por encima de él. “¡Yo soy Dios, yo soy el Diablo!””

“Mmm… ¿Y no está senil?”

“Pensé que podría ser algo de un personaje. A veces… los interpreta”

“¿Y no está senil?”

“No lo está. Él no habla con su perro…”

“Pero tiene dos ovejas con nombres poco sensatos”

“Regine propuso los nombres”

“Ah, ella es la loca entonces”

 

“Se fue el brillo, muchacha”

“Constanza”

“Seguro ya preparan la cena. No entiendo lo de las dos mesas. Mejor dicho: me parece una estupidez”

“Mi papá es un hombre creativo”

“Sí, todo muestra su creatividad y su senectud”

“Basta con eso, por favor”

 

“¿Ya?”

“Mira el cielo. Ese azul. Pronto será rojizo”

“Vamos, don Elías. Le ayudo a levantarse”

“Vamos. Son 20 minutos hasta la casa. Estoy seguro”

“Son 15, pero usted está rengo”

“Un poco de respeto”

“Disculpe. Pensé que le gustaba bromear. Y eso funciona en dos direcciones”

“Piomaro y Sócrates, ¿no?”

“No, Crossaint y Pionono. Así se llaman las ovejitas”

“Tu padre está loco”

“Mi hermana…”

“Tu hermana está loca”

 

Elías camina, poco a poco. Moviendo su cuerpo entumecido. Constanza le da su brazo derecho como apoyo y el viejo escritor toca con recato. Se mantiene callado, por la vergüenza, por la dependencia. Por eso al sentirse fuerte se aparta de la aprendiz e intenta caminar más rápido que ella.

 

“¡¿Cómo conoció a su esposo?! Se me hace familiar”

“No tiene que gritar. Ya, ya estoy a su lado. No se vaya a caer”

“Respete”

“Es socio de mi papá”

“Eso ya lo sé. Me refiero a que hay algo en él… Algo familiar. ¿Cómo lo conociste?”

 

Se acercan Regine y Almita. La matriarca hace el gesto de querer cargar al viejo escritor, pero este se adelanta con la mirada seria, de resistencia. Almita va a decir algo, pero calla. Los adultos conversan. En ese idioma que aún no es el suyo: el español. Mueven la boca. El viejo ríe. La tía intenta otra vez poner su brazo en la cintura del autor de los cuentos mágicos. Almita sabe que aún escribe. Ella sabe que las historias continúan en su mente. Sin tregua.

 

Se promete leer una historia suya cuando pueda descifrar los sonidos y las grafías. La niña juega con sus pies, meciéndose hacia atrás y hacia adelante. Un sonido francés la alerta. Una vocecita más madura y recatada. Almita se eleva con los pies para proyectar su voz. Constanza la contiene. Regine la mira como diciéndole aburrida. Y ella suelta el estruendo. Preparen el banquete.

 

Almita corre a la casa a ver a sus hermanas. Están viendo la televisión. Hay bombardeos y niños empolvados. Es la guerra. No hace falta entender el idioma.

 

El viejo Nasar apaga la tele y les pide que jueguen, mientras Mercedes alista las dos mesas.

 

Elías y Constanza conversan con Dante y Ferdinand. Lo hacen en inglés, el idioma favorito del viejo maestro. En el que nunca se atrevió a escribir

 

Mercedes les pide a las niñas que no hagan mucho ruido, que solo conversen. Llama al perro visitante, porque el otro está durmiendo. Algo pasa.

 

Elías ve a Balto con las niñas. Cerca a Almita. Y parece que hablan de la guerra, de los niños inocentes. Balto percibe el buen corazón de la futura escritora. Y Balto entonces pide que canten los niños, que alcen la voz, que hagan al mundo escuchar, que unan sus voces y lleguen al sol, porque en ellos está la verdad. Que canten los niños que viven en paz, y aquellos que sufren dolor, que canten por ellos que no cantarán, porque han apagado su voz. Luego ve a Regine unirse. Y cada niña dice una oración, una petición al mundo. En español, en inglés y francés.

 

I sing because them let me live

Yo canto para que no me apaguen el sol

Je chante pour qu’ils ne polluent pas la mer

Je chante pour que ma voix résonne

Yo canto por el que no sabe escribir

/Yo cant-o por el que scribe versos amor/

Yo canto porque el mundo sea feliz

Yo canto para no escuchar el cañón

 

Luego se unen en coro. O así lo ve Elías. Balto, Regine, Almita y las niñas.

 

Let the children sing

Let them shout

and make the world

hear.

Let them sing

for those

Who won´t sing,

because they now

have!

no voice!

 

Luego Elías recuerda que los perros no cantan, al menos no el suyo.

 

Constanza busca a papá. No lo encuentra. Mercedes le indica que está afuera, junto a Leonora, junto a las anónimas, junto al cielo.

 

Las niñas ríen, pero los murmullos se alejan.

 

Ve la oscuridad y el cielo rojizo. Como si fueran de otro mundo. Escucha los murmurios hasta que entiende el idioma. Su padre le canta a Ella. Su hija se acerca para abrazarlo. No lo detiene. Solo lo escucha.

 

 

…No sé

si el mundo es el de siempre

Pero yo

lo encuentro diferente

Cuando tú no estás

Cuando tú no estás

 

No sé

si brillan las estrellas

Pero yo

me encuentro entre tinieblas

Cuando tú no estás

Cuando tú no estás

 

¡Cuando tú no estás

no tengo nada!

No me queda más

que mi dolor

¡Por eso envidio al mar!

que tiene agua

¡Y al amanecer!

¡que tiene sol!

 

Nada soy

sin Laura

¡Solo estoy sin,

sin su amor!

Nada soy

sin Laura

Sin Laura, sin Laura

Sin

Laura

Sin Laura…